1.1 Background and motivation
1.1.6 Infinite dimensional numerical linear algebra
Es verdad que muchos aspectos del tantrismo indio son inexportables. Sin embargo cada uno puede acceder a. su esencia, que no es sinónimo de ritos sexuales extraños o perversos. Si bien el tantra incluye deliberadamente la energía sexual, muchas prácticas no tienen relación alguna con el eros. De hecho, el tantrismo es sobre todo la expansión del campo de la conciencia, la toma de conciencia de los aspectos cósmicos de la vida. Así, toda experiencia, por trivial que sea, puede llegar a ser tántrica. Ejemplo: el «baño de sol tántrico».
¿Cómo? Es muy sencillo. Mientras que mi vecino no tántrico estirado como yo al sol en la playa, se broncea, yo en cambio recibo un máximo de sensaciones corporales: el calor, el contacto de la piel con la toalla, los dedos de los pies en la arena, el viento en el pelo, el aire marino, etc. Es la primera etapa. A continuación, se trata de «cosmizar» la experiencia tomando realmente conciencia del acontecimiento Sol.
Para mi experiencia ordinaria, el Sol es lo que era para los antiguos: una gran bola, allá arriba en el cielo. Cuando un pensador griego afirmó que el Sol podría ser tan grande como la Acrópolis, chocó con la incredulidad e incluso con la hostilidad de sus conciudadanos. Hoy todos sabemos que el Sol es un millón de veces más voluminoso que la Tierra; pero, ¿lo comprendemos verdaderamente? Lo dudo. Igualmente, saber que la energía solar todavía estaba en el Sol hace ocho minutos no me asombra, ni siquiera sabiendo que la luz recorre más de 300.000 km por segundo, casi ocho veces el diámetro del globo. Entonces, para concretar la enormidad de la distancia, imagino una autovía Tierra-Sol. Corrriendo a cien por hora, las veinticuatro horas del día, sin detener- me nunca, necesitaría más de 16 (!) años para cubrir esos 150.000.000 kilómetros. En la playa, intento transformar esas cifras áridas en realidades concretas. Pienso en la inmensidad del vacío helado (—273° C) que me separa del Sol y percibo su luz como una catarata de fotones, de pequeños proyectiles que me golpean y me penetran.
Mejor todavía: la luz es realmente la sustancia solar que, hace ocho minutos apenas, estaba todavía en el astro. Es, pues, un flujo continuo de materia que me une a él: literalmente me baño en el Sol, absorbo su materia en mí. Trato también —en vano por lo demás, tan enorme es— de visualizar la masa en erupción, vomitando chorros de materia incandescente a centenares de miles de kilómetros de su superficie. Visto de cerca sería terrorífico, imposibilidad física aparte. Un volcán en erupción ya es impresionante, pero imaginemos todos nuestro planeta transformado en un volcán: espectáculo alucinante, a multiplicar por... ¡33.000 en el caso del Sol! Ningún psiquismo humano lo resistiría. Ya cuando un astronauta regresa de la Luna, después de su miserable salto de pulga de un segundo de luz, ese breve frente a frente con el cosmos transtorna su visión del mundo. Cada astronauta que ha hollado el polvo lunar lo sabe, y no son ni alfeñiques ni soñadores.
Tántrica o no, la más loca imaginación siempre se retiraría ante esta realidad.
Sobre la arena caliente, me impregno así lo mejor posible de la enormidad del «acontecimiento-Sol». Para tomar conciencia de las trombas de energía, de materia solar, que caen en todo momento sobre la superficie total de nuestra Tierra, pienso que la superficie de mi piel tiene menos de dos metros cuadrados, de los que sólo expongo, evidentemente, la mitad al Sol. Ahora bien, en verano, en pleno mediodía, ese metro cuadrado capta tanto calor que hay que refugiarse en la sombra. Para la Tierra entera, hay que multiplicar por los millones de kilómetros cuadrados que ofrece al Sol. Ahora bien, nuestro planeta, ínfima mota de polvo cósmico, sólo capta una parcela infinitesimal de la energía total vomitada en el vacío intersideral por el Sol que «adelgaza» así unos cientos de toneladas por segundo desde hace miles de millones de años, y no está tan mal...
