Desde la Antigüedad surge, tanto en oriente como en occidente, la idea del hombre como grande, perfecto, distinto de los animales y de la naturaleza, ser racional capaz de comunicarse y de ser creativo. KHUNG-TSÉ (CONFUCIO), CICERÓN, PLATÓN,
SÉNECA y OVIDIO, entre otros, son parte de una pléyade de pensadores de la Antigüedad
que PECES-BARBA tiene especialmente en cuenta como muestra de que el origen de la
idea de dignidad no es exclusivo de occidente, sino que sus rastros se encuentran también en la tradición de oriente112. Los aportes de KHUNG-TSÉ,fundador del confusionismo y representante del pensamiento oriental, como de Marco Tulio CICERÓN, estoico y
representante del pensamiento occidental, son ejemplos de ello: “La Ley de la gran Doctrina, o de la filosofía práctica [nos dice el primero], consiste en desenvolver e ilustrar el luminoso principio de la razón que hemos recibido del cielo, en regenerar a los hombres, y en situar su destino definitivo en la perfección, o sea en el bien supremo”113. “[L]a excelencia de la naturaleza humana [destaca el segundo], considerada en todo lo que la distingue de los demás animales”, se vincula con la razón y el habla “que, enseñando, aprendiendo, comunicando, disputando y juzgando, concilia los hombres entre sí y los une en una sociedad natural.”114
111
Vid: PECES-BARBA, Gregorio. La dignidad de la persona desde la Filosofía del Derecho, op. cit., p. 21.
112
Vid, como prueba, su obra precedentemente citada (Ibid., pp. 21-26). 113
“El Ta-Hio o el Gran Estudio”, en: Confucio, Los Cuatro Libros de Filosofía Moral y Política de China, versión de J. Farrán y Mayoral, José Janés, Barcelona, 1954, p. 3.
114
Los Oficios, con los diálogos de la vejez, la amistad, las paradojas y el sueño de Escisión, (Colección Austral), traducidos por Manuel de Valbuena, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1943, Libro I, capítulo XXVII, p. 63; y capítulo XVI, p. 45, respectivamente.
En la Antigüedad la idea de dignidad no sólo aparece asociada con tales atributos. También aparece vinculada con el título que una persona ostenta, la imagen que representa o la función eminente que cumple en la vida social. En Roma, por ejemplo, la idea de dignidad se encontraba relacionada con la jerarquía o condición que las clases sociales más altas ostentaban: ellas se comportaban con “dignidad” y se aceptaba socialmente que fuesen tratadas con “dignidad”.
Sin excluir otros aportes teológicos o religiosos, con la aparición y difusión del judaísmo y del cristianismo, el ser humano recibe una importancia primordial al concebírsele como ser creado a imagen y semejanza de Dios, elevándose la idea de dignidad a dimensiones trascendentes. Una muestra de la importancia que tiene desde la Antigüedad la perspectiva teocéntrica. Resulta especialmente significativo la condición que el Génesis atribuye al ser humano: “Entonces dijo Dios: Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, según nuestra semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra”115. “Y creo Dios a los seres humanos a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó”116; condición que es exaltada por uno de los Salmistas al agregar: “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que cuides de él? Lo hiciste apenas inferior a un dios, coronándolo de gloria y esplendor; le diste poder sobre la obra de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies”117. PECES-BARBA encuentra en estas
escrituras un ejemplo de la especial condición que el Génesis y uno de los Salmistas atribuyen al hombre y a la mujer como seres superiores de la tierra, creados a imagen y semejanza de Dios118. El cristianismo añade la redención y filiación divina al considerarlos también como hijos de Dios: creación y redención son los dos pilares sobre los que descansa la idea cristiana de dignidad humana. Con ello se inaugura una nueva manera de valorarlo: Porque “[t]anto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para
115
“Génesis”, 1: 26, en: AA.VV. Biblia de América, traducción íntegra de los textos originales con introducciones, notas y vocabulario bíblico, s/t, aprobada por la Conferencia del Episcopado Mexicano, y autorizada por la Conferencia Episcopal de Colombia y la Conferencia Episcopal de Chile, La Casa de la Biblia, PPC, Sígueme, Verbo Divino, Madrid, 1999, p. 11.
Las citas a los libros de la Biblia que se hacen en este trabajo corresponden a esta edición de la Biblia de América.
