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Después de la visita que Humbelina hizo a Claraval, su transformación fue completa.

La entrevista con sus hermanos la conmovió intensamente; el verlos tan llenos de Dios, en aquella vida penetrante y austera, sin que ninguno de ellos volviese la vista atrás una vez que despreciaron las comodidades, los regalos y los gustos de la propia voluntad, la hizo pensar seriamente...

¿Por qué no había ella también de imitarlos en hacer algo grande, que le costase sacrificio, vencimiento y lucha?

Sobre todo las palabras de Bernardo parece que tenían fuego, ¡cómo se le habían clavado en medio del corazón!

«...La seda y la púrpura, le decía, las pomadas y tinturas de colores, tienen belleza, pero no la comunican. Cualquiera de estas cosas con que adornas tu cuerpo ostentarán la belleza propia de ellas mas no te la dará a ti; y cuando te la quites, se llevará consigo lo que tenga de hermosura. Así que de toda belleza de que te vistas con el traje, te desnudarás con el mismo traje: del traje será siempre esa belleza y no de quien lo vistió.

»No envidies, pues, en esto a las pecadoras, pobres mendigas de belleza ajena, que perdieron la propia. Se muestran desnudas de toda hermosura natural e interior las que con tanto afán y a tan alto precio procuran por todos los medios, y apropiándose otras formas de hermosura ajena, disfrazarse de modo que a los ojos de los necios aparezcan hermosas. Juzga muy indigno de tu decoro el que hayas de pedir prestada tu belleza a la piel de un animal o a las babas de unos gusanillos, la tuya propia te baste. Aquella es verdadera hermosura, lo mismo en las personas que en las cosas, que por sí misma y sin ayudas extrañas puede brillar. ¡Oh y con qué rosa más rutilante colorea las mejillas de las vírgenes la joya del pudor! ¿Qué gemas de reinas se le podrán comparar?» (84).

* * *

Así siguió Bernardo, infiltrando en el alma de Humbelina la semilla de la perfección, de la santidad, y luego, cuando llegaron todos los demás hermanos y después de los saludos efusivos y cariñosos volvió a recaer el tema de conversación en el contraste entre el mundo y el convento, Humbelina quería justificarse, haciéndoles ver que, a cambio de su vida de sociedad en que lucía y brillaba, hacía otras buenas obras que podían contrapesar los cuidados y regalos que concedía a su cuerpo... pero Ber- nardo, la interrumpió en seguida para aconsejar:

—Es mucho más perfecta la entrega total, ¿no se ofreció totalmente Cristo al Padre Celestial?, ¿cómo fue su vida, qué dijo El de la mortificación, del sacrificio, de que «no se puede servir a dos señores?»

—«...Hagamos también nosotros lo que podamos, ofreciéndole lo mejor que tenemos, que somos nosotros mismos.

»¡Oh si yo tuviera la dicha de que se dignara recibir mi ofrenda una Majestad tan grande! Dos cosas cortas tengo, Señor, que son el cuerpo y el alma: ¡Ojalá que os las pueda ofrecer en sacrificio de alabanza!» (85).

* * *

¡Cuánto pensó Humbelina en estos y en otros muchos consejos que le diera el buen Bernardo! Eran tan convincentes, de tanto peso... ¿No podría ella asemejarse también un poco?

Sus días transcurrían, desde entonces, en el más fiel cumplimiento de aquellos santos consejos: la misa, el rezo en familia, explicaciones a la servidumbre del Evangelio, las visitas a los pobres y el cuidado personal que tenía de algunos enfermos ¡cuánto bien hacía a su alma aquel contacto directo con los menesterosos!

Dos años pasó en estos ejercicios de piedad, teniendo siempre delante el modelo de su virtuosísima madre quería seguirla ahora fielmente en el cumplimiento de todo cuanto ella practicaba!

Nuevas emociones conmovieron su sensible corazón; la marcha de su padre y de Nivardo para hacerse monjes cistercienses, fue el golpe de gracia.

