Durante los casi treinta años de gestación de este libro, no he permanecido en silencio y he tenido la ocasión de hablar del tantra ante públicos muy variados. Y cada vez me han sorprendido diversas reacciones.
En primer lugar, al denunciar los males de una civilización machista y alabar valores femeninos, esperaba ser tachado de tránsfuga por los hombres. En absoluto: cuando hay resistencia, proviene más bien de determinadas mujeres que tienen miedo de cambiar. Con frecuencia están a gusto en su confortable papel de mujer objeto o de esposa sometida...
Por otra parte, esperaba una reprobación de la Iglesia, sobre todo respecto de las prácticas sexuales tántricas. También en esto me equivocaba, y más de un sacerdote, después de haberme escuchado, vino a manifestarme su aprobación, aunque teñida de alguna reticencia.
¡La tercera sorpresa fueron las preguntas! En efecto, contra todo lo esperado, una cuestión preocupa a muchos oyentes: ¿Qué piensa el tantra de la homosexualidad? ¿Es la epidemia gay lo que despierta este interrogante? He pensado, pues, que los lectores también se la plantearían. Ahora bien, la respuesta, no sólo no presenta ninguna dificultad, sino que se aplica también a muchos otros campos.
En primer lugar hay que invertir la pregunta: en lugar de pensar en la posición del tantra ante los ho- mosexuales, hay que preguntarse más bien si los homosexuales pueden aceptar el tantra. Aquí hay que recordar que el tantra es amoral, arreligioso, ateo, apolítico, etc. Ese prefijo «a» que indica privación o negación, confirma que el tantra no aporta ni impone ninguna moral particular, que no es una religión ni una teología, etc. Uno no se «convierte» al tantris-mo, ni se compromete a nada. El tantra no juzga nada ni a nadie.
Así, por no rechazar nada, corresponde a cada adepto definir él mismo su moral en función de su religión, etc. Además, no siendo felizmente el tantra una estructura organizada, y dada la ausencia de autoridad dogmática o centralizada, nadie está habilitado para hablar en su nombre, ni siquiera un gurú, que sólo puede representar alguna corriente tántrica y no el tantra.
Pero, antes de responder a esta pregunta, me gustaría precisar que es importante que el heterosexual, comprenda al homosexual. Para ello hay que evocar los factores que hacen que alguien sea homosexual y distinguir la homosexualidad femenina de la masculina, pues la primera es con frecuencia más aceptada (o menos reprobada) que la segunda.
de una niña, mientras que para el bebé varón evidentemente no es así. Esta relación sensual (no digo «sexual») es muy importante, y muchas cosas se deciden inmediatamente después del nacimiento.
El recién nacido es un pequeño animal — esto no es peyorativo— fuera del tiempo; todavía no es de nuestro siglo. Salido del vientre de su madre, forma todavía parte de ella y, bruscamente proyectado a un mundo desconocido, por tanto potencialmente hostil, tiene necesidad del calor del contacto directo piel a piel con el cuerpo desnudo de mamá: \o necesita como un bebé de la prehistoria.
¡Cuando escribo «necesidad» pienso en «necesidad»! Es decir, una necesidad tan vital como el alimento. Además de tocarlo, debe descubrir el cuerpo de su madre: por tanto se trata de una relación sensorial y sensual. Con frecuencia, por no decir siempre, en nuestro mundo moderno «empaquetan» al bebé en telas llamadas vestimentas, y a quien toca el bebé es a una mamá igualmente «empaquetada»: primera frustración.
A continuación, en lugar de pasar mucho tiempo desnudo contra otro cuerpo desnudo, pasa muchas horas separado de su madre. Para él es un desgarro. En su cuna, oye su voz, que reconoce por haberla escuchado cuando todavía se encontraba en su seno; eso lo tranquiliza, pero no reemplaza ese contacto carnal. No está tan lejos el tiempo en que en las maternidades se separaba a los bebés de sus madres para hacerlos unirse, en otra habitación, al coro de otros recién nacidos que lloraban. Los bebés debían sentirse casi abandonados por su madre, y esa situación, incomprensible para ellos, debía traumatizarlos, estoy seguro, con consecuencias imprevisibles e insospechadas hasta la edad adulta. En el caso de un varoncito, eso puede llevarlo más tarde a una relación difícil con las mujeres y hacerlo dirigirse hacia su propio sexo.
Independientemente de eso, existe, como causa de la homosexualidad no fundamental, la segregación sexual. Es bien sabido que en los pensionados, en los cuarteles, en los barcos, en las prisiones, la ausencia de pareja heterosexual provoca una homosexualidad «de circunstancia», que desaparece con frecuencia una vez que son accesibles las parejas heterosexuales, pero que, a veces, es definitiva.
