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4.1.4.1.- La agricultura

La realización de las labores agrícolas es algo anejo a la destrucción de los bosques. Si se partiera de la idea de un mundo cubierto de masas boscosas, la creación de pequeños espacios en medio de tal frondosidad, cabe atribuírsele a la agricultura, lo que supondrá un gran avance para la civilización (González, 1999). De ahí, la vinculación tan estrecha existente entre el descuaje de los montes y las roturaciones. Era preciso que, para que el hombre prosperase, se había de ganar terreno a aquellos lugares cubiertos por árboles. Para abrir dichos calveros la tecnología de la que se disponía era el fuego y una vez dominado éste, el siguiente paso fue el comienzo de las labores agrícolas datadas en algunas zonas del planeta alrededor del año 8.000 a. de C. llegando a la Península Ibérica unos 1.000 años después (González, 1999) y (Blanco et al., 2005). Así pues, se logró cultivar en terrenos que, hasta ese momento, no tenían ninguna utilidad para el hombre y todo ello a través de las roturaciones unidas a la agricultura.

La agricultura es considerada la primera transformación del entorno que acomete el hombre. Se empleaba la madera de los árboles cortados que proporcionaba la materia prima necesaria para fabricar instrumentos que podían utilizarse en la vida cotidiana. En un primer momento, la ejecución de las labores agrícolas sobre la tierra era realizada de forma itinerante, la siguiente etapa fue la aparición de la metalurgia y la fabricación de nuevas herramientas capaces de explotar tierras que aún permanecían incultas (Blanco et al., 2005).

La agricultura no sólo causó la revolución en el Neolítico, sino en todos aquellos momentos en que, por primera vez, son realizadas las labores agrícolas necesarias para la obtención de una cosecha. El bosque que estaba situado a los pies del volcán Pichincha, en Nueva España, fue la primera masa forestal talada con el propósito de dar paso a la revolución agrícola; en este caso el cultivo que se deseaba obtener era arroz (Humboldt, 2003).

El bosque español y su industria de primera transformación

Fotografía 4.

Fuente.: Fototeca DGB-INIA.

Chopera arrancada para crear cultivos de cereal.

La influencia que tuvo la agricultura en la propia pervivencia de los bosques españoles se vio aumentada desde el siglo XVIII cuando las labores agrícolas adquieren un marcado carácter agresivo, pues, con el único fin de ganar cada vez más terreno para la agricultura se hace a costa de la densidad de las masas boscosas (Urteaga, 1987). Un ejemplo de esta labor destructora de masas boscosas en este siglo son los muchos espacios vacíos en los bosques que han sido reducidos a labor para sembrar trigo, cebada, habas, cáñamo, lino, melones, sandías, membrillos, peras, manzanas y ciruelas (Bowles, 1982). También los bosques de robles existentes en Galicia fueron sacrificados una centuria antes, en el siglo XVII, para dejar los suficientes espacios para el cultivo y cosecha del trigo. (Goodman, 1997).

Como regla general, aquellos terrenos ocupados por masas boscosas de fácil acceso han sido sacrificados buscando la rentabilidad de las labores agrícolas. Entre éstos se pueden mencionar los bosques cercanos a las riberas de los ríos que forman el conjunto forestal llamado de galería. Pues bien, la modificación de tal estructura ha sido demasiado relevante y, ahora, los vestigios que quedan de dicho ecosistema actúan como lindes de algunas fincas (Ferreras y Arozena, 1987). Tal vez, este excesivo uso de esta vegetación hallada en las orillas de los ríos se remonta a mucho tiempo atrás, cuando la visión del paisaje forestal lejos de los márgenes de los ríos era estéril en contraste con la feracidad que representaba esta vegetación ribereña. Las manifestaciones de las crónicas dejadas por aquellos viajeros que transitaron por España lo demuestran. Tómense como ejemplos las exposiciones hechas en el siglo XVI, que señalan que la tierra hallada al lado del río Ebro es fértil en contraste con la lejana a este curso de agua (Navagero, 1999) y que el río Duero posee una exuberante vegetación de chopos, álamos y otras especies, que sin intermisión recorre el lecho de estas aguas (Pinheiro da Vega, 1999). La sobreexplotación de los recursos madereros de los bosques españoles fue siempre una realidad y, por lo que se refiere a esta masa boscosa cercana a los ríos, ya en el siglo XVII se pedía la repoblación de la vegetación de ribera con sauces, álamos

