Humbelina, según lo pensó, así lo hizo. Al siguiente día de enterarse de la fama de Bernardo, comenzó los preparativos para su viaje a Claraval. Conseguido el permiso de su esposo, reunió a su comitiva, como señora del gran mundo:
Damas que la distrajesen, doncellas que la sirviesen, el carruaje de lujo, las cabalgaduras ricamente pertrechadas, un nutrido grupo de jinetes que le diesen vistosa escolta... No se olvidó de ataviarse con uno de sus mejores trajes, ni sus joyas, ni sus perfumes...
Humbelina, buena en el fondo, de un corazón sensible y noble, se había ido dejando arrastrar por la corriente del mundo, alternando con la mejor sociedad, asistía a fiestas y reuniones, correspondía a las invitaciones, con banquetes en su señorial mansión... La seducían los tor- neos, la agradaban los viajes, la conmovían los elogios...
Era de una belleza poco común; su esposo había puesto en ella su felicidad, le cumplía los menores caprichos, y en una mutua ilusión, caminaban por la pendiente fácil y resbaladiza de lo frívolo...
Cierto que pensaba a menudo en Bernardo y en sus otros hermanos, que se emocionaba a su sólo recuerdo, que también ella sentía, a veces el deseo de hacer algo grande, pero... las amistades, los compromisos, la juventud, eran otros tantos motivos de prórroga, y así iba dando largas a aquellas inspiraciones que, por las oraciones de sus hermanos el cielo le enviaba...
Mañana, mañana, pensaba un día después de otro.
¡Cuántos son los que así responden a las llamadas de la gracia! Le dicen que no es día adecuado, que no es hora oportuna, que no es momento apropiado...
El luego, después, mañana, es la respuesta de tantas y tantas almas que por falta de voluntad, de generosidad o de seria resolución, se pasan la vida pidiendo un plazo, una espera, una prórroga para romper aquel lazo, aquella amistad, aquel compromiso que le esclaviza a lo vulgar, a lo
pequeño, a lo peligroso y... les sorprende la muerte con las manos vacías de buenas obras.
Son muy pocos los que saben imponerse a sí mismos y en un arranque de energía no dejan escapar las inspiraciones de la gracia y lanzan el grito de combate: Ahora, en el presente momento, en este instante.
Porque el mañana a nadie pertenece y solamente la Providencia conoce lo que ha de durar la vida; por eso, ¡qué temeridad es jugar con una cosa tan seria!
Humbelina no volverla a jugar como hasta entonces, no había de dejar escapar la ocasión que de nuevo se le ofrecía, no pediría una tregua en el plan de vida que se iba a trazar.
Le parecía que para visitar a un Abad de tanta fama como gozaba Bernardo, debía ataviarse en forma lujosa y exquisita, y así se presentó en Claraval.
Su hermano Andrés, que estaba encargado de la portería del monasterio, quedó asombrado de verla tan mundana y, a sus demostraciones de afecto contestó con cierta sequedad.
—«Ya tenemos aquí un saco de podredumbre ricamente trajeado y adornado» (78).
Y se retiró en seguida a dar cuenta a Bernardo de que su hermana quería verle y venía con toda pompa acompañada de damas y caballeros, aristócratas y servidores...
Bernardo, informado de cuanto se le decía, se negó a recibirla, manifestando «que tenía muchos e interesantes asuntos que resolver y no podía perder el tiempo en satisfacer la curiosidad de una señora mundana».
Estas palabras transmitió Andrés a su hermana. ¡Pobre Humbelina!... ¡¡Qué humillación!!
El orgullo le decía: retírate, márchate, muéstrate ofendida...
Pero la gracia venció y se impuso... Humbelina comenzó a llorar amargamente.
Andrés aprovechó la oportunidad para recordarle a su santa madre, tan sencilla, tan modesta, tan resplandeciente en todas las virtudes.
—¿Es que has podido olvidar sus enseñanzas, Humbelina? —¿Es que ya no recuerdas como huía de la sociedad?
—¿Es que no quieres seguir sus pasos de esposa modelo, siempre mortificada, siempre sacrificándose por todos, siempre inculcando a cada uno su deber, el amor de Dios, la confianza en María Virgen?...
Humbelina escuchaba entre hipos y sollozos.
Cuando fue dominando su intensa emoción, contestó con voz aún entrecortada:
—«Es verdad que soy una pobre pecadora ¡pero también lo es que por los pecadores murió Cristo! —Porque me reconozco culpable busco el trato y conversación de los santos—. Di a mi hermano que, si desprecia mi cuerpo, tenga al menos piedad de mi alma: estoy dispuesta a hacer cuanto me ordene» (79).
Andrés lleno de alegría por aquel cambio, corrió a buscar a Bernardo, mientras el corazón le saltaba de gozo.