Al venir de Claraval, le explicó, fogosa, todo lo grande y lo bello que es el dar sin tasa ni medida...

Es mucho más hermoso el dar que el recibir, te lo aseguro, Guido (86),

se esforzaba Humbelina en afirmarlo a su marido.

Aprendamos, esposo mío, a dar a quien todo lo dio por nosotros. Veamos a Cristo en las criaturas, en las cosas, en los acontecimientos... Todo cuanto sucede es mandado o permitido por El, ¿qué importancia tendrían las cosas y los sucesos si no llevasen el sello de la Divina Provi- dencia? Si las criaturas producen tantos desengaños, cansan, mueren...; si las cosas se gastan, si las ilusiones se esfuman, si los acontecimientos pasan... ¿qué queda de todo sino aquello en que se ve el soplo de Dios y se dirige hacia El?

Guido la veía tan persuadida de cuanto decía, tan identificada con aquellas ideas, tan llena del ideal monástico, que estaba ya persuadido de que para que fuese feliz habría de perderla.

Humbelina aprovechó aquellas horas de intimidad con su esposo para hacerle comprender...

—Mira, Guido, al dar nuestra vida a Dios como un obsequio ¿no te parece mucho más hermoso que el dársela a la fuerza, cuando no podamos ya quedarnos con ella? Además, le entregamos lo que es suyo... Vamos a pensar un poquito juntos, esposo mío:

—Dios al creamos nos concedió temporalmente una vida, unos talentos para que negociásemos con ellos, rodeando a un alma inmortal...

—En la hora de las cuentas, en ese día cierto y próximo que a todos ha de llegar ¿cuántos darán el ciento por uno?

—Pocos, es verdad, respondió Guido.

—En cambio, dijo Humbelina, serán más numerosos los avaros que hayan enterrado sus talentos, codiciosos de su tesoro, por miedo a gastarlos, a perderlos, a negociar con ellos temiendo una ruina material...

—Y todavía mayor el de aquellos que los hayan empleado en contra de los planes de su Señor, atajó Guido.

—Exacto, replicó su esposa. Ya ves como nos vamos entendiendo.

86 Aunque se desconoce el nombre del esposo de Humbelina y sólo se sabe que era

medio hermano de la Duquesa de Lorena, según afirman importantes autores, como he visto en un autor moderno que le da el nombre de Guido de Marcy, sin hacer constar la fuente de procedencia, le daré este mismo nombre para seguir mejor la narración en estas escenas.

—Pues yo, esposo mío, quisiera ser de los primeros, de los que juegan una carta segura, porque estoy cierta de que entregando ahora mi vida, dándola en el tiempo, la recobraré en la eternidad...

Después de una pausa, continuó:

—Tengo que hacer penitencia, Guido, penitencia por ti y por mí, por esa vida muelle y regalona que hemos llevado, por tanta fiesta, tanto mundo y tanto lujo como hemos tenido, sin pensar en los muchos que sufren, en tantos que lloran, en tantísimos que carecen aún de lo más necesario para sustentarse y, sobre todo, nos olvidamos a menudo de Cristo crucificado, doliente, moribundo...

—Mía ha sido la culpa, dijo él.

—No, Guido, tú me querías demasiado para contradecirme. Buscabas en todo mi felicidad, te veías en mis ojos...

Y Humbelina clavaba sus hermosos ojos negros en aquellos de su esposo amado... El corazón le daba golpes; dos lágrimas gruesas corrían por sus mejillas nacaradas..., sentía unos impulsos muy fuertes de echarse a los pies de Guido, abrazarse a ellos y llorar a torrentes.

