SECTION VI ? CALL FOR FIRE
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El monasterio tan famoso de San Dionisio, era gobernado entonces por el abad Suger. Había sido elegido por sus hermanos cuando se encontraba de viaje por Italia.
Al hacerse cargo Suger de la abadía de San Dionisio de París, ésta era un gran señorío con multitud de iglesias, prioratos, castillos, pueblos y tierras.
El nuevo abad dio nueva vida a todo aquel poderío: hizo nuevas plantaciones, llamó a rendir cuentas a todos los colonos, muchos de los cuales llevaban muy mala administración..., los dispensó de varias cargas, les enseñó diversos métodos agrícolas, organizando una especie de colonias que constituyó una verdadera fuente de riqueza.
El triunfo era completo; en la abadía todo era brillo y esplendor; los sepulcros de los reyes de Francia con sus hermosos bronces, la famosa silla de Dagoberto que usaban los reyes para tomar juramento a los grandes caballeros, el lujo en las decoraciones, la ostentación de los orna- mentos, adornados de ricas piedras preciosas que refulgían con sus brillos matizados de mil colores, llenándolo todo de fantásticas irisaciones.
Muy pronto de hallarse en el ejercicio de su cargo, el abad Suger perfiló el plan de una obra colosal que le atraía desde la infancia: Una nueva basílica que reemplazase a la de Dagoberto que ya amenazaba ruina. El estilo sería nuevo; ni el románico de Cluny, ni la simplicidad exagerada de Cister. Aquí tuvo su origen el estilo ojival. La obra comenzó con toda rapidez y pronto fue una realidad el sueño del abad.
Los mármoles daban aspecto majestuoso a la gran basílica; en su paredes y vidrieras, estamparon sus mejores creaciones artistas de España, Italia y Flandes.
La amistad de Suger con el rey Luis VI era íntima y fraternal, desde hacía largos años. Había comenzado en la infancia que ambos pasaron juntos en aquel mismo monasterio. Todo estaba para ellos lleno de recuerdos comunes; la iglesia, los jardines, las clases.
Cuando aparecía en la Corte, era recibido como gran señor; el rey le apreciaba, le consultaba y estimaba en mucho sus consejos, llegándole a nombrar Canciller del reino.
El abad Suger pronto se vio rodeado de multitud de vasallos, siempre viajaba con pomposo aparato, intervino en asuntos de política, mandaba ejércitos, y a todas partes le acompañaba un nutrido grupo de caballeros nobles entre los cuales no desdecía en elegancia y brillo mundano.
El monasterio de San Dionisio, parecía un castillo feudal, por la variedad de asuntos y desfile de personajes que por él pasaban.
Mas en medio de aquella pompa exterior, Suger supo conservar una caridad y una generosidad que no tenían límites.
Y he aquí que el santo abad de Claraval publica su «Apología a Guillermo» y en ella Suger se creyó retratado;
«...Maravillado y pasmado estoy de ver cómo ha podido venir a convertirse en costumbre tanta destemplanza en el comer y en el beber; ni sólo esto, sino también la curiosidad que gastan en vestir, la comodidad con que disponen los lechos para descansar, los lujos que se permiten en los arreos para las cabalgaduras y la magnificencia en los edificios que levantan, de suerte que allí donde más se procuran todos estos acicalamientos y requilorios, donde se encuentran con más deleitosa abundancia y se gozan con mayor amplitud, allí se piensa que hay mayor religión. Y ¿cómo no juzgarlo así, cuando se llama avaricia a la economía y se califica de austeridad a la sobriedad justa, y el silencio se reputa de tristeza? ¿Cómo atinar en el recto juicio, si la disipación y la relajación pasan por discreta prudencia, y el despilfarro por generosidad, y la garrulería por amable trato, y la chocarrería y las risotadas por espíritu de alegría, y la delicadeza en el vestir y el fausto y ostentación en las monturas por honestidad, y el acicalado aseo de las camas por limpieza? El procurar semejantes vanidades a los monjes se cohonesta con el nombre de caridad. ¡Ay!, que esta mentida caridad mata a la verdadera caridad; esta simulada discreción acaba con la sólida y noble discreción. La tal misericordia no está sino muy llena de crueldad, tanta y tan fiera, que, so pretexto de servir y contentar al cuerpo, se estrangula al alma... (117).
»Se busca para vestir, no lo más útil, sino lo que pueda parecer más fino; no lo que defienda el frío, sino lo que pueda satisfacer mejor la
vanidad; no lo que se pueda adquirir a menos precio, sino lo más vistoso y vano...» (118).
