Afortunadamente la persona esclava de sí, por su condición de ser-para-el-encuentro, es capaz de despertar su rico mundo de sentimientos dormidos, es decir, es capaz de amar, de sentir alegría o pena verdaderas, como cualquier persona. Pero tiene que reconquistar el terreno perdido en su vida pasada, y por eso las reuniones o encuentros frecuentes para revisar el espacio de la afectividad y los sentimientos son esenciales en la Escuela. Cuando la persona estaba deshumanizada generaba «mecanismos» de autodefensa para destruir los sentimientos y no sentir, levantaba muros delante de sus ojos, igual que cuenta Viktor Frankl en otra situación similar de esclavitud: «en la mayoría de los prisioneros la vida primitiva y el esfuerzo de tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo llevaba a un abandono total de lo que no sirviera a tal propósito, lo que explicaba la ausencia total de sentimientos en los prisioneros» (1993, 42). La rehumanización va a derribar esas autodefensas fortificadas.
El mundo sentimental de cualquier persona es un estado interior que tiene una cualidad vivencial positiva o negativa, y no podemos saber a priori qué ruta seguirán o qué camino escogerán nuestros sentimientos. La pena y la tristeza afloran con naturalidad en la Escuela. Aquí la persona recuerda perfectamente la tristeza que sentía cuando estaba en la calle, sola, y aquel mundo lo vivencia ahora como un pesar y un dolor interior de desolación, aflicción y pesadumbre, pena. No solo es una tristeza debida a factores externos como una sustancia, que se curaría con relativa facilidad con el tiempo, como las heridas del cuerpo, es más bien una tristeza profundamente vital que experimenta como vacío interior, como un estado del alma invadida por la falta de afecto. Siente el sentimiento de la falta de sentimiento, a veces tan intenso y de tal profundidad que se identifica con la frase «no puedo estar más triste», y con el terrible pensamiento de creer que «ya no puedo salir», sentimiento de angustia mortal que destruye pero no mata, como muy bien definió S. Kierkegaard la desesperación: una enfermedad que bloquea la vida del espíritu pero no extingue la luz de la conciencia.
Por el contrario, cuando hay esperanza de superar la desesperanza afloran pronto los sentimientos de alegría. Por fortuna, la persona en vías de rehumanización que se educa
en nuestra Escuela experimenta sobre todo el sentimiento más provechoso para su alma: la alegría. Efectivamente, aunque no exenta de sufrimiento, la alegría y la satisfacción interior ahora son su estado afectivo cotidiano, como consecuencia de todo lo positivo que va descubriendo en su nueva existencia. Es el resultado de vivir conforme a una actitud permanente de encuentro con los valores, que, en definitiva, da sentido a su nueva vida. En contraste con su vida pasada en la calle, en la Escuela experimenta ese proverbio sueco que dice que «una alegría compartida es doble alegría, y una pena compartida es media pena». Sobre todo es capaz de discernir la verdadera alegría del placer por el placer, experiencias vitales que se diferencian polarmente. La relación entre el «placer de calle» y la «alegría del hogar» es semejante a la diferencia entre una hoguera fugaz y una brasa permanente. Antes su placer era superficial, pasajero, instantáneo, inmediato. Ahora su alegría es profunda, relacional, duradera, porque afecta a las aspiraciones más íntimas de su persona.
Para entender este mundo arcano de alegrías y tristezas, quizá nada mejor que escuchar el siguiente relato, vivo retrato de una existencia marcada por la experiencia de los sentimientos más íntimos. Es la vida de una mujer contada con el corazón en la mano, en un encuentro estático un día cualquiera, donde podemos ver espléndidamente encarnados los sentimientos humanos más universales. Una joven mujer, madre de dos hijos, que llevaba dos meses en la Escuela comunitaria y era la primera vez que hablaba en este tipo de reuniones. Comenzó diciendo que estaba muy nerviosa, y luego lentamente empezó a contar su vida desde que conoció a su marido, sus relaciones de noviazgo, sus inseguridades a los 18 años, su desconfianza y temor a quedar embarazada, las reuniones con unos amigos a fumar cannabis en su apartamento...
