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DISABLED STUDENTS Programs & Services

In document CLASS SCHEDULE. Spring 2015 (Page 38-40)

Al ingresar en la Escuela de Acogida la primera palabra que aprende la persona es la palabra «encuentro». Los grupos de encuentro constituyen el fundamento relacional y terapéutico más importante de la rehumanización, sobre la que descansan todos los programas y, en definitiva, la Escuela de Rehumanización entera. Porque, sin lugar a dudas, aquí todo el trabajo educativo está enfocado hacia la comunicación y el encuentro entre las personas.

Durante esta primera etapa, los grupos de encuentro se articulan en tres niveles llamados Orientación, Intermedio y Precomunidad, a los cuales van accediendo las personas a través de su trabajo diario y su responsabilidad crecientes. En el primer nivel o grupo de Orientación, los temas a tratar se centran en las dificultades que la decisión de dejar la antigua adicción puede ocasionar a la persona esclava de sí misma, y a la vez que se presta ayuda y solidaridad se fortalece el sentimiento de pertenencia a un grupo. Uno de los objetivos principales de este primer nivel es iniciarse en el mundo de los valores y la creatividad.

Normalmente el grupo está reunido cuando entra un nuevo aspirante. En el momento adecuado, y para no romper la dinámica de la reunión, se van presentando. Los demás le dicen brevemente algunos datos personales y, en general, palabras que le ayuden y faciliten la integración en el grupo. Pero no solo se presentan sino que deben intentar ya

encontrarse de verdad con él. Pensemos que el recién llegado en estos primeros días

suele sentirse muy mal a causa de la renuncia a la «comodidad» del mundo que acaba de dejar.

El primer día que entra en el grupo el monitor indica a alguno de sus compañeros que le expliquen los «empeños». Los empeños son trabajos cotidianos habituales de una casa, pequeñas responsabilidades que rara vez asume la persona en su etapa adictiva. Suponen para el recién acogido las primeras dificultades porque no suele encontrarle mucho sentido levantarse a tiempo para llegar puntual al centro, hacer su cama, barrer la cocina, fregar la vajilla que utilice o colocarla en el lavavajillas, etc., y mucho menos

realizar el «zafarrancho» o limpieza especial los fines de semana, durante varias horas, de su habitación o de alguna parte de su casa.

Después de conocer la obligación de hacer estas tareas el recién llegado empieza a aprender la dinámica del grupo, que se basa en la confianza a la hora de expresar sus sentimientos, su estado físico, sus dudas y temores. Durante las dos horas que dura esta reunión algunos, o todos, van contando cómo han pasado el día anterior, si hicieron bien los empeños, o si les ocurrió algo especial, y mientras uno habla los otros pueden confrontarle. La confrontación consiste en preguntar a uno sobre lo que ha dicho, para hacerle ver algo que debió hacer o no, siempre con el ánimo de hacerle pensar sobre sus actitudes para ayudarle. Incluso se pueden confrontar conductas fuera del grupo, en el pasillo, donde se habla de cosas que preocupan, porque eso ayuda a conocerse mutuamente y a practicar la comunicación, algo en principio bastante desconocido para un ser esclavo de sí mismo.

Confrontar es dialogar con veracidad sobre cualquier conducta o situación por la cual uno se siente mal. Es decirle al otro que uno se siente mal por algo, asumiendo siempre que la responsabilidad de ese sentimiento es personal. Cada uno es responsable de sus sentimientos, y no puede culpar a los demás de cómo se siente, pero es importante que se lo haga saber al otro así como que le pida lo que necesite para sentirse mejor.

El candidato que entra en esta Escuela de Acogida pronto debe aprender e interiorizar una serie de conceptos de significado particular, que después utilizará frecuentemente a lo largo de todas las fases del programa educativo. Por ejemplo, el concepto de «contrato» es el pacto entre dos o más personas para ocultar algo mutuamente. O el concepto de «aceptación», que se refiere a intentar caerle bien a otra persona para buscar contrato con ella, etc. Estas palabras y estos lenguajes, que proceden de una rica experiencia educativa, los manejan las personas con envidiable soltura desde el primer momento.

En definitiva, el grupo de Orientación es la base inicial del programa rehumanizador: si la persona conecta bien desde el principio en este eslabón inicial, donde se trabaja casi exclusivamente los empeños (y, si es el caso, sobre desintoxicación de alguna sustancia), está más garantizada su permanencia en el centro y su liberación total. Pensemos que para la mayoría de estas personas esto ya es un gran logro. Y en todo caso después de conocer el programa educativo que le espera la persona decidirá con más conocimiento quedarse o marcharse.

