La Escuela de Comunidad o Internado es la casa de una familia muy numerosa[2]
. En ella no se usa internet, ni teléfono móvil, ni se ve televisión de forma habitual, ni se usan dispositivos de tipo evasivo que entorpecen el crecimiento personal. Igual que en Daytop Village la televisión era considerada «un pasatiempo estúpido y bastante nocivo» (Durand-Dassier 1994, 59), en nuestra Escuela tampoco hay tiempo para perder. Estamos en un hogar donde la vida laboriosa y ordenada fluye sin grandes cosas, donde cada uno tiene sus responsabilidades y derechos, y donde todos pretenden formar parte de una gran familia. Normalmente es un edificio amplio, a las afueras de la ciudad, donde conviven 60-80 personas; con un ala reservada para mujeres en la proporción de uno (mujeres) a cinco (hombres).
Cuando se ingresa en este centro, y después de firmar un nuevo contrato redactado en presencia de los padres o acompañantes, al nuevo residente se le enseña la casa y se le asigna un «hermano», que será la persona encargada de acompañarle durante las primeras semanas de su permanencia en ella.
Observemos que la palabra hermano se emplea en la Escuela de Sentimientos con total naturalidad para designar a cualquiera. Se distingue de la palabra «camarada» en la medida en que coloca el acento sobre la confianza, la fidelidad y la fe mutuas, y la intimidad compartida. Aquí, las personas se llaman por su nombre y no por el apellido. El apellido hace referencia a la estirpe, pero no hace personas individuales. Y lo mismo sucede con la palabra familia para designar a todo el centro. A la voz de «¡familia!», dicha por el director del centro o el terapeuta encargado para dar un aviso o para dar la palabra a alguien, inmediatamente todo el mundo guardará absoluto silencio en señal de atención y respeto.
En efecto, es digno de resaltar la buena educación y el buen tacto de los residentes a la hora de escuchar en la discusión y la confrontación: «Perdona, ¿has terminado ya?». «¿Puedo hablar ya?». «¿Me permites la palabra?». Estas formas educadas, exquisitas, de pedir y tomar la palabra en la Escuela permiten a todos hacerse escuchar, aseguran el respeto de los demás y producen el sentimiento de que a uno se le tiene en cuenta como persona. Son formas correctas de intervenir en una conversación, que se echan en falta con frecuencia en programas televisivos, por cierto, donde el espectador asiste a debates donde no se sabe escuchar ni pedir la palabra con respeto.
Otro aspecto educativo muy interesante proviene del sentido de preocupación por los demás, del cálido acercamiento hacia el otro, cara a cara. La implicación en la guía de los
demás es una actitud formativa muy profunda porque compromete a toda la persona. Es posible que el éxito de nuestra Escuela descanse en el sincero acercamiento y calor – amor, en el sentido de caritas– que reina en ella. Aquí la persona, cuyo nombre y apellido así como su pasado y sus problemas conoce todo el mundo, cuenta con la
condición de miembro de una familia, de pertenencia. En este ámbito la sola presencia
provoca el intercambio y las implicaciones de persona a persona, es decir, aquí todo está en función de posibilitar situaciones dialógicas de encuentro. Es, en definitiva, un hogar «ambitalizado» por quienes lo habitan, por personas que hacen realidad lo que decía Heidegger de que primero es habitar y después construir la casa, y no al revés.
También llama la atención la exquisita tolerancia con que se tratan temas de deporte, política o religión. Aquí estos temas apenas tienen importancia, al menos no trascienden el fuero interior de las personas, porque ciertamente no interesan al buen funcionamiento de la Escuela. En todo caso, las actitudes de tolerancia y de respeto revelan un alto grado de madurez y educan en la aceptación de los demás independientemente de sus gustos personales y opiniones, es decir, actitudes básicas para la convivencia social. Todas estas características, en fin, ayudan a configurar lo realmente importante en la Escuela de Sentimientos: el crecimiento personal de todos y cada uno de sus integrantes.
Mientras en la sociedad la importancia personal se suele cifrar en dinero y poder, en el Centro es la estimación como persona lo que cuenta. El espíritu de competición toma la forma de autocompetición, es decir, de competición consigo mismo y sin rivalidad con los demás. Es frecuente que alguien pida perdón en público a toda la comunidad por una falta cometida. Ello indica interiorizar y admitir que todavía uno es demasiado infantil para gozar de la confianza de los demás, sobre todo si a uno le han nombrado jefe o coordinador de algo. Aquí no se busca el poder por el poder: el cargo es vivido como un servicio a los demás, no como un fin para sí mismo. Un residente veterano percibe que lo realmente importante no es el poder ejercido sobre los otros, sino su crecimiento como persona. Una relación paternalista y unilateral no es objetivo digno de alguien que está en camino de llegar a ser adulto.
