SECTION VI ? CALL FOR FIRE
REQUIRED ELEMENTS
Al concluir el nuevo edificio de la abadía de Claraval, amplio y espacioso, Dom Bernardo hubo de comprobar que era pequeño e insuficiente para albergar a los postulantes que llegaban sin interrupción a pedir que se les recibiese entre sus hijos.
Hubo de pensarse en que colonias de monjes fueran enviadas para hacer las primeras fundaciones.
Troisfontaines, fue la primera hija de Claraval, en el año 1118, a la cual siguió Fontenay, al siguiente año y Joigny que se fundó el 11 de agosto de 1121.
El abad Bernardo, a medida que progresaba en la perfección, en la santidad, podría decirse que se hacia más humilde y así, su confusión y sufrimiento interior aumentaba al ver que se divulgaba su fama por los hechos maravillosos que el Señor se dignaba obrar por su mediación.
A él acudían de todas partes para pedir consejo y solución a los asuntos más diversos y complicados. Desde las personalidades más destacadas hasta las personas más sencillas pedían luz y protección a aquel varón de Dios que para todos tenia palabras de aliento, de consuelo, de caridad ardiente.
No se acobardaba ante los ricos y poderosos a quienes predicaba la justicia, el amor al desgraciado, la protección al desvalido. A los menesterosos les hablaba de la paciencia y resignación, sin que dejasen de aspirar a la justicia.
Muchas veces recriminó a los señores feudales sus lujos y egoísmos, sin dejar de imponer tampoco su recia voz ante los vicios y desmanes del pueblo, el ciego afán de enriquecerse, el acoger a tantos hechiceros como abundaban en aquella época, sorprendiendo a espíritus cándidos.
La palabra de Bernardo era unas veces recia y potente, voz de trueno para fustigar tantos vicios y desmanes; otras, dulce y suave para alentar a los pecadores a confiar en la misericordia, a entregarse en manos de María Santísima, a escuchar las solicitaciones de la gracia. Se hacía sentir en
grandes catedrales, y en humildes iglesias de pueblo, en inmensas concentraciones y en pequeños grupos de caminantes que encontraba al paso en sus andanzas apostólicas llevado del celo por la verdad, por el bien de las almas, por la mayor gloria de Dios.
En todas partes encontraba discípulos y seguidores que se rendían a las llamadas que hacía a sus corazones empedernidos, olvidadizos y negligentes. Les hablaba de la verdadera felicidad que tantos buscaban inútilmente por caminos del vicio y del pecado.
Hasta del patíbulo y de los lugares de perdición sacaba Bernardo almas para transformarlas en observantísimos monjes.
«Una vez entrando en una ciudad, vio que una inmensa multitud acompañaba a un bandido hasta la horca. Lleno de compasión, cogió la cuerda con que arrastraban al desgraciado, y dijo a los verdugos:
—»Dejadme a este asesino; quiero colgarle por mis propias manos. » Alarmado el juez al conocer el caso, se llegó a él diciendo:
—»¿Qué es eso, venerable Padre? ¿Vais a libertar a un hombre que merece mil muertes?
—»Déjame, respondió Bernardo. Ya sé que este hombre es digno de un gran castigo; pero yo mismo le clavaré a la cruz, y le haré permanecer en ella años enteros. Y se lo llevó consigo a Claraval.
»En otra ocasión, pasando junto a una taberna y viendo a la puerta un jugador empedernido, se ofreció a jugar con él.
—»¿Y qué vamos a jugar?, preguntó el tahúr.
—»Tú, respondió Bernardo, jugarás tu alma; yo, mi muía.
»El hombre hizo saltar los dados, y sacó el máximo de puntos, dieciocho.
—»He ganado, exclamó.
—»Aguarda, hermano, replicó el abad agitando el bote.
»Y habiendo tirado a su vez, sacó veinte puntos. Uno de los puntos se había roto para dar dos puntos más.
—»He ganado tu alma, dijo el monje a su adversario. Y se lo llevó consigo a Claraval» (104).
