Para abordar los problemas difíciles que nos planteamos en el presente capítulo, esforcémonos por echar sobre el caso que estamos estudiando una mirada tan directa, tan desnuda, tan objetiva como nos sea posible. Estamos observando la conducta de un organismo vivo: y este organismo es el de un ser humano. En cuanto organismo, presenta reacciones vitales totales que, cualesquiera que puedan ser sus mecanismos íntimos, tienen un carácter dirigido hacia la armonía del conjunto; en cuanto ser humano, una proporción considerable de esas reacciones adquieren su sentido en función del medio social, que en el desarrollo del animal-hombre desempeña un papel primordial. Estas funciones vitales sociales, que, desde el punto de vista de la comunidad humana, se caracterizan por directas relaciones de comprensión, y que en la representación del sujeto están polarizadas entre el ideal subjetivo del yo y el juicio social de los demás, son aquellas mismas que hemos definido como funciones de la personalidad.
En una porción importante, los fenómenos de la personalidad son conscientes y, como fenómenos conscientes, revelan un carácter intencional. Dejando aparte cierto número de estados, por lo demás discutidos, todo fenómeno de consciencia tiene, en efecto, un sentido, en, una de las dos
connotaciones que la lengua da a este término: de significación y de orientación. El fenómeno de consciencia más simple, que es la imagen, es símbolo o es deseo. Ligado a la acción,, se hace percepción, voluntad y, en una síntesis última, juicio.
Las intenciones conscientes han sido desde hace mucho el objeto de la crítica convergente de los "físicos" y de los moralistas, los cuales han mostrado todo su carácter ilusorio. Es ésa la razón principal de la duda metódica que la ciencia ha arrojado sobre el sentido de todos los fenómenos psicológicos.
Pero, por ilusorio que sea, este sentido, al igual que cualquier otro fenómeno, no carece de ley. El mérito de esa disciplina nueva que es el psicoanálisis consiste en habernos enseñado a conocer esas leyes, o sea las que definen la relación entre el sentido subjetivo de un fenómeno de
consciencia y el fenómeno objetivo al cual responde: positiva, negativa, mediata o inmediata, esa relación está, en efecto, siempre determinada.
Gracias al conocimiento de esas leyes hemos podido devolver as¡ su valor objetivo hasta a aquellos fenómenos de consciencia que muchos, de manera tan poco científica, se habían propuesto despreciar, por ejemplo los sueños, cuya riqueza de sentido, con ser tan impresionante, se consideraba como puramente "imaginaria", o asimismo esos "actos fallidos" cuya eficacia, con ser tan evidente, se consideraba como "carente de sentido!'.
Incluso conductas inconscientes y reacciones orgánicas se han revelado, a la luz de las investigaciones psicoanalíticas, evidentemente provistas de un sentido psicógeno (conductas organizadas inconscientes; confinamiento en la enfermedad, con su doble carácter de autocastigo y de medio de presión social; síntomas somáticos de las neurosis).
Este método de interpretación, cuya fecundidad objetiva se ha revelado en campos muy amplios de la patología, ¿podrá perder su eficacia en el umbral del dominio de las psicosis?
No estamos poniendo en tela de juicio las clasificaciones clínicas, y queremos guardarnos de toda síntesis (incluso teórica) prematura. Pero aquí no se trata más que de aplicar a los fenómenos de la psicosis un método de análisis que ha demostrado su validez en otros terrenos.
En efecto, si una psicosis, entre todas las entidades mórbidas, se expresa casi puramente por síntomas psíquicos, ¿le negaremos por eso mismo todo sentido psicógeno? Nos parece que seria abusar del derecho de prejuzgar, y que la cuestión no puede zanjarse sino después de haber sido sometida a prueba.
Observemos, pues, la conducta de nuestra paciente sin temor de comprenderla demasiado; pero, para cuidamos de las "proyecciones" psicológicas ilusorias, partamos del estudio de la psicosis afirmada.
Tomemos este estudio por la extremidad opuesta a nuestros asedios precedentes: examinemos el problema de la curación clínica del delirio.
Semejantes curaciones instantáneas del delirio no se observan más que en un solo tipo de casos, o sea, eventualmente, en los delirantes llamados pasionales después de la realización de su obsesión criminal. El delirante, después del crimen, experimenta en este caso un alivio característico, acompañado de la caída inmediata de todo el aparato de la convicción delirante.
No se encuentra aquí nada parecido en el período que sigue inmediatamente a la agresión. Ciertamente, esta agresión ha fracasado, y la enferma no da señales de ninguna satisfacción especial por la evolución favorable que rápidamente se comprueba en el estado de su víctima; pero este estado persiste todavía veinte días después.
