3.4 The Description Logic EL si
3.4.3 Computational Complexity and Reasoning with Simulations
Entre éstos, son los peores los estupefacientes: morfina, opio, cocaína, haxix, etc. No nos extenderemos sobre este tema; sólo diremos que todo aficionado a esas substancias deberá abandonar su uso completamente antes de comenzar a practicar la cultura física.
En segundo lugar figura el alcohol, que es el desorganizador cerebral por excelencia . Se
llega a ser un alcoholista; dicho en otras palabas: se toma el camino de las formas graves del artritismo (del que la tuberculosis parece constituir una etapa y el cáncer un
epifenómeno) por el uso habitual -no digo frecuente- de cantidades incluso mínimas de bebidas más o menos alcoholizadas. El organismo resiste con frecuencia durante largo tiempo cuando el atavismo es bueno; pero, aun en este caso, la descendencia del alcohólico tendrá taras con toda seguridad; los hijos de los alcoholistas poseen una memoria de las más defectuosas; son los que más tardan en reeducarse y los más difíciles de reeducar. Los licores y los vinos en principio, contrariamente a la opinión vulgar, no son menos nefastos que el chamapaña fino o el ron.
Los trabajos publicados en estos últimos años acerca de esta cuestión, hacen obvio todo comentario aquí.
Los excitantes, tales como el café o el té, mucho menos peligrosos que los anteriores, intoxican sin embargo el sistema nervioso de una manera muy apreciable. Deberán ser tomados, pues, con la mayor moderación.
Su absorción, al dejar en libertad una cierta cantidad de la fuerza nerviosa acumulada en los plexos, acrecienta por momentos la claridad intelectual. Pero, inmediatamente después, sobreviene un período de depresión durante el cual el potencial de la actividad mental desciende por debajo de lo normal.
Por fin, el uso excesivo del tabaco anula la sutileza de la imaginación. El exceso comienza tan pronto como el fumar se hace habitual y procede una necesidad incoercible. La
absorción intratraqueal del humo y el uso de los tabacos llamados “ingleses”, tratados químicamente, son en gran manera peligrosos.
Al mismo tiempo que se tienda, en forma graudal, a la rigurosa observancia de las indicaciones dadas en este capítulo -porque los esfuerzos bruscos y definitivos no son
posibles para todos-, se hará uso del sistema de las compensaciones. Así, cuando bebáis una bebida alcohólica y, sobre todo, con alcohol destilado, ayudad por lo menos a vuestros órganos de eliminación. Haced que a esa ingestión de una bebida de esa clase siga la de un vaso de agua mineral, especial para la gota y enfermedades del estómago, y, si es posible, media hora de ejercicio, una marcha rápida, por ejemplo. Al día siguiente de una abundante comida y cargada de manjares tóxicos, lavad vuestro organismo ingiriendo agua y frutas frescas, renunciando casi por completo a otros alimentos. Y lo mismo que cuando sólo bebéis una copita, haced que trabajen vuestro músculos al aire libre.
4. EL DESCANSO
Cuando falta el descanso, aparece la falta excesiva y con ella el debilitamiento gradual del sistema nervioso. No siempre reposa, porque se deje de trabajar momentáneamente. Por el
contrario, continúa uno fatigándose si los cuidados, las preocupaciones, las tareas en curso, siguen obsesionado la atención. Considero, pues, como indispensable desde ese punto de vista, la interrupción voluntaria del acto de pensar, que ya hemos practicado en el párrafo I del capítulo anterior. He aquí un único ejercicio, excelente contra la agitación y la fatiga cerebrales. Nadie ha logrado jamás ejecutarlo impecablemente en un día, ni siquiera en un mes. Lleva a la posibilidad de llegar al vacío total del campo de la conciencia con rapidez si a la primera tentativa siguen otras. Desde el día en que se empieza a practicar ese ejercicio, tiene una influencia calmante y reparadora que acrecienta con rapidez si a la primera
tentativa siguen otras a diario y puntualmente. El momento que separa el acto de acostarse de la llegada del sueño, conviene a todo el mundo, pero para alcanzar la perfección es preferible practicarlo en plena actividad mental.
Según eso, adoptad una posición tan cómoda como os sea posible, por ejemplo, acostado de espaldas en un lecho o en un diván. Buscad para todos vuestros miembros la posición en que se encuentren más cómodos. Acto continuo, comprobad si vuestros músculos están relajados. Los pies, las piernas y los muslos deben reposar con todo su peso, así como los brazos. La caja torácica debe estar libre de opresiones susceptibles de trabar el libre juego de los pulmones, y la cabeza y el cuello deberán hallarse perfectamente apoyados.
Seguidamente, dejad que vuestros párpados se cierren en sus tres cuartas partes y vigilaos a fin de conservar la más rigurosa inmovilidad durante cinco o diez minutos. Os vendrán impulsos de modificar vuestra postura, de mover los dedos o los miembros. Conteneos:
repetíos mentalmente: estoy inmóvil; me mantengo inmóvil, como si todo mi cuerpo
estuviera inerte… Reposo blandamente, sin agitarme … etc., etc. Después de algunos instantes, los impulsos que os incitaban a moveros cesarán definitivamente y éste será el momento de inciar el ejercicio propiamente dicho, bien entendido que sin dejar de
conservar la inmovilidad más completa.
El ejercicio consiste en rehusarse a seguir una idea asi que ésta se presenta en la
conciencia. El campo mental debe ser orientado hacia la noción de inmovilidad, no dejando
que ningún pensamiento se imponga a la atención. Conservando la intención de no pensar
en nada juntamente con una inercia física completa, se va acercando uno cada vez más al
objetivo final de este entrenamiento: la absoluta vacuidad cerebral.
Al cabo de diez a cincuenta ensayos, el reposo muscular se opera con una rapidez y una perfección sorprendentes. En algunos segundos se halla uno sumido en el más completo estado de reposo moral a que han llevado los precedentes ejercicios, y en ese estado, muy agradable, se encuentra uno inefablemente descansado.
La duración de las sesiones varía necesariamente con el número de las que le hayan
precedido. Para comenzar, es suficiente un cuarto de hora. Día en día sa va aumentando la duración en forma progresiva hasta que, no experimentando ninguna dificultad, se crea o se disipa a voluntad, tantas veces como se desee, el maravilloso estado de aislamiento
Mejor que cualquier narcótico y sin inconvenientes de éste, el aislamiento psíquico facilita el sueño. Ya hace algún tiempo indiqué eso mismo a los que padecían de insomnio, en un
folleto que ma valió, por parte de enfermos y de médicos, cartas que confirmaron la1
certeza que yo tenía de que tal folleto había sido de utilidad para muchos.
Todas las distracciones sanas, sobre todo, los juegos al aire libre, reparan y disipan la fatiga mental, pero el reposo no podía ser hallado últimamente sino con el ejercicio que antecede. Por lo demás, ese ejercicio puede combinarse con las prácticas naturistas, tales como el baño al aire, el de sol, etc.
En principio, se reposa apreciablemente de una actividad en el curso de otro, y los que hayan aprendido a guiar sus pensamientos, a cambiar voluntariamente el curso de ellos, en una hábil disposición de su tarea diaria hallarán un elemento suplementario de equilibrio mental.
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CAPÍTULO VI