manera genérica (Cuevas y Zúñiga, 1630). Además, la vegetación crecida a lo largo de los cursos de las aguas era tan apreciada que, en algunos supuestos, se promovía el crecimiento de tales especies arbóreas; es el caso de los olmos crecidos en los márgenes del río Henares. Cuando se quería que tales especies medrasen, se dejaba correr el agua a través de las galerías que formaban la vegetación (Brunel, 1999).

Fotografías 5, 6, 7, 8, 9, 10 y 11.

Fuente: http://www.rinconesdelatlantico.com/num2/lanzarote2.html

En estas imágenes se muestra cómo ha ido evolucionando la agricultura en Lanzarote y las consecuencias que la acción humana tuvo sobre el paisaje. Se puede contemplar la acción de unas mujeres preparando el terreno para las futuras rotaciones y concluye la exposición arriba mostrada con los cultivos que se llevan en la actualidad y que intentan ser sostenibles con su entorno.

Aún hoy, a pesar de la devastación ocasionada por los hombres que han sufrido estos ecosistemas forestales, es posible hallar vestigios de bosques de ribera perfectamente conservados. Un ejemplo de esta preservación es el paisaje forestal de alisos que se puede observar todavía en el tramo inferior del río Eume (La Coruña) (Blanco et al., 2005). Bajo estas líneas, se adjunta una doble perspectiva de las Fragas del Eume en la que se ve reflejada la afirmación de que la misma «fraga es un ser hecho de muchos seres» (Fernández, 2007).

Fotografías 12 y 13. Fuente.: Archivo propio.

Visión parcial de las Fragas del Eume (provincia de La Coruña). El bosque español y su industria de primera transformación

Fotografías 14 y 15.

Fuente: http://www.fotonatura.orggaleriasgeneral299505lightbox. http://www.panoramio.com/photo/26746921.

Bosques de laureles en la Isla de Cortegada.

Aunque el hombre ha sido uno de los principales causantes de la nueva modelación del paisaje forestal que hoy se puede contemplar, él no es consciente de hasta qué punto su acción ha influido en la transformación de este nuevo bosque. Ejemplos de esta alteración sufrida son las olmedas de Castilla y León, pues su densidad se ha visto tan aclarada que ese espacio ha sido ocupado por cultivos hortenses (Navarro y Valle, 1987). Una cifra representativa de lo que supone la agricultura para el hombre y su evolución, así como para el bosque (aclareo de la estructura o pérdida de la masa vegetal) lo representa Castilla-La Mancha. De toda su superficie, más de la mitad, el 56%, está dedicado a labores agrícolas (Peinado y Martínez-Parras, 1987).

Otra muestra de la pérdida de la masa forestal a favor de los cultivos -en este caso de cereales- se puede observar en la Alcarria produciéndose la disminución de la densidad de la masa boscosa de los quejigos (Blanco et al., 2005). Además, la transformación de una unidad vegetal formada por el bosque puede quebrarse y dar paso a otro paisaje distinto. Es el caso de los encinares carrascales cuya subsiguiente evolución ha derivado en una nueva dehesa o, bien, ha dado lugar a matorrales seriales (Ferreras y Arozena, 1987).

