Entre los hombres sabios y letrados que levantaron más revuelo con su entrada en Claraval, se citan a varios Canónigos de Chalons y Auxerre, Roger, Humberto y Reynaldo, muy nombrados en aquel siglo, a Pedro de Tolosa y al famoso Odón.
Muchos oficiales del ejército, antiguos compañeros de la familia de Fontaine y de sus parientes.
El estado de Claraval por los años de 1118 y siguientes, lo dejó relatado con mucho acierto, uno de sus monjes que también supo ser valiente en la renuncia de sus grandezas humanas, Pedro de Roya.
«Aunque la casa de Claraval está situada en un valle —escribe—, sus cimientos fundados están en la montaña Santa. Allí Dios se hace admirable, obrando maravillas para gloria suya; el hombre interior se renueva, mientras que el exterior se destruye; el soberbio se hace humilde, los ricos pobres, los ignorantes sabios y las tinieblas del pecado se disipan bajo la acción regeneradora de la gracia. Allí sólo late un corazón, que da vida a multitud de hombres de distintos países y condiciones, y con la esperanza de una beatificación próxima, saborean ya en este mundo las primicias de la felicidad eterna. En su humilde actitud, recogimiento y constante oración se deja adivinar el fervor y la pureza de sus almas. Las prolongadas pausas que hacen durante el oficio a media noche, el modo de recitar los salmos y meditar los libros sagrados y el profundo silencio que a su alrededor reina, de sobra indican los consuelos que experimentan. — Pero ¿quién dejará de admirarlos cuando trabajan en el campo?— Al dirigirse la comunidad al trabajo, sencillamente caminan los unos tras los otros cargados con las armas, testimonio de su humildad, como ejército formado en batalla, y estrechamente unidos, viven con una paz y caridad tan perfecta, que es alegría de los ángeles y terror de los demonios.
»El Espíritu Santo los alienta con su gracia, pues nunca demuestran fatiga ni cansancio por muchos que sean los trabajos.
»Entre ellos existen algunos, que en el mundo gozaban de gran respeto y consideración por su eminente saber, y esos mismos, se abaten hoy, como se ensalzaban ayer.
»Cuando los veo en el campo manejando el rastrillo y la pala, o bien en el bosque con el hacha en la mano, y considero lo que fueron y lo que ahora son, confieso que, si únicamente los juzgara con los ojos materiales, me parecerían locos o insensatos; pero considerándolos a través de nuestra santa fe, los admiro, como hombres cuyas vidas están ocultas en Jesucristo y viven tan sólo para Dios. Así es como únicamente pude distinguir entre ellos a un Godofredo de Peronne, un Guillermo de Saint Omer y tantos otros grandes hombres como conocí en el mundo, y que hoy no dejan huellas de lo que fueron. Anteriormente erguían con orgullo sus cabezas, siendo tan sólo sepulcros vivos, mientras que al presente se humillan, sien- do sagrados tesoros de virtudes cristianas» (82).
* * *
La semilla sembrada en Cister que tanto fructificó, siguió multiplicándose en las distintas fundaciones cada vez más numerosas.
De Francia pasaron a otros países de Europa, cruzando montes y valles, ríos y mares, llevando siempre el ideal de formar enamorados de Cristo Crucificado...
Hoy como entonces, jóvenes, adultos y hombres entrados ya en años, siguen las huellas de tantos que les precedieron, por la senda estrecha y mortificante y... ¡hasta dolorosa, a veces, para el cuerpo!, pero siempre gloriosa para el alma.
Los monasterios cistercienses tienen sus puertas abiertas a todos los que lleguen guiados por el espíritu de Dios, «deseosos de llevar una vida más perfecta, de trabajar con más libertad en su santificación», por lo cual buscan la soledad, el apartamiento del mundo, la proximidad del sagrario, para reparar tanto olvido de los hombres que preocupados de los negocios temporales, abandonan el principal negocio: ¡la salvación!
