4 SCREENING AND ASSESSMENT
4.3 SCREENING TESTS
4.3.4 Computer-based screening tests for dyslexia
En el monasterio Santa María de Usme los hippies eran personajes admirados. Las monjas y los monjes se sorprendían de la manera tan simple en que los jóvenes afrontaban y disfrutaban sus vidas. De alguna manera, sus melenudos huéspedes habían logrado elevar su espiritualidad a tal punto que se asemejaban a aquellos santos que solo tenían lo justo y necesario para vivir. Las dos parejas de novios hippies, conformadas por Tania Moreno y Humberto Monroy, junto a María Cristina Tobón y Jaime Rendón, habitaban una pequeña casa de campo de piso de madera, que tenía una habitación, una sala y una cocina de leña. Ahí los cuatro dormían en un colchón comunitario, en el que en ocasiones se sentaba la madre superiora de las monjas a elogiarlos por su forma de vida tan simple, deseando que sus súbditas tuviesen la misma apertura mental y espiritual de sus huéspedes. Y es que las alabanzas hacia los hippies iban desde comparaciones con San Francisco de Asís hasta con las aves del campo que vuelan armónicamente sobre la naturaleza (Moreno, 2011).
Por eso, los religiosos no dudaron en hospedar a los hippies y en atenderlos de la mejor manera mientras podían hacerlo. El monje apicultor les mandaba tarros de miel; la leche recién ordeñada de las vacas les llegaba cada mañana; o las tortas que aprendían hacer las novicias también eran compartidas con los hippies, que además se habían vuelto vegetarianos moderados y tenían su propia huerta para su alimentación básica; aunque a decir verdad, con las atenciones de los religiosos del monasterio no les hacía falta cocinar. Pero si Tania, Humberto, Jaime, y María Cristina vivían austeramente en la pequeña casa, el extremo de la modestia estaba representado por ‘Sibius’, quien vivía alejado en una pequeña choza y dormía prácticamente sobre la tierra. En últimas, ‘Sibius’ fue el primer hippie que ingresó al monasterio y fue el puente para que luego sus amigos se instalaran en ese mismo lugar. Y es que hasta los mismos hippies miraban a ‘Sibius’ con una aureola detrás de su cabeza, puesto que sus bondades como ser humano, su poesía y su profundo compromiso con la paz lo habían hecho un personaje sobresaliente del hippismo colombiano.
Sin embargo, el paraíso hippie de Usme se contrastaba con el infierno de las ciudades que llevó a muchos melenudos a refugiarse en el campo. Los aspectos de la contracultura juvenil no calaron muy bien dentro de la sociedad tradicional y el rechazo no se hizo esperar por
49 medio de una fuerza pública que abusó y maltrató a muchas de estas personas que, irónicamente, rechazaban toda forma de violencia (Ramírez, 2009, p. 21). En realidad, los hippies eran inofensivos y no estaban empeñados en pelearse con ningún otro bando, pero su sola presencia exótica o su consumo frecuente de drogas alucinógenas fueron suficientes para que una sociedad de corbatas se escandalizara y los tachara de todos los insultos y repudios necesarios para dividirlos del ‘deber ser’. Lastimosamente, su revolución en contra de la violencia, del mundo material, del consumo o de la vida monótona de sus padres, fue estigmatizada e incluso criminalizada.
El primero de septiembre de 1970 fue uno de esos días negros en que la policía se pasó de largo en su afán de vigilar y espantar a los hippies. Ese día los uniformados invadieron el Pasaje de La 60, pidieron papeles y golpearon a los melenudos que se encontraban en el camino. Los policías anunciaron que venían en busca del ‘gran jefe hippie’, quien estaba acusado de subversión y posesión de narcóticos. El supuesto capo era nada más y nada menos que ‘Sibius’, paradójicamente, el más pacifista de todos los hippies. Diez policías rodearon al poeta, lo golpearon, lo tiraron por las escaleras del segundo piso y se lo llevaron a la estación más cercana (Ramírez, 2009, p. 89). Después de una enorme protesta hippie y de más capturas por parte de la policía, ‘Sibius’ por fin salió de su reclusión mediante la intervención del entonces sacerdote Javier Darío Restrepo. Sin embargo, la presión social y autoritaria se había vuelto imperdonable contra unos jóvenes que no hacían daño a nadie y que se aglutinaban de manera fraternal, sin importar distingo de clase. Como lo dijo un hippie de la época: “Fue la primera vez en Colombia que se unieron los pobres y los ricos. Jamás se habían reunido los pobres y los ricos ni jamás se reunirán para nada; a no ser para matarse o alguna mierda de esas” (Solarte, 2009).
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Federico Taborda, ‘Sibius’/ Archivo personal Sibila Ponte
Por eso, ante las redadas de la policía o los insultos y ladrillazos de los obreros, los hippies tenían como principio responder pacíficamente. Su protesta, precisamente, estaba fundamentada en el repudio de la violencia puesto que la misma guerra había sido un factor para que la juventud tomara una voz y se manifestara ante las enfermedades sociales. Pero era obvio que una sociedad conservadora como la colombiana solo iba a captar la parte superficial del asunto, por lo que unas fachas extravagantes, unas cabelleras largas o unas pupilas dilatadas fueron suficientes para dar por sentado que los hippies representaban una mala influencia para la gente; sobre todo por las drogas que estaban relacionadas con la adicción, las enfermedades mentales, la agresividad o incluso las deformaciones en los hijos de los consumidores (Ramírez, 2009, p. 43). Y si bien los que recurrían a los alucinógenos lo hacían con fines espirituales u ontológicos, algunos de ellos le dieron gusto a los señalamientos de la sociedad y cayeron en la drogadicción. Pero para bien o para mal, los
51 ácidos, la marihuana o cualquier otra sustancia psicoactiva estuvieron emparentadas con lo que se vivió en aquella época y cambiaron la visión de la vida de sus consumidores.