No ha de vincularse, de manera obligatoria, la despoblación del medio rural con la recuperación, casi inmediata, del estado primigenio de la cubierta vegetal. Hay ejemplos que atestiguan lo contrario. En el siglo XVIII tras el abandono de algunas antiguas terrazas cultivadas sólo surgieron malas hierbas (Young, 1999). En la actualidad, el abandono del entorno rural por quienes fueron sus habitantes, pudiera ser la causa de los incendios que se generan en el campo español (Domínguez, 2007). Aunque también es posible encontrar el fenómeno opuesto, es decir, que tras el abandono de la población rural la densidad de los árboles que antaño se vio disminuida, crece.

Es el caso entre otros, del bosque de laureles de la Isla de Cortegada (Pontevedra) que, tras el abandono de las prácticas agrícolas, ha visto como las especies medraban (Blanco et al., 2005).

Este hecho no es una circunstancia propia de los tiempos actuales. Todo lo contrario, para afrontar la repoblación forestal fue el propio Estado, en los años 60, quien efectúo compras de pueblos enteros (excepto los bienes inalienables) para acometer las tareas de recuperación de la cubierta vegetal. Pueden citarse los ejemplos de los pueblos de Secorúm y Acin (Ceballos, 1960). Sin embargo, este hecho que fue cierto tuvo como motivo la construcción del embalse de Yesa pues la idea que se tuvo fue plantar pinos en la cuenca del embalse para, de este modo, evitar el arrastre de sedimentos y que se produjese la colmatación del embalse (Despoblados en Huesca, 2010). El hecho final fue el abandono del pueblo por parte de sus habitantes y la cubierta vegetal recuperando poco a poco el terreno ya abandonado.

El abandono de las superficies cultivadas puede no tener una finalidad concreta. Simplemente puede consistir en la dejación de las labores agrícolas. En otros casos, puede ser que la explotación urbanística tome dichos terrenos. Este es el supuesto de Los Realejos, ya que entre 1960 y 1995 dicho municipio ha dejado de tener 1.000 hectáreas de cultivo. De toda esta extensión una parte ha sido ocupada por el desarrollo de nuevos núcleos de población y, en otros supuestos, la tierra ha sido abandonada y dejada a su suerte (Álvarez, 1996).

Puede pensarse que la relación causa-efecto entre la agricultura y la deforestación de los paisajes españoles es una circunstancia sólo del pasado y que en la actualidad la dicotomía agricultura-conservación de los montes es una controversia ya preterida. Sin embargo, la realidad es todo lo contrario: la situación de los bosques españoles es la que es debido a la acción de los labrantíos. No obstante, hay que recordar que la inmensa mayoría de los páramos españoles tienen su origen en el descuaje y la roturación consecutiva de terrenos que a las pocas cosechas, hubo de abandonarse por ser yermos tales terrenos (Senador, 1924).

4.1.4.2.- El fuego

El fuego es considerado como uno de los principales responsables de la desaparición de la cubierta vegetal. En efecto, el dominio del fuego, por ser la primera tecnología conocida por el hombre, ha provocado la mayor pérdida de bosques. Así, la revolución agrícola que tuvo lugar en el Neolítico fue debida, sobre todo, al control que se tuvo sobre las llamas. Esta situación puede datarse alrededor de hace unos 45.000 años, siendo entonces cuando el hombre intensifica su acción (González, 1999). La primera consecuencia será la adaptación de la vegetación a las circunstancias existentes en ese El bosque español y su industria de primera transformación

momento, es decir, las especies que forman las masas boscosas estarán caracterizadas por su xericidad y su adecuación a la aridez del clima. Es más, concretamente, el Holoceno inicial constituye la etapa que se distingue por la preeminencia del fuego (Carrión, 2003).

