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In document CLASS SCHEDULE. Spring 2015 (Page 75-77)

El cultivo de la comunicación mediante el diálogo y la escucha es una fuente educativa y terapéutica de insospechados resultados, como ya puso de manifiesto Viktor Frankl con su teoría de la logoterapia. Efectivamente, la comunicación auténtica es el vehículo que favorece como pocos la posibilidad del encuentro. Encontrarse no es yuxtaponerse, ni chocar. Una desafortunada palabra, un insulto, una expresión dicha en mala hora, rompe el encuentro, rompe la comunicación y crea distancias, produce choques entre las personas.

Para dialogar es preciso situarse ante una presencia. Antes de entablar un «diálogo curativo» la persona tiene que ponerse en presencia de otra persona, es decir, tiene que

afrontar, es decir, mirar a los ojos a los demás, algo muy distinto a enfrentase a los

demás, y de ahí podrá surgir luego la confrontación con los demás basada en el afecto. En esas condiciones de diálogo los demás le transforman por elevación, es decir, le educan, según ese concepto francés tan expresivo para designar la educación, élever. No puede ser de otro modo: también la rehumanización resuelve los problemas por elevación. Porque, como ya expresó Teilhard de Chardin en frase última, «todo lo que se eleva converge».

En lo profundo de su ser, toda persona necesita experimentar su esencia dialógica, es decir, comunicativa. La persona en vías de rehumanización la siente especialmente aquí y ahora porque la descubre de verdad posiblemente por primera vez en su vida. Aquí y ahora experimenta la necesidad de la verdadera amistad para no ahogarse bajo su piel. Por eso «grita» para que la llamen por su nombre; como decía Simone Weil, «todo hombre grita para que se le llame por su nombre», y cuando puede llamar a alguien por su nombre descubre que ya puede establecer relaciones personales auténticas.

Si nos fijamos bien, la «fuerza curativa» de esta autoayuda rehumanizadora emana de la voluntad de las personas por encontrarse en el diálogo. Hasta el punto de que toda la estructura de la Escuela está pensada para lograr la relación y el encuentro interpersonal. El número de participantes en los grupos de encuentro rara vez sobrepasa la docena, y su ley de constitución es la heterogeneidad: de sexo, antigüedad en la casa, madurez personal, etc. Por lo general el más antiguo, es decir, el educador-terapeuta, desempeña las funciones de animador del grupo, pero comparte esa función con los restantes participantes. Cuando el grupo se está ocupando de alguien es de él de quien se habla, y no de uno mismo, y además se observa que la crítica sea positiva y no destructiva.

Bien podemos llamar a esta formación rehumanizadora terapia del encuentro porque, en definitiva, todo en esta educación son posibilidades de crear y favorecer encuentros: iniciales, dinámicos, estáticos, sonda, familiares, en la mañana, en la tarde, encuentros por sectores de trabajo, de tipo maratón, de dirección, disciplinarios... De tal forma que, como no podía ser de otro modo, también aquí la primera palabra con la que se encuentra el recién llegado es la palabra encuentro.

Vamos a re-vivir ahora estos encuentros de la mano de algunos alumnos aventajados del centro.

Calificamos de «encuentro inicial» la entrevista previa que pasa toda persona que quiere ingresar en el internado. Tres, cuatro o más personas, entre ellas el director y algún terapeuta o algunos residentes veteranos que se conocen perfectamente, se sitúan frente al interesado que desea ingresar en la Escuela de Comunidad, quien no suele conocerlos. Mantienen con él una entrevista parecida a la que ya pasó unos meses atrás para entrar en la Escuela de Acogida, pero ahora lógicamente desde una situación de madurez personal iniciada. En esta entrevista se le hacen, entre otras, estas tres preguntas existenciales: «¿quién eres?», «¿qué vienes a buscar a esta Escuela?», y «¿qué quieres de nosotros?».

