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2.3 Summary

3.1.3 White-Box Class Adapter Pattern

[Años 93 y 94: la resaca del éxito. Grabación en Londres de «Si tú me miras». «Básico»]

Había llegado el momento de perfeccionarse y dotar a la frescura inicial del oficio necesario para plasmar con éxito esa naturalidad. Había sonado la hora de los maestros.

En el programa monográfico que «El séptimo de caballería» dedicó a Alejandro Sanz (5-10-98) se encontraba, mezclado entre el público y en un discreto segundo plano, un hombre de los que se ven una vez y se recuerdan siempre.

Antes de iniciar su actividad como profesor de canto y cuando aún ni pensaba en hacerse el educador de voz más querido y respetado del pop español, Robert Jeantal tuvo su propio grupo, los TNT, y algunos éxitos.

Por su casa han pasado Ana Torroja, Christina Rosenvinge, Rafa Sánchez, Paloma San Basilio, Amistades Peligrosas y bastantes más. Es, por poner un ejemplo llamativo, la persona que ayudó a Miguel Bosé a sacar a relucir su verdadera voz en «Sevilla», un paso decisivo en su carrera musical.

Robert, viejo amigo de Tom Jones como atestigua una foto que cuelga de su salón, emplea una chocante técnica con sus alumnos, ya que no utiliza instrumento alguno en sus clases. El aprendiz de cantante llega a su casa (un sencillo piso cerca de la madrileña plaza de España), y después de que el maestro le marque las escalas que debe entonar, entra en un estrecho pasillo que recorre arriba y abajo mientras repite los ejercicios. Robert permanece durante la clase en el salón de al lado, escuchando cómo lo hace su pupilo, y de vez en cuando le da indicaciones o le refresca él mismo la escala repitiéndosela al alumno.

Con el apoyo de la vocal «O» y las consonantes «M», «N» y «Ñ», el estudiante va subiendo de tono hasta donde pueda llegar, y los ejercicios de respiración le ayudan a conocer sus límites al tiempo que sortea a la deliciosa perra salchicha que salta a su alrededor. Al terminar la clase, al aprendiz le sale de dentro una voz caliente y bien colocada, la mejor de las posibles. Y siempre hay un rato extra para charlar sobre fenómenos paranormales, poderes extrasensoriales, creencias, gimnasia o ética, que deja una relajante sensación de paz. Roben viste invariablemente de chándal y deportivas, y peina con coquetería su blanquísimo tupé, recuerdo sin duda de triunfales noches antes y después de actuar.

Alejandro tenía mucho que aprender y que asimilar en poco tiempo. El éxito también puede ser una píldora indigesta, y como consecuencia de la agotadora gira del 92, ha dejado atrás al chico de barrio para convertirse en un ídolo que no puede pisar la calle sin que le asedien cientos de fans y se analicen con microscopio todos sus movimientos. Este shock le hace acusar un bajón psicológico.

«Tuve una época muy mala. Me encerré en una casa en Sanlúcar para superarlo con Capi y unos amigos franceses que vivían con él en ese momento. Era muy curiosa esa sociedad sanluqueña y chipionera. Cuando me querían invitar a una fiesta, como yo cantaba y era gracioso, las señoras, que estaban encantadas de hacerme un hombre, me decían: "Vente tú, pero que no venga Capi." Y yo contestaba: "Pues si no viene, yo tampoco voy."»

«Tuve un proceso casi tan suave como el de la transición española. Es decir, que de repente no veía con extrañeza cosas que antes sí, y al revés...»

En esta fase de aprendizaje vital, personal y profesional, Capi introduce a Alejandro en un círculo donde se encuentra el mencionado Pablo Pérez- Mínguez, fotógrafo de la «movida madrileña» que le retrata para la portada de «Viviendo deprisa». La capital está en un momento muy brillante de modernización acelerada, y Alejandro llega a esa vorágine cuando está dando sus últimos coletazos...

