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Concluding remarks and policy implications

An industry perspective

5. Concluding remarks and policy implications

Si bien la función original de la Fortaleza de San Juan de Ulúa no era la de presidio, al paso del tiempo la fue adquiriendo, debido la necesidad virreinal de acudir al reclutamiento forzoso de personal, con el fin de evitar el pago de mano de obra de más soldados, haciendo que el presidiario pagara su pena mediante el servicio militar y la realización de trabajos forzados y así retribuyera al estado su manutención y los daños causados por su falta (Montero, 1998: 69).

San Juan de Ulúa era el lugar perfecto para castigar a las personas que no compartían ideologías con los gobernantes de la época o cometían algún delito. Era un lugar de difícil escape, pues estaba rodeada por agua por todos sus francos, los que ocuparon sus mazmorras fueron en su mayoría presos políticos y militares. En ellas se vivía en condiciones inhumanas, eran húmedas, oscuras, insalubres y por demás tenebrosas.

Figura 15. Celdas de la Fortaleza de San Juan de Ulúa.

Aunque este lugar apartó de la sociedad a peligrosos criminales, también albergó a personajes que no merecían vivir en esas condiciones, pues llegaron hasta ahí justamente por sus ideologías revolucionarias a favor de la sociedad.

“…desde la tenebrosa dominación española hasta la Dictadura de Porfirio Díaz, este presidio fue empleado para encerrar en sus cámaras infernales no sólo a los bandoleros y asesinos, sino a no pocos desdichados, víctimas de monstruosas injusticias, y a toda una pléyade de grandes ciudadanos que luchaban por la causa de la emancipación, de la dignidad y la justicia de la comunidad mexicana.” (Martínez, 2009: s/p)

El primer preso que se tiene registrado que estuvo en esta prisión fue el padre mercedario fray Melchor de Talamantes Salvador y Baeza, quien en 1808 pasó una tormentosa estancia en la Fortaleza, la cual terminó al morir en su mismo calabozo el 9 de mayo de 1809 (Ídem). Su encarcelamiento se debió a sus acciones a favor de la independencia. El cuerpo de fray Melchor, el primer mártir de la independencia mexicana, fue sepultado en el cementerio de San Juan de Ulúa y fue hasta ese momento en que se le retiraron los grilletes. Un siglo después, durante la dictadura porfirista, se levantó un monumento en su honor, de no muy grandes dimensiones, dentro la misma Fortaleza.

Otros tres mártires que fueron encarcelados en estos escalofriantes calabozos fueron: el cura de Acayucan bachiller Joaquín de Urquijo, don José Mariano de Michelena y el presbítero don Gregorio Cornide; el primero, por haber pronunciado palabras maliciosas en contra de los irrefutables derechos del Soberano Fernando VII; el segundo, por haber impulsado la primera conspiración en favor de la independencia,

junto con otros patriotas; y el tercero, “por haber sido denunciado por una vieja chismosa como partidario de la causa del Cura Hidalgo” (Ídem).

Posteriormente, en enero de 1812 un grupo de jóvenes veracruzanos fue encarcelado en las mazmorras de San Juan de Ulúa por ser sospechosos de armar una conspiración para tomar el puerto de Veracruz e incluso la Fortaleza. Ellos sufrieron una breve sentencia de seis meses que pudieron haber sido los peores de sus vidas, pues los sometieron a innumerables torturas y una vez cumplida dicha sentencia, los pasaron por las armas frente a una gran audiencia conmovida por ver el fin de estos jóvenes. En 1827, en su honor, se colocó una lápida en la Sala de cabildos del Ayuntamiento de la ciudad, con sus nombres grabados en oro y con la leyenda: “las

primeras víctimas sacrificadas en el Estado de Veracruz por la causa de la

Independencia Nacional” (Ídem).

También en 1812 fue encarcelado en la misma prisión otro joven llamado Antonio Merino quien había venido colaborando con los jóvenes antes mencionados en el movimiento de la independencia. Personaje que también fue condenado a fusilamiento, solo que éste se efectuaría en la misma prisión y por la espalda, como se acostumbraba fusilar a los traidores. Pero esta acción no se efectuó, ya que sus familiares lograron su absolución mediante el pago de dos mil onzas de oro (Ídem). En 1814 fueron encarcelados en Ulúa cuatro ilustres yucatecos: don Lorenzo de Zavala, don Francisco Bates, don Manuel Jiménez y don José Matías Quintana Roo, bajo el cargo de haber protestado públicamente contra la absurda derogación de la gloriosa Constitución española de 1812. Estos fueron encarcelados tres años, durante los cuales se dedicaron al estudio de la medicina y el idioma inglés, sin importar el maltrato y las terribles condiciones de salud en las que se encontraban (Ídem).

