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Computing functions of operators

1.2 Outline and contributions of the thesis

1.2.5 Computing functions of operators

Reprimida desde hace uno o dos milenios, con períodos de relajación, la sexualidad se ha desenfrenado, vuelve a convertirse en una obsesión y, por la ley del péndulo, despertará tal vez un puritanismo tanto más estricto cuanto más profundo haya sido el libertinaje. Pero, cualquiera que sea la evolución futura, comprobamos el hecho de que nuestra sociedad se hipersexualiza. Es revelador que para vender café, jabón, jugos de fruta, lana para tejer, un coche, etc., la publicidad apele al sexo. No es un azar, es una consecuencia casi inevitable de la civilización industrial que amontona a los seres humanos en metrópolis desmesuradas.

Mientras hace todavía pocas generaciones el 80 % de la población vivía en el pueblo o en la granja, ahora es al revés; en los Estados Unidos un 6 ó 7 % de agricultores alimentan al resto de la población y hay enormes excedentes para la exportación. Ahora bien, para el campesino, el sexo existe pero no constituye un problema. Antes de la mecanización, los segadores de gestos lentos y rítmicos segaban el trigo maduro, las mujeres y los niños lo ataban en gavillas apretadas que, apiladas en almiares, prometían abundancia. Breughel ha pintado esta vida sencilla en un cuadro célebre; su reproducción adorna la pared que tengo delante. Aparte de la «pausa para el almuerzo», trabajaban hasta el crepúsculo antes de regresar, rendidos, a la granja. En 1940, después de la capitulación, compartí esa vida ruda. Fugitivo, me escondí en una granja y allí coseché, entrojé y trillé el trigo con el mayal. Trabajo duro, sobre todo para alguien de ciudad, pero así sé que después de la sopa vespertina y las patatas con tocino no se tiene más que un deseo: ¡Domir! ¿El sexo? Ni se piensa en ello. En el campo, sirve para procrear y nada más.

Allí la escala de valores es otra: lo importante no es el sexo, sino el tiempo que hace o hará, que la cosecha se termine a tiempo, que los animales estén sanos y bien alimentados. Las tareas, concretas y variadas, impiden que el sexo invada la mente.

Ahora vayamos a la ciudad, a uno de esos hormigueros que son los edificios de oficinas, para ver en qué se convierte el sexo. Mientras el campesino vive en un entorno relativamente natural, el habitante de la ciudad sobrevive en un medio artificial: las edificaciones, los vidrios, los revestimientos murales, las alfombras, los muebles, las máquinas, el papel e incluso la luz, todo es fabricado, artificial. Su oficina, en el trigésimo piso, domina un mar de techos «adornados» con antenas de televisión, y las calles son otros tantos desfiladeros estrechos por los que se deslizan, como minúsculos insectos mecánicos, los coches. La naturaleza ha desaparecido, aunque se pueda entrever la fronda de algún parque.

En la granja el hombre vive cerca de los animales: el canto del gallo lo despierta, los polluelos pían bajo mamá gallina, el gato se despereza, los cerdos gruñen. En el prado las vacas rumian, los terneros retozan. A su alrededor viven cabras, corderos, a veces caballos de tiro, pájaros, insectos. El campesino comparte la vida de sus animales aunque los explote. Pero en las ciudades, ¿dónde están los animales?

En su oficina climatizada, el hombre de ciudad ha perdido el contacto con el aire puro, la lluvia, el viento, los árboles, los arroyos, los pájaros, los animales del bosque e incluso los animales domésticos. El hombre vive secuestrado en su oficina-prisión, que él mismo ha construido, donde no rigen los valores campestres. Allí el trabajo es raramente alegre y todavía más raramente elegido. Deliberadamente, la sociedad industrializada, para maximizar el rendimiento del productor-consumidor, vela para que nada lo distraiga de su tarea en ese decorado que hace apenas un siglo hubiera sido de ciencia ficción. Entonces, para el hombre así enclaustrado, ¿qué hay de interesante sino el otro sexo? Y, después del trabajo, se encuentra en el metro o en un embotellamiento, sumido en la masa, con la que tiene contactos agresivos d sexuales, raramente amistosos. En los espectáculos (cine, televisión, etc.) el sexo es omnipresente. La industria del ocio le propone la evasión, también en masa: entonces encuentra el sexo como medio de escaparse del aburrimiento —y de las penas— del trabajo cotidiano... Hipertrofiado, el sexo se convierte en un problema.

