2.2 Insights into the Mechanics of Application-Breaking API Refactorings
2.2.3 Classifying Application-Breaking API Refactorings by the Mechanics of Breaking
[Rebelde en las aulas. Generoso en la vida]
Vicente Ramírez, paisano de la madre de Alejandro, dirigía un centro de formación profesional en la calle Mayor cuando María Pizarro le mandó a sus dos hijos. Primero llegó Jesús. El año siguiente, Alejandro entró a estudiar los cinco años de auxiliar administrativo.
Además de dirigir el centro era tutor del curso de Alejandro —de sólo veinte alumnos— y le daba varias asignaturas, así que compartían cinco o seis horas al día. Eso hizo posible un contacto muy directo de Vicente con aquel chico de quince años que necesitaba orientación. Después de ser expulsado del instituto Mariana Pineda, Alex llegaba muy rebotado.
El resultado sorprendente fue que, en el primer curso, Alejandro quedó el primero de la clase.
«Mi madre me dijo: “Vas a ir a esta academia, donde está Vicente, al que conozco de mi pueblo de toda la vida.” Y yo: “Pues vale” Cuando llegué ahí, había gente del barrio de Salamanca mezclada con gente de Lavapiés, y eso fue muy bueno porque todos aprendimos a convivir al final. Sobre todo, eran importantes las chicas. Había unas cuantas, pero la estrella era una que vivía en la Puerta de Alcalá, y que me encantaba a mí. Almudena fue uno de mis grandes amores, y era superpijita. Llevaba a los Hombres G en la carpeta, y yo le tomaba el pelo. Lo mejor que enseñan ese tipo de escuelas es a convivir con los demás sin prejuicios, ni para nosotros ni para los pijitos.»
En los cinco años cruciales que pasó Alejandro en la academia, su vida dio un giro importante. Cambió de amistades, se empezó a alejar de la gente del barrio, y descubrió nuevas amistades entre los compañeros de clase. Recuerda de entonces con cariño a un chico, Jaime Mascaró, el único que llevaba siempre mil pesetas en la cartera... «Que si unas tapitas, que si no sé qué. Paga tú,
que estamos tiesos...» A Jaime siempre le tocaba invitar y prestar su Ossa
Enduro.
El aterrizaje de Alejandro en la academia fue sonado. A principio de curso, cuando Vicente repasaba con los profesores los alumnos nuevos, le llegó el turno a Alejandro Sánchez Pizarro, y todos coincidieron: «Es un poco chulo,
quizá, es el guaperillas de los nuevos.»
Vicente y Alejandro se toparon en el pasillo de la academia, que apenas tenía un metro de ancho. Era inevitable hablar. El chico llevaba sólo un mes y pico allí, y la bienvenida de Vicente fue: «Me han dicho que eres un poco chulo y te
voy a pisar los huevos.» Alejandro se quedó mirando a su nuevo director
como perdonándole la vida, hasta que éste dijo: «¿Quieres que me vaya
Roto el hielo entre los dos, entraron al despacho de Vicente, que le advirtió:
«Mira, si yo quiero ser chulo, en un segundo soy el más chulo de la tierra. Pero lo que no puedo hacer en un segundo es convertirme en un hombre honrado, honesto y con cojones. Eso no es fácil, pero no hace falta tener cuarenta años para ser un hombre. Con quince ya puedes serlo.»
El amigo de su madre le hizo saber que estaba allí para ayudar, que no se sintiera de los nuevos sino uno más... esas cosas que a algunos les entran por un oído y les salen por el otro. Pero Alejandro reaccionó y aceptó la oportunidad que se le ofrecía. Lo demostró diciendo a una profesora que criticó al director en clase: «Delante de mí no habla nadie mal de Vicente.» Desde entonces creció su amistad hasta el día de hoy, en que Vicente Ramírez es el director financiero de Alejandro Sanz.