Pero se contuvo, disimuló su emoción, secó rápidamente aquellas lágrimas delatoras y, apretando sus manos contra el pecho, continuó con voz suplicante

—La culpa ha sido mía, Guido, yo obraba como una niña mimosa. Tú no contradecías mis caprichos y ¡me hiciste demasiado feliz! Los dos estábamos ciegos... No nos dábamos cuenta de que para resucitar con Cristo hay que morir con El, de que antes del domingo de Pascua está el Viernes Santo, de que para ir al cielo hay que coger la cruz con valor y subir por el camino de las propias negaciones...

Respiró un poco antes de seguir:

—Tú me has permitido cambiar mi modo de vivir, es cierto, dedicarme a obras de caridad, gastar nuestro dinero sin tasa en favor de los menesterosos... ¡Eres bondadosísimo, Guido! Pero, no estoy conforme conmigo misma porque, creo que Dios me pide más...

Es decir, nos pide más a ti y a mi...

—Cuando vine de visitar Claraval y te dije que quería seguir el camino de mis hermanos ¡te asustaste un poco! ¿verdad Guido? Creías que los consejos de Bernardo me habían alucinado. Me autorizaste para modificar mis costumbres, pero a tu lado...

—Pues ya ves, querido, como a través de estos dos años no se ha extinguido mi deseo, sino, al contrario, la llama que Jesús ha prendido en mi corazón, se hizo un volcán que me devora...

—Queriéndote tanto, esposo mío, te vuelvo a pedir que me autorices para que nos separemos, para que me vaya al convento, para que haga penitencia por ti y por mí...

—Lo tengo muy pensado, Guido, y, me inquieta un poco que todas mis resoluciones se mantengan en trance de buenos deseos. Ya es sabido que los buenos deseos constituyen nada más que una gracia que la bondad de Dios nos dispensa, una moción del Espíritu Santo que nosotros podemos frustrar y malograr. Este es mi miedo, que todo pueda quedar en «buenos deseos» ineficaces. Porque aquí es donde entra en juego mi resolución, mi generosidad, mi firmeza, y cuando en la obra de mi santificación entran en juego mis «virtudes», debo temer siempre lo peor, porque no representan sino un aporte negativo a la obra de Dios. Ahora mismo veo con toda claridad que sería una infidelidad cualquier dilación que opusiese a los designios de Dios, y, no obstante, no dejo de prestar atención a una serie de razonamientos y motivos fútiles que nada deben significar cuando se juega con la mayor perfección, y detrás de los cuales veo con nitidez la canción eterna de intentar justificar mi propia cobardía...

—No te opongas, querido Guido a mis deseos, recalcó Humbelina en tono todavía más suplicante, sino, al contrario... j ¡ayúdame a cumplirlos!!

Guido había escuchado silencioso, confuso primero, después... comprendiendo, y, admirando al fin aquel gesto heroico de su esposa. La estrechó entre sus brazos y le dijo, dulce, despacio, silenciosamente: — ¡Vete, Humbelina!... Vete al claustro, santifícate en el silencio y la oración. Pídele al Dios de las misericordias que la tenga conmigo para que, ya que nos separa en esta vida, podamos estar siempre unidos para volver a ser felices en aquel reino eterno... Haz penitencia por los dos y, dile al Señor que tenga también en cuenta este sacrificio de concederte la libertad, de permitir que te vayas de mi lado, de quedarme solo recordándote toda la vida, para que perdone mis flaquezas, mis olvidos, mis caídas... Sigue los consejos de Bernardo, ahora que, ten en cuenta que su alma maravillosamente sencilla se connaturalizó tanto con el esfuerzo de la virtud que llega a hacer aparecer como amables y fáciles las terribles dificultades del cisterciense, del monje, del religioso. Cierto que él no las niega un momento, ni siquiera las disminuye, pero, al descubrir su lado gozoso y la fruición de la austeridad pone tanto fuego y tanta simpatía, que

lo heroico se esfuma casi en lo sencillo y plácido. Y sin embargo para llegar a esto ¡Dios mío! cuánto abandono es preciso en las manos de El...