Esta presión derriba las barreras de un puritanismo hipócrita pero cae en el exceso contrario. Hecho notable y raramente evocado: el puritanismo acompaña siempre y en todas partes a toda dictadura, sea militar, política o espiritual. Mientras Franco y Salazar vivían, por citar sólo dos ejemplos, el puritanismo reinaba. Incluso para los turistas, nada de bikini en las playas, ¡y ni hablar del top-less! La dictadura religiosa, por ejemplo en Irán, no es una excepción, al contrarío. Y es lógico; acumulada tras la barrera del puritanismo, la energía sexual así

reprimida alimenta un fanatismo del que la ideología del momento tiene una necesidad absoluta para mantenerse y conquistar.

Aunque enemigo del puritanismo, el tantra de la Vía de la Izquierda considera que si bien la pudibundez no resuelve nada, la burdelización generalizada tampoco.

¿Las alternativas? La «sexualidad sana», desculpabilizada, es una alternativa aceptable y preferible al pu- ritanismo o a la vulgaridad pornográfica. Por otra parte, la visita a un sex-shop, aunque de una desesperante monotonía, es instructiva: allí se despliega toda la miseria sexual. Las películas X destilan aburrimiento y son más bien antieróticas. La «sexualidad sana» debería ser la norma, pero no lo es porque falta educación sexual. Lo que se propone bajo ese nombre merecería en el mejor de los casos llamarse «información genética».

La otra alternativa y verdadera solución del problema es la espiritualización del sexo propuesta por la Vía de la Izquierda, perfectamente adaptada a nuestro tiempo. Se dirige a aquellos que rechazan tanto la mojigatería como el pseudoerotismo pornográfico, a quienes quieran superar también la «sexualidad sana». La Vía de la Izquierda resuelve el problema sexual por medio de una liberación en el sentido noble del término y por un acceso a lo sagrado. El tantra afirma que en nuestra época decadente y destructiva (el Kāly Yuga) sólo la Vía de la Izquierda puede conducir a una verdadera espiritualidad.

Cito a Julius Evola: «La unión sexual comprendida de este modo suspende la ley de la dualidad, provoca una apertura extática. Suspendida la ley de la dualidad en la simultaneidad de la embriaguez, del orgasmo y del encanto que une a dos seres, se puede provocar el estado de identidad que prefigura la iluminación absoluta, lo incondicionado. El Kūlārnava Tantra llega a decir que la unión suprema sólo puede obtenerse por medio de la unión sexual» (Le Yoga Tantrique, pp. 191-192).

Sin un retorno al respeto por la naturaleza y por la práctica de los ritos erótico-mágicos que permiten la expansión del ser humano y su armonización con las otras formas del ser, la destrucción del conjunto de la especie humana no se hará esperar.

Dejo terminar a René Guénon: «Sólo se trataría de una reconstitución de lo que existió antes de la desviación moderna, con las adaptaciones necesarias a las condiciones de otra época... Oriente puede venir en ayuda de Occidente, siempre que éste lo desee, no para imponerle concepciones que le son ajenas, como algunos parecen temer, sino más bien para ayudarlo a recuperar su propia tradición, cuyo sentido ha perdido» (La Crise du monde moderne, pp. 46 y 129). Y yo añado: sobre todo en lo que respecta a la sexualidad.

El sexo, ¿enemigo de lo espiritual?

Adivine el lector quién ha escrito: «Desde que las religiones (judeo-cristianas) existen, siempre han tendido a expresarse, en sus manifestaciones más elevadas, bajo la forma de la castidad. El budismo y el cristianismo coinciden, pues, en este punto. Para el "perfecto", vencer la atracción sexual aparece siempre, a fin de cuentas, como la expresión suprema del triunfo del espíritu.