La importancia del fuego reside en la transformación del paisaje forestal antiguo, caracterizado por la exuberancia de la vegetación a otro, el nuevo, que está determinado por la ausencia de vegetación o, también, por la adecuación de las especies a ese régimen de fuegos. Esto supone el surgimiento de las especies pirofitas. De la relación de la Península Ibérica con el fuego dan cuenta las leyendas antiguas en las que tras un incendio de los montes (se supone que localizados en Turdetania –tal lugar se extendía por todo el Valle del Guadalquivir, desde el Algarve hasta Sierra Morena-) y las selvas, la tierra llena de oro y plata arrojó a la superficie una lava compuesta de estos materiales (Estrabón. 1999). La reseña hecha por este autor se puede ver referenciada por Diodoro de Sicilia, a los montes Pirineos. También se argumenta que los Pirineos reciben este nombre debido «a los frecuentes fuegos que en este lugar provocan los rayos. Conviene recordar que en griego fuego se dice pŷr (San Isidoro, 2009)».

Fotografías 16, 17 y 18. Fuente.: Fototeca DGB-INIA.

Se puede observar la regeneración de palmito post-incendio de agosto de 1999 en Enguera (Fototeca DGB-INIA). Además, en las otras fotografías se contempla la fortaleza con la que reacciona la vegetación después de haber sufrido la agresión de las llamas en su ecosistema.

Por tal razón, no ha de extrañar la preocupación de los legisladores de preservar la unidad de las masas boscosas. De la relevancia de tales disposiciones hay buenas muestras ya desde la Baja Edad Media con el fin de tutelar la uniformidad del paisaje forestal español. Entre tales normas tuitivas pueden mencionarse, entre otras, las Ordenanzas de Loja donde para proteger el terreno de los ganaderos que podrían querer aclarar el bosque para que su rebaño paciese, se vedaba el uso de dicha tierra para tal fin (Torquemada, 1997). Las normas dictadas no fueron algo teórico, sino que tuvieron un alcance práctico demostrado en las Ejecutorias de Portillo (Toledo) contra la roturación de las tierras llevadas a cabo en su término

municipal o, también, en la Ejecutoria ganada en la Chancillería de Granada y Escribanía de Cámara de Alonso Díaz contra el Duque de Osuna y varios vecinos de la villa de Archidona, para que las fanegas de tierra que habían roturado y labrado en el bosque y dehesa de dicha villa las dejasen para pasto de los ganados como antiguamente estaban (Archivo Histórico Nacional. Concejo de la Mesta). Aunque existieron normas protectoras de la cubierta forestal, su trascendencia en la densidad de las masas boscosas no se dejó notar pues el paisaje se siguió aclarando. En este sentido, también cabe citar los pleitos que existían en el siglo XVII, cuando se provocó un incendio en un pinar como consecuencia de las hogueras hechas por unas majadas que aprovechaban los pastos (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Real Audiencia y Chancillería de Valladolid). Estos ejemplos ponen de manifiesto la estrecha vinculación que existió, existe y existirá entre la agricultura, el fuego, el ganado y el hombre. Puede afirmarse que este cuarteto ha sido, es y será tremendamente dañino para la conservación de la cubierta original española y son ellos, entre otros, los principales factores que han alterado, alteran y alterarán los paisajes españoles.

Asimismo, un hecho que demuestra la ineficacia de la preservación de la diversidad biológica de los ecosistemas forestales españoles mediante normas es el uso militar que se le dio a la utilización del fuego durante la Reconquista (González, 1999), es decir, la tutela de las normas emanadas de los fueros convivió con un período de guerra y, por tanto, del servicio de todas las estrategias posibles para la obtención de la victoria final.

No hay duda de que la presencia reiterada del fuego en los bosques españoles ha modelado la formación de las masas boscosas actuales en todo el mediterráneo, de tal modo, que ha hecho surgir dos clases de respuestas en la vegetación: por un lado, está la parte positiva, consistente en aquellas características que ayudan a vencer al fuego o que, inclusive, después del paso de las llamas tienen un incremento de la actividad fisiológica con el fin de rebrotar lo más pronto posible. Por el contrario, también existe una respuesta negativa por parte de las especies que habitan en la influencia mediterránea, que consiste en la formación de unos mecanismos de defensa que evitan al mismo fuego bien, por tolerancia directa del fuego de las semillas, bien, por parte de los mismos órganos de las plantas al reducirse su actividad fisiológica durante los períodos críticos del fuego (Naveh, 1975).