En esos tiempos (como en todos), al artista le brotaba una guitarra de las manos al menor descuido. Y no eran excepción los viajes de fin de curso a Mallorca en los que empezó a salir con Almudena. La huella que le dejó aquel amor tiene letra y música («Mi primera canción», en «Si tú me miras»).
Almudena tiene un papel importante en la siguiente escena.
Al llegar la Navidad Vicente propuso a la clase algo distinto a lo típico por esas fechas entre estudiantes —hincharse de sidra en los bares de la plaza Mayor—. Buscando la forma de hacer algo por los demás, Almudena se levantó y propuso:
«¿Por qué no lo enfocamos a los niños que están solos en estas fechas?»
Aquello no pudo ser, pero Vicente encontró un centro en Madrid de las Hermanitas de los Pobres, sin subvención alguna y donde para entrar hay que acreditar que se carece de lo mínimo para vivir. Les pidió el salón de actos y allí prepararon sus alumnos un espectáculo donde cada cual hizo lo que mejor sabía: uno contaba un chiste, el otro hacía otra cosa, y Alejandro tocó la canción con la que llevaba dando la tabarra todo el santo curso: «La saeta», aquel poema de Antonio Machado al que Serrat puso música. Y vivió como protagonista aquella acción, porque su curso fue el promotor del evento: Almudena, él, Paloma, Jaime...
En esa ocasión, Vicente sugirió a los chicos que, además, llevaran a los ancianos algún regalo, cualquier detalle, salvo dinero.
Cosas de la vida. Años más tarde, Rosa Lagarrigue —ya manager de Alejandro— tuvo la idea de reproducir la energía de un concierto que había visto en Nueva York tiempo atrás.
Corría diciembre de 1991, «Viviendo deprisa» llevaba editado desde mayo, y le hacía falta un empujón. Rosa contó el proyecto de poner en pie un gran concierto con un enorme árbol navideño sobre el escenario que acogiera regalos para los niños necesitados a Iñigo Zabala, de Warner. Éste apoyó inmediatamente la iniciativa, y Ramón Colom, director entonces de Televisión Española, se arriesgó (todavía era un riesgo) a emitirlo.
Finalmente, el día 14, en el pabellón del Real Madrid, se celebraba el concierto de Navidad a beneficio de Unicef, con un único artista: Alejandro Sanz presentándose en Madrid por primera vez y por todo lo alto ante cuatro mil personas. La magia del recinto se multiplicó a través de la pequeña pantalla, y aquél fue el auténtico disparo de salida para la vida artística de Alejandro.
Antes de empezar aquel concierto, Vicente Ramírez entró en el camerino para desearle suerte.
«Alejandro estaba a solas. Era su presentación en Madrid y yo sabía lodo lo que significaba para él. Me dijo: “Esto es como aquello, sólo que hay más gente, y ya está.”»
Más tarde, Alejandro reconoció: «N0 voy a olvidar nunca aquel aplauso
del pabellón del Real Madrid. Sobre todo, el de antes de empezar, que fue más fuerte que el del final.»
En los días de academia, Alejandro ejercía de héroe anónimo en algunas hazañas que jamás cuenta. Como aquella vez que apareció con un ojo morado y, al preguntar Vicente lo ocurrido, alegaba que se había caído o se había dado contra una puerta. Vicente se quedó con la duda hasta que otro compañero le contó la realidad: Alejandro venía en el 30 (el autobús que cogía desde Moratalaz hasta la plaza Mayor), y un tipo estaba metiendo la mano en el bolso a una mujer para quitarle la cartera. El se metió por en medio y acabó dándose puñetazos con el ladrón.
Vicente conoce del carácter impulsivo de Alejandro, que es muy visceral cuando está convencido de tener la razón. Pero también ha podido comprobar muchas veces su generosidad y su cariño. En especial cuando supo que su mujer padecía un cáncer irreversible, y a aquel rebelde de la academia le faltó tiempo para decirle a su profe: «Vicente, lo que necesites. Si hay que ir a Estados
Unidos, a Navarra, a donde sea. Todo lo que necesites, cógelo mientras haya.»
