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5.3 Specification in HRT-HOOD+

5.3.6 Communication Objects

Ya que el totemismo individual es posterior al totemismo de clan y aún parece derivarse de el, debemos detenernos primero en éste. Pero, como el análisis que hemos hecho de él lo ha resuelto en una multiplicidad de creencias que pueden parecer heterogéneas, es necesario, antes de avanzar, que tratemos de advertir lo que constituye su unidad.

I

Hemos visto que el totemismo pone en la primera fila de las cosas que reconoce como sagradas a las representaciones figuradas del tótem; luego vienen los animales o los vegetales cuyo nombre llevan el clan, y por fin los miembros de este clan. Ya que todas estas cosas tienen el mismo título de sagradas, aunque de modo desigual, su carácter religioso no puede depender de ninguno de los atributos particulares que las distinguen unas de las otras. Si tal especie animal o vegetal es objeto de un temor reverencial, no es en razón de sus propiedades específicas, ya que los miembros humanos del clan gozan, aunque en un grado ligeramente inferior, del mismo privilegio, y que la simple imagen de esta misma planta o de este mismo animal inspira un respeto aún más pronunciado. Los sentimientos semejantes que estos distintos tipos de cosas despiertan en la conciencia del fiel y que constituyen su naturaleza sagrada, sólo pueden provenir, evidentemente, de un principio que les es común a todas indistintamente, a los emblemas totémicos como a la gente del clan y a los individuos de la especie que sirve de tótem. El culto se dirige, en realidad, a este principio común. En otros términos, el totemismo es la religión, no de tales animales, o de tales hombres, o de tales imágenes, sino de una especie de fuerza anónima e impersonal, que se encuentra en cada uno de estos seres, sin confundirse, sin embargo, con ninguno de ellos. Nadie la posee entera y todos participan de ella. Es de tal modo independiente de los sujetos particulares en quienes se encarna, que los precede y los sobrevive. Los individuos mueren; las generaciones pasan y son reemplazadas por otras; pero esta fuerza permanece siempre actual, viva y semejante a sí misma. Anima a las generaciones de hoy, como animaba a las de ayer, como animará a las de mañana. Tomando la palabra en un sentido muy amplio, podría decirse que es el dios que cada culto totémico adora. Sólo que es un dios impersonal, sin nombre, sin historia, inmanente al mundo, difundido en una multitud innumerable de cosas.

real de esta entidad casi divina. No sólo está entendida en toda la especie totémica, en todo el clan, en todos los objetos que simbolizan al tótem: el radio de su acción se extiende más allá. Hemos visto, en efecto, que además de estas cosas eminentemente santas, todas las que se atribuyen al clan como dependencias del tótem principal tienen, en alguna medida, el mismo carácter. También ellas tienen algo de religioso, ya que algunas están protegidas por interdictos y otras cumplen funciones determinadas en las ceremonias del culto. Esta religiosidad no difiere en naturaleza de la que pertenece al tótem, bajo el cual están clasificadas, deriva necesariamente del mismo principio. Es, pues, que el dios totémico - para retomar la expresión metafórica de la acabamos de servirnos - está en ellas como está en la especie que sirve de tótem y en la gente del clan. Se ve cómo difiere de los seres en los cuales, ya que es el alma de tantos seres diferentes.

Pero en el australiano no se representa esta fuerza personal bajo su forma abstracta. Por influencia de causas que tendremos que investigar, ha sido llevado a concebirla bajo las especies de un animal o de un vegetal, en una palabra, de una cosa sensible. En esto consiste realmente el tótem: no es más que la forma material con la que se representa a la imaginación esta sustancia inmaterial, esta energía difusa a través de todo tipo de seres heterogéneos, que es, ella sola, él verdadero objeto del culto. Así se comprende mejor lo que quiere decir el indígena cuando afirma que los miembros de la fratría del Cuervo, por ejemplo, son cuervos. No entiende precisamente que sean cuervos en sentido vulgar y empírico de la palabra, sino que en todos ellos se encuentra un principio, que constituye lo que tienen de más esencial, que les es común con los animales del mismo nombre, y que se piensa bajo la forma exterior del cuervo. Y así el universo, tal como lo concibe el totemismo, está atravesado, animado por una cierta cantidad de fuerzas que la imaginación se representa con formas tomadas, casi sin excepciones, del reino animal o del reino vegetal: hay tantas como clanes en la tribu y cada una de ellas circula a través de ciertas categorías de cosas de las que ella es la esencia y el principio vital.