«Al principio, cuando le conocí, él fumaba hachis y yo lo veía normal. Tuvimos una relación, mi primera relación, y me quedé embarazada. Sentí miedo y dejé pasar el tema, como creyendo que no iba conmigo. Se lo negué a mi madre, que me lo notó. Sentía miedo de verme sola, tirada a la calle, y por eso se lo negaba. Experimenté sentimientos de vergüenza y de hundirme en la miseria. Tenía mucho miedo a verme rechazada. Recuerdo que cuando se enteró mi madre, por la hermana de mi marido, lloré todo el día. Lloré de impotencia. A partir de ese día sentí desconfianza con mi familia, agresividad, fracaso, porque detrás de mi novio me lo echaban en cara. Entonces yo era muy joven.
Me casé a los cuatro meses del embarazo. Ahora siento dolor y rabia, impotencia al recordar cómo fue mi juventud: me casé de calle, mi familia me decía que no podía casarme de blanco, tampoco di un banquete normal y lo celebramos en mi casa. La verdad es que ese día fui feliz, pero después todo aquello se desvaneció y empecé a sufrir. Nos quedamos viviendo en la casa de mis padres, en una habitación que nos prepararon para los dos. Pero la convivencia pronto fue muy difícil. Los comentarios de unos y otros y yo en medio, impotente de todo. La familia de él tampoco me gustaba, su hermana era muy cotilla y hablaba mal de la gente. Mi madre tiraba hacia sí, pero al final me fui a vivir con mi marido a casa de su hermana, que se había quedado viuda con dos hijos. A mis 19 años, metida en una casa pequeña y sucia, todos los días quitando
“mierda” a la casa de mi cuñada y a los hijos de mi cuñada. Muchas veces sentía asco y odio de mí misma.
Él empezó a llegar tarde por las noches, y hasta arriba de alcohol. Discutíamos. Yo intentaba decirle que aquello no era vida, pero me daba miedo y no se lo decía. A veces le chillaba por los roces que teníamos con su hermana. Discutíamos y después él quería “arreglarlo” en la cama. Luego yo sentía impotencia y asco. Se gastaba todo el dinero en bares y yo le echaba la bronca en la casa. Las discusiones eran cada vez más violentas: él me hablaba agresivo y yo le devolvía las palabras más agresivas, igual de violenta o más que él. Me sentía hundida y fracasada. Le intentaba decir algo y me dejaba con la palabra en la boca: se iba al bar y yo muerta de rabia. Ese día peor que el anterior, y el día de mañana peor que el de ayer; así se me quitaban las ganas de intentar hablar con él serenamente. Sentía mucha impotencia.
Me quedé embarazada del segundo hijo. También, por aquel momento, empecé a trabajar y, con el dinero, se suavizó un poco la tensión con su hermana. A partir de entonces yo empecé a salir por las noches con mi marido, a acompañarle a los bares y a no dejarle solo. Pero su hermana ya no nos soportaba en su casa por las horas a las que aparecíamos, etc., me cerraba las puertas con llave, me retiraba hasta los muebles. Recuerdo que, estando embarazada de mi segundo hijo, no tenía ni siquiera sillas para sentarme, y tenía que planchar la ropa de rodillas en el suelo “para no manchar”...
Cuando nació el niño, aquella noche tuvieron que ir a buscar a mi marido porque estaba de juerga. Me sentí muy sola y muy dolida. Llegó al hospital borracho. Lo pasé fatal, y después se lo dije como pude. Volvimos a casa con el niño y volvieron los problemas. Él llegaba a las tantas. Yo le hablaba agresivamente: sacaba imagen y no le decía la soledad en la que vivía. Continuamente me sentía provocada por él, me dejaba llevar por el odio. Sentía un infierno por dentro: utilizada, engañada..., y no se lo podía decir. Un sentimiento de impotencia total».
En ese momento de su relato, absorta en sus pensamientos con la mirada fija al frente, las lágrimas por sus mejillas y todos los demás escuchando en absoluto silencio, el terapeuta educador se dirigió a ella con voz grave para provocarla sentimientos de rabia:
«Te tenía agobiada, M. No te respetaba. Te usaba como a un objeto y ahora le lloras. Te manipulaba, te trataba como a un mueble, te utilizaba en la cama después de las discusiones. ¡Como un trapo de usar y tirar...! y ahora le lloras. ¡No te respetes, llórale…! [con fuerza] ¿Qué sientes, M.?».
