2.7 ICGenealogy web application
2.7.3 Conclusion
Nació el 15 de Julio de 1892 en Berlín, en el seno de una familia de empresarios, los cuales eran judíos asimilados. Su padre, Emil Benjamin, era banquero en París, pero fue enviado a Alemania, donde trabajó como comerciante de antigüedades en Berlín, y allí se casó con Pauline Schoenflies. A los diez años Benjamin comenzó a ir al colegio Kaiser Friedrich en Charlottenburg y diez años más tarde terminó sus estudios de educación secundaria. Benjamin siempre fue un chico con una salud frágil, por lo que, en 1905, su familia lo envió a un colegio interno en Thuringian, en el campo; allí estuvo dos años y en 1907 volvió a Berlín a su colegio Kaiser Friedrich. En 1912 se matriculó en la Universidad Albert Ludwigs en Freiburg, pero cuando acabó el semestre de verano volvió a Berlín y se matriculó en la Universidad Humboldt, para continuar estudiando Filosofía. Fue elegido presidente de la Freie Studentenshaft, pero cuando no salió reelegido volvió a la Universidad de Freiburg; allí le llamó mucho la atención el pensamiento de Heinrich Rickert y por esa misma época viajó a Francia y a Italia. En la época de la Primera Guerra Mundial Benjamin comenzó la traducción de trabajos del poeta francés Charles Baudelaire. En 1915 se fue a Munich y continuó sus estudios en la Universidad de Ludwig Maximilian, donde conoció a Rainer Maria Rilke y Gershom Scholem; allí escribió sobre Friedrich Hölderlin, poeta alemán romántico del siglo XVIII. En 1917 fue transferido a la Universidad de Bern, donde conoció a Ernst Bloch y a la que sería su mujer más tarde, Dora Sophie Pollak, con la que tuvo a su hijo Stefan Rafael. En 1919 obtuvo su doctorado cum laude con su tesis Begriff der Kunstkritik in der Deutschen Romantik. Tuvo que volver a Berlín por problemas económicos, donde residió en el domicilio paterno junto a su mujer e hijo. En 1927 consideró emigrar a Palestina, pero finalmente no lo hizo. En 1928, Dora y él se separaron, y dos años más tarde se divorciaron. En 1929 aceptó un cargo de instructor en la Universidad de Heidelberg. En 1932, ante la inminente llegada de Hitler, se fue a vivir a la isla de Ibiza y después a Niza, donde pensó en el suicidio. A continuación, se trasladó
105 a París, donde lo habitual era que no tuviera dinero para subsistir. En 1940, y eludiendo a la Gestapo, intentó ir a Estados Unidos desde Portugal, pero al cruzar por España Franco anuló los visados de tránsito, por lo que sería enviado a Francia, y por miedo a una repatriación a Alemania se suicidó la noche del 25 al 26 de septiembre de 1940. Es digna de destacar su labor como persona vinculada a la Escuela de Frankfurt.
Pocas personas sabían quién era Benjamin en el momento de su suicidio, pero para muchos de los que compartían con él origen y generación fue el momento más oscuro de la guerra, junto con la caída de Francia, el temor a la llegada de los nazis a Inglaterra y el pacto que todavía perduraba entre Hitler y Stalin.
En 1955 logró el éxito tras su muerte, tras la publicación en Alemania de una edición en dos volúmenes de sus obras. Puede que esta fama tardía le llegase en este momento debido a que sus trabajos no encajaban dentro del orden existente en el momento de haber sido escritos, pero también, como dice Arendt, se le añade el elemento de la “mala suerte”. Este fue el caso cuando un ensayo sobre Goethe anuló toda oportunidad que tuviera para obtener una carrera universitaria, ya que una polémica sobre tal ensayo que mantuvo con Friedrich Gundolf, el miembro académico más prominente, traspasó los límites. Su misma muerte fue cuestión de mala suerte: un día antes Benjamin hubiera pasado sin ningún problema, un día más tarde la gente de Marsella habría sabido que no se podía atravesar España.
“Pues del mismo modo en que abandonó la segura París para huir a la peligrosa Meaux al principio de la guerra […] su ensayo sobre Goethe suscitó en él la totalmente innecesaria preocupación de que Hofmannsthal pudiera tomar a mal una observación crítica muy prudente sobre Rudolf Borchard, uno de los principales contribuyentes de su periódico […]. De hecho, no les resultó nada difícil. Pues nadie estaba más aislado que Benjamin ni más completamente solo. Ni siquiera la autoridad de Hofmannsthal […] pudo alterar esta situación”.1
1 Ibíd., pp. 169-170.
106 Arendt afirma que Benjamin no sabía enfrentarse bien al mundo, que podía llegar a ser un lugar tremendamente inhóspito para él, y cuando por fin se enfrentaba al mismo todo parecía salirle mal.