«...Entre tanto vienen a la mesa platos tras platos, y en vez de carne, la única vianda de que todavía se abstienen, se sirven en abundancia toda clase de exquisitos pescados. Si saciados de los primeros manjares tornáis los segundos, os parecerá no haber gustado aún bocado alguno. Porque es tanta la exquisitez y el arte con que los cocineros preparan todos los guisos, que nunca los primeros platos han de estorbar a los últimos ni la hartura ha de matar o disminuir el apetito. El gusto seducido y regalado por nuevos condimentos, olvida poco a poco los sabores ya conocidos y renueva el deleite, cual si todavía se estuviese en ayunas, con los caldos y salsas traídos de las cocinas extranjeras. El estómago con todo esto va lle- nándose sin sentir, y hállase cargado y repleto cuando aún la variedad no ha dejado lugar al hastío. Como las cosas simples y puras, tales cuales la naturaleza las produce, han llegado ya a cansar, las condimentan de mil diversos modos para ofrecerle a la gula otros distintos paladeos de los que tenían de suyo, como Dios se los puso, rebasando todos los límites de la necesidad, cuando todavía el deleite de comer no se ha extinguido, sino que aún dura despierto. ¿Quién podría enumerar, por ejemplo, los infinitos modos cómo los huevos se componen, por no decir se descomponen, aunque esto fuera lo más propio? ¡Con qué industria y artificio los baten aquí y los revuelven, o los reducen allí a líquido, o en otro lugar los endurecen y cortan en menudos trozos; y ora los sirven fritos, ora los presentan asados, ora los dan separados o mezclados con otras cien cosas! ¿Qué fin tienen todas estas labores de frituras y guisos sino el de prevenir el asco o la saciedad? Demás de esto, se estudia el modo de aderezar las mismas cosas por defuera con tal refinamiento y tal gracia, que no reciba la vista menos deleite del que luego ha de tener el paladar; por donde viene a suceder que todavía no se ha satisfecho hasta el fastidio la curiosidad cuando ya los respectivos eructos indican un estómago ahíto. Pero mientras los ojos se deleitan con los colores y el paladar se recrea con la diversidad de manjares, el malaventurado estómago, que no recibe los colorines ni siente el placer de los sabores, forzado a recibir cuanto le echan, pasa grandes apuros y siéntese abrumado más bien que satisfecho.
»Y ¿qué decir del agua como bebida, cuando ni por casualidad se ve una sola vez mezclada con vino? Es natural que así suceda, porque como todos, por el mero hecho de hacernos monjes, nos encontramos de pronto
con que estamos enfermos del estómago, nos cuidamos muy bien de no despreciar el consejo del Apóstol, que nos recomienda el vino como remedio, aunque olvidando, por no sé qué descuido, de beberlo, como él mismo nos dice sólo en muy poca cantidad.
»¡Y pluguiese a Dios os contentásemos con vino sólo, aunque puro! ¡Vergüenza me da decirlo! ¿Me atreveré o no? Después de todo, más debe avergonzar el hacerlo que el decirlo; y si cuesta el oírlo, no cueste el enmendarlo. Ea, lo digo. Se ha visto en una misma comida, v aún lo veréis, devolver tres o cuatro veces las tazas de vino a medio llenar, después de olerlo más que gustarlo, y apenas catado más bien que apurado, para poder elegir de este modo con rara habilidad y con la experta prontitud de catadores consumados el vino que resulta más fuerte de todos.
»Pues ¿qué diré de cierta costumbre establecida, según parece, en varios monasterios, consistente en servir los días de mayor solemnidad unas mezclas de vino con miel, para beberse en las reuniones, espolvoreado con ciertas especias? ¿Diremos tal vez que esto obedece también a flaqueza de estómago? A mi entender, no se da por esta razón, sino para que pueda beberse más y mejor. Pues cuando ya las venas aparecen hinchadas con tanto vino, y las pulsaciones martillean en las sienes, y toda la cabeza arde, ¿qué puede hacer el que se levanta de la mesa en tal estado, o de qué puede gustar más que de irse a dormir? Si hallándose así indigesto le obligáis a levantarse para los maitines de la noche, no esperéis que salga de su garganta el canto litúrgico, sino más bien quejas y lamentos. Metido ya en cama, no hay quien lo saque de ella; y al dar la señal de levantarse, alega indisposición, quejándose de la molestia que sufre y de que no tiene apetito para comer, en vez de acusarse del pecado de gula» (119).
El abad Suger se sintió herido en lo más vivo. Aquel grandioso monasterio de benedictinos de San Dionisio de París que él gobernaba ¿estaba incluido entre los que Bernardo de Claraval censuraba como relajados y más preocupados de seguir la pompa y brillo del mundo que de cumplir con la observancia y de servir de edificación tributando a Dios las alabanzas que le eran debidas y a las cuales se habían comprometido con los votos religiosos?
