2.4 Isospectral gradient flows
2.4.2 Metrics and gradient flows
Nuestra sexualidad es bipolar: una se sitúa en el polo de la especie, la otra en el polo del individuo. El primer polo está localizado en la parte baja del cuerpo, en los órganos genitales (muladhara y svadisthana chakras), que son literalmente el enclave inmortal de la especie en nosotros, cuya única finalidad es la procreación, la perennidad de la raza. El polo del individuo está en el otro extremo de la espina dorsal, en el cerebro, el Loto de los Mil Pétalos, el sahasrara chakra, la sede de la individualidad, del «yo».
La sexualidad de la especie, cuyo soporte son los órganos genitales, es la irreprimible pulsión vital que hace proliferar toda la vida sobre el planeta, es la Kundalinī del tantra. Esta sexualidad profunda, animal —no es peyorativo—, suscita en la mujer un intenso deseo los «días-de-bebés», los días fecundos del ciclo. Innata, programada, es esta sexualidad la que guía el comportamiento sexual instintivo de la mujer unida al hombre, la que desencadena casi mecánicamente los movimientos rítmicos de la pelvis y las ondas contráctiles de la vagina para hacer saltar el esperma fecundante y cumplir el mandato de la Especie.
Esta pulsión compulsiva es evidente y bien conocida. La otra, más específicamente humana, la del polo del individuo, es con frecuencia insospechada o confundida con la primera, pero, para el maithuna tántrico es esencial distinguirlas. Por supuesto que el tantra no desconoce ni la potencia ni el carácter vital del polo de la especie, pero el objetivo del maithuna ritual no es la procreación. En efecto, la perennidad de la vida podría quedar asegurada con bien pocos coitos en el espacio de una vida. En teoría, veinte eyaculaciones repartidas en veinte años en el buen momento bastarían para dotarnos de una respetable tribu de veinte retoños, y más si hay gemelos. Es a partir de esta lógica procreativa que las sectas ultra mojigatas, como los Haré Krisna, prohíben el sexo, salvo entre esposos una vez por mes. Hasta Gandhi tenía esta visión antitántrica...
El tantra utiliza las dos formas de sexualidad, con una neta preferencia por la que no es puramente animal, reproductora. La localización y el carácter reflejo, casi mecánico, de la sexualidad de la especie está» bien ilustrados por la mantis religiosa. Se dice que, durante el acoplamiento, secciona a veces la cabeza del macho que ella estima demasiado poco «activo»: ella elimina así el polo del individuo mientras que el polo de la especie continúa el coito con un vigor acrecentado y fecunda a la hembra... ¡que a continuación lo devora! Es verdad que ciertos entomólogos dicen que se trata de una leyenda. Sin embargo —y esto es un hecho experimental—, sí en ciertas mariposas se corta la cabeza del macho, el resto del cuerpo prosigue impertubablemente el acoplamiento, demostrando así la autonomía del polo de la especie respecto del polo cerebral. En el ser humano es un hecho que los parapléjicos pueden tener erecciones y fecundar a su mujer: al estar la médula seccionada, sólo actúa el polo de la especie, y no llega al cerebro ninguna sensación.
El polo del individuo tiene, pues, su sexualidad propia, bien distinta de la pulsión animal del polo de la especie. Indirectamente genital, se basa también en la polaridad de los sexos. El erotismo, que es a la sexualidad genital pura lo que la gastronomía al hambre animal, es la expresión de la sexualidad del polo «individuo». El paraíso y el infierno
¿Qué dice de esto la fisiología? Y bien, confirma la tesis tántrica: ¡el centro de la sexualidad cerebral, el polo sexual «individuo», existe, es localizable y está localizado! Es también el de la felicidad, el del éxtasis.
Olds, un investigador norteamericano, implantó un electrodo en el cerebro de un ratón, para estudiar el efecto en su comportamiento de la estimulación eléctrica en ciertas zonas. Eléctricamente, sabía ya provocar, a elección, el furor, el temor, la torpeza, la apatía, etc. Pero un día el ratón se comportó de una manera rara, inhabitual. Lejos de huir del hombre, volvía con obstinación al lugar donde Olds había desencadenado la estimulación: aparentemente, gozaba, estaba en el «paraíso», para retomar la palabra del doctor Lévy de Leningrado. Olds localizó así otros puntos de «paraíso», que formaban una cruz en el hi-potálamo, cerca de la base del cerebro, pero descubrió también, lamentablemente, un «infierno» cerebral, donde la excitación eléctrica aterrorizaba al animal, cuya mímica expresaba: «¡Esto jamás, a ningún precio!»
Sin embargo la naturaleza ha sido caritativa: en el cerebro del ratón el paraíso es siete veces más extenso que el infierno. Se localiza este paraíso y este infierno cerebrales en los peces, los pájaros, los gatos, los perros, los
delfines, los conejos, etc.