—Me asusta el que pudieras enfermar en el claustro, el que te entregues demasiado intensamente a las mortificaciones, el que cada vez vayas siendo más exigente contigo misma y llegues a prohibir que vaya a visitarte y, esto, Humbelina, no lo podría resistir... Precipitarías mi muerte, aunque, a decir verdad, ahora al marcharte tú, va a comenzar una muerte lenta para mí... Pero te prometo ser fuerte, ser valiente, hacerme digno de ti. Serás para mí algo así como un sueño, una quimera, un hada buena que me dirija hacia el cielo, ¿verdad que sí?

Y dialogando de esta manera, en aquel coloquio íntimo, Humbelina obtuvo su permiso marital.

* * *

Los preparativos fueron rápidos, las despedidas suavizadas con mucho heroísmo, el viaje ligero.

Humbelina se dirigió primero a Claraval. Tenía necesidad de desahogar con todos aquellos que tan íntimamente llevaba en el corazón.

Bernardo la acompañó hasta el monasterio de Velayo (87). Según

llegaron, la primera visita fue a la capilla, para pedir al Amo luz y fuerzas a fin de no desfallecer nunca en aquel nuevo camino que El la invitaba a seguir...

Luego fue introducida en comunidad. La superiora con todas las monjas la esperaban para darle el abrazo de bienvenida.

Poco después, Bernardo acudió al locutorio a despedirse, dirigiendo unas fervorosas palabras de aliento a la nueva novicia:

«Omito todo aquello que tienes dispuesto para el porvenir, y hablemos de lo actual. Sólo te hablo de lo presente, de los favores con que te ha prevenido el Espíritu Santo, de las dádivas y regalos del Esposo y de las arras para la boda, de las bendiciones de dulcedumbre con que te ha prevenido aquel a quien con ansias esperas y que está a punto de venir para poner colmo a todas sus dádivas, entregándosete a sí mismo. Este, éste es

87 Fray Bernardo Brito llama Julley al Monasterio en que estaba y da a entender

que era de monjas negras, y que ellas y las de otros monasterios circunvecinos recibieron la Cogulla Blanca y Constituciones Cistercienses por respeto a Santa Humbelina. Así parece que la quiere hacer cabeza de las monjas de la Orden de San Bernardo.

el atavío de mayor esplendor, admirable aún para los mismos ángeles; glo- ríate en él, y vengan ahora las hijas de Babilonia y te enseñen si tienen algo semejante; toda su gloria terminará en confusión. Se visten por fuera de púrpura y lino, propios sólo para cubrir la fealdad de una conciencia andrajosa y sucia; brillaban en su exterior las joyas y piedras preciosas, mientras en su interior andan sucias con sus malas costumbres.

»Tú, en cambio, irás al parecer harapienta, pero interiormente tu alma resplandecerá bellísima, si no a las miradas de los hombres, a los ojos de Dios. Y en tu interior está lo que más vale, pues también en tu interior mora aquel a quien has de agradar, ya que no dudarás de que Cristo es el que habita por la fe en tu corazón.

»...Verás algunas, más que adornadas, cargadas de oro, plata, piedras preciosas y toda especie de aderezos de boato regio. Las verás arrastrando largas colas de riquísimas telas, levantando tras sí en el aire verdaderas nubes de polvo. No te aturdan con todas esas cosas. Todo las abandonará en su muerte, pero a ti no te dejará tu santidad. No es suyo lo que llevan consigo. Cuando fenezcan, no lo podrán conservar: no descenderá con ellas a la tumba esta gloria. El mundo, al que pertenecen, se quedará con todo cuando partan ellas con manos vacías; y, sin embargo con estas muchas vanidades seducirá el mundo a otras muchas, igualmente necias. Pero tu ornato y gloria no será igual; inconmovible lo tendrás; seguro, por tenerlo tuyo propio. No te lo podrán amenguar las malas artes de nadie; contra él nada puede ni la astucia del ladrón ni la crueldad del malvado iracundo. Ni lo roerá la polilla, ni lo destruirá el tiempo, ni lo desgastará el uso. Aún después de la muerte vive. Ni es esto de maravillar, porque al alma inmortal pertenece, y no al cuerpo, y, por lo mismo, no habrá de perecer con el cuerpo, sino que juntamente con el alma partirá de esta vida. Por eso nada pueden contra el alma los mismos que matan el cuerpo.

