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2.2 The QR algorithm and isospectral flows

2.2.1 The QR algorithm

Bajo el régimen patriarcal, en el acto sexual el papel activo corresponde al hombre: el pene es el órgano esencial, y la vagina apenas un agradable receptáculo. El pene penetra, va y viene, impone su ritmo, goza, es decir eyacula, y el varón queda saciado, o al menos se satisface con ello. Siglos de dominación masculina hacen que, con mucha frecuencia, la mujer acepte el papel pasivo como obvio y se acomode a él. Incluso la etimología es elocuente: vagina viene del latín y quiere decir «vaina, forro», y el neerlandés se he de o el alemán Scheide designan indistintamente la vaina de una espada y la vagina. Con toda evidencia la espada es el objeto principal, y el forro sólo tiene una simple función protectora.

Incluso la posición amatoria más utilizada en Occidente, la llamada del misionero, expresa la dominación masculina y reduce el margen de participación activa de la mujer. Un horrible proverbio alemán dice: «Nach dem Essen sollst du rauchen, oder eine Frau gehrauchen». Literalmente: «Después de la comida, debes fumar, o utilizar una mujer». Sic! ¡La galantería llega hasta poner rauchen (fumar) antes que gebrauchen!

Además, en materia de sexo, se supone que todo hombre tiene la ciencia infusa, hasta el punto de que con frecuencia la mujer no se atreve a señalarle su ignorancia, su torpeza o ambas cosas...

Lo peor es que no se k puede reprochar: en mi adolescencia se encerraba todavía a los jóvenes de uno y otro sexo en verdaderos guetos. El sexo era tabú, de ahí la ignorancia crasa de los jóvenes, e incluso de los adultos.

La represión sistemática de toda sexualidad hacía que muchos muchachos, especialmente los educados en colegios religiosos, ignoraran todavía a los 18 o a los 20 años, y algunos incluso hasta el casamiento, cómo era el cuerpo de una mujer; ¡el curso de anatomía olvidaba ese «detalle»! Si hubieran podido, creo que nos hubieran ocultado hasta la existencia de nuestros propios órganos genitales.

El desnudo era tabú, hasta el punto de que cantidad de mujeres, hoy abuelas, vivieron una época en la que, en los monjas, las muchachas bien educadas se duchaban en camisa. Se podría objetar que las indias se bañan todavía en el Ganges sin quitarse su sari. Es verdad, pero eso proviene de un proceso idéntico, pues el puritanismo Victoriano contaminó a la India.

Se dirá, con una sonrisa burlona, que mientras tanto esas ex-pensionistas han llegado a ser madres y nada les ha impedido tener hijos. De acuerdo. ¿Pero en qué condiciones? Se trataba, oficialmente, de no tener relaciones sexuales antes del casamiento, y con ese fin se separaba a las chicas de los chicos. Por supuesto, a pesar de todas las precauciones que tomaban los adultos para evitar que se encontraran, ellos se burlaban de las vigilancias, se daban citas secretas y se «arreglaban» como podían en la naturaleza, en condiciones precarias. Así, a falta de iniciación sexual, los muchachos eran necesariamente torpes, por tanto decepcionantes, y las muchachas tampoco eran más despiertas ni hábiles. Y todo con frecuencia sazonado con un sentimiento de pecado y de culpabilidad más la amenaza de un embarazo inoportuno. En esas condiciones, ¿cómo esperar que una vez casados tendrían una vida sexual rica, feliz y podrían formar una pareja unida, sexualmente desarrollada?

Es verdad que hoy la educación sexual figura en el programa oficial, pero es un abuso de lenguaje: se trata en el mejor de los casos de instrucción genética y no de educación sexual. Está bien dar cursos de anatomía y de fisiología de los órganos sexuales e informar sobre los procesos genitales, pero eso no tiene nada que ver con la educación del comportamiento sexual. Reconocemos que eso sería inconcebible en nuestras escuelas, salvo que se transformaran las clases en dormitorios colectivos o más bien en «picaderos»... En este terreno, algunas tribus «salvajes» de la India podrían enseñarnos, especialmente aquellas donde se organiza una verdadera educación sexual so-cialmente en el gothul, es decir, en el dormitorio de los jóvenes. Incluso aunque el gothul no sea exportable a nuestros países, al menos es instructivo saber que existe para descubrir su sabiduría.

