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Eugen Berthotl Friedrich Brecht nació en 1898 en Augsburg, Alemania. Fue un escritor alemán y uno de los dramaturgos más destacados del siglo XX. En sus obras intentó conseguir que el espectador reflexionase y que se implicase políticamente.

En Munich en 1917 comenzó a estudiar Literatura y Filosofía, y más tarde Medicina. Durante la Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Brecht era conocido desde 1920 en los países de habla alemana, y a partir de entonces no quiso volver a ser pobre y desconocido. En 1924 se traladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutscher Theater. En 1926 comenzó su dedicación al marxismo y estableció una gran amistad con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigrösehenoper obtuvo un gran éxito en 1928; en ese mismo año se casó con la actriz Helene Weigel.

A partir de 1930 se unió más al Partido Comunista Alemán. En 1933 comenzó su exilio a Dinamarca (antes había pasado por Austria, Suiza y Francia, junto con su mujer). En 1938 fue a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, levantando una fuerte polémica. En 1939 se trasladó a Suecia, en 1940 a Finlandia, de donde tuvo que escapar por la llegada de los nazis; en 1941 llegó a Santa Mónica, a través de la Unión Soviética y allí vivió de guiones para Hollywood. En 1949 se trasladó a Berlín ya que el Comité de Actividades Antiamericanas le consideró elemento sospechoso, pero antes pasó por Suiza, donde fundó, junto a su mujer, el Berliner Esemble, y se dedicó al teatro en exclusiva. Estuvo en conflicto con la República Democrática Alemana. Murió en el Berlín oriental en agosto de 1956. Desde su muerte su fama se extendió por toda Europa.

Arendt afirma que hablar sobre poetas como Brecht es siempre una tarea ardua; es mejor que se les cite, pero la cuestión es que la voz de estos hombres es asunto de todos, no solo de intelectuales y eruditos, en todos los ámbitos de

110 nuestra vida. Afirma nuestra autora, además, que los poetas siempre han presentado problemas de conducta, lo que parece ser más preocupante ahora, ya que se tiende a pensar que es ahora cuando son tomados en serio; sin embargo, sus pecados no deben ser tomados muy en cuenta, aunque tampoco pueden quedar impunes del todo, pero siempre es difícil trazar una línea de separación. Ha de quedar claro que un poeta debe ser juzgado por su poesía, y los pocos poemas que escribió Brecht en sus últimos años son débiles y flojos; es ahí donde podemos ver que sí cruzó la línea pasando por encima de lo que estaba permitido, y recibió su castigo, que consistió en la pérdida del don de la poesía, que es el único castigo que según Arendt puede recibir un poeta. Que la pérdida de su don sucediese tras su traslado al Berlín oriental pudo ser debido a que se dio cuenta de lo que era realmente vivir en un régimen comunista. No se instaló allí por decisión propia; él quería ir a Munich, y había estado esperando en Zurich el permiso para ello, pero nunca llegó y decidió volver a su casa.

“Aparte del hecho de que nunca halló favores en el Partido Comunista Ruso […] debió de haber presentido que la distancia poética que había podido mantener de la política comunista aún cuando estaba profundamente comprometido con la ‘causa’ […] no soportaría el embate de la realidad soviética, así como no soportó el embate horrible de la realidad de la Alemania de Ulbricht. El elemento lúdico, tan importante en su trabajo, no podía sobrevivir hallándose próximo a los horrores con los que solía jugar”.1

Lo cierto es que Brecht nunca se había convertido en observador de primera línea de las catástrofes que para los ciudadanos conllevaba un régimen totalitario, en Berlín, viendo el sufrimiento de su propia gente cara a cara es más que comprensible que su genio decayera.

Arendt destaca el hecho de que Brecht nunca sintió pena o compasión de sí mismo, y por ello destacó como persona solitaria entre sus contemporáneos.

1 Ibíd., p. 226.

111 Este hecho de no tener autocompasión era una virtud, que podría ser una bendición, pero también podría pasar a ser una maldición.

Brecht mostraba predisposición por el anonimato y por lo ordinario; quería ser un hombre normal y no ser calificado de diferente por el don que tenía. Estas dos predisposiciones jugaron un importante papel en su trabajo y hacían que tuviera predilección por el trabajo ilegal que requiere este anonimato.

Se mostraba muy sensible ante las catástrofes del mundo. Por otra parte, sabía que, igual que tenía éxito en ese momento, podría más tarde no tenerlo. Al contrario que Benjamin, Brecht parecía tener suerte, y si esta le hubiera abandonado, entonces habría sido su final; él mismo se apoyaba más en su suerte que en su don. Se sentía perdido ante el mundo, al que percibía como demasiado grande y a sí mismo como demasiado pequeño; el mundo le había hecho daño. Se refiere al refugiado en uno de sus poemas como “un mensajero de desgracias”; los refugiados llevarían su desgracia de un lugar a otro.

Brecht hablo pocas veces mal de Stalin, pero lo hizo en algún momento.