«¡Rabiaaaaa...!
Entonces me planteé –prosiguió su relato– separarme de él, irme a la casa de mi madre. Cuando ya estaba en trámites legales de divorcio, él me pidió perdón de rodillas y por favor que no le dejase, que iba a cambiar... Le creí y volví con él. Lo que yo no sabía entonces es que aquello iba a empeorar todavía más. Conocimos a una pareja que estaba enganchada, y empezamos a consumir. Recuerdo mis primeras rayas de cocaína. Yo trabajaba de lunes a viernes, y por las noches y los fines de semana nos poníamos bien de droga. A los pocos meses de consumir empecé a sentirme físicamente fatal, pero yo no sabía que aquellos dolores eran efecto del síndrome de abstinencia. Un día me
ofreció “mierda” para aplacar el síndrome: “Ponte esto y verás como no se parece en nada a lo que has probado hasta ahora”. Él me puso la primera inyección de heroína en vena, y aquello, efectivamente, me pareció mucho mejor que todo lo anterior. Recuerdo que ese primer pinchazo me lo ofreció, y me lo puso, el día de mi cumpleaños».
Como una voz en off se escuchó al terapeuta repetir incisivo, casi con crueldad: «¡Menudo regalo de cumpleaños, M!» [pausa larga… silencio].
«Ahora –continuó– ya estábamos los dos enganchados y aparentemente más unidos que nunca. Unidos por la droga. Los niños se los llevó mi hermana, y ya no volvimos a verlos. Él me decía que para qué íbamos a verlos en aquel estado, total para unas pocas horas... El resultado es que no volvimos a verlos. Ahora estábamos los dos fuertemente enganchados. Empezamos a vender en nuestra habitación. Y yo ya no le dejaba solo para nada. Por él y por mí. Nos necesitábamos mutuamente para suministrarnos. Empezamos a robar los dos, porque no teníamos dinero suficiente para ponernos. Ahora sentía miedo de todo. Y todo terminó en tragedia. Un fracaso total. Mi vida hecha una ruina. Él cayó preso en la cárcel. Yo cometí un robo y, cuando él salió de la cárcel, al poco tiempo me metieron entre rejas a mí. Poco después él se puso una primera sobredosis en la calle. Le recogieron en el hospital, se recuperó, le dieron de alta médica pero al día siguiente volvió a ponerse. Me vino a ver a la cárcel. Los días pasaron y yo soñaba con él. Un día soñé que se había muerto… Y, efectivamente, así sucedió. Una mañana llegó una funcionaria de la prisión a darme la noticia, y antes de que me lo dijese tuve una intuición y se lo anticipé yo. Así me enteré de la muerte de mi marido. Y yo entre rejas, sin poder hacer nada por él. Totalmente impotente. Un profundo miedo. Me echaba la culpa de su muerte. Me sentí hundida. Vacía. Muy sola.
¡Rabiaaaa! [gritando]».
«¿Qué le dirías ahora, M.? –intervino de nuevo el educador–. Imagina que X está aquí, delante de ti, y puedes hablarle ahora».
«Ahora, X –contestó M. sin moverse–, te diría que no me he sentido respetada por ti. Solo manipulada, provocada, agredida. Ahora me siento muy sola, con mucho miedo. Me has hecho mucho daño. Pienso que no me has querido, solo has mirado por ti. Me has hecho daño hasta el día de tu muerte. Fuiste un cobarde, sin saber afrontar las dificultades de la vida. Todavía me siento manipulada por ti, como si desde el otro mundo todavía dependiera de ti. No vivo ni de noche ni de día. Pero a partir de ahora, todo esto se acabó. Te dejaré para siempre fuera de mi recuerdo. Todo lo que no he hecho contigo, a partir de ahora lo haré en mi vida. Te dejaré para siempre a un lado. Dejaré el fantasma de tu imagen que se proyecta sobre mí como una sombra alargada. Todo este tiempo he estado confundida por ti, confundida en mis sentimientos. He tapado muchos sentimientos, y no he querido afrontar la realidad. Ahora comprendo que he estado equivocada y manipulada por ti... A partir de ahora se acabó…».