»Ni es menor la belleza que comunica la vida sujeta a la Regla. ¡Cuánta compostura da a todo el aspecto de las doncellas este freno de la disciplina! Inclina la altivez del cuello, limpia de ceños la frente, compone todo el rostro, recoge la vista derramada, templa la risa, manda a la lengua, refrena la gula, calma la ira, modera el peso, resplandece verdaderamente este atavío con tales perlas de pudor» (88).

* * *

Humbelina en el claustro se entregó a Dios sin reservas.

Según un biógrafo antiguo, el monasterio de Velayo «se había edificado para que las mujeres de algunos compañeros de San Bernardo que tomaban hábito en el Cister, pudiesen servir a Nuestro Señor en él. Aquí hizo Santa Humbelina una vida de cielo y muy parecida a la de sus hermanos; nos dice Guillermo, Abad de San Teodorico, y añade otro autor, que era muy hermosa y gentil mujer» (89).

El Maestro Fray Antonio de Yepes, recoge datos edificantes de varios autores que ponderan las virtudes de Humbelina:

«Dormía muy poco de ordinario, gastando toda la noche en oración mental y vocal, y pensaba continuamente en Cristo y en su Pasión.

»Las pocas horas que dormía y en lugar de cama blanda y regalada que antes tenía, usaba ahora de unas tablas, y se cubría con una pobre manta. Traía comúnmente cilicio, y no siempre porque su confesor teniendo respeto a su ternura y flaqueza no le permitía de continuo.

»Si estaba alguna monja enferma, ella era la que primero acudía siempre a su cabecera, regalándola y acariciándola, sirviendo en los oficios más trabajosos de la enfermería y otros oficios. Finalmente ella se mortificaba en el vestido, en la comida, ayunando mucho, y comiendo manjares viles y groseros. Las monjas se compadecían de una mujer tan regalada en tiempos pasados, que ahora hiciese penitencia en tanto extremo, y la aconsejaban que se fuese por el camino ordinario, y si quería perseverar muchos años en servicio de Dios y no quedar quebrantada con la carga y morirse luego. Pero Santa Humbelina las respondía, que las que no habían ofendido a Dios podían remitir algo de la penitencia, pero que ella que le tenía tan ofendido, era pequeña la que hacía respecto a sus graves pecados.

»Lo que importó mucho a Santa Humbelina para llegar a un gran punto de perfección, fue el cuidado que tenía San Bernardo y sus hermanos de encomendarla muy de veras a Dios y visitarla de cuando en cuando.

»La muerte de Santa Humbelina fue como la vida, en que tuvo muchos favores del cielo, y visitas de los Angeles. También la visitó San Bernardo y sus hermanos, y daba mil gracias a Dios de que la hubiese traído a aquel estado. Asimismo agradeció a su hermano San Bernardo que por respeto suyo y por la predicación había sido monja y tenía por seguro el camino del cielo. En lo último dijo aquellas palabras del Salmo: “Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi”. Alegrado me he en las cosas

que se me han dicho. Y entonces dio el alma al Señor, para ser conocida en el cielo, y en la tierra quedó el cuerpo con muchas prendas de la gloria.

»Porque tenía el rostro lleno y hermoso.

»Y despedía tan gran fragancia de buen olor que confortaba y alegraba a todos los circunstantes.

»San Bernardo tuvo mucho sentimiento.

»Dijo la misa y todos los demás oficios. Vuelto a Claraval mandó se dijesen muchas misas e hiciesen sacrificios hasta que a los pocos días se le