Carmen Iglesias (2002) subraya la condición lingüística del hombre: “somos animales lingüísticos”, unida íntimamente a la libertad frente al entorno:
En el mismo sentido señala Gadamer que «lo que caracteriza a la relación del hombre con el mundo por oposición a la de todos los demás seres vivos es su libertad frente al entorno. Esta libertad incluye la constitución lingüística del mundo. Lo uno forma parte de lo otro y a la inversa. (...) es también libertad frente a los nombres que damos a las cosas, como expresa también esa profunda narración del Génesis según la cual Adán recibió de Dios la potestad de poner nombres» (Gadamer, 1977: 532).
Los juegos del lenguaje –la libertad de dar nombres a las cosas– están sometidos a un aprendizaje y a un adiestramiento. En el primer capítulo de Juegos de la edad tardía el tío plantea a Gregorio una serie de preguntas acerca de diversos nombres, ordenados alfabéticamente y cuyos significados el niño desconoce. A poco nos enteramos de que el tío es dueño de tres libros grandes: un diccionario, un atlas y una enciclopedia. Estos depositorios de palabras, lugares y conocimientos han sidoganados al “diablo”:
–Vamos a ver–dijo, agitando un índice–, ¿tú sabes quién era el obispo Acuña?
–No.
–¿Y sabes lo que significa la palabra «abuna»?
–No.
–¿Y sabes dónde cae Acapulco? ¿No? Pues ya verás cómo muy pronto lo has
de saber. ¿Y nunca te habló tu abuelo o tu padre del afán?
–No me acuerdo muy bien.
–Pues mejor así, porque ésa es una palabra maldita. ¿Y tú sabes que yo conozco al diablo en persona? (1993: 16).
Gregorio aún no es capaz de poner en relación las palabras con las actividades que les corresponden. Esas palabras están fuera de su vida, por lo que el tío emprende una labor
ardua “desgranar las palabras en sílabas claras y doctrinales” (1993: 21). Las jornadas pedagógicas moldean su índole para siempre:
Al día siguiente volvían a la tarea. Pero avanzaban con tanta lentitud que un año después no habían pasado de la palabra «aforo», y estaban todavía con los últimos ríos y estribaciones del Perú. Gregorio tenía ya entonces la identidad definitiva que evocaría con precisión la mañana del 4 de octubre (1993: 22).
Para ser Gregorio, “tenía ya entonces la identidad definitiva”; pero para ser Faroni: “Ambos personajes [Gregorio y Quijote] han de salir de su casa para terminar de asumir su
nueva identidad” (Ruiz de Aguirre, 2005: 503).Ruiz de Aguirre se refiere al momento en que huye a una pensión, aterrorizado por la idea de que Gil pueda localizarlo. Nótese que esta salida justifica la analepsis que ocupa doscientas cuarenta y cuatro páginas.
El juego “nombre-seudónimo”se manifiesta plenamente cuando aparece Gil en la vida de Gregorio y, tal como podría apuntar Huizinga (1968: 49) el mismo surge con las características de una acción u ocupación libre, en la que los protagonistas eligen esos juegos telefónicos que se desarrollan, al principio, los días lunes y jueves, en el sitio determinado por el espacio de la empresa Requena y Belson, según las reglas aceptadas por ambos. La acción tiene un fin en sí misma, es una manera de elevarse por encima de la precariedad de la existencia en la oficina, y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la
conciencia de “ser de otro modo”que en la vida corriente.
A poco de iniciada la analepsis de Gregorio, aparece la dicotomía “Gregorio-Faroni”,
que será la primera y determinante de una serie de contrastes entre los nombres y los apelativos. A lo largo de la novela, las palabras surgen como instrumento de conocimiento y de ocultamiento del ser.
Así como don Quijote asume el probable nombre de Quijada o Quesada, Gregorio a lo
largo de la novela, “atiende” por distintos nombres, cada apelativo se corresponde con
diversas facetas de su identidad. Gregorio Olías, Gregorito para su tío, será sucesivamente: Gregor Hollis, el poeta Faroni, X - I, G, Álvar Osián, Gregorio Uruñuela... y terminará siendo Gregorio Olías, conforme las diferencias que señalaremos oportunamente.