104 Año Cristiano, por Fr. JUSTO PÉREZ DE URBEL, O. S. B. T. III, págs. 395-396
(Madrid, 1945).
En cierta ocasión, el portero del monasterio avisó a su abad que unas caballeros deseaban verle y visitar cuanto les fuera permitido. Bernardo, amable y cortés, les acompañó por las distintas dependencias.
—Le encarecemos que ruegue por nosotros, dijo uno del grupo al salir de visitar la iglesia.
Y ante la mirada interrogante del abad, exclamó con sinceridad:
—Hemos venido a conocerle, haciendo un rodeo en nuestro camino ¡habíamos oído hablar tanto de Dom Bernardo, que la curiosidad nos trajo hasta aquí! Vamos a tomar parte en un torneo...
—¡Nuestra fiesta favorita!, comentaron varios a la vez. —Son las fiestas de carnaval, completó otro de ellos.
—Confiamos que sus oraciones nos preservarán del peligro, repitieron todos como un eco que era algo de con fianza y súplica...
El santo abad intentó disuadirles de su propósito. Les hizo ver que esa clase de juegos solían terminar con sangre, y, además, que la cuaresma se aproximaba y sus almas corrían peligro de perderse...
Los caballeros lo atajaban con mil disculpas. Entonces Bernardo les dijo con cierta gravedad: —Dios me concederá lo que vosotros me negáis.
Luego los invitó a tomar unas tazas de cerveza; bendijo la bebida y las ofreció alegremente a cada uno de los del grupo.
También él bebió diciendo:
—A la salud de vuestras almas, mientras apuraba la taza.
Hubo alguno que temía llegar la bebida a los labios, temeroso de que pudiera tener algún embrujamiento...
Después de un buen rato de amena charla, se despidió la alegre cabalgata, saliendo apresuradamente del monasterio.
Mas al poco tiempo de haber comenzado con tantos bríos la carrera, uno de ellos, sin decir palabra, picó espuelas y dio la vuelta en redondo. Pronto le siguió otro, y luego un tercero... y así se volvieron a encontrar todos a las puertas de Claraval, sin comunicarse aquel cambio tan repentino.
Al aparecer el abad, se postraron ante él pidiendo con mucha humildad que les permitiese cambiar su traje de guerreros por el hábito blanco... (105).
Entre aquellos nuevos postulantes, se encontraba Don Pedro, hermano de Don Alfonso Enriquez, primer rey de Portugal. El rey que lo amaba intensamente, acudió al abad Bernardo pidiendo una fundación en aquel país.
La petición fue atendida.
Un escritor contemporáneo nos lo describe así:
«Se cuenta que estando un día trabajando San Bernardo en la huerta con los hermanos, llamó a Fray Rolando y le dijo:
—»Mira, mañana mismo tú y otros doce vais a ir a Portugal para servir a Dios en una casa que quiere construir el rey de aquella tierra. Ya sabes nuestras costumbres, nada de magnificencias, ni grandes edificios, ni vastas posesiones.
»Y el abad trazó con su báculo en la menuda arena los planos de la nueva abadía» (106).
Así nació Alcobaza.
* * *
Notable fue también el influjo del abad Bernardo con los estudiantes de París.