Para el tantra estos descubrimientos son instructivos. Así, Olds ha comprobado que los animales hartos experimentan mucha menos felicidad cuando se estimula su «paraíso». Cuando tienen hambre, por el contrario, gozan más intensamente, lo que corrobora la afirmación tántrica de que la «gran comilona» ahoga las formas sutiles del eros. Esto no prohibe gozar de un alimento sano e incluso refinado, siempre que sea frugal. La caricatura del monje gordito y rubicundo confirma que los placeres ordinarios de la mesa compensan el sexo y facilitan la continencia.
Después de Olds, muchos otros investigadores enseñaron a los animales a autoexcitarse presionando ellos mismo el pedal que desencadenaba la excitación eléctrica del cerebro. Este aprendizaje, los animales lo realizan rápidamente: basta con que se apoyen dos o tres veces en el pedal. Desde entonces, no lo abandonan y se autoestimulan cientos de veces seguidas, produciéndose rosarios de orgasmos hasta el agotamiento. Otra comprobación capital: estos orgasmos eléctricos dependen de las hormonas sexuales. Los castrados dejan de estimularse, pero si se les inyecta hormonas masculinas, vuelven a autoexcitarse con entusiasmo.
En el maithuna tántrico, la excitación potente y prolongada del polo de la especie estimula las gónadas e intensifica la producción de hormonas masculinas, indispensables para la activación máxima del paraíso, que está allá arriba en el cerebro.
El doctor Lévy, comentando las experiencias de Olds, reconocía: «Hagamos justicia a los ratones. Mientras les fue posible, permanecieron razonables, tratando tanto de comer como de deleitarse por autoexcitación eléctrica, salvo si el electrodo se encontraba en puntos del cerebro en los que la excitación les hacía olvidar todos los demás placeres de la vida».
Además, Olds comprobó que los ratones que comían poco pero se autoexcitaban estaban más fuertes y dispuestos: la «electromanía» —yo diría la estimulación del polo «individuo»— los volvía más atentos, más enérgicos, como si ese nuevo placer les infundiera nuevas fuerzas: compare el lector esto con el hecho de que los tántricos de edad avanzada, de ambos sexos siguen siendo permanentemente juveniles, listos y dinámicos.
Se plantea una pregunta: ¿es posible extrapolar lo que antecede al ser humano? Nuestros «primos» tal vez puedan enseñarnos algo. El doctor Lévey, que ha estudiado a los primates, escribe: «Ese mono, sentado en su sillón especial, no sufre en absoluto y no trata de desatarse. Al contrario, a juzgar por su mímica, está viviendo los más bellos momentos de su vida. Exulta. Lleva un casco de donde salen electrodos implantados en su cerebro. No nos inquietamos sabiendo que el experimentador es John Lilly, conocido por su humanidad hacia los animales, gran conocedor del lenguaje de los delfines. El animal está en el colmo del placer porque la corriente atraviesa el electrodo hundido en su "paraíso". Durante veinte horas, con breves intervalos para comer de prisa o incluso mientras come, envía la corriente eléctrica al cerebro, luego se duerme agotado. Cuando se despierta, vuelve a apretar sin descanso. Está desconocido. Antes perezoso e irascible, ahora se ha vuelto dócil, alegre, aca- ricia la mano del experimentador en lugar de arañarla.
»[...] Si bien la autoexcitación cerebral de un animal corresponde a lo que nosotros consideramos como un goce grosero, es posible que, en otros casos, su estado interior sea comparable a las indecibles sensaciones de felicidad, entusiasmo o éxtasis que nosotros experimentamos por causas diferentes, más complejas.
Otra pregunta que podría plantearse: ¿Lo que precede prueba que ese paraíso es erótico, constituye nuestro segundo polo sexual y se aplica al ser humano? La respuesta es sí. Aquí tenemos al menos una prueba, siempre según el doctor Lévy: «El primer caso (fortuito) de electromanía humana fue observado por la neurocirujana Natalia Bekhtereva, de Leningrado. Una enferma, a la que se habían excitado varias veces los puntos del paraíso, se puso a hacer de todo para experimentar de nuevo esa sensación. Trataba de ir con la mayor frecuencia posible al laboratorio, iniciaba conversaciones con los médicos que la trataban, los acechaba. Recurría a maniobras diversas, manifestaba descontento e impaciencia, se conducía de manera provocativa. Más aún, la paciente se enamoró locamente del experimentador, y lo perseguía con sus asiduidades de manera particularmente ino- portuna, testimoniándole un agradecimiento exagerado por sus cuidados... ¡Es una advertencia!». Creo que el lector estará de acuerdo en admitir que, aunque se trate de una enferma, esto confirma la naturaleza erótica y orgásmica del paraíso cerebral, por tanto del polo del individuo.
