«El mejor monumento a una obra es ella misma» (V. Frankl).
uperado el tiempo de crecimiento personal en el internado, la Escuela de Comunidad se viste de fiesta para dar la despedida a algún residente que ha completado su formación. Casi todas las semanas hay en el centro un día festivo y alegre por la despedida: uno solo, o dos, o alguna persona más, se despiden del resto de compañeros. Toda la familia reunida en un gran círculo, de pie, los más cercanos e íntimos van diciendo y expresando sus sentimientos. Después, si la emoción deja, los que se marchan dan las gracias: «Me siento muy lleno y os quiero a todos», es la expresión que más se repite, casi letánica, llenando de sentido el tiempo y el espacio de la Comunidad. Al final entonan todos juntos una hermosa canción de despedida, como por ejemplo esta:
«A ti te canto hoy esta canción, para que cuando la escuches, te acuerdes un poquito de mí.
Tú te irás y no te veré en largo tiempo. Pero tu recuerdo será mi única alegría.
Cuando te digo adiós sentiré muy dentro,
que algo mío se me va, y me queda un hueco dentro.
Es un tiempo en el que estaré muy solo, pero tu recuerdo será mi única alegría. Esperaré tu regreso con la esperanza,
de que al volver tu amistad será más fuerte y mejor.
Cuando te digo adiós sentiré muy dentro,
que algo mío se me va, y me queda un hueco dentro».
La meta está más cerca. Ahora se pasa a una nueva Escuela llamada Reinserción, última etapa de esta formación y este proyecto de crecimiento personal rehumanizador, en régimen de externado o abierto. Suelen ser tres-cuatro meses más de convivencia, vividos desde el mundo de los valores que se han adquirido, donde la persona empieza a insertarse plenamente en la sociedad. Ahora se colabora con más intensidad en la Escuela de Acogida, como monitor de un grupo, dando testimonio a quienes empiezan de que es posible volver a ser persona, compartiendo gratuitamente los valores que se han adquirido gratis. Se vive y se trabaja ya en el propio hogar familiar, se empiezan estudios académicos o se busca trabajo remunerado, se empiezan nuevas amistades con gente positiva. Poco a poco, la persona se va alejando de la Escuela hasta quedar solo en una reunión o grupo de encuentro semanal o quincenal. En este centro escucharemos cosas como esta:
«El objetivo que persigo aquí es sentirme persona, y que me traten los demás como persona. Yo soy muy sensible y necesito tener gente que me comprenda, me escuche y me ofrezca su confianza».
«En la Acogida y en la Comunidad he encontrado que era persona. También aquí en Reinserción espero encontrarlo, y ahora me siento capaz de recibir y de ofrecer mi apoyo
a otros que lo necesiten».
«Pienso que el gran objetivo de esta Escuela es ser admitido por la sociedad como otra persona nueva, y no estar marginado. Deseo integrarme, tener novia, trabajo, esperanza de sentirme un hombre útil, cuidar de la casa y la familia, realizarme como persona...».
La persona, la persona, la persona… siempre está presente la persona.
Pero a lo largo del proceso, junto con los avances hemos visto que se dan retrocesos. También ahora en la etapa de Reinserción. Un momento típico de retroceso, por el que pasa ahora todo el mundo y que luego se integra como crisis de crecimiento, es el miedo a encontrarse solos en la sociedad, y sin gente cercana a quien contar la vida y los problemas cotidianos. Como de hecho no se suelen tener amigos positivos anteriores, las personas ahora corren el peligro de idealizar la amistad que han aprendido en la Escuela. ¿Y después?
Aunque es cierto que, después de adquirida esta formación, la mayoría tiene muchas ganas de afrontar el mundo, y son conscientes de que esta experiencia debe servirles como orientación y guía para desenvolverse en la sociedad y no como un estado en el que permanecer toda la vida, lo cierto es que todos en mayor o menor medida pasan – hacia el final de su formación– por el sentimiento de apego a esta gran familia que les ha dado a luz de nuevo y les ha devuelto a una vida con sentido. Ahora sienten con fuerza la nostalgia por la vida creadora que han llevado con otras personas en su misma situación, y con los que han anudado estrecha amistad. Es la crisis de crecimiento de toda separación.
A lo largo del tiempo vivido en la comunidad-internado se hace hincapié en la lucha contra cualquier dependencia que se pueda crear en esa situación de mayor protección. Sin embargo, la llegada al centro de Reinserción supone un momento de ansiedad, como en todas partes. Se trata de una nueva oportunidad en la vida para dar un paso más hacia el crecimiento personal que tanto se busca, ahora en condiciones de menor protección. Por eso aquí también hay tres fases temporales de autocrecimiento progresivo: A, B y C.