«Ni supliera llegué a conocer la sala Rock-Ola. Hoy en día hay dos cosas que no me perdono, y son no haber conocido el Rock-Ola y no haberle podido escribir una canción a Camarón de la Isla. Pero no llegué a tiempo. Sí recuerdo con mucho cariño a Tino Casal, que cantaba de maravilla y fue quien me enseñó, literalmente, a hacer coros. Me acuerdo de estar haciendo coros con él y fijarme sólo en esos zapatones que llevaba, que eran como dos coches de choque de feria, con una goma muy grande alrededor. Yo flipaba con eso, porque me lo había imaginado con zapatos puntiagudos, pero nunca con esos zapatos tan gordos de goma.»

Tras el debut del 91 y el supertour del 92, le alcanza por primera vez a Alejandro el horror vacui, esa sensación de vértigo abismal que sucede a las experiencias más intensas de la vida. El bajón, atemperado por las vacaciones en Sanlúcar, no está del todo resuelto al plantearse la grabación del segundo álbum.

Tanto Warner (Iñigo) como Alejandro quieren adelantarse al mercado, y antes de encerrarse en un público limitado y muy marcado, desean un disco con otros sonidos y otro color. Un disco maduro que arrojar a los críticos maldicientes. La compañía recomienda entonces a Nacho Mañó, de Presuntos Implicados, para pilotar ese proyecto, y Alejandro lo acepta de buen grado. Capi no comparte al ciento por ciento la decisión de buscar a otra persona para dirigir musicalmente el segundo álbum de Alejandro cuando la fórmula de «Viviendo deprisa» con Guerin había probado su efectividad. Pero transige y coproduce con Nacho. Entre febrero y abril del 93, Alejandro escapa al ruido de las fans para poderse centrar en su faceta más íntima y verdadera de creador de canciones. Asesorado por Nacho Mañó, encuentra espacio vital para respirar en los estudios Townhouse de Londres, donde Presuntos ha grabado «Ser de agua», uno de sus discos de mayor proyección.

Pese a la dificultad que entrañan todos los segundos discos de un artista y las condiciones particulares que rodean a este en concreto —cambio de sonido, inestabilidad emocional del cantante...— Alejandro siempre lo ha defendido con ardor.

«Para mí ese disco fue de los más exitosos, excluyendo "Más". Obviamente, no lo fue en ventas. Pero pese a todo lo que estaba pasando en mi vida personal —estaba viviendo un amor muy escabroso, muy difícil, tenía sangre de por medio, tenía risas, tenia lágrimas, tenía peleas, tenía locuras, tenía amanecer a las tres de la tarde en un antro de Madrid pidiendo socorro...— salió uno de los discos que más quiero.»

«Sobre todo, porque en ese disco está Paco de Lucía, que es lo más grande que me ha podido pasar como músico; porque estaba Nacho Mañó haciendo esa producción; por cómo son los temas, y por la valentía que hubo... o la ignorancia. La valentía viene acompañada de la ignorancia en todo caso.»

«Al final, es de los discos más maduros que he hecho, un paso de gigante con respecto al primero, y eso creó un respeto entre cierto tipo de gente que me interesaba y que aprecia lo que significa ese disco en mi carrera, porque es cortar con todo. Después de haber vendido un millón de discos y de gustarle a todas las chicas jóvenes, convertirte por un tiempo en una persona totalmente oscura, creo que fue un paso valiente y me alegro de ello.»

El tiempo ha dado la razón de algún modo a Alejandro, porque «Si tú me miras» es un disco que hoy suena más actual que el primero, y sus venias son lentas pero todavía constantes. Sin embargo en su tiempo supuso una caída en cifras hasta la mitad de «Viviendo deprisa». Quinientas mil copias despachadas hasta la fecha de «Si tú me miras» no son, en los términos habituales para Alejandro Sanz, un buen número.