Lo encontró en oración: Pedía por ella, por su querida Humbelina, por aquella hermana que amaba tanto y deseaba verla centrada en Dios, siendo fiel instrumento de su amor...
Bajó presuroso a la portería y, ambos sintieron humedecerse sus ojos, procurando contener las mutuas efusiones que querían exteriorizarse.
Bernardo comenzó a hablar seriamente a su hermana:
Lo hacía con tanta unción, con tal persuasión, con tal convencimiento, que Humbelina sentía escalofríos en las fibras más sensibles del alma...
Escuchaba absorta, ensimismada, entusiasmada. Comenzaba a darse cuenta de la verdad de aquel amor noble, grande, sublime, al Dios crucificado que pedía correspondencia...
Ahora sí que entendía bien lo que era renuncia, mortificación, sacrificio. ¡Cómo iba a cambiar su vida! Sentía sinceramente que no estuviera presente su esposo... Pero ella le explicaría ¡y él era tan bondadoso y tan caballero!, ¡se mostraba siempre tan complaciente y deseoso de agradarla, que no dudaba de su comprensión!
Después de un largo diálogo y mientras los acompañantes de Humbelina visitaban las dependencias que les era permitido, Bernardo hizo llamar a todos los hermanos. Fueron apareciendo:
Bartolomé tan sonriente, tan dulce en sus maneras, tan espiritual, que a Humbelina le inspiraba respeto...
Gerardo, tan efusivo, tan cordial, dándole abrazos y más abrazos, intentando hacerla comprender con aquellas demostraciones de cariño, lo feliz que se sentía bajo aquel hábito tosco y burdo, con aquella cabeza rapada, pero llena de pensamientos sublimes...
Guido, reposado, silencioso, con la mirada perdida en el vacío... Preguntó con ansiedad por su esposa, por sus hijas...
Isabel había entrado religiosa en las benedictinas de Juley, en donde estaba también su hija mayor, Adelina.
Humbelina sentía transportes de gozo entre sus hermanos... ¡cómo desearía poder quedarse con ellos!
Recordaban a Fontaine, sus años infantiles en el castillo, la vida familiar, las enseñanzas de sus padres, las emociones de las despedidas, los distintos caminos después de la separación...
¡Cómo cambia la vida, Señor!
Pasaron varias horas en aquella charla íntima, familiar, magnífica. Tocaban a Vísperas cuando llegó «el grupo» de su visita a la Abadía y sus alrededores.
Comenzaron las despedidas. Humbelina se separó de todos, rogó que la dejasen el coche de uno de los de la comitiva y, acompañada de una de sus doncellas, dio orden al cochero de que se dirigiese a Nonnais. Quería ir a ver a Isabel para contarle las nuevas de Guido y de sus hermanos, para comunicarle el secreto de su transformación... Se sentía otra persona distinta; su vida había de cambiar por completo. Estaba resuelta a seguir los consejos de Bernardo al pie de la letra.
En adelante: el cuidado de su casa, hacer de ella un hogar verdaderamente católico, las visitas a la Iglesia, la Santa Misa, la oración en familia, las limosnas llevadas personalmente para que tuviesen el doble valor de la caridad espiritual, viendo en el pobre enfermo a Cristo que sufre, y la del socorro material que alivia las necesidades...
Aprovecharía sus amistades para arrastrarlas con el buen ejemplo por el camino de la virtud.
En estos santos proyectos iba entretenida, cuando el coche se paró en seco. Se encontraban frente al monasterio de Juley.
La acogida fue cariñosísima. ¡Qué bien se comprendían ahora las dos hermanas políticas!
Humbelina que se había alarmado ante aquel gesto de Isabel de abandonarlo todo por seguir más de cerca a Jesús Crucificado, la envidiaba ahora con todas sus fuerzas. ¡¡Si su esposo la permitiera a ella también hacer el sacrificio de su vida, internándose en aquel convento!!,..
Sor Isabel escuchaba con suma atención a su cuñada.
Humbelina le decía que Claraval era como un anticipo del cielo; le contó los éxitos de Bernardo en el mundo de las almas, lo dichosos que se sentían todos los hermanos al servicio del Gran Rey. Le habló particularmente de Guido...
¡Isabel apretaba las manos contra el pecho porque le parecía que el corazón quería salirse fuera! Su Guido, su amado esposo, el que había sido su apoyo, su descanso y su ilusión a través de aquellos dulces años de casados... Guido, Guido, su Guido viviendo para Dios, amando a Dios, santificándose en Dios... ¡Oh, Señor! ¡Yo también lo sigo amando en Ti, y lo quiero en Ti y para Ti!...
¡¡Gracias, gracias, Dios mío!! * * *
La Madre Superiora apareció en el locutorio acompañada de Sor Adelina, la hija de Isabel.
Se prolongó la entrevista hasta que las sombras de la noche comenzaban a envolverlo todo.
Al separarse, aquellos corazones al unísono, alababan al Dios que reinaba en ellos...