Entre paréntesis, si cito de buena gana al doctor Lévy, es porque la ciencia soviética no se carga con posiciones espiritualistas, lo que da pie a su observación: «A veces se tiene la impresión de que, en numerosos casos, la ciencia moderna, que tiene al cerebro y a la vida psíquica como objetos de estudio, no hace más que abordar fenómenos a los cuales uno se enfrenta constantemente en la vida, y que podría comprender fácilmente uno mismo por medio de la introspección y la observación más elemental. Parece, en efecto, que hace tiempo se
podría haber descubierto la existencia de sistemas cerebrales sin necesidad de hincar electrodos en el cerebro». El tantra, por supuesto, comparte esta opinión: hace miles de años que explora ese universo extraño y fascinante que es el psiquismo del ser humano pero sin implantar electrodos en el cerebro; de todos modos, ya que se han hecho las experiencias, tomémoslas en cuenta y señalemos que confirman la tesis tántrica.
Antes de examinar las implicaciones tántricas de nuestra doble sexualidad, pensemos en el consejo del doctor Lévy, que se aplica a ese aprendiz de brujo que es el doctor Delgado, de la Universidad de Yale, Estados Unidos. Ha llevado la experiencia un (¡enorme!) paso más adelante, implantando de manera estable electrodos en el cerebro de monos a los que estimula mediante una señal de radio: el animal se convierte así en un zombi teleguiado que obedece ciegamente al experimentador. Ahora bien, existe un teleestimulador, no mayor que un guisante, perfeccionado por el Centro de Investigaciones de la Universidad de Atlanta (Estado de Georgia, Estados Unidos), que se implanta bajo el cuero cabelludo. Por el momento, estas experiencias se limitan a los monos, pero ya la NASA considera que la teleestimulación sería el medio ideal para controlar el comportamiento de los astronautas, directamente a partir de la Tierra. Se los podría hacer dormir, comer, volverlos indiferentes a la soledad, multiplicar su atención en los momentos peligrosos. Felizmente estos aparatos no están al alcance del común de los mortales, pero con ellos se podrían «fabricar» en cadena y por encargo intrépidos guerreros, superkamikazes o, al contrario, ciudadanos sumamente dóciles, y así sucesivamente. Por último, la electroestimulación cerebral podría convertirse en la droga absoluta del porvenir.
Este paréntesis se justifica como mínimo para precisar que el tantra, al contrario, apunta a liberar al ser humano dándole un acceso directo y un autocontrol de las inmensas energías psíquicas y de otras clases que guarda en sí mismo: el tántrico es la antípoda de un robot teleguiado.
El éxtasis integral
Hay otro hecho que permite diferenciar las dos sexualidades: los sueños eróticos. Sucede que en sueños vivimos éxtasis sexuales, orgasmos psíquicos mucho más intensos que los que se experimentan con una pareja real. Ahora bien, el éxtasis onírico es típico del polo del individuo: no pone en juego más que las imágenes mentales, por tanto es de naturaleza psíquica, aunque el orgasmo onírico desborda lo cerebral por sus ecos en el polo de la especie, en los órganos genitales... En los hombres jóvenes separados de las mujeres (soldados, prisioneros, marinos, etc.) esos sueños llegan con frecuencia a lo que se llama, en jerga confesional, una «polución nocturna».
De ese modo, las dos sexualidades, aunque bien distintas, están sin embargo vinculadas, pues la inversa también se produce: provocando una erección, una vejiga llena puede desencadenar un sueño erótico.
En resumen, el tantra quiere hacer acceder a sus adeptos al éxtasis total, el que fusiona la experiencia orgásmica del polo de la especie, nuestra gran central energética, con el éxtasis cerebral del polo del individuo, que se alimentan y se estimulan el uno al otro. Por eso el tantra excita la zona genital de manera consciente y controlada. Una vez despierta la Kundalini en el polo de la especie, es guiada por el pensamiento, a través del raquis, hasta el polo cerebral (sahasrara chakra), donde su encuentro con los centros «paradisíacos» desencadena el éxtasis último. En el lenguaje de imágenes del tantra, se trata de las nupcias secretas de Shakti, la energía, y Shiva, la conciencia, en el Loto de los Mil Pétalos.
¡Para estimular el polo del individuo y, a través de él, el polo de la especie, no se necesitan electrodos! Así, el espectador que va a ver una película pomo en general está tranquilo cuando entra al cine, pero pronto las imágenes eróticas excitan el polo cerebral, con reacciones en el polo genital que es superfluo precisar... ¿Situación tántrica? No. Los tántricos no son mojigatos, ni mucho menos, pero la pornografía grosera no les atañe. Si lo menciono, es para demostrar cuan fácil es despertar la energía del polo de la especie con las imágenes mentales apropiadas. Ahora bien, el tantra se sirve con frecuencia de la imaginación erótica, en primer lugar para estimular el polo de la especie, luego para guiar la corriente sexual engendrada, vía espina dorsal, hacia el polo cerebral, especialmente gracias a los kriyas, que son procesos mentales destinados a canalizar las energías en el cuerpo, ya sean sexuales o no.