Quienes han evolucionado positivamente a lo largo de estos primeros meses pasarán al grupo llamado Intermedio. Aquí, sin abandonar la revisión de las responsabilidades personales que fueron el objetivo principal en el primer grupo de Orientación, comienzan ahora a compartir problemas personales relacionados con su familia, sus motivaciones, etc. A menudo se les recuerda que tienen que hablar de sí mismos, de sus miedos e inseguridades. Ahora la persona comienza a descubrir su mundo interior y se da cuenta de que es un desconocido para sí mismo y para los demás, que vive con una máscara permanente, una imagen defensiva que solo le sirve para aislarse y le impide crecer y ser ayudado.

apto para estar en un nivel superior. Y cuando pide «paso de grupo», si el monitor y los terapeutas piensan que está preparado, le enviarán a este grupo después de examinarle y aprobarle el porqué de su petición.

Nada más llegar al grupo Intermedio debe hacer una autovaloración de su vida próxima anterior, es decir, una especie de lista de faltas donde escribe y revisa lo que ha hecho mal en el grupo de Orientación: si recayó en su adicción o conducta adictiva, si tomó alguna vez algo de drogas, si robó algo, si tuvo contratos o aceptaciones secretas con otras personas, etc. Esta lista la leerá en público, y en público los demás le confrontarán.

Superados estos dos niveles, de Orientación e Intermedio, se llega al último nivel llamado grupo de Precomunidad. En este grupo de encuentro se prepara a la persona para pasar a la Escuela de la Comunidad o internado propiamente dicho. Ahora se trabaja sobre las actitudes y los sentimientos más a fondo, y se observa ya un gran cambio desde que ingresó, tanto en el aspecto exterior como en los pensamientos respecto a su familia, a la Escuela y hacia a sí mismo. Los miembros de Precomunidad ya pueden tener responsabilidad en el centro, es decir, supervisar tareas como el orden del local, dejar cerradas puertas y ventanas al final del día, limpieza general, etc. Al tener una responsabilidad la persona siente que hay otras personas que confían en ella, y que su trabajo es importante. El mayor grado de responsabilidad adquirida en esta etapa le permitirá ir y venir solo al centro, sin necesidad de que le acompañe su seguimiento, lo cual indica que se acerca pronto la entrada en el internado de la Comunidad.

Además de estas reuniones formativas, en la Escuela de Acogida se realizan otros grupos de encuentro que forman parte importante del programa educativo y terapéutico. Por ejemplo el llamado feed-back: después de la reunión de grupo los monitores informan por escrito de lo sucedido en dicha reunión rellenando unas fichas individuales de cada persona, indicando la actitud y lo destacable en cada caso. Más tarde se reúnen y ponen en común; de este modo se tiene conocimiento del avance o retroceso de cada persona, conductas que se observan en un gran tablón de anuncios situado en la sala de la dirección del centro.

También se imparten «seminarios». Un día a la semana hay una «clase teórica» para las personas de Intermedio y Precomunidad. En estas reuniones se tratan diferentes temas, siempre relacionados con la adquisición de valores, sobre actitudes y necesidades que los terapeutas estén apreciando esos días, u otros temas de interés general para todos. Se imparten de forma «magistral» por uno o varios monitores, es decir, por alumnos que tan solo hace unos pocos meses estaban empezando y ahora enseñan lo que han aprendido a los que llegan nuevos.

Así expresan su paso por la Escuela de Acogida estos cuatro monitores:

«El objetivo del programa de rehumanización es llegar a ser personas maduras. Cuando se empieza a consumir droga se deja de crecer: no sientes dolores físicos ni psíquicos, pero dejas de madurar como persona para convertirte en una marioneta. Al venir aquí tienes la edad mental de un niño de 13 años. Aquí aprendemos a afrontar los problemas diarios y cotidianos, a comunicar. Hay personas que hablan pero no dicen

nada, el drogadicto miente para conseguir la droga porque el suyo es un mundo de mentiras, sin embargo hace falta expresar cómo se siente uno y hablar auténticamente para volver a ser persona».

«Una meta muy importante en la vida es alcanzar una afectividad equilibrada: aprender a querer de verdad a las personas y dejarte querer, hacer un sacrificio por otra persona, hacer algo por alguien. Un adicto es alguien tan egoísta que se pone una dosis aunque sea a costa de la comida de su hijo...».

«Lo que yo persigo ahora es sentirme persona, que los demás me traten como persona. Yo soy muy sensible y necesito que me comprendan, que me escuchen y me ofrezcan su confianza. En la Escuela encontré todo esto, y ahora yo me siento capaz de ofrecer mi apoyo a otros que lo necesitan».