Al reflejar el ambiente emocional que se respiraba alrededor de esa grabación, hay que decir que se trata de un período contradictorio para el artista, que alterna la diversión y el sufrimiento.

Una vez en Londres, determinado a no perder ni una hora de su tiempo, toma clases de inglés y tiene por compañeros a dos personajes que serían más tarde prohombres del Partido Popular: Miguel Ángel Rodríguez y José María Michavila. Compatibilizó la camaradería de estos políticos con visitas menos políticamente correctas que le llegaban desde España, como las de Fabio de Miguel (buen amigo de Tino Casal) o Luis Miguélez.

En esas fechas coinciden en Londres los Ketama, Miguel Bosé (que está grabando «Bajo el signo de Caín»), Nacho Cano, su hermano José María inmerso en la composición de su ópera... Hay un gran ambiente que termina a veces en desmadre.

Alejandro mantiene una relación sentimental desigual con una mujer que se acaba de separar. Él tiene veinticinco años y ella es mayor que él. Apenas recuperado de su depresión, Alejandro está atrapado en la red de quien sería la verdadera destinataria de «Si tú me miras». A ella se refieren los misteriosos amores culpables que, según la canción, es preciso ocultar ante los demás.

«Tu letra podré acariciar» es el eslabón que nos conecta al Alejandro Sanz de «Viviendo deprisa»: vigoroso y directo, envía un homenaje cálido a las fans que acuden a sus conciertos. Incluso en pleno cambio de piel no olvida a sus fieles. Tal vez ahora con un sentido especial, por lo que está viviendo.

«El escaparate» y «Mi primera canción» contienen el lujo de Paco de Lucía a la guitarra. Alejandro pidió a Capi que le llamara, y a éste no le costó nada convencerle, porque la amistad familiar y el respeto mutuo es antiguo y firme. Además, el maestro lo pasó muy bien en Londres: «Llegó con un

chándal lleno de agujeros y la guitarra en la mano. Venía para unas horas y se quedo tres o cuatro días. Vivíamos en un apartamento al lado de Portobello, empezamos de repente con unos picores... y estábamos todos callados hasta que a Nacho Maño le empezaron a salir ya pústulas en la cabeza. Tuvimos que irnos corriendo de ese piso por la cantidad de bichos que había.»

«Cómo te echo de menos» y «Qué no te daría yo» son dos grandes temas que ilustran a la perfección el tempo baladista y calmado que se busca en el álbum, mientras que lo original del arreglo manda en «Este pobre mortal» y en el alegre ritmo reggae elegido para «Vente al más allá», en la línea de lo que artistas como Sting estaban haciendo en sus discos.

«Cuando acabas tú» está llena de rabia contenida, y la ternura envuelve la historia contada en «A golpes contra el calendario», una oda a la dignidad en el ocaso de la vida. La edad más madura es un tema que ya había interesado antes a su autor («Toca para mí»).

Para Capi, «Si tú me miras» siempre será el disco ruso. Pero no por la rareza de su sonido, sino porque Alejandro y él se inventaron en Londres una antidieta: no comían durante el día, pero de noche se desquitaban con homenajes de caviar, vodka y blinis con nata en un restaurante ruso que habían descubierto y del que se hicieron adictos.

«Fue muy divertido, porque Alejandro llegó con tantas ganas de cambiar de vida que se apuntó a un gimnasio. Y luego fue tres días, porque cuando hace gimnasia se ensancha bastante.»

Una nueva estética reina en los dos vídeos que se producen a partir de este álbum. Isabel Coixet —formada en la publicidad, vinculada a Bigas Luna y después directora de largometrajes—, que había dado en el clavo con «Pisando fuerte» se encarga del correspondiente a «Si tú me miras». Steve Graham firma el de «Cómo te echo de menos» —moderno y muy colorista.