Hasta tal punto es importante el nombre que constituye el barro con el que se moldea nuestra identidad. Por eso el Dios del Antiguo Testamento no puede
dar de sí más nombre que “Yo soy el que soy” (Éx. 3, 14).
Nuestros dos personajes necesitan bautizarse a sí mismos en múltiples ocasiones para emprender su magna tarea, y serán también bautizados por los otros. Así, el protagonista del Quijote será don Quijote cuando viva de acuerdo con la imagen que de sí mismo se ha creado, Quijana o Quesada en la memoria de sus vecinos, el Caballero de la Triste Figura, don Azote o don Gigote para quienes han alcanzado el privilegio de contemplar sus hazañas, el Caballero de los Leones para el tipo de hombre que aspira a ser, Alonso Quijano para el hombre que al final es y Quijotiz para el pastor que podría haber sido53 (Ruiz de Aguirre, 2005: 504).
Veamos el primer seudónimo enmarcado en un juego de niños y recordado desde la perspectiva del adulto:
53
Ante todo, se cambiarían los nombres. Ya vería Elicio los que más convenían al nuevo oficio. Una mañana se asomó al mostradorcito, alzó el pulgar y guiñó el ojo:
–Ya lo tengo–dijo–, Gregor Hollis y Elik Reno, los opresores de la noche. Y aquí Gregorio Olías se detuvo en la escalera el 4 de octubre y se volvió a lo alto con una sonrisa apócrifa, pues eran muchos los sobrenombres que llevaba
utilizados en su carrera de impostor, y siniestra […] apenas deslizó Elicio su recado y apenas él se puso a saborear su nuevo nombre y a jugar con su sonoridad, pronunciándolo en alto y en bajo y en diversos tonos y con distintas intenciones, cuando de pronto algo notó en el aire, que se hacía diáfano como la menta, que se llenaba de un vago aroma de limón y que iba trayendo un creciente aviso musical que oyó una larga vez antes de que unas manos aparecieran por el mostradorcito (1993: 34).
Las palabras transforman la historia de los personajes. Son palabras creadoras. Así como la creación ocurre por la palabra de Dios, los personajes diciendo y haciendo ponen en evidencia el milagro del lenguaje. A poco de iniciarse la Segunda Parte de la novela, se nos describe una verbena en la que Gregorio participa con Angelina y su suegra. La experiencia deja al descubierto el divorcio entre el mundo de Gregorio y el de ambas mujeres; en ese
ámbito estalla el nombre de “Faroni” y con él se inicia, verdaderamente, la segunda parte de
la historia, puesto que se reavivan los afanes dormidos:
–¿Sabes lo que vamos a hacer cuando acabe la sequía?
–No.
–Intenta adivinarlo.
–No sé.
–Comprarnos un coche.
–Qué locura.
–Y volveremos a la costa, al mismo sitio donde fuimos la otra vez. ¿Qué te parece?
–No sé.
–Podemos hacer muchas cosas. Por ejemplo, ¿tú has ido al teatro alguna vez?
–Yo no.
–Yo tampoco. Tenemos que ir.
–El teatro es mentira, un sacacuartos.
–También las novelas de la radio son mentiras.
–Pero son de balde y nos distraen del trabajo. […]
Bailaron dos piezas y regresaron. Y ya se disponía Gregorio a sacar a la madre cuando de repente se oyó un grito que lo dejó paralizado en lo más profundo de su zalema cortesana.
–¡¡Faroooniiii!!
Lo reconoció con el pensamiento, antes de volverse. Era Elicio (1993: 94). Después de pronunciado ese nombre, seudónimo de un mundo ideal, Gregorio padece los comentarios de su suegra:
–Un amigo de la juventud.