Cuando decimos que estos principios son fuerzas, no tomamos la palabra en una acepción metafórica; actúan como verdaderas fuerzas. Son, también en un sentido, fuerzas materiales que engendran mecánicamente efectos físicos. Supongamos que un individuo entra en contacto con ellas sin haber tomado las precauciones convenientes: recibe un shock que se ha podido comparar al efecto de una descarga eléctrica. A veces parece que se las concibe como especies de fluidos que se escapan por las puntas611. Cuando se introducen en un organismo

que no está hecho para recibirlas producen, por una reacción totalmente automática, la enfermedad y la muerte612. Fuera del hombre, desempeñan el

papel de principio vital; actuando sobre ellas, lo veremos613, se asegura la

611 Es un mito kwakiutl, por ejemplo, un héroe antepasado atraviesa la cabeza de un enemigo tendiendo el dedo

hacia él (Boas, “Xth Rep. on the North. Tribes of Canada”, B. A. A. S., 18189, p. 30).

612 Se encontrarán referencias en apoyo de esta aserción, p. 182, n° 1, y p. 458, n° l. 613 Ver lib. II, cap. II.

reproducción de las especies. En ellas se basa la vida universal.

Pero al mismo tiempo que forma física, tienen un carácter moral. Cuando se pregunta al indígena por qué observa sus ritos, responde que los antepasados los han observado siempre y que él debe seguir su ejemplo614. Sí, pues, se

comporta de tal o cual manera con los seres totémicos no es solamente porque las fuerzas que residen en ellos sean físicamente temibles, si se intenta una aproximación, es que se siente moralmente obligado a comportarse así; siente que obedece a una especie de imperativo, que cumple un deber. No solamente experimenta temor ante los seres sagrados, sino también respeto. Por otra parte, el tótem es la fuente de la vida moral del clan. Todos los seres que comulgan en el mismo principio totémico se consideran, por esto mismo, moralmente unidos unos a otros; tienen, los unos hacia los otros, deberes precisos de asistencia, de venganza, etc., y estos deberes constituyen el parentesco. El principio totémico es, pues, al mismo tiempo que una fuerza material, una potencia moral: también veremos que se transforma fácilmente en divinidad propiamente dicha.

Por otra parte, en esto no hay nada específico del totemismo. Aun en las religiones más avanzadas, no hay quizás dios que no haya conservado algo de esta ambigüedad y que no cumpla funciones cósmicas y morales a la vez. Toda religión, al mismo tiempo que una disciplina espiritual, es una especie de técnica que permite al hombre afrontar con más confianza al mundo. También para el cristiano, ¿acaso Dios Padre no es el guardián del orden físico, tanto como el legislador y el juez de la conducta humana?

II

Quizás se preguntará si, interpretando de este modo al totemismo, no atribuimos al primitivo ideas que superan el alcance de su espíritu. Y, sin duda, no podemos afirmar que él se representa a estas fuerzas con la relativa nitidez que hemos debido poner en nuestro análisis. Podemos mostrar que esta noción está implícita en el conjunto de sus creencias y que las domina; pero no podríamos decir hasta qué punto es expresamente consciente, y en qué medida, al contrario, es sólo implícita y confusamente sentida. Carecemos de todo medio para precisar el grado de claridad que una idea como esta puede tener en sus oscuras conciencias. Pero lo que muestra bien, en todo caso, que ella no excede la mentalidad primitiva, lo que confirma, al contrario, el resultado al cual acabamos de llegar, es que, ya sea en sociedades parientes de las tribus australianas, o bien en estas últimas, encontramos, y en forma explícita, concepciones que no difieren de la precedente sino en matices y en grados.

Las religiones indígenas de Samoa han superado, ciertamente, la fase totémica. Se encuentran en ellas verdaderos dioses, que tienen nombres propios y, en cierta medida, una fisonomía personal. Sin embargo, difícilmente se pueda 614 Ver por ejemplo, Howitt, Nat. Tr. p. 482; Schurmann, “The Aboriginal Tribes of Port Lincoln”, en Woods,

cuestionar la existencia de rastros del totemismo. Cada dios, en efecto, está atribuido a un grupo, ya sea local o doméstico, como el tótem a su clan615. Pues,

cada uno de estos dioses se concibe como inmanente a una especie animal determinada. No es que resida en un sujeto en particular: está en todos a la vez; está difundido en la especie entera. Cuando muere un animal, la gente del grupo que lo venera lo llora y le rinde piadosos deberes, porque en él habita un dios; pero el dios no muere. Es eterno como la especie. Tampoco se confunde con la generación presente; ya era el alma de la que ha precedido, así como será el alma de la que seguirá616. Tiene, pues, todos los caracteres del principio

totémico. Es un principio totémico que la imaginación ha revestido con formas ligeramente personales. Tampoco habría que exagerar una personalidad que casi no se concilia con esta difusión y esta ubicuidad. Si los contornos estuvieron dibujados netamente, no podría dispersarse así y expandirse a través de una multitud de cosas.