El novicio cisterciense ha de buscar a Dios bajo la mirada de los superiores, teniendo gran «celo por el oficio divino, amor a la obediencia y a las humillaciones», que son los cimientos que señala la Regla de San Benito para la construcción del edificio espiritual que ha de concluirse ciñendo la corona de la inmortalidad...
La vida del cisterciense gira en torno al recuerdo de los treinta años que Jesucristo pasó en Nazaret, ocultando su poder, su grandeza, su divinidad; estaba unido al Padre en continua oración, guardaba silencio, obedecía a María y a José... ¡El que era Dios!
El cisterciense también se une a Dios, haciendo de sus días y de sus noches un continuo acto de amor... El oficio divino que lleva en si la adoración, alabanza y reparación, es la trilogía del monje.
El culto que se rinde a la Trinidad Santa, ha de expresar los sentimientos de su corazón. Por eso ha de ser principalmente interior. «Mas es evidente que no obtiene su plena expresión sino cuando todo el ser humano, cuerpo y alma, toma parte en él. Si el culto es público, no es menos evidente que debe estar regido por las leyes precisas; porque sólo las ceremonias bien hechas y los ritos que hermosamente ejecutados expresen con exactitud los sentimientos del alma, pueden honrar a Dios y favorecer la piedad.
»No es, pues, de extrañar que la Iglesia haya trazado las reglas fundamentales de la liturgia, a fin de que ésta sea la expresión exacta de su fe, un alimento de piedad para sus hijos y totalmente digna del Soberano Señor a quien adora.
»Mas a pesar de que la Iglesia desea que lo que constituye el fundamento y la parte esencial del culto sea inmutable, no obstante ha autorizado y aprobado liturgias particulares que realzan, con los adornos que le añaden, la misteriosa túnica tejida de oro, de la cual nos habla David.
»Nosotros (los cistercienses) tenemos rito propio; lo cual, a la vez que es un honor, nos impone el deber de cumplirlo con toda la posible perfección.
»No sin motivos serios nuestros Padres adoptaron y nos trasmitieron las diferentes posturas que observamos; ellas son la expresión natural del alma, que unas veces adora y ruega, y otras testimonia el respeto de que se halla penetrada, llegando en ocasiones a abajarse y caer como oprimida por el sentimiento de la grandeza e infinita bondad de Dios y de su propia debilidad e indignidad» (83).
Todo el que visita un monasterio Cisterciense, se siente íntimamente conmovido ante la expresión grave, seria, humilde y angelical de los monjes que, inmóviles como estatuas o inclinados en reverencias
profundas, salmodian en honor del Rey y Señor de los Ejércitos, y de Aquélla que es Soberana y está colocada inmediata al trono de la divina Majestad.
A las dos de la mañana comienza la vida del monje cisterciense, anticipándose los domingos y días festivos a la una.
Al toque de la campana, la voz de Dios, despierta con el recuerdo de que Jesús le espera. Veloz y alegre, coge su cruz al salir de la celda y se dirige a la Iglesia para ser puntual a la cita dada la noche anterior por su Amado... Postrado ante el tabernáculo contempla a su Dios inmolado, humillado, silencioso... y, este Modelo ha de constituir su característica durante la jornada dedicada a El.
Se comienza con el saludo a la Madre: AVE MARIA GRATIA PLENA, DOMINUS TECUM. El Oficio Parvo: Maitines y Laudes.
Luego, puesto en manos de la Virgen, ayudado por ella, se hace media hora de oración mental. A las tres sigue el oficio Canónico, y así a lo largo del día ha de acudir hasta siete veces en comunidad al coro para dar cuenta a su Señor de la labor hecha y pedir más fuerzas para continuarla por su amor.
Las horas intermedias, se han de emplear santamente: Trabajo manual en el campo o en casa, cumpliendo los oficios más humildes, barrer, fregar, mondar patatas... Estudio, lectura espiritual, visita al cementerio, y algún minuto libre, una escapada a dialogar con el Amado...
¡Qué contraste con las congojas y sobresaltos del mundo moderno, con sus exigencias, exquisitos placeres y refinados pecados...