Alejandro, que suele calificar su forma de moverse como «andares de pato», no siempre flotó con la misma estabilidad. Tal vez como uno de esos ánades de

juguete que se ponen en los estanques o en la bañera, en esos movidos días londinenses se escoró hacia un lado y otro, y estuvo a punto de hundirse hasta la cabeza. Pero tiene la sólida base de un tentempié, y recuperó a tiempo el equilibrio.

A decir de Iñigo Zabala, «Básico» fue sencillamente un apoyo promocional para «Si tú me miras». Y de paso, una forma de demostrar al público y la crítica que allí no había trampa ni cartón: el artista defiende en directo su voz y su pericia instrumental sin problemas, probando su alto nivel en las dos disciplinas.

Para «Básico», que salió en 1994, se recuperaron los éxitos más contrastados del primer álbum («Pisando fuerte», «Los dos cogidos de la mano», «Se le apagó la luz» y «Viviendo deprisa»), y se hizo hincapié en las canciones del segundo disco que debían potenciarse: «Mi primera canción», «Qué no te daría yo», «Si tú me miras», «Cómo te echo de menos», «Tú letra podré acariciar», y «A golpes contra el calendario».

Del disco se hizo una edición especial de treinta mil ejemplares, aunque tras el éxito de «Más» fue reeditado. Volvió a situar a Alejandro en el mapa y además vende vanguardia, porque se enmarcó, justo tras la experiencia de Revólver, en la moda «desenchufada» que los discos de la cadena musical MTV estaba imponiendo en América: «unplugged» que renuncian a los decibelios en favor de un clima intimista para mostrar al artista sin envolturas frente a un público seleccionado entre sus más fieles seguidores.

[94-95. Aparece Jaidy, «Alejandro Sanz 3», la conquista de Latinoamérica]

En el año 94, la presión de las fans y la necesidad de espacio vital hace que los Sánchez-Pizarro (Alejandro incluido) se trasladen a la calle Toronga, en el noroeste de Madrid. La nueva casa tiene la tranquilidad necesaria para que el músico, superada con éxito su zozobra personal y teniendo asumido que en lo profesional pueden producirse aún sorpresas desagradables, elabore los temas que darán origen a su nuevo disco.

Después de una etapa alejado de viejas amistades para adquirir otras que a veces se le acercaron más por su fama que por sí mismo, en la que ha eludido relaciones sentimentales duraderas, la música le devuelve a sí mismo y le pone los pies en el suelo. Es el motor de su vida y lo que, como siempre dice, «le ha

sacado de bastantes apuros». Se ha empleado a fondo en sus estudios de

piano, y ello se va a notar en la calidad de sus composiciones para «Alejandro San 3».

Ese año participa en el gran festival chileno de Viña del Mar, donde formó parte del pirado y cantó dos canciones de «Viviendo deprisa», además del famoso dueto con Miguel Bosé de «Nada particular». En el misino certamen coincidió con Luis Miguel y con Ricky Martin, a quien ya había conocido en México. Ricky dudaba por dónde tirar. Quería hacer letras, cambiar de registro, y Alejandro le dijo: «Vente a España, te relajas, piensas

tranquilamente, y si yo puedo ayudar en algo, te ayudo.» Estuvo un

par de semanas viviendo en la casa de Toronga y viendo la forma de trabajar de Alejandro. En España se le conocía menos que ahora, y la estrella de Puerto Rico podía así escapar al acoso de las fans por unos días para reflexionar. De esas fechas quedó, como testimonio, el tema de Alejandro «Nada es imposible», que Ricky interpretó en su álbum de 1995 «A medio vivir».

En diciembre del 94, Alejandro realizó la sesión con el fotógrafo Jesús Ugalde de la que saldría la carátula del disco nuevo. El nuevo Alejandro cuida su cuerpo, ha vuelto a hacer ejercicio y compone canciones a un ritmo vertiginoso con una entrega a su trabajo difícil de hallar en otros artistas. Incluso puede pensarse que la extremada disciplina que se autoimpone para progresar en el dominio del piano es parte de su receta.