116
“Génesis”, 1: 27, en: Ibid. 117
“Salmos”, 8: 5-7, en: Ibid., p. 899. 118
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”119. “Consideren el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre: hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos”120.
Esta perspectiva teocéntrica iniciada en la Antigüedad adquiere mayor auge en la Edad Media hasta caracterizarla como expresión de la condición y dignidad humana. Paradójicamente, se ve oscurecida por el contexto social que también caracterizaba a dicho período histórico: por las relaciones feudales basadas en los vínculos de superioridad entre el señor y sus vasallos, por las situaciones de dominación contra la mujer y diferentes grupos humanos (situación que hunde sus raíces en la Antigüedad y que desgraciadamente se mantiene), así como por las relaciones corporativas o comunitarias sustentadas en la desigualdad que disminuyen y hasta privan de dignidad a los sujetos ubicados en los estamentos inferiores.
En el Tránsito a la Modernidad la idea sobre la condición humana empieza a abandonar progresivamente su religación divina o las dimensiones que trascienden al ser humano terrenalmente considerado, así como la noción que vincula la dignidad con el cargo, el título o la imagen que una persona representa o se le reconoce en sociedad. Es en este período, especialmente con el Renacimiento, donde se desarrolla una visión optimista del ser humano y una gran confianza en su ingenio y capacidades. Se produce una exaltación del individuo, una reivindicación de su libertad y de su capacidad para razonar y construir su propio destino, para actuar en el campo del arte, de la literatura, de la cultura, etc., sin mediación ni barrera alguna. Es un período donde la dignidad del ser humano se construye haciéndose hincapié –fundamentalmente– en dimensiones exclusivamente humanas, terrenales, para identificar sus rasgos. Período que pese al retroceso que supuso el siglo XVII para la idea de dignidad (no porque ésta se encontrase ausente, sino porque aparece con menos entusiasmo por las dificultades que el ser humano tuvo que enfrentar en dicho siglo para su desarrollo) proporcionará los cimientos
119
“Evangelio según San Juan”, 3: 16, en: AA.VV. Biblia de América, op. cit., p. 1287. 120
“1 Juan” (Primera Epístola de San Juan), 3: 1-2, en: Ibid., p. 1514.
“Es Dios quien le muestra al hombre cómo comprender su propia dignidad. Más allá de los argumentos de [D]erecho natural –no sólo sin oponerse a ellos, sino confirmándolos desde una instancia superior y aun llevándolos más allá–, la Revelación abre una nueva manera de valorar la vida del ser humano.” (DOIG, Germán. Los Derechos humanos y la Enseñanza Social de la Iglesia, Asociación Vida y Espiritualidad –VE–, Lima, 1991, p. 43).
sobre los cuales se edificará el modelo moderno121. PECES-BARBA resalta en este período
la obra de varios autores que le sirven de referente: de los humanistas renacentistas los aportes de: Gianozzo MANNETI, Pico DE LA MIRÁNDOLA, Lorenzo VALLA, Angelo
POLIZIANO, Pietro POMPONAZI, Giordano BRUNO, y otros más; entre los españoles de ese
período: Fernán PÉREZ DE LA OLIVA, Juan DE BROCAR,Juan Luis VIVES,etc.; y entre los
escritores religiosos de esa época: San Juan DE LA CRUZ, Santa TERESA, Luis DE
MOLINA, Fray Luis DE GRANADO, y otros; de los pensadores del XVII: LA BRUYÉRE,
PASCAL, PUFENDORF, TOMASIO, etc.122. Resultan significativas, como ejemplo de la
exaltación de la condición humana en el Tránsito a la Modernidad, las ideas que Pico DE LA MIRÁNDOLA y Giordano BRUNO transmiten, respectivamente:
“Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal, ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión.”123.
“[L]os dioses habían dado al hombre el intelecto y las manos y lo habían hecho semejante a ellos, concediéndole un poder sobre los demás animales, el cual consiste en poder actuar no sólo según la naturaleza y lo ordinario, sino además fuera de las leyes de ella a fin de que (formando o pudiendo formar otras naturalezas, otros cursos, otros órdenes con el ingenio, con esa libertad sin la cual no poseería dicha semejanza) viniera a conservarse dios de la tierra”124.