Desgraciadamente la enfermedad estaba muy avanzada para combatirla, pero la relación entre ambos ha superado el tiempo, las diferencias de edad y los matices del carácter de cada uno. Con la experiencia adquirida en muchos años de enseñanza para transmitir estímulos, la influencia de Vicente sobre Alejandro se manifestaba a veces en mensajes cortos, frases sustanciosas que daban que pensar al chico, y prendían en su imaginación...
«Un día, yo sabia que necesitaba una inyección de moral. Entonces pasé por una tienda y vi que había un cartapacio de esos de cuero que se ponen sobre la mesa del escritorio. Se lo compré para regalárselo. Pero antes de dárselo le escribí dentro: “Éxito = noventa por ciento de trabajo; cinco por ciento de genio, y cinco por ciento de suerte.” Y se le quedó grabado, porque lo ha repetido en alguna entrevista.»
Alejandro cambiaría los factores de esta ecuación en sus declaraciones para el volumen III de sus vídeos, recordándola así: 90% de esfuerzo, 5% de talento, y
5% de originalidad. En cualquier caso, ya ha declarado eme, para él, «el
talento consiste en darte cuenta de que tienes que trabajar y mejorar todo el rato. Es más bien constancia».
Mientras estudiaba en la academia, la vida del barrio se iba quedando atrás, pero no ocurría igual con su afición motera.
La Ossa Enduro era la más considerada. Y los rockers tenían buenas motos, ya grandes, pero el que tenía una Rieju iba en moto, nunca mejor dicho. Él tenía una Derbi Variant con encendido electrónico, trucada, por supuesto. «Tenía
un tubarro... y cómo andaba. Iba en ella por la mañana con un frío en pleno invierno... a cuatro bajo cero en la moto.»
Estuvo a punto de matarse varias veces con ella, y no perdía ocasión de mejorarla. Una vez, que tenía su sillín roto, vio que habían abandonado otra moto al lado de su casa. Llevaba varios días tirada, se la estaban llevando a pedazos, dejándola en los huesos. Le habían quitado hasta las ruedas. Alejandro se dijo: «Voy y cojo el sillín.» Con tan mala suerte que el coche de la policía se le paró de golpe al lado. Y salió un agente muy chulo, con una cara que le recordaba al malo de «Terminator», y con una esclava delgada en la muñeca...
«—¿Qué haces aquí?»
Alex no sabía dónde meterse y se inventó una película de las de miedo... «Un
primo mío tuvo un accidente con la moto y tuvo que dejarla aquí, porque él está muy grave, y como yo vivo al lado y estoy viendo que la están descuartizando me pidió que la recogiera y se la guardara en el garaje de casa, pero no tengo la llave del candado y...»
«—Ya. A ver los papeles —de la Variant regalo de su padre—. Esta moto está picada. El número está picado.»
«—¡Pero qué dices! ¿Cómo que está picada?» —le salió del alma.
La escena terminó con el policía de la esclava soltándole un directo al estómago con todas sus ganas, de una extraña forma que no hizo daño a Alejandro.
Y al ver que éste no reaccionaba, se extrañó tanto el policía, que se marchó. Al final, se quedó sin el sillín.
Cuando estudiaba quinto de administrativo, su profesor y amigo cambió de centro, montó una asesoría, y Alejandro fue con él de ayudante, aunque no podía pagarle nada fijo... «Ve a tal sitio, recoge estos papeles...» El chico tendría veinte años, y era muy listo. Tomaba decisiones acertadas por su cuenta, y cuando no sabía algo, lo resolvía con ingenio.
Pero lo mas chocante de esta relación es, seguramente, comparar aquel rapapolvo en el despacho de la academia con la reunión que mantuvieron los mismos protagonistas varios años más tarde, en la que Alejandro pidió a Vicente que se fuera a trabajar con él y dejara la enseñanza.