A ruegos del Prelado, Bernardo hubo de acudir a París para dirigir su palabra de fuego ante aquellos estudiantes tan amigos de las diversiones, del bullicio y de las novedades... En el claustro de la catedral se esperaba con impaciencia y curiosidad a aquel hombre que había pasado a ser el comentario del día:
—«Creo habéis venido a oír la palabra de Dios. Porque ninguna otra causa se me ocurre que explique tan grande concurso e interés tan evidente, comenzó diciendo. No puedo menos de aplaudir vuestro deseo y congratularme por tan laudable devoción. Y cierto: ¡Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios!, con tal, empero, que la cumplan. Asimismo: ¡Dichosos los que recuerdan los mandamientos del Señor!, siempre que sea para practicarlos. Porque verdaderamente el Señor tiene palabras de
105 Cf. Vita I. L, I, cap. XI, pp. 55-56. Frag. Gaufridi. M. P. 11. VACANDARD, Ibid.,
vida eterna, y a cada instante se acerca más aquella hora —¡ojalá haya llegado ya!— en que los muertos oirán su voz, y los que la oigan vivirán; porque la vida está en cumplir la voluntad del Señor. Y si queréis saber cuál es ésta, llanamente os lo diré: vuestra conversión. Oídle finalmente: ¿Acaso quiero yo la muerte del impío, dice el Señor, y no más bien que se convierta de su mal proceder y viva? Por donde conocemos bien que nuestra verdadera vida depende de nuestra sincera conversión a Dios, no pudiendo llegar a dicha vida antes si no nos convertimos... (107).
* * *
»...No es preciso trabajar para que la voz de Dios llegue a nuestros oídos; todo el trabajo está en tener éstos bien limpios y destapados, para que oigan. Espontáneamente viene esta voz e se introduce por todas partes, no cesando de llamar a la puerta de cada cual. Cuarenta años, dice el Señor, estuve irritado contra esta raza y dije: Estos siempre yerran en su corazón. Todavía hoy se está cabe nosotros, todavía hoy no cesa de hablamos, y por desgracia quizá no hay quien le preste oídos. Todavía dice: Yerran estos en su corazón. Todavía la Sabiduría va repitiendo por las calles: Volved pecadores, a vuestro corazón. Esto es siempre lo primero que Dios nos comienza por decir; ellas parecen haber prevenido a todos aquellos que volvieron sobre sí; no sólo nos llaman para que nos reco- jamos en nuestro interior, sino que nos obligan a ponernos frente a nosotros mismos y a mirarnos cara a cara (108).
»No esperes te diga lo que tu razón ha de hallar en tu memoria; lo que ha de discernir, juzgar y condenar. Aplica interiormente tus oídos, vuelve sobre ti los ojos del corazón y sabrás por experiencia lo que sea necesario. Porque nadie sabe lo que hay en el hombre, sino el propio espíritu del hombre que está en él. Si la soberbia, o la envidia, o la avaricia, o la ambición, o cualquier otro pestífero vicio a éstos parecido se hubiese escondido allá en lo más secreto del corazón, no temas que evite este examen. Si has consentido en fornicación o has cometido rapiñas, crueldades, fraudes o cualquier otra culpa, está seguro de que, sea cual fuere el reo, no se podrá sustraer a las miradas de ese juez interior ni osará negar ante él su crimen. Pues aunque todo el prurito aquel del maligno deleite pasó ya velocísimo y los halagos y embriagueces del placer en un mismo punto y hora se desvanecieron, mas en la memoria dejaron amargas trazas y torpísimos resabios de su paso. A ella van a parar, como a un
107 De la conversión de los Clérigos. Cap. I. 108 Cap. II.
sepulcro, o por mejor decir, a un basurero, todas las abominaciones; a ella confluyen todas las inmundicias...
»...¿Quién de nosotros tendrá tal paciencia y virtud que si de súbito se viese todo cubierto, como leemos haber acontecido a María, hermana de Moisés, con unas llagas terribles de lepra, y viese caer su carne a pedazos, pudiese sobrellevar ecuánime tamaña prueba y todavía diese gracias por ello a su Criador? ¿Y qué es esta carne, sino túnica corruptible que nos vestimos al nacer? ¿Y qué es la lepra para todos los elegidos, sino un castigo de la paternal mano de Dios que quiere purificar nuestro corazón? Allí, allí está la gran tribulación y la más justísima causa de quebranto, en el punto y hora en que, despertándose el pecador del sueño de su mezquino deleite, ve horrorizado de qué manera ha invadido todo su ser una lepra que él mismo buscó con gran trabajo y afán. Aunque nadie odia su carne, y mucho menos podrá el alma odiarse a si misma (109).