¿Con qué objetivo? ¿Para gozar? En cierto sentido sí, pues, según el tantra, la felicidad acerca al ser humano a lo último. Nuevamente, el doctor Lévy nos da una clave: «Dostoiewsky, justo antes de sus crisis de epilepsia, sentía un éxtasis inefable, un goce supremo, una sinceridad divina; durante un breve instante, le parecía descubrir el sentido de todo lo que existe. En ciertos individuos, ese estado puede incluso ser engendrado por la música, hasta y sobre todo si es muy rítmica».
Vale la pena releer esta frase y meditar en lo que dice; justifica por sí sola los ritos sexuales del tantra como el medio más directo para acceder al éxtasis que ilumina y desvela, en un relámpago, los fundamentos del ser y del cosmos, ¡sin electrodos ni crisis de epilepsia! Retengamos también que la música puede provocar la emergencia de ese estado; de ahí su función en el rito tántrico, tanto más cuanto que la música india es muy erótica. Observemos además que en Dostoiewsky esa visión extática y lúcida de la realidad última se producía justo antes de una crisis de epilepsia, que es una tormenta cerebral, por tanto un fenómeno dependiente del polo del individuo.
Así como la crisis de epilepsia oculta la conciencia empírica ordinaria, la emergencia de una visión cósmica tiene lugar en otro plano de conciencia que el ordinario. La felicidad y el paso a otro estado de conciencia figuran así entre las condiciones de acceso a las realidades últimas.
La expresión «otro plano de conciencia» puede parecer misteriosa, incluso suscitar una aprensión, como hundirse en lo desconocido, especialmente cuando se trata de epilepsia. Pero pasar de un plano de conciencia a otro es un Hecho trivial, cotidiano, que se produce cuando uno se duerme y sueña, por ejemplo. ¿Y quién — hablo de casos normales— tiene miedo de dormirse?
La experiencia cósmica unifícadora
El tantra sabe desde siempre que el acmé de la experiencia sexual aporta una felicidad sin comparación con el simple goce y que produce una interrupción de la conciencia ordinaria donde se sitúa el «yo», el ego. Cambiar de plano de conciencia es así un medio probado de trascender el ego y de acceder a la experiencia cósmica unitaria. Superar el ego se hace así sin mortificaciones, sin ascesis restrictiva, que con frecuencia crea más problemas de los que resuelve.
El lector puede observar que, para designar esta experiencia límite, he evitado la palabra orgasmo, demasiado precisa y demasiado vaga a la vez, para utilizar acmé. He renunciado también a hablar de paroxismo, que supone una tensión extrema, ajena a la experiencia tántrica. El tantra, sin rechazar el orgasmo ordinario, considera que éste depende demasiado de los mecanismos reflejos genitales, lo que lo sustrae al control consciente. En resumen, en la mujer, el orgasmo es una especie de espasmo tan irreprimible como la eyaculación. En la misteriosa alquimia tántrica, Shakti no renuncia al orgasmo genital, siempre que no haga perder el control a Shiva; ella debe, poco a poco, trascencer el orgasmo ordinario a fin de que la energía así despertada active la zona «paradisíaca» cerebral.
Igualmente, Shiva debe superar la eyaculación, lo que implica en primer lugar su control. En los dos casos se trata de este orgasmo psíquico, el acmé.
Así, nuestras dos sexualidades, la genital con su orgasmo, la cerebral con su acmé, se unen en la expe- riencia tántrica, pero la prioridad es del «paraíso», único capaz de abrir las puertas de lo cósmico.
Es posible que, incluso sin iniciación tántrica, la mujer tenga una experiencia que se le acerca mucho. Una mujer describe lo siguiente: »Mis primeras sensaciones están concentradas en la región genital, luego se extienden en grandes olas a todo mi cuerpo. Soy toda sensación. Toda sensibilidad. A veces tengo la sensación de que me gustaría cantar, como si las sensaciones alcanzaran las cuerdas vocales y las hicieran vibrar con una tonalidad aún no descubierta...
»Experimento una maravillosa sensación de plenitud. Es difícil de describir... tengo electricidad en todo el cuerpo y vivo intensamente la unión carnal y espiritual con el otro. A veces rezo a Dios, formo una unidad con él; y es la alegría del éxtasis!
»Esta especie de orgasmo es para mí una inmersión metafísica en otro mundo, un mundo religioso... Tengo la impresión de escalar una montaña. Todo sucede esencialmente en mi cabeza, que desborda de sensaciones y me