Otra causa de homosexualidad no fundamental es la inadecuación de las parejas heterosexuales. Un ejemplo. Conocí el caso de una viuda joven y bonita que se había vuelto homosexual. Un día le pregunté por qué ella, que era madre de dos niños, se había pasado «al otro lado de la barrera». Simplemente me dijo: «Ya no tengo ganas de tener en la casa un hombre que fume, que tosa, que ronque y se masturbe en mi vagina de prisa los domingos a las ocho y cuarto de la mañana». Le hice notar que, si bien cualquier hombre puede roncar un poco, no todos fuman, ni tosen todo el tiempo. «Además —añadí—, siempre se puede tener un amigo en vez de un marido». Su respuesta: «Cuando mi amiga me visita, es menos notoria que un hombre, hay menos comentarios en el barrio y no corro el peligro de quedar encinta».
Es bien sabido que, en las cartas de mujeres, lo importante se encuentra con frecuencia en la posdata. De modo que al final me dio sin duda la verdadera razón: «¡Además, vosotros los hombres no sabéis hacerlo! Termináis antes de empezar y no os preocupáis más que de vuestro goce, no sabéis acariciar. Y un bonito cuerpo de mujer es indudablemente algo más hermoso que un hombre barrigudo, peludo, mal afeitado y a veces mal lavado...» ¡Qué podía yo responder a eso, sino con el tantra, que todavía no conocía!
Con frecuencia esas amistades femeninas colocadas bajo el signo de Lesbos desembocan en un afecto muy profundo y duradero. Me han citado el caso de dos mujeres que viven en pareja desde hace treinta años y que se prodigan un afecto y una felicidad que muchas parejas heterosexuales envidiarían.
No trato de hacer el panegírico de la homosexualidad, masculina o femenina, sino que quiero mostrar que puede provenir del hecho de haber tenido parejas heterosexuales «inadecuadas». Una mujer puede encontrar en su propio sexo lo que buscó en vano en el sexo opuesto. Esta inadecuación es debido a la ignorancia, producto de la ausencia de educación sexual que caracteriza a las sociedades machistas en general, al contrario de las matriarcales.
En el varón es un poco diferente, pues en él la homosexualidad es más «fundamental» con mayor frecuencia que en la mujer: hablaré de esto más adelante. Además de la homosexualidad masculina de origen circunstancial (prisioneros, marinos, etc.), la inadecuación existe también, pero es diferente.
Es así como Italia conoce una ola de homosexualidad masculina debida también a la civilización machista, que ha inculcado a los jóvenes, por tanto a los hombres, la imagen de la mujer objeto, mujer presa de caza, mujer sometida. Ahora bien, la italiana moderna corresponde cada vez menos a ese cliché, lo cual desorienta al hombre, que no comprende, que no sabe cómo comportarse, mientras que con otro hombre no hay misterio y sabe exactamente qué hacer.
Por último hay que hablar de la homosexualidad fundamental. Sabemos que el sexo de base es femenino y que el varón es una adaptación necesaria para la difusión horizontal de los genes. Pero sucede —infinitivamente
más a menudo en el hombre que en la mujer— que un alma femenina se equivoca de cuerpo. Si algunos se limitan a vestirse como mujeres, a veces a tomarse por ellas, los transexuales van hasta el fin y aceptan tratamientos largos, penosos, ruinosos, hasta que su alma de mujer habite en un cuerpo correspondiente.
Otro caso, más específico del varón. En todo hombre duerme oculta una nostalgia latente inconfesada respecto de su estado de mujer, y por eso varones heterosexuales aceptan ocasionalmente «ser penetrados», lo cual puede desembocar en una bisexualidad.
¿Y dónde está el tantra en todo esto? Una pareja homosexual masculina es de hecho una pareja heterosexual que se ignora. Mientras que uno penetra, el otro interpreta el papel de la mujer. ¡Shiva, Shakti! Si experimentan el carácter sagrado de la pulsión sexual y la divinidad del compañero, esa relación puede ser tántrica. No juzgo: el tantra, lo hemos dicho, no aporta ninguna moral. Para las mujeres es un poco diferente, aunque con frecuencia una de ellas tiene un comportamiento más varonil, pero la mujer puede percibir muy bien a la «Diosa» en otra mujer, especialmente en su amiga.
En cuanto al tantra, en las escrituras y en los pujas sólo se habla de relaciones Shiva-Shakti, por tanto heterosexuales, lo que no quiere decir que la homosexualidad sea desconocida en la India, sino que, por lo que conozco, sólo atañe a los no tántricos.
Por último, siendo el tantra otra mirada sobre el mundo, no está limitado al sexo. No siendo una religión, ignora el «todo o nada». Uno no puede convertirse a una religión y no aceptar sino los dogmas que sirvan a sus conveniencias personales. ¡En el tantra cada uno se define en función de lo que es, aquí y ahora, sea homosexual o heterosexual!
Antes de concluir, hay que citar a los gays de los Ángeles y de San Francisco, que han sido los primeros blancos del sida, con frecuencia a causa de una sexualidad desenfrenada: algunos sodomizaban o se dejaban sodomizar anualmente por cientos de compañeros diferentes en establecimientos «especializados». Incluso con mucha comprensión, es difícil ver ahí algo sagrado. Sin embargo, los testimonios de solidaridad y de calor humano que esa plaga ha despertado en la comunidad gay, son ejemplares y raramente alcanzados por los no gays. También hay que decirlo.