En realidad estas tres fases expresan momentos de la vida real que empiezan por la superación de los miedos normales debidos a la falta de control, a pasar parte del día fuera de casa, a la necesidad de tomar iniciativas, a tener que administrarse su dinero, a reanudar relaciones familiares y amistosas abiertas, experiencias que la persona vive ahora de forma muy diferente porque ahora tiene nuevos valores.
Efectivamente, la salida de la Escuela de Comunidad y su paso a esta última y definitiva etapa es ocasión de ansiedad y conmoción, pero vivida como un momento de madurez y paso a una existencia de más madurez. La reinserción no es solo una verificación de los aprendizajes adquiridos hasta ahora, sino un paso más en el crecimiento personal en condiciones de menor protección y mayor contacto con la realidad. Las tres fases de esta etapa expresan momentos temporales de la reinserción en la realidad social, empezando por la superación de los miedos iniciales, hasta encontrar trabajo remunerado o completar los estudios, etc., y, en definitiva, hasta tener una autonomía efectiva y plena en su vida personal, familiar y profesional.
En la primera Fase (A) la persona aún vive en régimen de internado de lunes a viernes. El fin de semana se cierra el centro. Así se pasan aproximadamente otros dos meses, porque la persona, sobre todo al principio, experimenta un fuerte choque con la sociedad. Han sido muchos meses de su vida reciente vividos con intensidad, de destierro voluntario de la sociedad. Ahora es preciso volver a la sociedad, pero la sociedad sigue siendo la misma de antes.
En el primer mes se hace una revisión general de todo lo vivido: «¿cómo me veo?, ¿cómo me ven los demás?, ¿cómo me ve la familia ahora?». Y se hace un compromiso revisable. En esta fase todavía el horario personal se hace y se revisa en el centro: horas de salida y de entrada, etc.
En la segunda Fase (B) se vive ya plenamente en el domicilio personal. Ahora el horario de vida se fija con la familia, no con la Escuela. La persona estudia, o trabaja, o busca trabajo, y solo acude al centro dos tardes a la semana –normalmente lunes y viernes– para tener reuniones de grupo. Grupos de familia, por ejemplo, donde cada uno expone lo que vive ahora con su familia, lo que pasa ahora en su casa, o lo que hace ahora en su entorno social. En general son grupos de encuentro sobre temas variados: la programación personal de vida, la autoevaluación, la violencia-agresividad, etc.
Por último, llega la tercera Fase (C) donde la vida personal se vive con plena autonomía. Ya no se hacen programaciones, ni horarios, ni grupos temáticos... Solo se asiste a una reunión quincenal, es decir, a un grupo de encuentro entre amigos donde cada uno cuenta cómo le va en su nueva vida. Cómo le va en la familia, en la Universidad o en la Academia, en el trabajo, con las nuevas amistades, etc. Es cierto que todavía se busca mucho apoyo y opinión de la Escuela, pero la última decisión de cualquier cosa ha de tomarla cada uno personalmente.
Este centro, como parte de una Escuela global, sigue siendo un hogar organizado y ordenado, que implica de las personas participación y compromiso. Ahora las situaciones nuevas a las que se enfrenta cada uno en su vida crean sentimientos de miedo y dudas, que necesitan confrontarse también en grupos de encuentro. En los grupos temáticos, por ejemplo, cada uno contesta por escrito e individualmente una serie de preguntas, y después se reúnen con un profesor-terapeuta para comentar y confrontar sus opiniones. También se tienen encuentros mixtos con varias familias, etc.
Cada lunes hay grupos de encuentro para hablar sobre el fin de semana pasado, donde se revisa y comparte lo vivido, donde los guías orientan y ayudan a analizar los sentimientos suscitados en las relaciones y dirigen el comportamiento en base a las nuevas responsabilidades de que se disfruta. Se trata de seguir creciendo bajo menor protección. Se pretende que las motivaciones y las acciones nazcan del interior de las personas, desde dentro, y no tan dirigidas como antes en la Escuela de Comunidad.
Ya vimos que en los momentos iniciales se da una crisis personal. De nuevo es una distancia de perspectiva para dar a luz a esa persona nueva que poco a poco quiere abrirse a la sociedad que le vio nacer hace mucho tiempo. En verdad el paso de Comunidad a Reinserción es bastante fuerte: al principio se producen muchas situaciones nuevas y dificultades. Hay miedo a regresar al pasado. Un momento clave en esta etapa
es el paso a la Fase B, fuera del centro, porque suele producir una gran ansiedad el querer conseguir toda la madurez de forma rápida. Es decir, cuando se comparan deseo y realidad se produce la frustración. Aquí la labor educadora principal se basa en el apoyo y reafirmación de los valores adquiridos, apelando a la capacidad de cada uno para equilibrar su ansiedad y sus miedos, y a su responsabilidad.