–¡La juventud! Y ¿cómo te llamaba, Meloni o Peroni? (1993: 97).
Una vez que Gregorio ha escuchado el seudónimo, vuelve el recuerdo de cuando su amigo lo animó a elegir un nombre de poeta. Después de desechar muchos, al fin encontraron el que habría de acompañarlopara siempre: “Faroni”.
–El poeta Faroni–dijo Elicio–; es tan bonito que parece una marca de motos. Y de nombre podías llamarte Augusto. Augusto Faroni: no sé si será mucho para ti. (1993: 54).
Cuando Gregorio siente su nombre, el lenguaje demuestra que no es meramente un instrumento, porque –tal como lo concibe Heidegger– al hablar se crea lenguaje. Y los personajes de Landero van creando, a través de las palabras, un mundo propio:
Y como todo lo que tocaba la poesía se hacía misterioso, hasta las cosas de siempre se ofrecían al poeta como enigmas que había que resolver. Nunca se había sentido tan dichoso, tan vivo, tan liviano. [...]
Sus temas fueron el amor y el viaje. Escribió versos al camino, a los pájaros, a la estela del mar, al humo de los trenes, a la Vía Láctea, al vagabundo y a sí mismo, [...] Puso nombres nuevos a los lugares de siempre: el Parque de los Once Pétalos, la Encrucijada del Escudo y la Avispa o el Árbol de la Primavera Triste, que era la acacia, y como tampoco se conformaba con los nombres comunes de las cosas, a la arena la llamó «la lluvia eterna de los muertos», y a la luna «la moneda de oro perdida por un Dios». Y sobre todo escribió versos a Alicia, aludiéndola por sus nombres secretos de pájaros y flores, o por el seudónimo poético de Ondina. Ondina con perro, sin perro, a media tarde, de madrugada, con capa y sin capa, despierta y dormida, dulce y cruel, evanescente entre la niebla, fugaz entre las hojas, nítida y constante frente al
mar. […] (1993: 54).
Observa Ruiz de Aguirre (2005: 495) que “Los nombres parecen en la línea de las
mejores y más disparatadas novelas de caballería”54 y que Don Quijote no puede emprender su aventura hasta no haber encontrado un nombre que cuadre y convenga a su nueva condición55, y evoca que al recuperar el juicio, el caballero vuelve a ser Alonso Quijano56.
Así, “Gregorio no puede moldear a su gusto la farsa hasta que no ha comunicado a Gil su
pseudónimo” (2005: 504).
Roca Mussons establece la siguiente comparación:
54
Alberto Rivas Yanes señala también su gusto por bautizar los lugares con nombres que encierren ecos
simbólicos: “Café de los Espejismos, Esquina del Buen Cordón, Bordillo de los Sobresaltos, Chaflán del Elixir”
(258). "Lo quijotesco como principio estructural de Juegos de la edad tardía, de Luis Landero", Anales
cervantinos, 33 (1995-1997), pp. 367-374.
55“Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros
ocho días, y al cabo se vino a llamar don Quijote”, I, 1. Nada menos que cuatro tardó en buscárselo a Rocinante. 56“Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno”, II, 74.
Si don Quijote, al recuperar el juicio vuelve a ser Alonso Quijano, el protagonista de Juegos, tras inmolar trágicamente su máscara, asume nuevamente el nombre de Gregorio Olías pero, no logrando salir de los laberintos en que se ha hundido, el nombre no representará su primera identidad sino que, reflejando un mecanismo de cajas chinas, señalará a un primo suyo y biógrafo de Faroni, que mantendrá las relaciones con Gil y, en un final abierto, se propondrá nuevamente proyectado dentro de otra modificada impostura con un nuevo nombre: Lino Uruñuela (1993: 8).
Comprende Gadamer (1991: 161) que el juego que se produce en la representación escénica no desea ser entendido como satisfacción de una necesidad de jugar, sino como la entrada en la existencia de la poesía misma. Se plantea qué es la obra poética según su ser más auténtico, ya que solo existe al ser representada, en su representación como drama: lo que de este modo accede a la representación es su propio ser. Así también, Gregorio, en el papel de Faroni, y Gil, en el de Dacio, juegan una representación escénica que consiste en presentar la poesía sobre las tablas de una vida común.