La jerarquía organizativa está en función de la evolución personal o rehumanización de la persona, que la llevará a asumir progresivamente lugares de trabajo con mayor responsabilidad. La jerarquía de los trabajos refleja la «ancianidad» o antigüedad de los residentes, pero sobre todo tiene que ver con la participación activa en la conducción de la casa, es decir, con trabajos de creciente responsabilidad. Ello moviliza las mejores capacidades y las íntimas aspiraciones de cada persona, en un camino de claridad y de honradez en la superación de perezas e hipocresías, y en la construcción de unas relaciones transparentes entre los compañeros y los educadores.
Cuando la persona llega desde la Escuela de Acogida se le asigna la categoría profesional de «trabajador». Después pasará a responsable, luego a supervisor, después a coordinador y, finalmente, ascenderá al rango de «anciano». El rango de estas categorías es inferior a los profesores-terapeutas y al director, y, según el nivel de trabajo en el que se encuentre cada uno, así se tendrán más o menos derechos y deberes. Lo de menos son los nombres de estas categorías, lo que realmente importa es la persona que las
encarna.
Además, la Escuela de Comunidad está dividida en sectores o lugares de trabajo: cocina, comedor, lavandería, mantenimiento, jardinería, animales, enfermería-farmacia, secretaría, área cultural, y «el punto» (meeting point); y cada sector de trabajo, al frente del cual se encuentra un profesor-terapeuta, lo componen ocho o diez personas de todas las categorías profesionales citadas. El trabajo se convierte en un medio ideal para fomentar la autodisciplina y la responsabilidad de la persona con el cumplimiento de unos objetivos que repercuten en toda la comunidad. Pero no es un fin en sí mismo. El fin siempre es la persona, no el trabajo. La tarea debe ser sobre todo un instrumento de superación y desarrollo personal. Además, a lo largo de varios meses prácticamente todos los residentes pasan por todos los sectores, adquiriendo así una buena cualificación laboral para añadir a su currículum vitae. Por ejemplo, todos han de pasar por «el punto». El meeting point, o lugar de control de entradas y salidas de los residentes de la casa, y recepción de las personas que la visitan, es también el lugar donde cada uno comunica el sitio donde se halla en todo momento mediante un práctico sistema de tablillas que se intercambian según el lugar adonde se va.
Las obligaciones de cada uno están muy organizadas y supervisadas. Nadie puede salir de su trabajo a no ser por causa justificada, ni distraerse, ni hacer el vago, puesto que eso puede provocar una llamada de atención mediante lo que se llama un «reclamo personal» (R.P.). Cuando alguien es confrontado o avisado por una actitud negativa y no la cambia, entonces el educador, o incluso algún compañero del mismo sector de trabajo, puede darle un R.P. Es una llamada de atención que consiste en dejar momentáneamente el lugar donde se está trabajando, salir a un espacio más abierto (al pasillo, al comedor, o al jardín, etc.) y a distancia de un par de metros, de frente y mirando a los ojos, decirle – más bien gritarle– un breve discurso sobre su conducta o comportamiento que tiene que cambiar. Es una llamada de atención fuerte, para hacerle caer en la cuenta de su actitud pasiva o irresponsable. Así lo justifica un residente:
«Nosotros llega un momento en que no entendemos con formas amables. Nos dicen las cosas varias veces y pasamos. Ahora bien, cuando alguien te mira a los ojos, te grita y tú no puedes dejar de estar enfrente, es más fácil que escuches y te pienses lo que se te dice».
Reparemos en que la vida diaria de la persona no está dividida en tiempo libre y tiempo de trabajo, sino más bien en diversas actividades vividas en grupos diferentes y de estructura flexible. Aquí todo es un continuo. La noción de trabajo es superada de alguna manera por un sentido global de lo que se hace, ya que tiene tanta importancia observar un comportamiento responsable durante el tiempo de descanso o la comida como durante el trabajo. La vivencia del tiempo así entendido forma parte esencial del programa educativo de una manera natural.
Por lo demás, la información circula libremente por la Escuela porque en ella no existen secretos. Por otra parte hay una permanente movilidad, casi por obligación, mediante actualizados cambios en los servicios, frecuentes promociones o regresos al escalón final, sea cual fuere el puesto que se está ocupando. El objetivo es no dormirse,
no tomar determinadas costumbres estables o instalarse en una situación cómoda.