Con esos precedentes, la Modernidad aborda el problema de la condición humana desde una perspectiva antropocéntrica y laica125. En ella resultan significativos los
121
José Antonio MARAVALL refiriéndose a esta época de dificultades para el desarrollo de la dignidad humana nos dice: “el hombre según se piensa en el siglo XVII, es un individuo en lucha, con toda la comitiva de males que a la lucha acompañan, con los posibles aprovechamientos también que el dolor lleva tras de sí, más o menos ocultos. En primer lugar se encuentra el individuo en combate interno consigo mismo, de donde nacen tantas inquietudes, cuidados y hasta violencias, que desde su interior irrumpen fuera y se proyectan en sus relaciones con el mundo y con los demás hombres. El hombre es un ser agónico, en lucha dentro de sí, como nos revelan tantos soliloquios de tragedias de Shakespeare, de Racine, de Calderón. En la mentalidad formada por el prostentantismo se da, no menos que en los católicos que siguen la doctrina del decreto tridentino ‘De justificatione’, la presencia de un elemento agónico en la vida interna del hombre” (La Cultura del Barroco, –l975–, sexta edición, Ariel, Madrid, 1996, p. 328).
122
Vid: La dignidad de la persona desde la Filosofía del Derecho, op. cit., pp. 28-42. 123
DE LA MIRÁNDOLA,Pico. De la dignidad del hombre, con dos apéndices: Carta a Hermolao Bárbaro y Del ente y el uno, (Biblioteca de la literatura y el pensamiento universales), edición, introducción, traducción y notas de Luis Martínez Gómez, Editora Nacional, Madrid, 1984, p.105.
124
BRUNO, Giordano. Expulsión de la bestia triunfante, –Alianza Universidad–, traducción, introducción y notas de Miguel A. Granada, en colaboración con el Instituto Italiano per gli Studi Filosofici, Alianza Editorial, Madrid, 1989, p. 227.
125
Sobre el particular refiere Marie-Luce PAVIA: “La dignidad sumerge sus raíces en la modernidad que, ella misma venida desde lejos, impone al humanismo y pone al individuo en el centro de un nuevo cosmos social, contra el antiguo régimen, es decir, el de la sociedad holista. Como un concepto operatorio, ella marca la aparición de una filosofía jurídica de los derechos del hombre que otorga los medios para
aportes de los pensadores de la Ilustración, en cuyas obras aparecen también los rasgos que caracterizan al ser humano y que expresan razones para justificar la eminente dignidad que se le reconoce. Sus posiciones se ven acompañadas por un optimismo sobre las posibilidades de progreso y por unas circunstancias favorables que impulsan el humanismo; sin que eso signifique justificar los excesos pues la Ilustración se plantea también los límites, tanto de la acción como de la razón, relacionando libertad, dignidad y moralidad. PECES-BARBA destaca en este período a WOLFF, VOLTAIRE, ROUSSEAU,
KANT y FICHTE, entre otros, como referentes de su propia concepción126. En palabras de
Martín KRIELE:
“El principio básico de la ilustración política era, así pues, el siguiente: Cada hombre tiene el mismo derecho a la libertad y a la dignidad. Este principio plantea una exigencia intelectual y una exigencia moral. Intelectualmente, se trata de determinar las condiciones concretas de la realidad necesarias para la realización de ese derecho. Moralmente, la efectuación de aquellas condiciones presupone solidaridad y compromiso: sentir la injusticia, la indigencia o la miseria de los demás como propias y luchar por conseguir reducirlas. La ilustración política es, pues, una combinación de realismo y solidaridad. Ambos elementos se complementan mutuamente. Un realismo descarnado que desplazase la moralidad hacia la determinación abstracta de los fines y considerase los medios únicamente bajo el prisma de su utilidad inmediata, lesionaría tanto los requisitos de solidaridad, como lo hace un moralismo no realista.”127
Uno de los autores más representativos de la Ilustración, que ejerce una importante influencia en el antropocentrismo secularizado de PECES-BARBA, es Jean-
Jacques ROUSSEAU. Nuestro autor considera su aporte como “el modelo de la dignidad
humana compatible con la fe”; pues aunque “pasa por la crítica a la actitud de las Iglesias […] se sitúa, por su religiosidad natural, entre los defensores de la compatibilidad entre la dignidad y la religiosidad, no sometida al control de las Iglesias.”128
pensar acerca de ‘la naturaleza humana’, despeja los presupuestos de la fe, las costumbres y las instituciones que hacen la historia concreta de los individuos. El descubrimiento de la dignidad cumple su papel ahí: después de haber abstraído todo el peso de los hechos, se pasó de la naturaleza a la naturaleza humana y a la igualdad de la dignidad de los hombres entre ellos.” (“La découverte de la dignité de la personne humaine”, en: La dignité de la personne humaine, –Études Juridiques–, sous la direction de Marie-Luce Pavia et Thierry Revet, Económica, París, 1999, p. 3, traducción personal).