Erwin Verrier, que vivió durante mucho tiempo con las tribus indias e incluso se casó con una de sus muchachas, escribe: «Para el individuo que vive en el seno de la tribu, la sexualidad es más natural. El joven se inicia en la sexualidad desde la pubertad observando a los adultos y de oídas. Cuando crece, imita el juego sexual para abordar progresivamente las relaciones prematrimoniales. Los adolescentes consideran a las chicas en su conjunto, se forman una opinión, y viceversa.

»[...] Las relaciones prematrimoniales no están sometidas a objeciones en el marco de la vida tribal, siempre que sean respetadas las reglas de elección de pareja...

[...] El gothul, que tiende a desaparecer en nuestros días, aporta un marco socialmente seguro para las relaciones sexuales prematrimoniales. El encuentro de las parejas se hace allí. En las tribus prevalece una actitud simple, inocente y natural ante la sexualidad. En el gothul esta actitud se ve reforzada por la ausencia total de todo sentimiento de culpa y por la libertad resultante de la ausencia de interferencias e influencias externas. Están persuadidos de que la actividad sexual es buena, sana y estética cuando se realiza en el momento querido con la pareja adecuada, en el lugar propicio. Los más jóvenes de los muchachos y las chicas se inician imitando el amor y el comportamiento sexual. Hacer el amor comienza con risas, sonrisas, bailando en el dormitorio, lo que no les impide darse citas en los bosques más profundos o en lugares aislados. Es así como, desde su juventud, muchachos y chicas son iniciados en las técnicas sexuales, tanto por el ejemplo como por la experiencia personal. En otras tribus, como los santhals, que no tienen esas instituciones, los jóvenes disponen de numerosas ocaciones de encontrarse, en los festivales, en las bodas, en las noches de baile, en ocasión de visitas entre pueblos e incluso en el trabajo en el campo. Todo eso les da amplias facilidades para trabar conocimiento, lo que desemboca en relaciones sexuales concretas. Estas relaciones prematrimoniales llevan con frecuencia a matrimonios felices.

»[...] En lo que se refiere a la sexualidad, incluso después del casamiento, algunos tienen relaciones extramatrimoniales, reliquias de su vida sexual libre anterior y de una actitud psicológica muy abierta formada durante su adolescencia.

»[...] En las tribus, algunos festivales son ocasión normal de relaciones sexuales extramatrimoniales. Aquí pueden citarse los festivales de los santhals, de los hos, de los mundas, etc., durante los cuales cada uno es libre de elegir a la pareja deseada para el acto sexual. La otra faceta de la vida sexual en las tribus es la multiplicidad de los casamientos. Cuando un individuo no está satisfecho sexualmente de su mujer y si sus deseos sexuales no están totalmente apaciguados, puede tener relaciones amorosas con otras mujeres, tanto fuera del matrimonio como casándose con ellas».

De acuerdo, no se trata de trasladar entre nosotros esas costumbres tribales, pero es bueno conocer su existencia y sus ventajas, aunque sólo fuera para evaluar nuestros condicionamientos sociales en este terreno. En esas tribus la posesividad, los celos, los dramas pasionales debidos a' la «infidelidad», los divorcios penosos tanto para los cónyuges como para los hijos, son evitados, sin hablar de la ausencia de frustraciones sexuales, lo que asegura un equilibrio psicológico cierto. Aunque no podamos trasladar este modo de vida, al menos deberíamos ser capaces de juzgarlo imparcialmente.

Es verdad que en nuestros días las cosas cambian: cada vez más se advierte una necesidad de información sexual para el hombre que desea adquirir las técnicas para llevar a la mujer al orgasmo, obra de arte del varón. Por ello éste compra libros sobre el arte de amar, con la esperanza de colmar a su mujer después de haber colmado sus lagunas...