No obstante, a pesar del daño que se encierra entre las llamas de un fuego no puede dejar de observarse algunas cualidades que hacen positivo la existencia misma del incendio. Un ejemplo de esta peculiaridad, denomínese positiva frente a los graves perjuicios que ocasiona el fuego, es la misma capacidad de rebrote en las plantas que es una peculiaridad que las hace crecer más rápido que si lo hicieran desde la semilla, lo cual termina por ser una ventaja para recuperar la cubierta vegetal primitiva (Bond and Midgley, 2001). Esta característica se puede ver manifestada en España en la capacidad de rebrote tan fuerte que tiene el cambrón, pues debido a esta El bosque español y su industria de primera transformación

habilidad está recuperando su espacio en la Sierra de Gredos (García et al., 2002). Algún autor considera la existencia del fuego mismo un factor de «primera magnitud» en los ecosistemas ibéricos (Prieto, 1989). Sin embargo, hay argumentos doctrinales que sostienen la bondad de la acción del fuego en determinados ámbitos (además, por supuesto, del rebrote de las especies ya comentado). Por ejemplo, puede indicarse que la acción de las llamas favorece el crecimiento de cultivos agrícolas tales como el arroz salvaje, los girasoles o la mandioca (Pyne, 2000).

Puede percibirse la importancia del fuego en la superficie forestal española tomando como datos de estudio las estadísticas de la serie histórica del año 2011 al año 2015. Se toman estos cinco años como una muestra representativa de la incidencia del fuego sobre los ecosistemas forestales. En el caso de ampliar este análisis más allá de este lustro examinado se extendería en demasía la Tesis Doctoral. Además, ha de indicarse que desde el año 2016 sólo están los datos que figuran en un avance informativo. Por esta razón, el estudio del año 2016 está limitado. Cuando tal circunstancia no se produzca se reflejará en el texto y se hará constar en las tablas y/o gráficos oportunos.

ANÁLISIS PORCENTUAL DE LA SUPERFICIE AFECTADA POR UN INCENDIO (2011-2015).

Año Conatos <1Ha (%) Entre 1 y 500 Ha (%) incendios ≥ Grandes 500 Ha (%) Sin datos de superficie (%) Total (%) 2011 65,89 34,11 0,15 5,23 100 2012 65,36 34,64 0,26 0,64 100 2013 71,39 28,61 0,16 0,45 100 2014 67,41 32,59 0,07 0,61 100 2015 65,07 34,93 0,14 0,53 100 Media 67,02 32,97 0,15 1,49 Tabla 1.

Fuente: De elaboración propia tomado con los datos estadísticos expuestos por el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente en las siguiente páginas web:

https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/iiff_2015_def_tcm30-442974.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/incendios_forestales_en_espana_2014_tcm30-425396.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/los_incendios_forestales_en_espana_2013_tcm30-132601.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo- rural/estadisticas/Los_incendios_forestales_en_Espa%C3%B1a_2012_tcm30-132581.pdf . https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo- rural/estadisticas/LosIncendiosForestalesEnEspa%C3%B1aA%C3%B1o2011_tcm30-132591.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/iiff_2016_def_tcm30-381214.pdf

REPRESENTACIÓN GRÁFICA DEL ANÁLISIS PORCENTUAL DE LA SUPERFICIE AFECTADA POR UN INCENDIO (2011-2015).

Gráfico 1.

Fuente: De elaboración propia tomado con los datos estadísticos expuestos por el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente en las siguiente páginas web:

https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/iiff_2015_def_tcm30-442974.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/incendios_forestales_en_espana_2014_tcm30-425396.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/estadisticas/ los_incendios_forestales_en_espana_2013_tcm30-132601.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo- rural/estadisticas/Los_incendios_forestales_en_Espa%C3%B1a_2012_tcm30-132581.pdf https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-