Sin embargo, en este caso, es indudable que comienza a alterarse la noción de fuerza religiosa impersonal; pero hay otros donde está afirmada con absoluta pureza y hasta alcanza un grado más alto de generalidad que en Australia. Si los distintos principios totémicos a los que se dirigen los diversos clanes de una misma tribu son distintos unos de otros, no dejan de ser, en el fondo, comparables entre sí; pues todos desempeñan el mismo papel en su esfera respectiva. Pues, existen sociedades que han sentido esta comunidad de naturaleza y que se han elevado, en consecuencia, a la noción de una fuerza religiosa única de la que los otros principios sagrados no serían más que modalidades, y que haría la unidad del universo. Y como estas sociedades están aún totalmente impregnadas de totemismo, como permanecen enroladas en una organización social idéntica a la de los pueblos australianos, es lícito decir que el totemismo llevaba esta idea en su seno.

Esto es lo que puede observarse en una gran cantidad de tribus americanas, sobre todo en las que pertenecen a la gran familia de los sioux: omaha, ponka, kansas, osage, assiniboin, dakota, iowa, winnebago, mandan, hidatsa, etc. Muchas de estas sociedades todavía están organizadas en clanes, como los omaha617, los iowa618, otras lo estaban no hace mucho tiempo y, dice

Dorsey, se encuentran en ellas “todos los cimientos del sistema totémico como en las otras sociedades de los sioux”619. Pues, entre estos pueblos, por encima de

todos los dioses particulares a los que los hombres rinden culto, existe una potencia eminente de la que todas las otras son como formas derivadas, y que 615 Frazer toma, también, de Samoa, muchos hechos que presenta como propiamente totémicos (ver Totemism,

p. 6, 12-15, 24, etc.). Hemos dicho, es cierto, que Frazer no aplicaba siempre una crítica suficiente a la elección de sus ejemplos. Pero evidentemente no habría sido posible aportar tan numerosos ejemplos, si en Samoa no hubieran existido realmente importantes sobrevivientes de totemismo.

616 Ver Turner, Samoa, p. 21, y caps. 5V y V.

617 Alice Fletcher, “A Study of the Omaha Tribe”, en Smithonian Rep. for 1897, pp. 582-583. 618 Dorsey, “Siouan sociology”, en XVth Rep., p. 238.

ellos llaman wakan620. Por la situación preponderante que se le asigna así a este

principio en el panteón sioux, se ha visto a veces en él a una especie de dios soberano, de Júpiter o de Jehová, y los viajeros han traducido, a menudo, wakan por “gran espíritu”. Esto es equivocarse gravemente sobre su verdadera naturaleza. El wakan no es, en grado alguno, un ser personal: los indígenas no se lo representan con formas determinadas. “Ellos dicen, cuenta un observador citado por Dorsey, que nunca han visto al wakanda; por lo tanto no pueden pretender personificarlo”621. Ni siquiera es posible definirlo por atributos y

caracteres determinados. “Ningún término, dice Riggs, puede expresar la significación de la palabra entre los dakota. Comprende todo misterio, todo poder secreto, toda divinidad”622. Todos los seres que el dakota reverencia, “la

tierra, los cuatro vientos, el sol, la luna, las estrellas, son manifestaciones de esta vida misteriosa y de poder definido y definible, el poder de hacer esto o aquello; es el poder, de forma del viento, como un soplo que tiene su asiento en los cuatro puntos cardinales y que mueve todo623; otra es la voz que se oye cuando

resuena el trueno624; el sol, la luna, las estrellas son wakan625. Pero no hay

enumeraciones que pueda agotar esta noción infinitamente compleja. No es un poder definido y definible, el poder de hacer esto o aquello; es el poder, de una manera absoluta, sin epíteto ni determinación de ningún tipo. Las diversas potencias divinas no son más que sus manifestaciones particulares y sus personificaciones; cada una de ellas es este poder visto bajo uno de sus múltiples aspectos626. Esto es lo que hacía decir a un observador que “es un dios

esencialmente proteiforme, que cambia de atributos y de funciones según las circunstancias”627. Y los dioses no son los únicos seres que él anima: es el

principio de todo lo que vive, de todo lo que actúa, de todo lo que se mueve. “Toda vida es wakan. Y así sucede con todo lo que manifiesta algún poder, ya sea bajo forma de acción positiva, como la piedra al borde del camino”628.

Entre los iroqueses, cuya organización social tiene un carácter totémico aún más pronunciado, se encuentra la misma noción: la palabra orenda que sirve para expresarla es el equivalente exacto del wakan de los sioux. “Es una potencia mística, dice Howitt, que el salvaje concibe como inherente a todos los cuerpos que componen el medio en que vive.., a las piedras, a los arroyos, a las 620 Riggs y Dorsey, “Dakota English Dictionary”, en Contrib. N Amen Ethnol. VII, p. 508. Muchos de los

observadores citados por Dorsey identifican con la palabra wakan las palabras ewakanda y wakanta que se derivan de ella, pero que tienen en realidad una significación más precisa.