Pensemos, por ejemplo, en la rehumanización de una persona que dejó los estudios muy atrás, o que pasó cinco, seis o diez años en la calle sin hacer nada de provecho, incluso en la cárcel. No es fácil empresa porque necesita aprender casi todo de nuevo, y es necesario volver a enseñarle casi todo. Su vida en el centro hace que ocupe numerosos puestos de trabajo de creciente responsabilidad, y si retrocede en la importancia de sus funciones no es por causa de una impresión momentánea o de un juicio general, sino por la valoración directa de su comportamiento inmediato. Hacer mal el trabajo que a uno se le ha encomendado compromete la responsabilidad del interesado en relación con la casa entera en la medida en que esta sufre (poco o mucho) por ello.
La autoevaluación de su comportamiento diario, su autovigilancia, le permite comprobar sus propios progresos y su grado de responsabilidad. Estamos aquí lejos de las pedagogías y las psicologías directivas, en la medida en que cada cual toma plenamente a su cargo su propia evolución personal. Este criterio «comportamental» único del centro tiene la gran ventaja de que permite al grupo la distinción entre el comportamiento concreto y la persona. Se condena el pecado, no al pecador. Se condena el error o el mal comportamiento de uno, no a su persona, y esto es fundamental como pertenencia a la Escuela y como señal de respeto incuestionable a la identidad personal.
Uno de los pilares de esta educación rehumanizadora está en la autoayuda. «Ayúdate, para que te pueda ayudar», decía Don Bosco con frecuencia a los jóvenes exdelincuentes a los que él educaba. Si se niega la libertad personal, si se diluye la asunción de la propia responsabilidad, entonces no tiene lugar ni la ayuda ni la autoayuda. Por eso aquí la vida de cada uno, ayudado por los demás y autoayudado por uno mismo, es una continua lucha de superación personal. Cada uno es responsable de su vida, y por eso cada uno se autoevalúa continuamente. Decir: «espero echar un buen día»; «me he sentido bien esta mañana y ahora espero me vaya bien la tarde», etc., es un ejercicio responsable de propósito de mejora. La persona no entra en un dinamismo de crecimiento personal hasta que no es capaz de formular que la principal dificultad es uno mismo. Aquí un joven puede llegar a afirmar con la más profunda de sus convicciones: «la liberación de mis esclavitudes llegó el día en que mi padre me echó de casa». Esta afirmación solo puede brotar en momentos de sincera autoevaluación, y revela un alto grado de madurez alcanzado ya.
Efectivamente, aquí las personas ya dicen de sí mismos lo que antes les decía el monitor en la Escuela de Acogida: «me creo estar en posesión de la razón», «no me paro a pensar y me encierro en mi idea», «me siento solo, escapo de mí mismo», «voy a escondidas de todo el mundo», «siempre huyendo, siempre escondiéndome, siempre ocultando y ocultándome, siempre viviendo con la mentira y la pillería», «huyo de los problemas», «antes no sabía darle nombre a mis sentimientos», «me pongo la careta», «somos cobardes, impotentes para cambiar, venimos de un mundo en el cual no nos hemos respetado ni hemos sabido respetar a los demás», etc.
Este autoconocimiento de su verdad, desnuda, en buena medida es la esencia de una terapia educativa que podemos resumir en el eslogan «ayúdate para que te ayudemos».
Todo el proceso de rehumanización trata de que la persona sienta, piense y actúe por sí misma, es decir, que sea de verdad persona, no que dependa de conductas adictivas, ni de nadie (personas negativas), ni de Instituciones (la propia Escuela o Centro), ni de ninguna otra esclavitud existencial. Tal vez uno de los mejores aportes de la psicoterapia rehumanizadora sea el axioma de que solo uno mismo, ayudado por los demás, puede
cambiar su vida.
La confianza en los demás se da cuando hay afecto auténtico, imprescindible para avanzar en el proceso de maduración personal. Cuando se va de alta una persona y le despiden sus compañeros de la Escuela de Comunidad, muchos le dirán lo mal que se lo ha hecho pasar en algunos momentos durante aquellos meses de estancia, pero a pesar de todo, y porque ha sido exigente con afecto, le dirán en público y con total sinceridad: «te quiero mucho»; y el interpelado responderá inmediatamente: «y yo».
Es preciso, en efecto, distinguir muy bien el auténtico del falso afecto. Para hacer continuamente ese ejercicio sutil hace falta, como diría el matemático y filósofo cristiano Blaise Pascal, «finura de espíritu».