Benjamin no era un marxista en toda regla; lo que más le atraía de esta doctrina era la teoría de la superestructura, como un estímulo heurístico metodológico. Sus estudios estaban lejos del marxismo y del materialismo dialéctico, como queda plasmado en la figura del flâneur, que podemos encontrar en el ensayo de Baudelaire sobre Constantin Guys, El Pintor de la Vida Moderna; este es el único en recibir el mensaje de las cosas que se revelan, el “ángel de la historia” no mira hacia el futuro, sino que lo hace hacia el pasado; este ángel es la forma última que cobra el flâneur, mira al pasado, pero es empujado hacia el futuro por el progreso. Benjamin se interesaba por aquellas teorías que no adoptaban rápidamente una forma extrema precisa, por ello es fácil ver que pensando así la superestructura e infraestructura marxista tuviesen una relación metafórica. “Las metáforas son los medios por los cuales se logra en forma poética manifestar el carácter único del mundo”,1 para Benjamin este era el don
más importante que nos podía dar el lenguaje.
Benjamin sólo consideró un único empleo remunerado: montar junto con otros una librería de segunda mano, pero también fracasó en esta empresa. Vivió estando casado con su padre, y cuando se divorció siguió viviendo en la casa paterna, lo que era algo vergonzoso para su padre, ya que su familia siempre había emprendido negocios, y en ese momento el “hombre de letras” no tenía sueldo ni remuneración; los judíos se sentían orgullosos de sus logros fuera de casa.
Arendt hace referencia a Kafka y Moritz Goldstein como judíos que querían escapar del hecho de ser judíos; esta generación de judíos tomaba como forma de rebelión el sionismo y el comunismo, y se podría decir que los padres
1 Ibíd., p. 174.
107 preferían la rebelión comunista a la sionista. Benjamin intentó adoptar primero el sionismo y después el comunismo, pero no estaba convencido de lo uno ni de lo otro. Además, los judíos de un lado se daban prisa en difamar a los judíos del otro.
“Un hecho decisivo fue que estos hombres no desearon ‘regresar’ a los rangos del pueblo judío o al judaísmo y no podían desearlo no porque creyeran en el ‘progreso’ y en una desaparición automática del antisemitismo o porque ellos también eran ‘asimilados’ y se sentían ajenos a la herencia judía, sino porque todas las tradiciones y culturas así como todo ‘permanecer’ era igualmente cuestionable para ellos. Esto era lo que sentían como error del ‘regreso’ al rebaño judío tal como lo proponían los sionistas”.1
“La cuestión judía” fue un rasgo en común de esta generación de escritores y se manifiesta en la desesperación latente que hay en sus escritos. Hubo quien se cuestionó la tradición occidental como un todo y en este punto el marxismo jugó un papel importante para ellos ya que ponía en entredicho la sociedad, la política y la religión.
“Está en el Umbral del Juicio Final [Benjamin se refiere al escritor y periodista austriaco Karl Strauss]. Y en este umbral se hallaban todos aquellos que luego se transformaron en los maestros de ‘la nueva era’, consideraban el nacimiento de una nueva era como una caída y contemplaban la historia junto con las tradiciones que habían llevado a esta caída como un campo de ruinas”.2
Benjamin comenzó a indagar sobre nuevas formas de tratar el pasado cuando se dio cuenta de que se había producido una ruptura en la tradición y una pérdida de autoridad. También se dio cuenta de su ruptura, sin vuelta atrás, con la tradición y la pérdida de autoridad que esto implicaba. Estaba muy claro que no quería volver a la tradición alemana, europea, ni judía, y esta actitud se dejaba ver en sus nuevos trabajos.
1 Ibíd., p. 197.
108 “Benjamin podía comprender la pasión del coleccionista como una actitud semejante a la del revolucionario”,1 los dos sueñan con lo mismo, es decir, con
un mundo lejano y mejor, donde el objeto sea valorado no por su utilidad sino por su autenticidad.
“Además, en su pasión por el pasado, nacido de su desprecio por el presente como tal y por lo tanto desatento de la calidad objetiva, aparece ya un factor perturbador que anuncia que la tradición puede ser lo último que lo guíe y que los valores tradicionales pueden no estar tan seguros en sus manos como uno lo hubiese supuesto a primera vista”.2
Desde un punto de vista sistemático la tradición ordena el pasado. Al contrario, la pasión del coleccionista es caótica, porque está iluminada por la autenticidad del objeto, lo que da primacía a la autenticidad frente a la tradición, porque la primera “opone el signo del origen”.3 El coleccionista quiere borrar del
objeto todo lo que viene con él, es decir, aniquilar el contexto de ese objeto, aquello que le daba significado y lo unía a la entidad mayor. Por el contrario, el Hombre ahora era capaz de enfrentarse al presente con fuerza.
Benjamin quiso abordar todos los problemas como si fueran problemas lingüísticos.
“Hay buenas razones de por qué el interés filosófico de Benjamin se concentró desde el principio en la filosofía del lenguaje, y de por qué el nombrar por medio de citas se convirtió finalmente para él en la única posibilidad y el único modo apropiado de tratar el pasado sin ayuda de la tradición. Cualquier periodo para el cual su propio pasado se haya tornado tan cuestionable como para nosotros debe tropezar en algún momento con el fenómeno del lenguaje, pues en él está contenido el pasado en forma imborrable, frustrando cualquier intento de querer librarse de él de una vez y para siempre”.4 1 Ibíd., p. 204. 2 Ibíd., p. 205. 3 Ibíd., p. 206. 4 Ibíd., p. 211.
109