Buen alumno, no ignora nada del preludio, de las zonas erógenas, de los besos; «cunnilingus», y «fellatio» forman parte de su vocabulario, conoce las 101 posiciones y sus variantes... En resumen, se convierte en el amante perfecto.

El problema es que esos libros están escritos por hombres, para otros hombres, ¡y por tanto reflejan el punto de vista del «macho»! El lector me dirá que este libro también lo firma un hombre: lo siento, no soy un transexual. Pero diablos, ¿qué esperan las señoras para escribir para nosotros? Incluso el Informe Hite, por lo demás poco halagador hacia nosotros los hombres, no es el libro esperado, aquel en que una mujer nos diría finalmente: «Señores, he aquí cómo somos nosotras, lo que experimentamos y qué hay que hacer para amarnos». Los tratados actuales olvidan tal vez lo esencial, es decir, cambiar radicalmente la actitud del varón hacia la mujer y hacia el sexo: es lo que aporta —entre tantas otras cosas— el tantra.

El hombre debe aceptar que la mujer pueda conducir el juego sexual y abordarla en el respeto total de su femineidad abriéndose a la sexualidad de ella. No se trata de una comprensión condescendiente, sino más bien de la percepción aguda del formidable potencial sexual femenino. Para ello es necesario un diálogo entre el hombre y la mujer, y es una pena que ella sea tan reticente a hablar con él de «sexo». ¿Por qué no puede decirle, con toda sencillez, lo que espera de él? ¿Por qué no informarle de sus pulsiones y sus deseos profundos? ¿Por qué no es su iniciadora? La ignorancia de algunos hombres, considerados «expertos» por haber conocido a muchas mujeres, es con frecuencia algo sorprendente.

De acuerdo, el tantra no es sexo trivial, pero sin embargo el adepto tántrico, Shiva o Shakti, debe poder satisfacer plenamente al otro, incluso en un encuentro «normal». Por otra parte, la unión tántrica sólo es posible entre personas capaces de tener entre sí relaciones sexuales «corrientes» desenvueltas.

En el índice de los tratados sexuales figura el inevitable capítulo que trata del «preludio» con sus técnicas más o menos refinadas. En el tantra, el verdadero preludio no consiste en caricias o besos en determinados lugares. El verdadero preludio al maithuna consiste en crear una relación íntima, psíquica y física, en establecer una armonía profunda. Para ello, cada uno se impregna de la personalidad del otro, de su presencia, en el sentido más amplio del término, en tanto ser total, y se impregna de su sexo (que no es sinónimo de órganos genitales). Esta apertura al otro basta, con frecuencia sin el menor gesto erótico, para crear ese contacto sutil, para hacer pasar la corriente. Si la mujer toma conciencia del varón oculto en el hombre, su rati (pasión) se hará activa y, recíprocamente, en él se despertará la virya (virilidad). Las caricias y toda la panoplia erótica del clásico preludio no deben ser rechazados en bloque, pero no tiene realmente sentido si no se establece ese contacto y, a partir de entonces, se vuelven pacíficamente superfluas.

Cuando rati y virya despiertan, el yoni se abre, su corola húmeda y cálida invita al hombre a entrar. El lingam no debe penetrar, debe ser atraído y luego absorbido con lentitud por el yoni palpitante. ¡El lingam no es un bulldozer!

Alan Watts lo ha comprendido bien. En Man, Woman and Nature, p. 170, escribe: «Cuando la pareja está cerca del punto en que los sexos se tocan, basta con permanecer calmado y sin prisa para que en su momento la mujer pueda absorber el miembro sin ser activamente penetrada».

El control vaginal es entonces más que precioso. Las contracciones controladas del yoni absorben el lingam y Shakti siente entonces que el hombre desde ahora forma parte de ella misma, que forman una sola carne, un solo ser, que reconstituye al andrógino primitivo. ¿Cuánto tiempo es necesario para «realizar» esto? En realidad, no hay nada que realizar, basta con esperar para que se produzcan las cosas.