»Pero quizás a alguno le mueva aquello del salmo: Quien ama la iniquidad, odia su alma. Pues yo todavía añado más y digo que odia también su cuerpo. ¿No es odiarlo ir comprando para él, de día en día, mayores tormentos en las llamas del infierno y amontonando, por su endurecimiento en la maldad, tesoros de ira para el día de la ira? Por lo demás, este odio del pecador a su alma y a su cuerpo no se ha de buscar en el afecto, sino que se debe descubrir por los efectos. Dícese que el frenético parece odiar a su carne cuando, presa de su frenesí y falto ente- ramente de luz del entendimiento, dirige el acero contra sí mismo o se golpea y se maltrata. Pero ¿cabe peor frenesí que la impenitencia del corazón y la obstinada voluntad de pecar? No pone el pecador sus manos criminales sobre su cuerpo, sino sobre su alma, a la que hiere y despedaza. Si viste alguna vez a un hombre restregándose las manos bárbaramente hasta chorrear sangre, viste una imagen expresa del alma que peca. Porque, efectivamente, tras de la voluptuosidad llega en seguida el dolor, y al prurito del goce sucede inmediatamente el escozor y el tormento. Esto no lo ignoraba el bárbaro que se rascaba; pero mientras le duraba el gusto, hacía como quien lo olvida. Así también rasgamos y despedazamos con las propias manos nuestras infelices almas; pero esto segundo es tan grave, cuanto la criatura espiritual que maltratamos es más excelente y el remedio que hemos de traerla resulta más difícil. Y lo malo es que si obramos así, no es porque nos dejemos llevar del odio, sino porque somos víctimas de una extraña modorra de la sensibilidad interior. Derramada el alma fuera
de sí misma, no siente los males que la minan por dentro, y, en vez de estar muy puesta en si, vive sumida en placeres... (110).
» Volviendo a aquella sentencia de donde habíamos partido, digo que hemos de recogernos en nuestro corazón y entrar en nosotros mismos, pues así hallaremos el camino por donde Aquél que con tal interés llama a los pecadores nos quiere llevar a puerto de salvación. Mientras tanto no os pese sentir en vuestras almas la mordedura del gusano de la conciencia, y cuidad no sea que por una peligrosa delicadeza y perniciosa blandura disimuléis y cerréis los ojos al mal que os va minando. Gran bien es sentir el roer del gusano cuando todavía puede morir, y así por habernos mordido ahora, cese para siempre de morder. Roa la podredumbre para que acabe con ella y se consuma él al mismo tiempo, antes de empezar a alimentarse de inmortalidad... (111).
»Y he ahí de nuevo la voz de las nubes que dice: Pecaste, cesa ya. Y como lo dice, así es. Ya la sentina está rebosando y llena toda la casa de intolerable hedor; en vano intentarás vaciarla mientras fluyan nuevos chorros de inmundicia. Inútil también que te pese haber pecado, si no cesas de pecar. ¿Quién podrá probar las mortificaciones de esos que ayunan mientras se preparan para los pleitos y meditan en la maldad mientras se dan golpes de pecho? A pesar de esas muestras de devoción, ni renuncian a su propia voluntad ni dejan sus deleites. No es ese el ayuno que me agrada, dice el Señor. Cerrad primero ventanas, tapad boquetes, reparad bien las grietas, y así, cuando no entre ya suciedad, podréis ir barriendo la vieja basura. El pecador que todavía no ha practicado nada de esto, como ignorante de las cosas espirituales, cree fácil cuanto le mandan. Dice ¿quién me impedirá que haga yo lo que quiera de los miembros de mi cuerpo? Y así, contradice su gula con ayunos que destierran sus hábitos de crápula, manda a sus oídos que permanezcan cerrados a las palabras sanguinarias de escándalo, prohíbe a sus ojos volverse a mirar la vanidad, impera a sus manos que se cierren para la avaricia y sólo se abran para la limosna, y aún por ventura las obliga y acostumbra al trabajo, a fin de apartarlas de latrocinios e injusticias, conformándose con lo que está escrito: El que robaba, no robe más, sino que trabaje con sus manos en obras honestas, para procurarse con qué socorrer al indigente.