126
Vid: La dignidad de la persona desde la Filosofía del Derecho, op. cit., pp. 44-59. 127
“Libertad y dignidad de la persona humana”, en: Persona y Derecho, Revista de fundamentación de las instituciones jurídicas y de derechos humanos, traducción de José M. Beneyto, Nº 9, 1982, Universidad de Navarra, Pamplona, p. 40.
128
La dignidad de la persona desde la Filosofía del Derecho, op. cit., p. 51, la primera cita; y 56, la segunda.
ROUSSEAU parte de su propia inteligencia e imaginación para avanzar, paso a
paso, a través de la experiencia, la observación y la reflexión, hasta llegar a las leyes de la dinámica, de la materia y a la armonía del todo. En esa constatación descubre a Dios: “el mundo está gobernado por una voluntad poderosa y sabia” que es además una suprema inteligencia, afirma129. “A este ser que quiere y que puede, a este ser activo por sí mismo, a este ser, en fin, cualquiera que sea, que mueve el universo y ordena todas las cosas, yo lo llamo Dios”130. Con esta conclusión vuelve su mirada al hombre porque reconoce que le es imposible ir más allá. Lo concibe como el primero en la jerarquía del mundo por los rasgos que lo distinguen del resto de la naturaleza: “Percibo a Dios por todas partes en sus obras [dice]; lo siento en mí, lo veo a mi alrededor, pero tan pronto como quiero contemplarlo en sí mismo, tan pronto como quiero buscar dónde está, qué es, cuál sea su sustancia, se me escapa, y mi espíritu turbado ya no percibe nada”131
. Y agrega:
“Es pues verdad que el hombre es el rey de la tierra que habita, porque no solamente domina a todos los animales, no sólo dispone de los elementos por su industria, sino que es el único en la tierra que sabe disponer de ellos, y se apropia, además, por la contemplación, de los astros mismos, a los que no puede acercarse. ¡Que me muestren otro animal sobre la tierra que sepa hacer uso del fuego, y que sepa admirar el sol! ¡Cómo! Puedo observar, conocer los seres y sus relaciones, puedo sentir lo que es orden, belleza, virtud, puedo contemplar el universo, elevarme hasta la mano que lo gobierna, puedo amar el bien, hacerlo, ¿y he de compararme con las bestias? […].
En cuanto a mí, […] contento con el lugar en que Dios me ha puesto, después de él nada veo mejor que mi especie, y si yo tuviera que escoger mi lugar en el orden de los seres, ¿qué podría escoger más que ser hombre?”132.
La conciencia individual es, para él, el elemento principal de la dignidad humana, la que guía su libertad e inteligencia, la que finalmente define la moralidad de sus acciones133
. Por eso critica el dogmatismo, la intolerancia, el irracionalismo. Respeta la
129
La Profesión de fe del vicario saboyano, de Jean-Jacques Rousseau, (1762), (El libro universitario), edición de Ignacio Izuzquiza, versión de Mauro Armiño, Alianza Editorial, Madrid, 1988, p. 65.
130
ROUSSEAU, Jean-Jacques. Ibid. 131
Ibid. 132
Ibid., p. 66. 133
“Hay pues en el fondo de las almas un principio innato de justicia y de virtud por el cual, a pesar de nuestras propias máximas, juzgamos nuestras acciones y la de los demás como buenas o malas, y es a ese principio al que doy el nombre de conciencia.” “¡Conciencia! ¡Conciencia! Instinto divino, inmortal y celeste voz; guía seguro de un ser ignorante y limitado, pero inteligente y libre; juez infalible del bien y del mal, que hace al hombre semejante a Dios; tú eres quien hace la excelencia de su naturaleza y la moralidad de sus acciones; sin ti no siento nada en mí que me eleve por encima de los animales, salvo el triste