En ese mismo año remitieron al historiador y abogado don Carlos María de Bustamante junto con otros patriotas, por sus actividades a favor de la libertad del pueblo mexicano, su liberación fue hasta finales del año 1817. Bustamante fue testigo del encarcelamiento del caudillo don Francisco Javier Mina, quien fue fusilado de inmediato por ser unos de los principales defensores de las libertades humanas. En 1817, antes de terminar su condena, Bustamante también fue testigo del

encarcelamiento de 36 soldados de las fuerzas de don Francisco Javier Mina en un solo calabozo, capturados después de una batalla. Estos fueron tratados peor que criminales, pues después de robarles el poco dinero que llevaban y despojarlos de su ropa, fueron encerrados desnudos en el calabozo, durante todo el tiempo que

permanecieron en prisión estuvieron encadenados, “…se les hizo sufrir los tormentos

del hambre a tal grado, que cuando se les arrojaban algunos huesos con un poco de carne ya corrompida, se los disputaban como perros o fieras salvajes” (Ídem).

Fray Servando Teresa de Mier, después de haber permanecido en las cárceles de la Inquisición por cerca de tres años, fue remitido a San Juan de Ulúa en 1820, a causa de su eliminación del Santo Oficio, en virtud del restablecimiento de la vigencia de la Constitución de 1812 en el Imperio Español.

“…Su permanencia en la Fortaleza se prolongó más de cuatro meses, tiempo que aprovechó para redactar su Carta de despedida a los Mexicanos y a conquistar para la causa de la Independencia a muchos de los soldados de la guarnición, que después de amotinarse desertaron con objeto de unirse a los insurgentes. Por esto fue incomunicado en un calabozo y en seguida embarcado rumbo al destierro; pero en el trayecto logró fugarse en La Habana”. (Ídem)

Tiempo después, tras enterarse de la promulgación del Plan de Iguala y de que el Ejército Trigarante había hecho su entrada triunfal en la metrópoli mexicana, regresó a Veracruz, pero volvió a ser aprendido, esta vez por el General José Dávila. Mier fue puesto en libertad unos meses después, tras el retiro de Dávila del Fuerte de San Juan de Ulúa (Ídem).

Ya en la época independiente, en 1828, el general don Miguel Barragán quien en 1825 consumó la independencia nacional al rescatar la Fortaleza de San Juan de Ulúa de las manos de las últimas tropas, fue recluido en Ulúa, en el mismo lugar que le había dado gloria, por haber colaborado con el Plan de Montaño encabezado por Nicolás Bravo. Posteriormente fue trasladado a la Fortaleza de Perote para luego ser desterrado a América del Sur (Ídem).

En 1853, estos calabozos alojaron al Benemérito de las Américas, don Benito Juárez, quien fue encarcelado por órdenes de Santa Ana, pues no eran de su agrado las virtudes cívicas y convicciones liberales de Juárez. Después de dos meses de permanecer ahí, fue desterrado a los Estados Unidos de América (Ídem). En 1972 la

Comisión nacional para la conmemoración del fallecimiento y el Instituto de la Juventud Mexicana colocaron, afuera de una de las celdas de San Juan de Ulúa, una placa rememorando su prisión.

Figura 16. Placa conmemorativa de la prisión de Benito Juárez en la Fortaleza de San Juan de Ulúa.

Ese mismo año, Melchor Ocampo, por su lucha contra el despotismo santanista, fue encerrado junto con su hija en uno de los calabozos más deplorables de esa prisión, después de haber estado preso en la cárcel de Tulancingo (Ídem)

Don Porfirio Díaz, cuando era un caudillo republicano, también fue huésped de dicha prisión, fue encerrado en uno sus calabozos, de donde se presume evadió la vigilancia y escapó lanzándose al agua para llegar nadando hasta un lugar cercano a la ciudad (Ídem).

Los anteriores solo son algunos de los numerosos casos de reos comunes, políticos, militares e intelectuales que dejaron huella tras sufrir una condena en esta prisión. Cabe mencionar algunos otros personajes, como Chucho el Roto y la Mulata de Córdoba que envueltos en mitos y leyendas sobre su encarcelamiento, le dan un toque de fantasía y emoción a las tenebrosas mazmorras de esta legendaria Fortaleza (Ídem).