«Este Centro sirve para socializarte con las personas, para hacer amigos de verdad y pasarlo bien sin esclavitudes. Para tener un círculo de amigos positivos. Volver a formar parte de la sociedad de la cual nos separó la adicción. Buscar un trabajo digno en la vida. Formar una familia».

En nuestra Escuela también es importante el éxito personal, primero por la autoestima reflexiva y la madurez emocional de cada uno, y segundo porque con la ayuda de los demás cada persona procede a su propio autocrecimiento. Así cuenta su vivencia este joven:

«Cuando entré aquí, y durante largo tiempo, pensaba que este centro era un paréntesis en mi vida, solo eso. Creía que mi problema eran las drogas, así que si lograba dejar de consumir todo se solucionaba. A pesar de que en mi interior sabía que debía cambiar muchas cosas (hábitos, honestidad, comportamientos...) jamás me creí capaz de conseguirlo. No sabía o no quería reconocer que el problema era yo, no mis esclavitudes. Pero ahora, con 30 años de edad y nueve meses en esta Escuela, me planteo mi vida de otra forma. Es como comenzar de cero. Mis recuerdos adictivos no he logrado arrinconarlos del todo pero sí quiero que no influyan en mi ánimo de seguir adelante. Porque hacia adelante todo lo veo nuevo: nueva forma de afrontar los problemas, las relaciones, las diversiones. Por primera vez en mi vida me siento tan orgulloso de mí mismo que no me producen incertidumbre todas esas cosas. Al contrario, ansío encontrármelas de cara. Me siento como un bebé especial: un bebé que ha podido “elegir un cerebro”. Un bebé adulto que ya no está indefenso, y puede construir un futuro asentado en sólidos cimientos con la ayuda de otro buen número de bebés que le acompañan y que son sus compañeros».

La persona en vías de rehumanización, cuando compara la compañía del encuentro que vive ahora y la soledad en la que vivía antes, comprende de verdad el valor de la relación interpersonal. Antes no traicionaba a sus conocidos inmediatos por puro egoísmo, porque sin ellos no podía procurarse su objeto adictivo. Evidentemente esa no era una relación de amistad auténtica, de persona a persona. En realidad estaba casi completamente aislado y rodeado de competidores de toda clase, siendo él el peor enemigo de sí mismo. Vivía en un mundo de soledad interior, sin lazos afectivos y sin actividad y recompensa fuera de su dependencia, refugiado en un mundo aislado e

impenetrable para los demás. Era en esencia un buscador de placer solitario, un buscador de relaciones egocéntricas consigo mismo.

Lo cierto es que esta soledad le acompaña desde su infancia, porque en la historia personal de todo ser esclavo de sí mismo se cuentan dificultades familiares y carencias afectivas graves, problemas de integración social o escolar, y en definitiva falta de cariño auténtico y de posibilidades reales de encuentro interpersonal. Una residente de la Escuela de Acogida cuenta en este retazo de su niñez, bien sintomático, la falta de verdadero cariño de su padre:

«Cuando era niña mi padre me compraba toda clase de juguetes pero nunca jugaba conmigo. No guardo memoria de ninguna vez que se acercara a mí para hablar de mis cosas o problemas. Por el contrario, sí recuerdo que me llevaba con él al bar, y lógicamente yo allí me aburría en total soledad interior, rodeada de hombres extraños, rodeada de todo menos del afecto auténtico de mi padre...».

Reparemos en el énfasis que pone ahora esta mujer cuando examina la soledad pasada en su etapa infantil. Una de las carencias afectivas más acusadas del ser humano proviene de la falta de pertenencia a alguien. Una persona solitaria radical no tiene auténtica pertenencia familiar, ni grupal, ni social. Su personalidad ha quedado tan diluida que es difícil en esta situación encontrar la identidad personal. A diferencia de algunos animales, el ser humano no está equipado para sobrevivir en la soledad. Necesita del grupo para llegar a la madurez personal. El ser esclavo de sí mismo no tiene la posibilidad de expresarse libremente ante los demás: el prójimo siempre es peligroso para él.

Las escuelas de Acogida tratan este grave problema de la soledad proporcionando al alumno un grupo de pertenencia, donde va a sentirse profundamente aceptado como un ser único en el mundo. Donde las miradas de sus compañeros son de acogida y afecto, no miradas ladronas de intimidades, como en la calle. Cuando dos personas se comunican surge entre ellas un intercambio de emociones en libertad, no solo de informaciones, y entonces existen como personas y se descubren como personas. «Lo mejor del Programa –dirá otro residente– es el cariño de los demás y, sobre todo, que aquí no rechazan a nadie».