A continuación, las 8-10 personas del sector de trabajo al que quedará adscrito inicialmente hacen una «rueda» de bienvenida. De pie y con los brazos entrelazados, todos se van presentando. Le dan razones de su vida en esta casa, le abren sus puertas interiores, le dicen que cuente con ellos. Luego se presenta él, y cuenta a sus nuevos amigos las esperanzas que trae consigo en su mochila. Todos hablan de lucha y de superación de dificultades. Al final le cantan una canción con una bonita letra, como por ejemplo esta:

«Bienvenido, ya estás aquí, has dado un paso más. No ha sido fácil,

te lo has tenido que ganar. La lucha continuará,

pon de tu parte y camino verás. Nuestra ayuda necesitarás.

Juntos podremos, tú solo no podrás. Comienza a caminar.

Nuestro cariño tú siempre lo tendrás. Hazte sentir y lo notarás.

Rompe tu imagen y date a conocer, y tu meta conseguirás...».

2.2. Encuentros dinámicos

Dos días a la semana se reúnen las personas del mismo sector de trabajo para tener los grupos «dinámicos». Se sitúan todos formando un círculo alrededor de dos sillas separadas, una enfrente de otra, y en ellas se sientan las dos personas que quieren hablarse delante de los demás. Se llama «dinámicos» a estas reuniones por la cascada de vivencias y emociones que se liberan al dar rienda suelta a los sentimientos.

La forma de hablar en estos grupos se solicita por medio de un escrito que previamente se ha dejado en «el cajón de los sentimientos», esa maravillosa caja que guarda entre sus secretos la esencia de la Escuela. En un papel se escribe «de..., para...», y se añade los sentimientos que se quieren confrontar: soledad, ira, miedo, odio... o bien para expresar sentimientos de alegría, acogida, afecto, etc. El educador organiza el encuentro apuntando a las personas que quieren hablar ese día. Se reúnen todos, se forman las parejas correspondientes, y se comienza. Entonces se liberan las emociones y los sentimientos contenidos, cada uno respetando escrupulosamente el turno

de palabra del otro, y al final los dos se reconcilian y perdonan mediante un abrazo. Al terminar la reunión, todos van diciendo brevemente cómo se han sentido y qué les ha parecido el grupo dinámico, es decir, se autoevalúan y evalúan a los demás.

Así es. Para eliminar tensiones, como si se tratase de una válvula de escape ideal, existe este práctico sistema que permite «llevar» al otro para decirle a la cara los sentimientos personales. Permite a todo residente solicitar la confrontación con cualquier persona, sin que esta otra persona reciba aviso previo. El efecto catártico es excelente, porque el grupo a continuación toma en su mano las riendas de la situación para ayudar al interesado a aclarar con calma su problema o sus sentimientos, que también pueden ser de alegría. Este procedimiento acerca muchísimo a las personas, porque las posibilita llegar a ser íntimas en la medida en que llegan a conocerse a fondo.

Cada residente «saca» a aquel a quien desea decirle a la cara, mejor a los ojos, aquellos sentimientos que ha tenido con él por alguna actitud o conducta particular: «Quiero llevar a tal persona», le dice cualquiera al educador que dirige el grupo. Naturalmente el terapeuta también puede «llevar», e incluso puede «ser llevado» por cualquiera de los miembros del grupo. Cara a cara, sentados en dos sillas enfrentadas, uno habla o grita o se enfurece o chilla o llora (o todas a la vez) al otro, quien en su mudez solo puede escuchar sin apartar su mirada de quien le increpa. Mientras sucede esto, los demás corifeos inclinan la balanza de la justicia sobre alguno de los argumentos que expone y, mientras habla, le susurran ideas –más leña al fuego– para que saque todos los impulsos reprimidos, todas las tensiones acumuladas, todos los sentimientos ocultos. Pero cuando termina de hablar se cambian los papeles. Ahora le toca hablar al otro y escuchar al primero, en la misma actitud que aquel mantuvo con este.