Suger pensó, meditó... y en su corazón bondadoso tuvieron eco las afiladas flechas del remordimiento. Pronto cambió su vida, transformándose en poco tiempo totalmente el ambiente de la abadía. Los
tapices regios, los muebles costosos, las monturas ricamente enjaezadas, desaparecieron rápidamente.
Ya no había acompañamiento de nobles ni de ricos palafreneros.
Llegó a desear tanto la simplicidad, que cuando tenia que ir a la corte por necesidad, el abad Suger rehusaba alojarse en palacio y así se agenció una modesta casita en la cual se acomodaba, acompañado de alguno de sus monjes; se preparaba largo rato para la misa que decía con mucha edificación, llegando en varias ocasiones a mojar el pavimento de tantas lágrimas como derramaba. Oraba mucho y practicaba la penitencia y la caridad con gran perfección.
Dom Bernardo al conocer la grata nueva, en el año 1127 le dirigió la siguiente epístola llena de fervorosa alegría:
«Hase oído una buena nueva por nuestra tierra, y tal que en todas partes contribuirá, sin duda, a que cuantos tuvieren noticias de ella reciban edificación que les mueva a obrar el bien. Todos los que temen a Dios, al enterarse de las grandes maravillas que El ha obrado en vuestra alma, se asombran y se alegran ante tan estupenda como súbita mudanza obrada por la diestra del Altísimo. Si, por doquier es el Señor alabado en vuestra alma. Oyen esta nueva los humildes y se alegran; se admiran los que no os conocían sino de nombre, y en vos glorifican a Dios al enterarse de lo que antes erais y ahora sois. Pero lo que colma este gozo, lo que produce esa especie de milagro, es el saber que apenas oísteis y recibisteis del cielo tan saludable consejo lo pusisteis en práctica y os disteis en seguida a difundir sus efectos sobre los vuestros, a fin de que se cumpliera aquello que se lee: Quien escucha diga: ¡Ven!; y aquello: Lo que os digo de noche, decidlo a la luz del día; y lo que os digo al oído, predicadlo desde las azoteas. Ha acontecido algo semejante a lo que suele suceder en los combates guerreros, en los cuales, si un valeroso soldado, o todavía mejor, un valiente y esforzado capitán, ve que los suyos dan la espalda al enemigo y emprenden precipitada fuga, cayendo acá y allá bajo la espada de sus perseguidores, aún sabiendo cierto que podría escapar incólume de la refriega, prefiere morir con aquellos sin los cuales le sería vergonzosa la vida. De ahí que permanezca firme en la lucha y combata con denuedo, y recorriendo las filas desconcertadas en medio de las espadas sangrientas, con su voz de mando y su lanza espanta a los enemigos e infunde valor a sus soldados. Dondequiera que el enemigo lucha con más furia y es más grave el peligro que amenaza a sus compañeros, allí está él, para resistir al que hiere y socorrer al que cae herido, tanto más resuelto a morir por cada
uno cuanto más desespera de salvarlos a todos. De este modo, conteniendo con su esfuerzo el empuje de los adversarios, levantando el abatido ánimo de los suyos que continúan luchando, y haciendo retroceder a los que huían, alcanza un triunfo tanto más glorioso cuanto menos esperado, sembrando confusión en el campo enemigo. Los que huían hacen huir a los mismos ante quienes retrocedían, triunfan de sus vencedores, cuyo choque apenas podían contener, y después del gran peligro de perecer, pueden al fin gloriarse de haber alcanzado la más completa victoria.
»Mas ¿a qué comparar con las guerras del siglo un hecho tan religioso y fuerte, cual si nos faltaran ejemplos en la misma religión, cuando tanto abundan? ¿Acaso no estaba Moisés seguro, tras de la promesa de Dios, de que, si el pueblo a quien guiaba llegara a perecer, no sólo no perecería él con dicho pueblo, sino que sería constituido cabeza de una gran nación. Mas con qué santo afecto, con qué celo y desinterés, con qué entrañas de misericordia acude en auxilio de los que habían ofendido al Señor y procura desagraviar a Su Divina Majestad, ofreciéndose a pagar por los culpables, diciendo: Si me perdonas, perdónales también; si no, bórrame de tu Libro, en que me tienes escrito. Fiel abogado que obtuvo lo que pedía, tanto más fácilmente cuanto que no buscaba su propio interés; benigno verdaderamente, pues quiso correr en todo la suerte de su pueblo, estando dispuesto o a perecer con él o evitar la catástrofe con él.