Pero su evolución, especialmente en esta primera etapa, es muy lenta y no se alcanza sin retrocesos. El ser humano en vías de recuperación como persona muchas veces tiene la impresión de perder su personalidad y su originalidad, de modo que su cura como persona con frecuencia es vivida por él de manera desgarradora, y no es la carencia adictiva lo que le resulta penoso sino su propia rehumanización; eso es lo que más le cuesta porque es lo más valioso. En realidad experimenta una crisis normal de crecimiento, lo más eficaz y duradero a la larga, pero eso él ahora no lo sabe.

Para comprender este fenómeno tan profundo del crecimiento personal podemos establecer un «triángulo personalista rehumanizador» (Cañas 2008, 228-230), cuya lectura sería la siguiente: para ganar la presencia de la liberación (vértice c) la persona necesita superar el egoísmo y la soledad (vértice a) a través del amor o comunicación auténtica con los demás (vértice b).

Egoísmo (a) --- (b) Amor

En la Escuela de Sentimientos, en efecto, alrededor de cada persona hay otras personas con historias parecidas, con las mismas actitudes y dificultades. Aquí todos se ven reflejados en los demás, unos en otros. Por eso aquí las mentiras son inútiles, entre otras razones porque los terapeutas y los formadores han recorrido antes el mismo camino y ahora tienen la capacidad «absoluta» de discernir la verdad, una habilidad que ejercitan con interés y firmeza para ofrecer ayuda a sus nuevos compañeros. El hecho de tener un problema común tan fuerte como la deshumanización ayuda enormemente al contacto entre el recién llegado y el veterano. Con su ejemplo personal, el educador muestra al recién llegado que el esfuerzo que se espera de él no es imposible.

Lo primero que se tiene al inicio del día es un encuentro breve muy dinámico, donde no faltan unos minutos finales para reír con algún chiste escenificado o cuentecillo gracioso, en una atmósfera de humor sano, sin decir tacos ni obscenidades. Este encuentro para iniciar el día es un grupo de personas grande donde se cultiva la reflexión a base de intervenciones espontáneas y vivenciales, tipo experiencias cotidianas. Por ejemplo un día se trata el tema de la cooperación, otro la honestidad, otro la humildad, etc., y se trabaja luego a lo largo del día o de la semana esa idea. Pensar, sentir y actuar desde la concreción del pequeño detalle el tema o la idea que se ha expuesto.

Después de este encuentro general se pasa al encuentro más personal, en pequeños grupos de 6-8-10 miembros. La dinámica de estas reuniones en grupos más personales consiste primero en comunicar cada uno sus vivencias, sentimientos, estados de ánimo, etc., y luego los demás le confrontan. Le dicen cómo le ven, y al final se hace una ronda de intervenciones para decir cada uno cómo ha visto al grupo, o cómo se siente él en ese momento: «me ha gustado»; «no me siento bien», etc.

Al principio cada uno cuenta los fallos que ha tenido durante el día o días pasados (fin de semana pasado), por ejemplo respecto a los empeños y trabajos que tiene encomendados. Allí se escuchan frases semejantes a estas: «No fregué». «No limpié el polvo». «No lavé la vajilla». «He usado el ordenador sin permiso». «He comido un caramelo que tenía alcohol». «He robado unos cigarrillos de tabaco». «No me he afeitado durante el fin de semana». «Me he “dejado llevar” verbalmente con mi padre». «Le dije una ironía a mi madre». «He despotricado contra los monitores». «He dicho tacos y he insultado»…

Engañar, mentir, rodear, manipular, estar cerrado, dejarse llevar (se emplea mucho esta significativa perífrasis)... son expresiones usuales que le dicen en su cara a quien está hablando. El mundo de la mentira indica que la persona está muy identificada con actitudes de calle, es decir, de mentalidad adictiva y deshumanización. Muy pocos se libran de esta crítica de los demás. Pero es curioso, y bien significativo, la facilidad de los demás para observar la mentira en el que habla y luego no la ven en sí mismos cuando les toca hablar a ellos.

Sucede que ahora la objetividad no es importante porque hay exageración tanto por parte de los confrontadores como por parte de quien recibe las críticas. Los confrontadores exageran las culpas del «atacado», quien a su vez exagera su actitud de

inocencia ultrajada. Pero la dignidad de cada uno siempre queda salvaguardada por el afecto porque se ayuda al otro sin aplastarle, y al tiempo que se le hace ver con claridad la infantilidad de su comportamiento se le tiende la mano. Las exageraciones de los demás sirven para que la persona se enfrente consigo misma, es decir, para autoevaluarse sin hacer trampas. Estos grupos de encuentro son valiosos en la medida en que una persona que está sola no ve con la suficiente claridad lo que está haciendo mal y el grupo

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