Se trata de madurar en el autocontrol emocional hablando de los sentimientos propios, no de los demás: «yo he sentido…»; «me he sentido…»; «no he sentido…»; «no me he sentido…». Abrirse a los demás y darse a conocer cómo es cada uno y lo que siente. Respetar y pedir disculpas y perdón. Saber perdonar a las personas con las que se han tenido roces a lo largo del día o de la semana. Revisar y tratar de aclarar situaciones y sentimientos personales. En suma, superar el miedo de enfrentarse con la verdad de uno mismo (respetarse) y con la verdad de los demás (saber respetar). Lo que dice este joven al respecto lo podrían suscribir todos: «ahora veo mis complejos y miedos, he sentido miedo a la soledad y ahora me conozco mejor a mí mismo, todo esto se siente en el centro, es muy duro, la Comunidad no fue un paraíso…».

La escenificación de un encuentro dinámico de sentimientos más o menos sigue este guion: abre la reunión el educador con una pregunta sobre cómo van al grupo y todos van diciendo brevemente su estado de ánimo: «nervioso, pero con ganas de “echar” un buen grupo», es la tónica general. Empieza quien lleva a otro diciéndole alguna conducta o aspecto negativo (o positivo) que ha vivido con él, lo que le ha dolido (o le ha agradado), etc. En el caso de sentimientos negativos le dice a la cara lo que ha sentido con su acción o actitud, normalmente de humillación. Y después, cuando se ha desahogado todo lo que ha querido, le reconoce algún aspecto positivo o se da cuenta de que su intención era buena, o simplemente le pide una reconciliación pública, es decir, un

abrazo. A continuación le toca al otro su turno de réplica. La misma dinámica de cosas negativas y cosas positivas que ha sentido con su compañero, a quien también pide una reconciliación. Ambos se ponen de pie y se dan un sincero abrazo. Le toca el turno a la pareja siguiente. A veces la emoción suelta las lágrimas, que corren por las mejillas y afloran con facilidad. Al final de la reunión el educador pregunta cómo se siente cada uno, y todos van diciendo brevemente su estado de ánimo, que suele ser elevado y reconfortado: «estoy muy lleno»; «hay un buen clima en el grupo», etc.

Lo mejor es escuchar directamente a los protagonistas. Cosas parecidas a las siguientes se dicen a la cara con toda normalidad y con total sinceridad:

«Me he sentido humillado con tu conducta del otro día, X. Con desconfianza hacia ti. Machacado. No me he sentido ayudado. Me sentí engañado contigo, me dio rabia de mí mismo, no me sentí escuchado, no me sentí respetado, que me dio odio [gritándole: odiooo...]. Me duele mucho, estoy harto de mí mismo, he estado buscando la soledad, me he sentido solo, incapaz de pedir ayuda, he sentido vacío, lo veía venir y me he dejado llevar, rabia de lo mal que me he sentido...

[Pausa, inflexión, cambio de voz y tono]

(...) Pero lo bien que me he sentido ayer por la mañana, cuando te acercaste a mí y me dijiste cuatro palabras de ánimo; no sabes cuánto me ayudaste, X, cuando me dedicaste unos segundos; no sabes la fuerza que he tenido para luchar, para tirar adelante todo el día. El ánimo que me diste (lágrimas)…».

Otro joven, a quien su terapeuta había desclasado[3]

esa semana y había impuesto una «línea de soledad», es decir, sin rol en el grupo (sin reloj, sin bolígrafo, sin ninguna responsabilidad, obligado a pedir permiso hasta para ir al aseo...), «llevó» a su terapeuta. Así fueron sus intervenciones:

[Gritándole] «Rabiaaa. He sentido profunda rabia. Me he sentido solo, muy solo todos los días que llevo desclasado. Que me da miedo, miedooo... de verme de nuevo en

la calle, soledad de verme fracasado. Pensando en abandonar todo. Un inútil, impotente

de mí, frustrado. Solo. Solooo... [chillando]. Me ha dolido mucho. Impotente, vacilado, provocado por ti. He sentido que te odiaba, y que no veía ayuda por ningún lado. Soledaaad...

[Inflexión, cambio de tono de voz]

(...) Pero ahora reconozco que has pretendido ayudarme. Me duele mucho hacerte daño. Te pido que me perdones, y me sigas ayudando. Que me está haciendo bien este desclasamiento».