* * *
»¿Quién os proponía esta perfección? Aunque yo deseaba que llegara a mis oídos tan grata nueva, confieso que no lo esperaba tan pronto. En efecto, ¿quién iba a creer que de un salto, por decirlo así, os plantaríais en la cumbre de las virtudes y os haríais acreedor a los méritos más altos? Aunque Dios me libre de querer medir con la corta medida de nuestra fe y esperanza la inmensidad de la misericordia divina, que obra como quiere, cuando quiere y en quien quiere, acelerando la obra, aliviando la carga. ¿Pues qué? Verdad que vuestros extravíos, y no los de vuestros súbditos, eran los que excitaban el celo de los buenos, que los deploraban amargamente; vuestros desórdenes, no los de los vuestros, los avergonzaban; y las quejas y murmuraciones de las gentes sensatas iban contra vos, no contra vuestra abadía; vos sólo erais el objeto único de los susurros de los hermanos. Finalmente, sólo de vos se quejaban. En corrigiéndoos y enmendándoos vos, se quitaba todo pábulo a la murmuración, se extinguían como por encanto las críticas, cesaban las amargas censuras. Lo que principalmente ofendía a todos era ese excesivo
lujo que gastabais y esos equipajes espléndidos con que viajabais, y en los cuales se ostentaba un no sé qué de soberbia altanería. Con sólo deponer ese fausto, con sólo cambiar vuestras costumbres en esta parte, podía fácilmente calmarse esa indignación general contra vuestra persona. Pues bien, en un momento habéis callado todas las quejas y lamentos, corrigiendo radicalmente vuestra conducta, mereciendo con ello nuestras alabanzas; porque ¿qué más digno de loa entre las obras humanas, si esto no se reputa dignísimo de admiración y de elogio? Aunque mudanza tan súbita obrada en tantos y tantos religiosos no es, ni puede ser, obra humana, sino divina. Si la conversión de un solo pecador tanto alegra a los cielos, ¿qué será la de toda una comunidad? ¿Y la de ésta?
»Desde antiguo este lugar era noble, y era sitio real, soliendo servir para las causas y los ejércitos de los reyes. Sin presión ni fraude se pagaba lo suyo al César, aunque no daba a Dios con la misma prontitud y fidelidad lo que es de Dios.
»Conste hablo de oídas, no por vista de ojos. El mismo claustro del monasterio veíase frecuentemente invadido por los militares, alborotado por toda clase de negocios, turbado con discusiones de todo género y aún abierto a veces a mujeres. En este ambiente mundano, ¿qué lugar quedaba para los pensamientos celestiales, espirituales y divinos?
»Pues bien, ahora todo esto ha cambiado. Allí los monjes se ocupan en los negocios del servicio de Dios, viven en continencia, vigilan por la guarda de la disciplina monacal y vacan a santas lecturas. El silencio riguroso y perpetuo y la dulce quietud que reina en toda la casa invitan a la sosegada contemplación de las cosas celestiales. Los esfuerzos por guardar la castidad y los rigores que impone la Regla se hallan sostenidos y suavizados por el melodioso de los cantos e himnos. El pudor por el recuerdo de lo pasado templa la austeridad del nuevo vivir; los frutos de la buena conciencia, recogidos ahora por la paciencia, engendran en las almas ardientes deseos de los bienes venideros, de los cuales no serán defraudadas, y una esperanza firme, que no se verá confundida. El temor del juicio invita a todos al ejercicio constante de la caridad fraterna, de esa caridad que echa fuera el temor. La variedad bien concertada de las santas observancias lanza la tristeza y el fastidio.
»Hemos querido recordar todo esto para honra y gloria de Dios, autor de tales maravillas, aunque sin olvidaros a vos, que en todo habéis secundado la acción divina...
»Y no hemos querido recordar los males pasados para confusión ni reprensión de nadie, sino para que aparezca a mejor luz el esplendor de los días nuevos, comparados con los antiguos; porque los bienes presentes brillan con luz más clara frente a los males precedentes. En las cosas que entre sí son semejantes se viene a conocer las unas por las otras; pero las entre sí contrarias, por el contraste, aparecen más gratas o más repugnantes. Poned lo negro junto a lo blanco, y lo blanco parece más blanco y lo negro más negro por el contraste; así como lo feo aparece más feo frente a 1q hermoso.
* * *
»Ya no está abierta la casa de Dios a ningún seglar, ya los curiosos son excluidos del santuario; ya no se pierde el tiempo en charlas ociosas, ni se oye en los claustros el acostumbrado bullicio de muchachos y muchachas. El lugar santo sólo da entrada y admite en su recinto a aque- llos niños de Cristo de quienes se dice: Veisme aquí a mí y a mis hijos; quedando con la debida diligencia y solicitud reservado a las divinas alabanzas y al cumplimiento de los sagrados votos. ¡Con qué gozo los escuchan los muchos mártires cuyos cuerpos descansan en ese santo lugar; clamando ellos con no menor afecto! ¡Alabad, jóvenes, al Señor; dad loores al nombre del Señor! ¡Salmodiad a nuestro Dios, salmodiad a nuestro Rey!
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»Feliz me diré por haber alcanzado tiempos en que me es dado oír