“Este era, pues, el hombre: dotado de una inteligencia penetrante, no teórica y no contemplativa que llegaba hasta el corazón del asunto, silencioso y nada deseoso de mostrarse a sí mismo, remoto y tal vez también tímido, no muy interesado en sí mismo pero increíblemente curioso […] y, primero y más importante, un poeta, es decir, alguien que debe decir lo indecible, que no debe permanecer en silencio cuando todos callan y que por lo tanto debe cuidarse de no hablar demasiado de las cosas sobre las que todos hablan”.1

Tras la Primera Guerra Mundial, y cuando sus primeros poemas abordaban el tema del mundo y en lo que se había convertido tras la guerra, Brecht afirmaba que tras ella el mundo se había limpiado, todo aquello a lo que el Hombre podía aferrarse había sido arrasado; así también, por ejemplo, la cultura de cada país y los valores morales. El mundo parecía ser ahora inocente y fresco como pudo serlo en su primer día, y el joven Bertolt Brecht se enamoró de la nueva situación

112 en la que se sentía a salvo. El momento en tal situación se caracteriza por su intensidad, su pasión, pero no hay amor eterno.

Brecht vivió su vida con la ausencia de Dios, lo que para él era una liberación del temor. Su alejamiento de la religión se produjo por orgullo; la niega y después alaba a Baal, que en la Biblia era uno de los falsos dioses al que los judíos adoraron en alguna ocasión. Lo más importante es la vida, es lo único que se nos ha dado; Brecht tiene una gran pasión por la vida y se aleja del nihilismo, una tendencia que muchos intelectuales asumían en aquellos años tras la devastación de las dos guerras, aunque se puede ver un asomo de nihilismo en una poesía de este autor y en una obra teatral.

“El aburrimiento fue entonces el final del primer encuentro del poeta con el mundo, el final de una época maravillosa, de alabanza a la vida y al júbilo, cuando se dejó llevar, con absoluta levedad, a través de la selva de lo que una vez había sido una de las grandes ciudades de Europa, soñando con las selvas de todas las ciudades, soñando con todos los continentes y los siete mares, enamorado solo de la tierra, del cielo y de los árboles”.1

Arendt afirma que la compasión llevó a Brecht a la realidad y casi aniquila su poesía, y aunque trató de ocultar su compasión no pudo, esta fue “la más importante y la más feroz de las pasiones de Brecht”.2 Se dio cuenta de que los

revolucionarios modernos estaban guiados por la pasión de la compasión.

“De ahí que Brecht se convenciera […] de la sabiduría del precepto de Maquiavelo para los príncipes y los hombres de Estado, que deben aprender ‘cómo no ser buenos’ y comparte con Maquiavelo la sofisticada y la aparentemente ambigua actitud con respecto a la bondad que se ha prestado a tantos malentendidos ingenuos y eruditos, tanto en su caso como en el de su predecesor”.3

1 Ibíd., p. 245.

2 Ibíd., p. 246. 3 Ibíd., p. 247.

113 Sus problemas comenzaron cuando, tras unirse al comunismo, se dio cuenta de que para cambiar el mundo hacia uno mejor el individuo tenía que convertirse en malo, ya que no bastaba con no ser bueno, sino que había que ser capaz de hacer cualquier mala acción. Fue el hecho de que era bueno lo que hizo que Brecht fuera un obstáculo para la Revolución. Cuando escribió su obra de teatro Die Massnahme fue muy criticado tanto por los opositores de Stalin como por sus defensores; el problema aquí se planteó porque estaba contando la verdad: que gente inocente era asesinada cada día y los comunistas habían comenzado a matar a sus propios amigos. Con esto Brecht había mostrado la verdad al mundo, cuando el Partido pretendía esconderla.

Después de que los nazis subieron al poder, Brecht comenzó a mentir; tal es el caso, por ejemplo, de su afirmación de que casi no había diferencia entre los países capitalistas y los gobiernos totalitarios, cuando es obvio que tal aseveración dista mucho de la realidad. Sus trabajos por aquel entonces eran, según Arendt, malos, pero esto no acabó con él. Durante el periodo de exilio escribió poemas y obras de teatro; entonces sus obras volvieron a estar llenas de personas de verdad, pero cuando regresó a Berlín oriental su don se esfumó. “Por fin debió darse cuenta de que se enfrentaba a circunstancias que ninguna cita de los ‘clásicos’ podía explicar o justificar. Había caído en una situación donde su propio silencio […] era un crimen”.1

“No fue tanto su falta de coraje como esta lejanía de la realidad lo que hizo que no rompiera con el Partido que había matado a sus amigos y se había aliado con su peor enemigo, y que se negara a ver, en busca de los ‘clásicos’, lo que en realidad sucedía en su patria, algo que en sus momentos más prosaicos comprendía demasiado bien”.2

El castigo le llegó de vuelta a su Berlín natal, su voz ya no podía ser la del mundo y lo real. Este no era un lugar adecuado para él. Brecht quiso ser igual al

1 Ibíd., p. 257.

114 resto de los mortales y no supo darse cuenta de que los poetas no pueden soportar la misma cuota de responsabilidad que el resto de los hombres. Es lo que le llevó a su final como poeta. “Los meros intelectuales o literatos no son castigados por sus pecados con la pérdida de talento”.1

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1.5. CONCLUSIÓN: IMPORTANCIA DEL PENSAMIENTO DE