Réplica del terapeuta:

«A mí también me ha dolido muchísimo verte en esa soledad. Yo sé lo mal que se pasa ahí. Me duele ver cómo te has sentido. Me ha costado mucho ponerte el desclasamiento. Que soy una persona como tú, y que yo también he tenido muchos complejos, como tú ahora, pero quiero que sepas que por encima de todo te quiero [lágrimas]...».

Otra mujer joven, se expresa así:

respetada ni comprendida. He sentido que no soy capaz de llevar esto adelante. Yo con esto no puedo. Esto puede conmigo. Agobiada de tanto trabajo [ahora los demás susurran por lo bajo: “trabajar y trabajar, agobiada de trabajar, tanto trabajar ¿para qué?”]. Confundidaaa [gritando]. Sin saber lo que tenía que hacer. Impotente. Frustrada. Mucha rabia. Desvalorada. Con el interés que puse en lo que me habías mandado, y lo mal que me sentí. Estoy hundida. Muy sola. Perdida. Yo poniendo de mi parte y tú sin comprenderme….

[Inflexión]

(...) La verdad es que luego hablé contigo y me sentí valorada. Llena. Muy cerca de ti, y te quiero. Ahora me siento ayudada por ti».

Respuesta:

«También a mí me ha hecho sufrir mucho verte agobiada. Me siento orgulloso de ti y de mí; y que te quiero ayudar…».

Otro joven:

«Me he sentido utilizado por ti. Utilizado porque tú te llevaste los honores a costa de mi trabajo. Impotente. Que no me respetabas. Me he sentido violento y muy agresivo. Solo. Manipulado. Muy agobiadooo [gritando con rabia]. Muchas veces solamente veo exigencia y exigencia. Aquí solo he venido a trabajar y trabajar. Me siento provocado. Inferior. Porque no soy capaz de mandar. Tú eres más nuevo que yo en el Centro y mandas a la gente mejor que yo. Me siento perdidooo... Tengo iniciativas y no sé qué hacer con ellas... [llorando]

[Inflexión]

(...) Pero ahora me siento ayudado y cercano a ti. Te pido que me sigas hablando y poniendo las cosas claras».

Otros sentimientos como los siguientes, dirigidos al terapeuta-educador, se pueden escuchar en este tipo de encuentros:

«Me he sentido inferior, impotente, rabioso, frustrado. Me dolió mucho el desclasamiento. He sentido miedo, soledad, vacío. No me lo creía cuando me desclasaron. Ahora ¿qué hago yo? Antes ya me habían desclasado por lo mismo. A estas alturas y no haberme dado cuenta de mi actitud. Inferior. Ciego. Bloqueado. Sin saber cómo pedir ayuda. Rabia de haber fallado por lo mismo. Sin darme cuenta. Me siento muy hundido. Inútil. Solo. Un día y otro solo. Solooo... [gritando]

[Inflexión]

(...) La vergüenza que me ha dado. Pero ahora reconozco que me ha ayudado mucho este desclasamiento. Estoy viendo las cosas positivas, y me he sentido querido porque he visto que te costó tomar esa decisión».

Respuesta del terapeuta:

«A mí me dio mucho miedo tomar esa decisión. Me duele mucho que te empeñes en querer ser perfecto delante de mí. Yo te quiero como eres, con tus fallos, no como un ser perfecto...».

Hemos dicho que el cajón de los sentimientos es también el lugar para llevar las alegrías, las gratitudes, los pequeños o grandes descubrimientos de dicha y felicidad que

cada uno va haciendo en su vida. Un joven, a quien cambiaban de sector de trabajo ese día y ascendían a coordinador, «llevó» a cuatro personas (una de ellas el educador), los cuatro a la vez. No pudo contener las lágrimas durante sus intervenciones. Y a los demás les pasó lo mismo:

«Me duele mucho tener que abandonar el sector –les dijo–. Llevo aquí con vosotros desde que llegué a la casa, cinco meses, y ahora me siento muy confuso y dolorido. Tengo mucho miedo al cambio. Ahora mismo estoy bloqueado, como cerrado. Os pido que me sigáis ayudando. Que me vengáis a ver en mi nuevo sector, a preguntarme cómo estoy…, que os quiero mucho a los cuatro».