621 XIth Rep., p. 372, & 21. Miss Fletcher, reconociendo no menos el carácter impersonal del wakanda, agrega

sin embargo que, en esta concepción se ha injertado un cierto antropomorfismo. Pero este antropomorfismo concierne a las diversas manifestaciones del wakanda. Se dirigen a la roca, al árbol donde creen sentir el wakanda, como si fueran seres personales. Pero el wakanda mismo no está personificado (Smithsonian Rep. f. 433, p. 579).

622 Riggs, Tah-Koo Wah-Kon, pp. 56-57, citado por Dorsey, XIth Rep., p. 433, & 95. 623 XIth Rep., p. 380, & 33.

624 Ibíd., p. 381, 35.

625 Ibíd., p. 376 & 28; p., 378 & 30. Cf. p. 449, & 138. 626 Ibíd., p. 432, & 95.

627 XIth Rep., p. 431, & 92. 628 Ibíd., p. 433, & 95.

plantas y a los árboles, a los animales y al hombre, a los vientos y a las tormentas, a las nubes, al trueno, a los relámpagos, etc.”629.

Esta potencia es “considerada por el espíritu rudimentario del hombre como la causa eficiente de todos los fenómenos, de todas las actividades que se manifiestan a su alrededor”630. Un brujo, un shamán tiene orenda, pero otro tanto

se dirá de un hombre que triunfa en sus empresas. En el fondo, no hay nada en el mundo que no tenga su parte de orenda; solo que las parte son desiguales. Hay seres, hombres o cosas, que están aventajados, otros que están relativamente desheredados, y la vida universal consiste en las luchas de estos orenda de desigual intensidad. A los más intensos se subordinan los más débiles. Supongamos que un hombre supera a sus contrincantes en la caza o en la guerra. Es porque tiene más orenda. Si un animal escapa al cazador que lo persigue, es porque el orenda del primero supera al del segundo.

La misma idea se encuentra entre los shoshones bajo el nombre de

pokunt, entre los algonquinos bajo el nombre de manitú631, de naula entre los

kwakiutl632, de yek entre los tlinkit633 y de sgâna entre los haida634. Pero no es

propia de los indios de América; ha sido estudiada por primera vez en Melanesia. Es cierto que, en ciertas islas melanesias, la organización social actual ya no es de base totémica; pero en todas es aún visible el totemismo635, a

pesar de lo que haya dicho Codrington. Pues, se encuentra en estos pueblos, con el nombre de mana, una noción que es el equivalente exacto del wakan de los sioux y de la orenda iraquesa. Esta es la definición que de ella da Codrington: “Los melanesios creen en la existencia de una fuerza absolutamente distinta de toda fuerza material, que actúa en todas formas, ya sea para el bien o para el mal, y que resulta sumamente ventajoso para someter y dominar. Es el mana. Creo comprender el sentido que tiene esta palabra para los indígenas.. Es una fuerza, una influencia de orden inmaterial y, en un cierto sentido, sobrenatural; pero se revela en la fuerza física en todo tipo de superioridad que posea el hombre. El mana no está fijado en un objeto determinado; puede ser trasladado a toda clase de cosas.. Toda la religión del melanesio consiste en procurarse mana para sí mismo o para otro”636. ¿No es la misma noción de fuerza anónima y

difusa cuyo germen descubrimos recién en el totemismo australiano? Es la misma impersonalidad; pues, dice Codrington, hay que cuidarse de ver en él una 629 “Orenda and a Definition of Religion”, en American Anthropologist, 19O2, p. 33.

630 Ibíd., p. 36.

631 Tesa, Studi del Thavenet, p. 17. 632 Boas, The Kwakiutl, p. 695.

633 Swanton “Social Condition, Beliefs and Linguistic Relationship of the Tringit Indians” XXVIth Rep. 1905, p.

451 n° 3.

634 Swanton, Contributions to the Ethnology of the Haida, p. 14 Cf. Social Condition, etc., p. 479.

635 En ciertas sociedades melanesias (Islas Banks, Nuevas Hébridas del Norte), se encuentran las dos fratrías

exogámicas que caracterizan a la organización australiana (Codrington, The Melanesians, pp. 23 y sigs.) En Florida existen, con el nombre de butose, verdaderos tótems (ibíd, p. 31) Se encontrará una interesante discusión sobre este punto en A. Lang, Social Origins, pp. 176 y sigs. Cf. sobre el mismo tema y en el mismo sentido, W. H. R. Rivers, “Totemism in Polynesia and Melanesia”, en J. A. I., XXXIX, pp. 156 y siguientes.

especie de ser supremo; tal idea es “absolutamente extraña” al pensamiento melanesio. Es la misma ubicuidad: el mana no está situado en ninguna parte de