Más aún, ¡literalmente yo soy una parte del Sol enfriado! Cada átomo de mi cuerpo, de cada grano de arena, de cada objeto que me rodea, es Sol solidificado, pues la Tierra también ha sido plasma sideral incandescente: es un jirón de estrella enfriado. Yo SOY, pues, tanto en mi carne como en mis huesos, Sol condensado. Es la vida, es mi vida. Para mover el dedo meñique, pensar o dormir, degrado energía solar. Para vivir y actuar, extraigo mi energía ya sea de los vegetales, que son Sol en conserva, ya sea de la carne, que es hierba, ¡por tanto Sol convertido en buey! El combustible de mi coche es energía solar fósil, como el carbón: siga el lector su propia enumeración. En resumen, yo escribo este texto y el lector lo lee gracias al Sol.
Muy bien: saber intelectualmente que uno es Sol condensado es interesante, sin más. Vivirlo, aunque sea fugazmente, es fantástico, ¡es tántrico! Ingenuos, mis sentidos me ocultan el verdadero Sol que sólo mi intuición
puede revelarme. Así, siempre tendido en la playa, sintiendo la inmensidad de la energía solar y de la distancia que ha recorrido, conectado directamente con la energía cósmica, la frontera entre el astro y yo se borra, se disuelve, y siento entonces a Shakti, la energía creadora última cuya manifestación es el universo. Eso es el tantra...
Durante todo este tiempo, mi vecino sin duda piensa en los amigos (¿o más bien en las amigas?) que admirarán su bronceado de pan de especias, a menos que simplemente esté durmiendo al sol. Mientras que mi baño de sol profano se hace cósmico, los rayos ultravioletas me queman la piel igual que a él, pero mi baño de sol será... ¡tántrico! De la misma manera, toda mi vida puede ser transmutada, «cosmizada», y eso no excluye el goce, al contrario. Y la consecuencia es una formidable expansión de mi visión del mundo y de mí mismo, especialmente de mi cuerpo, ese otro universo.
Otro ejemplo de «cosmización». Sumergirse en el mar o en un río puede no tener otro objetivo que la higiene y/o el deporte. Imaginemos que hago mis abluciones en el Ganges, en Benarés, a lo largo de las célebres ghats, entre la multitud hormigueante de los hindúes piadosos, secuencia clásica de los documentales sobre la India. El baño podría no superar el aquí-y-ahora, pero todo cambia si tomo conciencia de que, justamente, el río no está limitado al «aquí», y si percibo en bloque todo el Ganges, vínculo de unión de tres mil kilómetros de longitud entre el Himalaya y el océano, todo cambia. Todo cambia también si percibo que está unido a todos los mares del globo, y que el Ganges de hoy es semejante al de ayer aunque nunca sea dos veces el mismo, pues el agua que corre entre sus orillas nunca es la misma, como dijo un filósofo griego. Exteriormente, nada diferencia mis abluciones de las de mis vecinos no tántricos, pero mi experiencia interior gana en amplitud y en riqueza.
Así, el tantra es en primer lugar una manera diferente de ser y de sentir, antes de concretarse en determinadas técnicas o acciones rituales.
¡Pero cuidado con la trampa cerebral! El intelecto aporta —y es precioso— los elementos objetivos, científicos, de esta toma de conciencia, pero lo que importa es la percepción intuitiva global del acontecimiento. Pasar de lo sensorial al concepto intelectual del acontecimiento —sol, río o cualquier otro— y después a la vivencia directa de sus aspectos últimos es arduo. Sin embargo, de este modo un acto perfectamente anodino se convierte en un acontecimiento que trasciende al ego, y así se «destrivializa» la vida más sombría.
Conscientes de esta dificultad, el tantra responde a ella especialmente por medio del arte, el rito y el símbolo. Por otra parte, de todas las filosofías de la India, el tantra es la que utiliza más deliberadamente el arte como vía de acceso a lo cósmico, oculto en lo trivial.