Dentro del ambiente poco favorable de las ciudades para un hippie que retaba el establecimiento, el campo se convertía en una muy buena alternativa para poder vivir en hermandad y tranquilidad. Entonces, como ya había sucedido en San Francisco, los hippies criollos empezaron a buscar espacios para fundar sus propias repúblicas independientes. El municipio de Lijacá, distanciado en aquella época de la zona urbana de Bogotá, fue el sitio donde se originó la primera comuna hippie de Colombia. Allá llegaron primero los integrantes de la banda de rock sicodélico La Gran Sociedad del Estado, quienes arrendaron una casa por la carrera séptima con calle 192. Después arribaron Tania Moreno y Humberto Monroy que no se quedaron atrás y alquilaron una enorme y fea casa donde al parecer antes había funcionado un prostíbulo. Tania y Humberto vivieron ahí durante más o menos un semestre, para luego marcharse al monasterio de Usme.
Lijacá, además de ser un refugio para los hippies que huían de las ciudades o para los estudiantes de colegio que capaban clase, se convirtió también en un epicentro de la música. La comuna tenía como banda de planta a La Gran Sociedad del Estado, que día y noche se dedicaba a ensayar y ponía a disposición sus instrumentos, y como el sitio se había convertido en un sitio de congregación hippie pues también dio pie para pensarlo como un lugar para la realización de conciertos. De esta manera, se empezaron a hacer shows y festivales auspiciados por los mismos hippies, como Álvaro Díaz, Humberto Caballero y Édgar Restrepo quienes desde mediados del setenta fundaron la empresa Colinox Unidos, organización que se dedicó a los espectáculos de rock y que logró realizar más de un año de conciertos cada lunes en el Teatro Popular de Bogotá. Colinox Unidos se encargó de poner los equipos para las presentaciones de Lijacá; por su parte, Gustavo Arenas, Hernán Sedano y Gustavo Hincapié construyeron el escenario dentro de la comuna, que parecía un anfiteatro y que podía ser visto desde la carretera. Ahí en Lijacá se llevaron a cabo las dos ediciones del Festival de la Primavera y cada 15 días se realizaban presentaciones en su auditorio al aire libre, al que llegaban hippies citadinos en buses humeantes de marihuana.
Al igual que Lijacá, los hippies empezaron a emigrar a distintos puntos del territorio colombiano con el fin de vivir en comunidad, en armonía con la naturaleza y consumir tranquilamente sus drogas. Así también se fundaron comunas en San Agustín, Taganga, o en la región del río La Miel, que se hizo famosa por los hongos alucinógenos que crecían entre el estiércol del ganado de sus tierras y a los que acudieron hippies de todo el mundo. Y es que con las comunas, el uso de drogas creció en los jóvenes melenudos y el consumo de
52 sustancias sicodélicas como la mezcalina, el LSD o los mismos hongos, dentro de un ambiente rural, fueron llevando a los hippies hacia un camino espiritual, hacia la búsqueda de un estado permanente de paz con la naturaleza y el cosmos. No se hizo raro ver a hippies haciendo yoga o con la Biblia, el Bhágavad Guita o el Popol Vuh debajo del brazo, pero que no se encasillaban dentro de una religión pues solo querían incrementar sus conocimientos y prácticas espirituales.
Por esa época también se llevó a cabo el ‘Festival de Ancón’, motivado entre otras cosas por la buena acogida de los conciertos de Lijacá. En junio de 1971 se realizó este festival que fue organizado y promovido netamente por jóvenes hippies que lograron gestionar toda la logística en el municipio de La Estrella, Antioquia. A las afueras de Medellín llegaron hippies de todas las partes de Colombia bajo el lema de “es cuestión de fe y nos uniremos todos en la música” (Riaño, 1992, p. 104). La Columna de Fuego, Hope, Aeda, La Banda del Marciano, Terrón de Sueños y La Gran Sociedad del Estado fueron algunas las agrupaciones que se presentaron ante miles de melenudos que fueron testigos de uno de los puntos más álgidos del rock colombiano, pero que a la vez representó el inicio de un declive en el movimiento, ya que después del festival los músicos se empezaron a dispersar y el furor del hippismo empezaba a apagarse. Así mismo, las instituciones estatales y la sociedad incrementaron su rechazo y censura ante espectáculos de este tipo, por lo que lo ocurrido en Ancón repercutió con la destitución del entonces alcalde de Medellín, Álvaro Villegas, por haber permitido y apoyado el festival (Riaño, 1992, p. 116). Seguramente una sociedad tan conservadora como la antioqueña no iba a permitir que ‘el escándalo’ de Ancón hubiese pasado desapercibido.
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