Inicialmente, cuando entraron en la Escuela, muchos deseaban exclusivamente desengancharse de forma rápida de su dependencia esclava, pero no pensaban en crecer como personas porque no creían en su dignidad personal, y, desde luego, ni se imaginaban que el proceso fuera tan duro. Los testimonios que podemos recoger, a este respecto, son convergentes:
«Entré en la Escuela de Acogida de cara a mis padres. Solo quería quitarme el ansia de la droga y la esclavitud de encontrar dinero como fuera».
«Fui a esta Escuela porque mi familia me hizo “chantaje” y me quitaron a mi hija hasta que me rehumanizara».
«Entré obligado. Luego veía que iba ganando cosas valiosas, como la familia y amigos».
«Ahora tengo amigos positivos que he conocido por medio de una parroquia. Un cura de esa parroquia conocía este Programa y fue quien me llevó a él. Por entonces, cuando estaba en la calle, yo no creía nada de la religión. Aunque aquí se habla de uno mismo, no de Dios».
«Me ha costado más volver a la sociedad que hacer el Programa, porque aquí lo tenía todo: cariño, amistad... Lo más difícil en la sociedad es ser tú mismo, mantener tus gustos, no dejarte arrastrar. A veces me falta mantenerme firme y tener un carácter más fuerte».
En general, quienes llegan a esta etapa de Reinserción no es previsible que tengan crisis graves, y continúan aprendiendo en virtud de una elección libre y seria. De hecho saben vivir en el centro, pero temen el mundo exterior. Y es lógico. Aquí el segundo y tercer estadios de su rehumanización están pensados para acostumbrarse a un mundo hostil en el que el otro no ayuda, más bien es competitivo, donde en muchas ocasiones no se nos tiene en cuenta y donde la honradez profunda y la verdad no son fáciles de encontrar.
Es, si cabe, una etapa más dura porque la persona sufre un fuerte desengaño: ha cambiado de vida, ha aprendido mucho y bueno en su vida, pero los demás apenas. Amigos, trabajo, familiares... la sociedad es la de siempre. El «choque» es tan fuerte porque en su entorno anterior más o menos todo sigue igual que hace dos años; es decir, la calle sigue siendo la calle, la sociedad sigue siendo la sociedad, y esta constatación ahora se hace muy dura de llevar. Por eso decimos que todas las personas necesitan hacer esta formación.
Más o menos, así trascurre un grupo de encuentro en la Fase inicial (A). Cada uno va haciendo una revisión del fin de semana pasado, una revisión de su horario personal: cómo ha cumplido o no lo que se había programado. Cuando hay algún aspecto puntual criticable los demás le confrontan. Por ejemplo, llegar tarde a casa y no avisar por
teléfono a los padres: «Como siempre he hecho lo que he querido ahora me cuesta mucho entender que hay que hacerlo así». Otra conducta criticable: «Entré en un bar en el que debía dinero desde hace dos años y me he sentido muy mal»; y el grupo le confronta: «¿Y no se lo devolviste? ¿Por qué no has ido de frente al dueño y le has restituido lo que es suyo?», etc.
Se habla de saber decir «tu verdad» a la gente nueva que te presentan: no ocultar tu antigua condición si se presenta la situación propicia. Primero para protegerse a sí mismo, y segundo para que le respeten a uno los demás como es en su totalidad. También se puede preguntar por el mejor momento y el peor momento del fin de semana. Por último, se termina pidiendo un compromiso concreto para el fin de semana siguiente.
He aquí el talante de otro grupo de encuentro ahora en la Fase final (C), muy distendido y afable. Comunican sus relaciones familiares, con los padres, esposa/o, novia/o, hijos..., sus nuevas relaciones en el trabajo, su salud, sus nuevas amistades. Una persona que había pasado ocho años de su vida en la cárcel dirá que «es peor cárcel estar metido en la droga que estar entre rejas». Este hombre tenía un hijo de nueve años a quien no conocía, a quien tuvieron recogido unas monjas en una casa de tutela, y ahora quería hacerse cargo de él. Otra persona, de raza gitana, que vivía en un barrio de frecuente tráfico de estupefacientes, da testimonio de que se puede salir de la droga incluso viviendo con ella a la puerta de casa y viéndola correr por delante de las propias narices. Naturalmente todo esto lo transmite a los nuevos jóvenes que llegan a la Escuela de Acogida.