»Un elemento precioso, significativo y operativo, se oculta, estoy seguro, en el fondo de la idea de virginidad. Pero esta idea, no estoy menos seguro de ello, todavía no ha encontrado su fórmula apropiada ni en la práctica ni en la teoría. Duda nacida de mi experiencia personal y acrecentada por un número creciente de espíritus elevados y sinceros que no ven ya nada moralmente bello en las restricciones de la ascesis.

»La castidad sólo se proyecta ya débilmente sobre nuestro universo físico y moral. Continúa, ya sea traduciéndose en palabras y sistemas envejecidos, ya sea justificándose por un complejo de razones dispares, la mayoría de las cuales ya no nos conmueve....

»En el cristianismo, esta doctrina (o más bien, como diremos más adelante, esta práctica) se expresa muy claramente mediante las dos ideas rectoras siguientes: a) la unión de los sexos es buena, e incluso santa, pero exclusivamente en vistas a la reproducción; b) fuera de ese caso el acercamiento de los sexos debe reducirse al mínimo...

»Ahora bien, ¿cuáles son los elementos, sentimentales o racionales, reconocibles en la base del culto rendido por el cristianismo a la castidad? En el fondo, en primer lugar, se descubre un presupuesto fisiológico que impregna, más de lo que se creería, todo el desarrollo del pensamiento cristiano concerniente a la Caída, la santificación y la Gracia. Me refiero a la idea (sería más exacto decir «la impresión») de que las relaciones sexuales están manchadas por cierta decadencia y cierta suciedad... Lo sexual es pecado. La concepción cristiana de la sexualidad se expresa en el "Hi sunt qui cum mulieribus non sunt coinquinan" ("Son aquellos que no se han ensuciado con mujeres")...»

El gran asunto que se propone al alma es salvarse ella misma, y hacerlo por una ausencia de pecado.

«De ahí toda una ascesis restrictiva, en materia de sexualidad. Para no exponerse al vértigo, hay que mantenerse lo más alejados posible del precipicio: huir. Para no ceder a las tentaciones del goce, hay que su- primir los comienzos mismos del placer e infligirse la pena: privaciones y penitencia... Esta curiosa inversión de valores, a primera vista consagra el valor de la castidad como un eunuquismo moral, y ha abierto el camino a todos los virtuosismos de la gran penitencia...

»La consigna del cristiano será tomar más bien menos que más. Salvará su cuerpo perdiéndolo, lo sublimará extenuándolo. En torno de su alma espiritual, la carne forma no una atmósfera o una nebulosa, sino un doble. Por razones oscuras, ese satélite, misteriosamente asociado por el Creador al espíritu, es inconstante y peligroso. Por encima de todo, es lascivo. Hay que tenerlo esclavizado, y separado. Lógicamente el santo llegará al máximo de perfección mediante un uso mímino de la Materia (el cuerpo) y muy especialmente de la Materia bajo su forma más virulenta: la Mujer.

»E1 cristianismo ha llevado más lejos que ninguna otra religión la práctica de la castidad. El valor moral (o al menos la significación y la disciplina tradicional) de la castidad está a punto de perder su evidencia para muchos de nosotros. Este fenómeno no debe considerarse simplemente un producto de la perversidad humana, y en consecuencia desdeñarse. Hay que mirarlo lealmente y de frente.»

El interés de la continencia (virginidad) o integridad material del cuerpo se nos ha vuelto tan ininteligible como la veneración de un tabú. Para nosotros el valor moral de los actos se mide de ahora en adelante por el impulso espiritual que imprimen.

«Hasta el siglo XVIII, más o menos, los conflictos de tema moral oponían dos clanes muy sencillamente delimitados: los espirituales y los materiales, pero tanto unos como otros admitían implícitamente que el Mundo nunca se había movido, o al menos que estaba definitivamente detenido. Entonces, por todas las hendiduras del pensamiento y de la experiencia, entró en nosotros la conciencia de que «el universo que nos rodea» funcionaba todavía como un enorme depósito de posibilidades vitales. Se creía que la Materia (el cuerpo) estaba fijaba o agotada. En cambio es manifiestamente inagotable, rica en energías psicológicas nuevas...