Fue una cómica negociación en la casa de la calle Toronga, el tercer y definitivo domicilio en Madrid de la familia Sánchez-Pizarro, y donde Alejandro vivía aún a finales del 98. Ese diciembre estaba poniendo bases a su futuro. Pocos días después se iba a casar, y al tiempo parecía sentir la necesidad de afianzar su núcleo más cercano. Por algo, cuando se refiere a su equipo, al margen de su manager y su familia, Vicente Ramírez y Marta Cardenal son las primeras personas que menciona.
Aunque Vicente empezó a colaborar con Alejandro bastante antes, fue en las Navidades del 98 cuando formalizaron su relación, y desde entonces es de manera oficial su gerente. El acuerdo fue el mundo empresarial al revés. Alejandro ofrecía siempre más de lo que Vicente le pedía. Acto seguido, Vicente bajaba su cifra. Alejandro volvía a subirla... y así estuvieron hasta que se echaron a reír y dejaron la conversación.
«Una persona como él, que puede tener el mejor equipo posible de administración, jurídico, fiscal, contable e inversor, me dijo: “Tú te tienes que venir conmigo.” Y si a mi me ofrecieran hoy en otra parte mil millones o así, no me voy. Mi mujer ya falleció, mis hijos son independientes, y yo estoy dedicado a Alejandro en todos los sentidos. Decir que sólo le llevo los números no reflejaría la realidad.»
Nunca se podría pensar que esa relación se sustenta sólo en bases económicas, sino en la intuición de Alejandro, que no deja cabos sueltos y se rodea de quien se gana a pulso su confianza. A veces, a través de conversaciones tan duras como la que se dio en el despacho de aquella academia.
Cuando Vicente le conoció, Alejandro no tenía un duro y se buscaba la vida como cualquier chico de su edad. Sus padres le daban los consabidos veinte durillos que al día siguiente se le habían acabado. Y desde que tiene todo lo que puede necesitar, su relación con el dinero es la menor posible.
Su asesor cumplió con su papel al indicarle que había fórmulas legales para hacerse residente en un paraíso fiscal y ahorrarse así muchos impuestos. Todos sabemos que hay personas muy conocidas que no son residentes en España, pero él fue rotundo: «Yo nací en España, soy español, y pagaré mis
impuestos en España. No quiero ser residente en otro país.»
Quince años de amistad ya son muchos, y eso permite que Vicente sepa alguno de esos detalles que Alejandro calla.
«Cuando yo estaba ya trabajando con él, me llamó la madre de una chica que iba a morir, y quería que Alejandro fuera a verla. Él lo pasa muy mal con esas cosas, pero le dije: “Vamos a intentarlo.” La única condición fue que no hubiera medios de prensa, ni fotógrafos ni nadie. De esa forma, hemos hecho cosas parecidas más de una vez.»
El nombre de Alcalá de los Gazules, el pueblo de María Pizarro y de Vicente, aparece más o menos distorsionado en varias actividades de Alejandro, y tiene una sonoridad digna de recrearse en ella.
«Es un nombre árabe, y nosotros lo utilizamos mucho. La empresa que realiza todos los conciertos es Gazul Producciones, Alejandro lo usó también como seudónimo en sus primeras composiciones (Gazul Medina), y está en el nombre de la editorial de sus canciones (Alkazul, S. L.). Por lo menos, conseguirá que Alcalá de los Gazules se conozca un poco más.»
«Alcalá de los Gazules es el pueblo más bonito de España. Decía José María Pemán que los dos nombres de pueblo español que más le gustaban eran Alcalá de los Gazules y Madrigal de las Altas Torres. El nombre viene de su invasión por los moros. Los guerreros defendieron ese fuerte desde unos reductos que aún se conservan y que se llamaron “gazules”. Y se cambió el nombre de Alcalá Regina por Alcalá de los Gazules.»