El ser deshumanizado por cualquier causa, como una tumba dentro del cementerio de la calle, vive solo en la jaula de su esclavitud existencial. Paradójicamente la esclavitud de su deshumanización rellena también su vacío afectivo: vive por ella y para ella. Por eso mientras en la calle ocupaba el lugar principal su vida solitaria, ahora en el Internado queda reducida prácticamente a nada. Por ejemplo, solo se permite fumar en determinados sitios y en determinados momentos del día, puesto que la comunicación es permanente.
Nuestra Escuela busca «crear» tiempo de presente, no de pasado ni de futuro. A una persona esclava de sí le es tan inútil vivir instalada en un futuro imaginario como vivir anclada en alguna fase de su vida pasada: cuando yo me crié, me casé, era más joven, cuando no consumía, cuando salga de aquí... En realidad, ni el recuerdo doloroso del pasado ni la ensoñación «loca» del futuro llevan a ninguna parte. Un buen ejemplo lo tenemos en la patética figura de Lady Havisham, que describió Charles Dickens en su novela Great Expectations: sentada en su habitación, vestida de novia varias décadas después de que la dejó el novio, su monumental cobardía no la dejaba enfrentarse a la vida como es; vivía puras ensoñaciones e inútiles mentiras en su caverna, en sus fantasías respecto a cómo podrían ser las cosas.
Aquí nadie vive ocioso, ni tiene tiempo de ficciones futuras ni pasadas que alejan de la realidad. Aquí la persona se cura cuando aprende a vivir a fondo el momento presente, su momento presente. El tiempo real del que verdaderamente dispone a lo largo de su jornada, donde entra en las profundidades de su ser a través del laberinto de su identidad personal. Y como se trata de hacer experiencias personales, el tiempo es un factor decisivo, puesto que para crecer es preciso encontrar el propio ritmo de vida. Una sola verdad bien asimilada en una situación comunitaria, es decir, de afecto auténtico envolvente, pleno de sentido, abre a todas las demás casi sin apercibirnos de ello.
Cuando era esclava de sus pasiones la persona solo ansiaba colmarse de impresiones y sensaciones placenteras inmediatas, pero esas sensaciones se desvanecen y los mismos
momentos de goce se diluyen pronto en el tiempo inexorable del reloj. Ante la condición efímera del momento se esforzaba por repetir sin pausa la dosis necesaria para mantener la impresión de que el goce no pasaba. Pero todo su esfuerzo era en vano porque las sensaciones no perduran. Su actitud la podemos comparar a la actitud del «hombre inmediato» que describió magistralmente S. Kierkegaard, en La enfermedad mortal (1849): un ser que no conoce otra dialéctica que la de lo agradable y lo desagradable, que se enlaza inmediatamente deseando, anhelando, gozando, pero en definitiva siempre egoísta, como le pasa al niño cuando está diciendo «para mí».
Por lo demás, observemos también que en este hogar cada cual trata de ayudar al otro cuando ve que este atraviesa un periodo de depresión, sobre todo cuando aparece el terrible síntoma de la desesperanza: el miedo a volver a la vida esclava anterior, a la deshumanización pasada, pensamiento por el cual todo el mundo pasa alguna vez. Sin embargo, lo precario y lo frágil tienen también un efecto positivo educador y terapéutico muy considerable: intensificar las relaciones mutuas entre personas que comparten los mismos objetivos y las mismas normas. Ello empuja a una vigilancia más cuidadosa en relación con el propio comportamiento, puesto que este, de alguna manera, compromete la existencia misma de la casa. Y además lleva a cada uno a hacer respetar las normas del grupo, dada la relación de estrecha interdependencia que hay entre todos.
Cada uno vigila su propio comportamiento y debe evitar cualquier violencia verbal y cualquier vulgaridad. Debe volver a colocar en su lugar cualquier objeto desplazado, sea él mismo o no el responsable del desorden: manchas en el suelo, ceniza de un cigarro, una prenda de ropa caída del tendedero... Pero las nociones de ayuda y de autoayuda se desarrollan hasta el extremo de que nadie en la Escuela se abstiene de hacer una observación a cualquiera con la intención de ayudarle a rectificar su conducta equivocada.
Cada persona es un maestro y un terapeuta sin debilidades para con el otro, al que considera como su «hermano». La jerarquía de la casa únicamente es funcional, no separa a las personas. Todos pueden decir lo que piensan de los demás, incluso de manera vehemente (en su lugar y momento apropiados, como veremos), sea cual fuere su posición jerárquica. Los enfrentamientos son públicos y todo el mundo puede tomar posición. Los interesados se lanzan a fondo porque arriesgan la estimación de su «hermano» y su propia reputación. Cada persona toma en su mano su propia liberación pero pide (necesita pedir) ayuda al otro.
Cada persona da al conjunto la imagen de un hormiguero activo, donde cada uno se