»La Mujer es, para el Hombre, el símbolo y la personificación de todas las complementariedades esperadas del Universo: al término de la potencia espiritual de la Materia, la potencia espiritual de la carne y de lo femenino.

»En este punto, si no me equivoco, llegamos al origen de la divergencia que parece alejar nuestras simpatías modernas .del culto tradicional de la castidad. En el fondo del código cristiano de la virtud parece existir el presupuesto de que, para el hombre, la mujer es esencialmente un instrumento de generación. La mujer para procrear o nada de mujer: ese es el dilema que plantean los moralistas. Pero contra esta simplificación se levantan nuestras más queridas y seguras experiencias. Por fundamental que sea, la maternidad de la mujer no es casi nada en comparación con su fecundidad espiritual. La Mujer expande, sensibiliza, y revela a aquel que la haya amado quién es él mismo.

»De hecho, teniendo en cuenta la parte correspondiente a los fenómenos de regresión moral y de licencia, parece que la "libertad" actual de las costumbres tiene su verdadera causa en la búsqueda de una forma de unión más rica y espiritual que la que se limita a los horizontes de una cuna... En realidad, en el estado actual del mundo, el Hombre todavía no ha sido revelado completamente a sí mismo por la Mujer, y viceversa...

»Después de todo, el Hombre, por "sublimado" que se lo imagine, no es un eunuco. La espiritualidad se posa no sobre una mónada, sino sobre la diada humana. Hay una cuestión general de lo Femenino que no ha quedado resuelta ni explicitada en la teoría cristiana de la santidad. De ahí nuestra insatisfacción y nuestro malestar ante la disciplina antigua de la virtud... Hasta aquí la ascesis tendía a rechazarlo todo: para ser santo, era necesario sobre todo privarse. De ahora en adelante, en virtud del nuevo aspecto moral adquirido a nuestros ojos por la Materia, el despegue espiritual adquirirá la forma de una conquista. Sumergirse para ser levantado y para levantar, en el flujo de las energías creadas, sin exceptuar la primera y más ardiente de ellas (la energía sexual)...

»En la práctica, lo Femenino está alineado entre ¡os productos naturales prohibidos, porque son demasiado peligrosos. Es un perfume que perturba, un licor que marea. Desde siempre (en las religiones judeo-cristianas) los hombres han mirado con sorpresa la potencia incontrolable de este elemento... Porque las llamas devoran y la electricidad fulmina, ¿dejaremos de utilizarlas? Lo Femenino es la más temible de las fuerzas de la Materia. Es verdad. "Por tanto hay que evitarlo", dicen los moralistas. "Por tanto hay que apropiárselo", respondería yo. En todos los terrenos de lo real (físico, afectivo, intelectual) el peligro es un síntoma de potencia [...] Sí, es verdad, el amor es el umbral de otro Universo.

»Este uso espiritual de la carne, en el fondo, ¿no es lo que, sin pedir permiso a los moralistas, han descubierto y adoptado instintivamente muchos de los genios verdaderamente creadores? ¿No es de esas fuentes llamadas impuras y que dan vida de donde se nutren en este mismo momento lo más conservadores de nosotros?...

»[...] El hombre irá en primer lugar a la Mujer. La tomará entera. Contacto de los dos elementos en el amor humano, luego ascensión de dos hacia el mayor centro divino. Por el amor físico, las potencias del hombre son magníficamente liberadas. Lo que siempre habría dormido en nuestras almas se despierta y avanza... El instante del don total coincidirá entonces con el encuentro divino. Tarde o temprano, a través de nuestra incredulidad, el mundo dará ese paso. Pues todo lo que es más verdadero se encuentra; y todo lo mejor termina por llegar.»

En este texto el lector habrá reconocido el aliento y el estilo de Teilhard de Chardin, porque él es su autor. Aunque parte sobre todo de un punto de vista masculino, se acerca mucho al tantra al reconocer a la Mujer su calidad de iniciadora y al borrar la oposición «sexo contra espíritu». Aunque no exprese necesariamente la visión de la Iglesia, no se le puede acusar de ignorar el problema...