Este impresionante relato existencial, que se puede escuchar en la Escuela de Comunidad en un día cualquiera y en una reunión cualquiera, encierra tal profundidad antropológica que seguramente aporta mayores conocimientos sobre el ser humano que muchos tratados sistemáticos de filosofía o psicología juntos. ¿Qué decir de la libertad?
¿De qué o de quién somos esclavos? ¿Está el ser humano programado irreversiblemente por su genética o su «circunstancia»? ¿Hasta qué punto? ¿La verdad y la mentira son meros nominalismos, o meras ideas? Sobre el amor ¿qué tipos de amor y de odio existen? Y la comunicación y la relación ¿qué pensar de la fidelidad, la confianza y la fe en los demás? ¿Existe la pura soledad de la incomunicación? ¿Y la amistad? Y sobre la
esperanza y la desesperación, ¿no se descolocan tantos tópicos? El testimonio de una
sola persona como esta, que lucha así a brazo partido por salir de su antigua esclavitud, posiblemente nos acerca al conocimiento de la naturaleza humana mucho mejor que cientos de horas de estudios teóricos en nuestras Facultades y Universidades.
Observemos cómo esta joven mujer, con estudios primarios, ahora sabe utilizar a la perfección el verbo manipular. Las personas esclavas de sí mismas han vivido tan en sus carnes la manipulación que cuando logran rehumanizarse saben que no es digno vivir en ese estado de permanente engaño. Lo más profundo del ser humano, porque es «imagen y semejanza de Dios», está en su dignidad. De ahí proviene el rechazo radical de verse tratado como un objeto. Ahí radica el profundo respeto debido a su condición de realidad personal no cosificable. Con nuestra manía cientificista catamos solo al homo mensura, al hombre desfigurado, rebajado del nivel personal y transformado en «cosa», determinado por procesos materiales o sociales, por reacciones químicas o mecánicas. Pero ese no es el hombre. El hombre y la mujer son persona.
Cuando una persona se hace adicta y mantiene relación de pareja con otra adicta, en principio se siente segura, pues piensa que al menos no será abandonada. Cree que la otra persona la necesita, y para no ser abandonada tolerará todo tipo de abusos y falta de respeto debido a que necesita desesperadamente estar con alguien cómplice. Lo mismo sucede con cualquier otra conducta esclava o deshumanizante compartida en pareja. Por eso la rehumanización se dirige preferentemente a abordar las relaciones personales auténticas y la necesidad de experimentar el amor auténtico. Y a elevar la autoestima. Si de verdad queremos hacer algo por las personas deshumanizadas, hemos de ayudarlas a desterrar su creencia irracional de que son indignas y han de conformarse con ser tratadas mal.
Contrastemos ahora el caso de esta mujer y su relación de pareja, con el no menos asombroso relato que cuenta Viktor Frankl a propósito de un diálogo imaginario que mantuvo con su joven esposa cuando estaban separados en Auschwitz, y veremos con claridad que la auténtica libertad se expresa en el encuentro que no depende de la cercanía-lejanía en el espacio y el tiempo, ni acontece por la mera vecindad corporal, sino que brota de las experiencias de sentido; o como diría Richard Bach «ningún lugar está lejos» si tenemos deseo y voluntad de estar al lado del ser amado aunque vivamos separados por miles de kilómetros de distancia, y, al contrario, dos personas pueden vivir juntas bajo el mismo techo y no encontrarse nunca.
«Mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer –escribe Frankl–, a quien vislumbraba con extraña precisión... Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y
más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad si contempla al ser amado» (1993, 45-46). Y en la página siguiente proclama así la victoria del amor sobre la muerte: «Ni siquiera sabía si ella vivía aún. Solo sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante... Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante» (47).
Por el camino del amor siempre podemos avanzar, ir más lejos. El ser amado desaparecido físicamente por la muerte, pero más vivo y presente en el ánimo de su amante que antes, lo demuestra. Como el de Viktor Frankl, también fue el caso de Gabriel Marcel (Cañas 1998, 58s.), y el de tantos pensadores que nos han transmitido su vivencia apasionada de esta realidad.
Pero volvamos a poner los pies en el suelo. De alguna manera misteriosa la condición del ser humano es errar, tropezar en la misma piedra una y otra vez. La persona puede recaer. Es más, nos atrevemos a decir que a veces necesita recaer.