Y dirigiéndose a cada uno de forma personal:

«Me he sentido muy valorado y querido por ti, W. Siempre he estado muy a gusto contigo, quería ponerme a tu lado y te he buscado para estar cerca de ti».

«Contigo, J, lo he pasado muy bien. Siempre compartiendo los problemas. Contándonos todo. Me has ayudado mucho».

«Y tú también, B. Me has ayudado muchísimo. Lo mal que lo hemos pasado juntos tantos ratos, y cómo nos entendíamos».

«Me he sentido muy comprendido y escuchado por ti, X (el educador), siempre apoyado por ti, y nunca me he sentido rechazado».

Respuestas:

W: «Ayudado, comprendido, apoyado. Me duele verme separado de ti. Me llegan mucho todas tus cosas».

J: «Siempre me he visto reflejado en ti como en un espejo. Hemos estado codo con codo tanto tiempo. Tantos buenos y malos ratos juntos. Ahora que te vas me doy cuenta de lo mucho que te quiero».

B: «Lo bien y a gusto que me he sentido contigo. No quiero separarme de ti. Que me acuerdo de ti desde cuando estábamos en el colegio juntos. Que cuentes con todo mi apoyo cuando salgamos de aquí y siempre».

X: «Ahora recuerdo cuánto me dolió aquel retroceso tuyo. Me recuerdas lo que yo era cuando llegué aquí hace bastantes años, como tú ahora. Me acuerdo del que llegó y del que ahora está aquí (lágrimas)...».

Abrazos y lágrimas, afecto,... todo sucede durante un corto espacio de tiempo. Después de expresar con esa libertad sus sentimientos más íntimos todos salen francamente confortados. La vida triunfa sobre la muerte. Y así siempre, porque todos, tarde o temprano, pasan por situaciones semejantes. Para muchos residentes resulta muy difícil, sobre todo en los comienzos, la expresión pública de sus sentimientos; representan el riesgo de la confianza profunda. Mostrar pena y desnudez, llorar ante un grupo, es convertirse en vulnerable ante los posibles ataques de los demás, es ponerse en sus manos. Pero cuando una persona ha pasado por esa valentía, cuando comprueba que nada desagradable le ha sucedido, cuando no se encuentra sola en aquella situación, la unión del grupo llega a ser extraordinaria y el afecto resulta fácil de expresar y de aceptar. Estos «dinámicos», en fin, donde las personas experimentan la libertad de expresar sus sentimientos hablando y callando, gritando y chillando, llorando y riendo, tienen una

función catártica espléndida y son el desahogo natural de la presión constante que ejerce el Centro sobre todo el mundo. Sin violencia y sin insultos se permiten las palabras más llanas y expresivas a la hora de defenderse, donde no hay «contratos» secretos con los participantes, ni con los educadores, ni con ninguna autoridad salvadora exterior.

Algunos profesionales de la ayuda describen esta catarsis liberadora diciendo que la auténtica valentía consiste en atreverse a hacer preguntas difíciles, en mirar a la cara del otro el vacío y sentir los imponderables, en atreverse a experimentar la increíble vulnerabilidad del ser humano. La cobardía, por el contrario, consiste en ocultar lo que vemos solamente para hacer la vida más simple. Hoy día la psicoterapia defiende la oportunidad de gritar o «desbloquear la voz» en los grupos terapéuticos, medio arcaico y fundamental de expresión y de comunicación, porque ayuda a liberar tensiones ocultas. Se sostiene, en definitiva, que gritar al otro a la cara sentimientos de rabia contenida aporta un beneficio provechoso, ciertamente siempre que no se abuse de esta técnica. 2.3. Encuentros estáticos

Determinados grupos y reuniones que se mantienen todas las semanas en la Escuela pretenden expresar vivencias personales sin más, sin muchas réplicas ni confrontaciones.

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