El conjunto de vivencias sinceras y profundas imperceptiblemente ha ido creando entre los residentes unos lazos de amistad muy fuertes. Tan fuertes que terminan conociéndose muy bien y anudando amistades para toda la vida, e incluso algunos, después de superada su etapa de formación, llegan a iniciar relaciones de pareja estables. Pero antes han tenido que pasar por la graduación oficial.
La graduación
Al final de este largo proceso educativo espera la graduación. En nuestra Escuela los graduados no son «sujetos restaurados», ni «individuos rehabilitados» según un modelo previo, ni son clones. Son personas singulares rehumanizadas. Son persona, sin más. Personas libres, cada una con sus características, que tienen en común principios y valores nuevos, y sobre todo el empeño de seguir creciendo y madurando como personas. Incluso es preciso ir más allá y afirmar que son más persona que otras muchas «personas normales». De modo que la sencilla filosofía de la rehumanización que propicia este lugar ideal, sirve para acompañar en el camino de la vida a cualquier persona caída por la causa que sea, y en el grado que sea, pero que lucha por adquirir una nueva vida sin manipulaciones ni engaños.
Unos seis u ocho meses después de terminar su formación en la última etapa o Escuela de Reinserción (Fase C), el alumno obtiene su graduación. La graduación, o alta terapéutica definitiva, se vive con gran alegría, como en una fiesta. Esa alegría que
«anuncia siempre que la vida ha triunfado» (Bergson), o como diría Dante en La Divina
Comedia «pura luz intelectual llena de amor, amor del verdadero bien henchido de
júbilo, júbilo que supera toda dulzura» (Paraíso, XXX, vv. 40-43).
Para hacernos cargo existencialmente de lo que es sentir una gran alegría habría que preguntárselo a quienes, por ejemplo, han vivido en un campo de concentración y un día tuvieron la dicha de ver a sus libertadores, como le pasó a Viktor Frankl. Es decir, es preciso preguntar a alguien que estuvo muerto y volvió a la vida, alguien que tuvo en sus manos todas las razones para desesperar y suicidarse, como ese cura evadido de los campos de concentración nazis que dijo «vuelvo del infierno», y no acabó con su vida porque incluso en esas circunstancias supo encontrar el sentido de pensar antes en los demás que en sí mismo.
Esta experiencia profunda de alegría de liberación radical es comparable a la que experimenta el alumno de nuestra Escuela cuando llega el momento de su graduación, porque ha salido de la esclavitud del egoísmo profundo –eso es deshumanización– y ha encontrado de nuevo sentido a su vida. Por eso es muy bello asistir a una graduación. Pero nadie piense que es, dentro del programa educativo de la Escuela, algo extraordinario. Es un acto sencillo, pero intenso de emociones contenidas, eso sí.
Lo primero es una entrevista individual que mantiene la persona que ha «vuelto a ser persona» con el Director de la Escuela. A lo largo de esta entrevista hace un repaso de su trayectoria por el programa en las distintas etapas, a la vez que contesta algunas preguntas que previamente ha reflexionado en casa y las trae pensadas y respondidas, incluso por escrito.
Así transcurre una de estas entrevistas, un día cualquiera: «Pregunta (P): ¿Tú crees que te has ganado este paso?
Respuesta (R): Creo que sí. Me ha costado mucho. En el Centro de Comunidad entré de lleno cuando hice el primer grupo estático. Recuerdo que sentí mucha vergüenza de mí mismo...
P. ¿Qué cambios crees que hay en ti?
R. Ahora no puedo ni mirarme en una fotografía anterior de mi época de negativo. P. ¿Cómo vives la comunicación con tu mujer y con tus hijos ahora?
R. Entre alta y muy alta. Yo le pondría un ocho sobre diez. P. Valora tu responsabilidad. Valora tu amor gratuito.
R. Mucho mejor. Pero creo que tengo que seguir trabajando estos valores durante toda la vida.
P. Tu postura ante el alcohol.
R. Me da mucho miedo. Equivocamos el camino buscando la felicidad donde no está…
P. Ahora –le dice el entrevistador– te voy a hacer una última pregunta que puedes no contestar: ¿Quién es Dios para ti?
R. Yo no sé si Dios existe. Pero estoy seguro de que, si existe, Dios es Amor...». Después de esta entrevista individual a continuación se mantiene otra con su familia delante. Todos van diciendo el cambio que han visto en su hijo, marido, padre, cuñado,
hermano... A los hijos –en el caso que comentamos era padre de dos hijos de 10 y 14 años– también se les pregunta qué cambios han notado en su padre. La sorpresa salta a la vista del observador cuando dicen con toda naturalidad lo que ellos han cambiado en este tiempo, no su padre, sino ellos personalmente.