Sale de una etapa excesivamente autocrítica y algo destructiva sin ayuda externa, lo que demuestra la fortaleza de su carácter. A veces ha reconocido que, una personalidad como la suya, natural y directa, tras vivir el superéxito de sus inicios tuvo que pellizcarse para ver si todo eso era verdad. Y le pareció tan fuerte la experiencia, que después se colocó muy por debajo de lo que en realidad valía, diciéndose que no se merecía tanto.

Mientras escribe canciones, tal vez por volver a conectar con un entorno anterior y conocido que le haga sentirse cómodo, vuelve a llamar a Pedro Miguel

Ledó, que llega a Madrid para servirle de apoyo como asistente personal — recordemos que para «3» recuperará «Quiero morir en tu veneno».

En la nueva casa va creando un estudio que al principio es una mesa y acaba teniendo todo lo necesario para maquetar un disco profesional. Alejandro ha adquirido una madurez de compositor muy importante, y su compañía de discos le apoya totalmente. Pasada la necesidad de abrirse a ese público adulto y demostrar su capacidad a los más exigentes, había que crear un disco nuevo, distinto y definitivo. Quien no hubiera captado aún las señales y no se hubiera querido subir al carro... allá él.

«Viviendo deprisa» había tenido la frescura de ser grabado casi como una improvisación de Eddy Guerin. «Si tú me miras» fue el álbum exquisito que se buscaba gracias a la meticulosidad y finura de Nacho Maño, que manejó admirablemente a los músicos ingleses. Con «3» se trataba de hacer un disco con el ingrediente de lo espectacular.

Para ello, todos estaban de acuerdo en potenciar una de las resonancias más claras en Alejandro: la italiana.

Había que encontrar al productor que, bajo la supervisión y el oído «muy de

público» de Miguel Ángel Arenas, diera grandiosidad a unas canciones que

conquistaran desde la primera escucha, mostrando todo su potencial.

Las miradas se dirigieron, en un primer momento, a Celso Valli, cuyos trabajos con Eros Ramazotti —aunque bajo el mando de Piero Cassano— eran una referencia segura para la industria. No olvidemos que, cuando salió Alejandro Sanz, Eros era el gran fenómeno. Y como motivo añadido, está la vieja cuestión de por qué los artistas italianos logran penetrar en España, y en cambio no se consigue casi nunca que un español triunfe en Italia.

Incompatibilidades de fechas no permitieron aceptar el trabajo a Celso, aunque le interesó mucho, y José Luis de la Peña, nuevo director artístico de Warner tras el ascenso de Zabala —y ex bajista de Los Elegantes— escuchó los trabajos de Emanuele Ruffinengo, que había colaborado con Celso Valli en «Stella nascente», de Ornella Vanoni.

El entendimiento artístico entre Emanuele y Alejandro funcionó desde el primer momento, y su colaboración dura hasta el día de hoy. El piamontés no había pisado jamás España cuando tomó el avión con un diccionario en la mano que ampliara su conocimiento del idioma local («peseta», «paella» y «corrida» era todo lo que sabía decir). En su primer encuentro, ambos hablaron inglés hasta que Alejandro dijo: «Háblame en italiano, yo te hablaré en español y

verás cómo nos entendemos mejor.»

Aquello debió de ser como el encuentro entre el primero de la clase y el más travieso, porque Emanuele es el tipo de hombre al que confiarías tu mayor secreto nada más conocerle, o a tu hermana menor poliomielítica para que la cuidara mientras haces una gestión urgente. Genera tanta confianza y tiene tal cara de bueno, que no parece de este mundo.

El parto del «3» no fue rápido ni fácil. Tras escuchar la primera maqueta que Alejandro entregó en Warner, tanto José Luis de la Peña como Iñigo Zabala

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