Al decir la palabra esencial “Augusto Faroni” se crea lenguaje y con este juego, a la posibilidad de condenarse se contrapone la perspectiva de liberarse a través de la palabra. Gregorio, transmutado en Faroni y gracias a la posibilidad de expresarse, libera sus sueños y junto con ellos, da rienda suelta a la que él cree ser su verdadera identidad. Es interesante ver cómo la salvación opera a través de la palabra. Ella es el agente y el conducto:
–Y allí todos le conocen por el señor Olías, ¿no?–preguntó.
–No, no, utilizo un seudónimo artístico–se apresuró a decir.
–Y, si puede saberse, ¿cuál es?
Gregorio cerró los ojos para asumir la plenitud del instante.
–Faroni–dijo, y el nombre le sonó mágico, como si lo acabara de inventar.
–Faroni –recalcó lejanamente Gil. Si usted me lo permite, en adelante yo también le llamaré señor Faroni. ¿Le parece bien?
–Claro que sí –y tuvo un confuso sentimiento de pánico y de júbilo (1993: 114).
Lyotard hace tres observaciones a propósito de los juegos de lenguaje. La primera es que sus reglas no tienen su legitimación en ellas mismas, sino que forman parte de un contrato explícito o no entre los jugadores (lo que no quiere decir que éstos las inventen). La segunda es que a falta de reglas no hay juego, que una modificación incluso mínima de una regla
modifica la naturaleza del juego, y que una “jugada” o un enunciado que no satisfaga las
reglas no pertenecen al juego definido por éstas. La tercera observación acaba de ser sugerida: todo enunciado debe ser considerado como una “jugada” hecha en un juego (Lyotard 2000:
jugadas; es Gregorio quien mueve las piezas fundamentales y, con ellas, sienta las pautas que norman esos desplazamientos:
Más de veinte noches llevaba Gregorio concediéndose entrevistas nocturnas. Fue el principio de una larga metamorfosis que cuatro años después, un domingo de octubre, recordaría como un juego aparentemente arbitrario, donde gana el jugador que descubre antes las reglas, y cuya misteriosa precisión sólo se entiende después del desenlace. La farsa le exigía ahora cuidadosos ensayos. Por lo pronto se compró una libreta con pasta de hule y escribió en la tapa:
Contabilidad, y para evitar complicaciones futuras puso debajo un nombre
ficticio, Alvar Osian, sin sospechar que aquel seudónimo acabaría siendo un personaje más en su carrera de impostor. Se limitaba entonces –por distracción y por curiosidad– a seguir un juego que, como carecía de reglas, tampoco contemplaba las trampas. En la libreta, y con ayuda del diccionario, iba anotando las respuestas del héroe urbano trazado según las intrépidas conjeturas de Gil, de modo que se adelantaba a las preguntas, y, ante cualquier imprevisto, o bien daba un rodeo para hacer oportunas las palabras convenidas, o bien guardaba un silencio hostil que Gil atribuía de inmediato al carácter mudable de los artistas (1993: 122).