»Pero mientras intima estos mandatos a cada uno de sus miembros y haciéndoles saber cuáles son sus particulares resoluciones, todos ellos
110 Del Cap. IV. 111 Del Cap. V.
levantan la voz a una, ahogando la palabra de su amo. “¿Qué significan estas novedades?”, le dice. “Nos mandas que hagamos lo que se te antoja. Tal como lo piensas así lo ordenas. Pero has de saber que hallarás quien se oponga a tus nuevos decretos y dirá que no a esas novísimas leyes...”
«...Llora la gula el régimen de parsimonia que se le ha impuesto y la pérdida de todos los gustos del buen yantar. Deploran los ojos verse condenados a continuas lágrimas y a mortificante modestia. Con todo lo cual, excitándose cada vez más la voluntad mala sin poder contenerse más tiempo, les increpa violenta: “¿Qué decís? ¿Habéis venido a contarme sueños o a entretenerme con fábulas?” En el mismo punto la lengua, asiendo la ocasión de hablar que se le brinda, dice: “Así, tal como lo oísteis, sin añadir nada ni quitar, es como se nos han dado las nuevas ór- denes. Porque aún yo, según las he recibido, he de abstenerme de toda mentira y frivolidad y no pronunciar palabra muy seria y aún de todo punto necesaria...”
»...¿Cómo la razón del pecador, si todavía le queda sombra de ella, podrá librarse de la confusión que le ha de producir el ver las acometidas de la perversa voluntad?...
»...Para que no falte nada del hombre, el cuerpo mismo se rebela, sus sentidos son como otras tantas puertas por las que entra la muerte y por las que irrumpe sin cesar la confusión» (112).
«Oiga, pues, el alma que así es, oiga con gran estupor y admiración al que dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. ¿Quién tan pobre de espíritu como aquel que en todo su espíritu no halla reposo ni tiene donde reclinar su cabeza? Es éste también consejo que quien a sí mismo no agrade, agrade a Dios, y quien a su propia casa odia, casa, en efecto, llena de suciedad y de infelicidad, sea invitado a la casa de la gloria, construida no por mano de los hombres, sino edificada en los cielos desde siempre...» (113).
Y así aquel mago de la palabra divina iba cautivando a la numerosa concurrencia, estudiantes de las distintas escuelas que, los más habían acudido por curiosidad y poco a poco se veían presos en las verdades de la palabra divina exteriorizada por mediación del abad de Claraval.
En días sucesivos, la afluencia de aquella juventud deseosa ya de conocer la verdad, llenaban los claustros desde mucho tiempo antes de que el orador sagrado subiese a la Cátedra del Espíritu Santo.
Bernardo, con su palabra persuasiva, continuaba con sus claros razonamientos haciéndoles comprender cómo los deleites carnales y las riquezas son del todo vanas, falaces y efímeras:
«...El deleite de la garganta, que hoy en tanto se estima, apenas si tiene dos dedos de ancho el lugar donde lo sentimos, y, no obstante, por el mezquino deleite de tan pequeña parte de nuestro ser, ¡cuántas solicitudes primero y cuántas molestias después! Porque las riñones y los hombres se dilatan a causa de esto monstruosamente: los vientres hinchados, que parecen, por sus cargas de grasa, desarrollarse en hermosa gordura llevan dentro fruto de ruina; los huesos no tienen bastante fuerza para sostener la masa de carne que llevan encima, de donde se originan diversas enfermedades. Lo mismo digamos de la vorágine engullidora de la lujuria: ¡qué de trabajos y dispendios y qué exponer fama y honor y aún la vida por saciar sus hambres devoradoras! ¿Y todo esto para estimular con el sulfúreo vaho de las pasiones nuestros sentidos, ya por demás despiertos, y