La convivencia de la duplicidad Gregorio-Faroni es explicada a la luz de Aristóteles57, quien define el movimiento, lo dinámico (το δυνατόν) como la realización (acto) de una capacidad o posibilidad de ser (potencia) en tanto que se está actualizando. De la misma manera, podríamos conjeturar que Faroni es la realización (acto) de una capacidad o posibilidad de ser (potencia) implícita en Gregorio o en términos heideggerianos que: “El dejar ser, es decir, la libertad, es en sí misma ex-ponente, ex-sistente. La esencia de la libertad, vista desde la esencia de la verdad, se revela como un exponerse en el
desocultamiento de lo ente” (Heidegger, 2000: 151):
yo soy Faroni», proclamó una tarde, y enseguida supo, por la solemnidad del tono, que había esperado mucho tiempo el instante de pronunciar aquellas palabras [...] se iniciaba en la sospecha de que toda vida es al menos dos vidas: una, la real e inapelable, otra la que pudo ser y sigue viviendo en nosotros en calidad de ánima en pena58, vagando por la memoria y creciendo en ella hasta
57Si aceptamos tomar como guía la polisemia el ser o, más bien, de enteque Aristóteles enuncia en Metafísica
E 2, el ser-verdadero y el ser-falso son significaciones originales del ser, distintas y, al parecer, de igual rango que el ser según las categorías, que el ser en potencia y en acto, y que el ser por accidente. [salteo pie de página] Precisamente bajo el signo del ser como verdadero, reunimos todas nuestras observaciones anteriores sobre la atestación como crédito y como fianza. ¿Significa esto que la metacategoría del ser-verdadero y del ser-falso puede repetirse en los términos en que Aristóteles la formuló por primera vez? Es ésta la primera ocasión para someter a prueba el vínculo entre innovación y tradición en el pensamiento de hoy. (Ricoeur 1996: 331)
58Vargas Llosa penetra en la paradoja con términos que parecen escritos para justificar la afirmación categórica “yo soy Faroni”: “Pero la imaginación ha concebido un astuto y sutil paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad limitada y nuestros apetitos desmedidos: la ficción. Gracias a ella somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos. En ella nos disolvemos y multiplicamos, viviendo muchas más vidas de la que tenemos y de las que podríamos vivir si permaneciéramos confinados en lo verídico, sin salir de la cárcel de la historia. Los hombres no viven sólo de verdades; también les hacen falta las mentiras: las que inventan libremente, no las que les imponen; las que se presentan como lo que son, no las contrabandeadas con el ropaje de la historia. La
adquirir indicios de independencia y realidad, disputando a la otra, a la primogénita, despojos del pasado, reemplazándola a veces en la posesión de ese vasto territorio que es el olvido e instalándose en él como señor feudal (1993: 139).
En el “Epílogo: Lo que no sucede y sucede” de Mañana en la batalla piensa en mí,
Javier Marías afirma que:“Las personas tal vez consistimos, en suma, tanto en lo que somos
como en lo que no hemos sido, tanto en lo comprobable y cuantificable y recordable como en lo mas incierto, indeciso y difumado. Quizás estamos hechos en igual medida de lo que fue y
de lo que pudo ser” (1994: 417). Podríamos adjudicar esta aseveración a Gregorio Olías y sería muy convincente en boca de un personaje de ficción: para Javier Marías, la novela como
“forma más elaborada de ficción” sirve para “explicarnos a nosotros mismos y nuestra vida”
(1994: 417). Por ello, el concepto de “lo que no sucede y sucede” (según Marías) es equiparable al de“toda vida es al menos dos vidas” (según Landero).
Cuando Gregorio y Gil dejan en libertad a Faroni, dan existencia a algo que sin ser verdad tampoco es mentira. La verdad de Faroni es, esencialmente, una libertad que se toma Gil con un alto propósito: el de llegar a ser lo que de verdad es.
Para Ruiz de Aguirre (2005: 502) Gregorio, se siente dignificado por Faroni, una figura en la que se conjugan los recuerdos, la invención, la realidad y el deseo. Observa que todas las personas sufren por la diferencia que separa el yo ideal del real, pero la obsesiva presencia del afán en Gregorio (y también en don Quijote) le condena a una oscilación constante en su autoestima, en función de la mayor o menor identificación que sienta con Faroni, una figura que cada vez va alcanzando mayores cotas de independencia. Ruiz de Aguirre (2005: 503) no pierde de vista que la gran diferencia que separa a Alonso Quijano de Gregorio Olías es que el segundo sí sabe que no es Faroni, aunque a veces se obligue a dudarlo59, mientras que el primero sí sabe que es don Quijote, aunque algunos brillos de