Así, pues, nada ha cambiado del lado de la víctima. Nos parece, por el contrario, que algo ha cambiado del lado de la agresora. Aimée ha realizado su castigo: ha experimentado lo que es esa compañía de delincuentes diversas a que se ha visto reducida; ha entrado en contacto brutal con sus hazañas, sus costumbres, sus opiniones y sus exhibiciones cínicas para con ella; ha podido palpar la reprobación y el abandono de todos los suyos; y de todos, con excepción de esas mujeres cuya vecindad le inspira una viva repulsión.
Lo que Aimée comprende, entonces, es que se ha agredido a si misma, y paradójicamente sólo entonces experimenta el alivio afectivo (llanto) y la caída brusca del delirio, que caracterizan la satisfacción de la obsesión pasional.
Se ve adónde estamos llegando. El atentado contra la señora Z. seguiría siendo enigmático si un número enorme de hechos objetivos no impusieran ya ahora a la ciencia médica la existencia y el inmenso alcance de los mecanismos psíquicos de autocastigo. Estos mecanismos pueden traducirse en conductas complejas o en reacciones elementales; pero, en todo caso, la inconsciencia en que se halla el sujeto acerca de la meta de esos mecanismos le da todo su valor a la agresión que de allí emana, dirigida contra las tendencias vitales esenciales del individuo. El análisis de sus
correlaciones subjetivas u objetivas permite demostrar que estos mecanismos tienen una génesis social, y es eso lo que expresa el término de autocastigo con que se les designa, o bien el de sentimientos de culpabilidad, que representa el lado subjetivo.
Si estos hechos se han impuesto en primer lugar a los practicantes del psicoanálisis, ello se debe simplemente a la apertura psicológica de su método, pues nada implicaba semejante hipótesis en las primeras síntesis teóricas de esta doctrina.. No podemos acometeraquí la empresa de demostrar este punto, que pensamos dejar para otra ocasión: el análisis de los determinismos autopunitivos y la teoría de la génesis del super-ego, engendrada por él, representan en la doctrina psicoanalítica una síntesis superior y nueva.
Pero las primeras teorías, concernientes a la semiología simbólica de las represiones afectivas, se apoyaban en hechos que no eran demostrables en su plenitud más que por los datos experimentales de la técnica psicoanalítica. Aquí, por el contrario, la hipótesis se desprende de manera mucho más inmediata de la observación pura de los hechos, cuya sola confrontación es ya demostrativa, desde el momento en que, como ocurre en toda observación de hechos, se ha enseñado uno a verlos. Aquí no podemos más que remitir a los trabajos que se han publicado sobre el tema. Estos trabajos podrán convencer al lector del alcance psicopatológico considerable de tales mecanismos, aunque es probable que algunas veces se quede perplejo, por ejemplo cuando se le dice que la teoría abarca incluso ciertas reacciones mórbidas de mecanismo puramente biológico. En efecto: lo que nos parece original y precioso en semejante teoría es el determinismo que permite establecer en ciertos fenómenos psicológicos de origen y de significación sociales, o sea de aquellos que nosotros definimos como fenómenos de la personalidad.
Examinemos qué luces puede aportar semejante hipótesis en nuestro caso. Ante todo, explica el sentido del delirio. En él, de alguna manera, la tendencia al autocastigo se expresa directamente. Las persecuciones amenazan al hijo "para castigar a la madre" "que es una maldiciente, que no hace lo que debe" etc. El valor afectivo primario de esta tendencia se expresa muy bien en la
ambivalencia de las concepciones delirantes de la enferma sobre el particular. Lo vamos a ver en el siguiente detalle.
Frente al enigma planteado por el delirio asesino de Aimée, es inevitable que todo el mundo asedie a la enferma con las mismas preguntas, aparentemente vanas. "¿Por qué -le preguntan un día por centésima vez en presencia nuestra-, pero por qué creía usted que su hijo estaba amenazado?" Impulsivamente, ella responde: "Para castigarme." "¿Para castigarla de qué?" Aquí Aimée titubea: Porque yo no estaba cumpliendo mi misión..."; y, un instante después: "Porque mis enemigos se sentían amenazados por mi misión..." A pesar de su carácter contradictorio, ella mantiene el valor de ambas explicaciones.
Muchas de las interpretaciones delirantes de la enferma, como hemos estado observándolo de pasada, no expresan otra cosa que sus escrúpulos éticos: se alude a sus menudas faltas de conducta, y más tarde a desórdenes secretos.
Pero llevemos más adelante nuestro análisis, y observemos el carácter tan particular de los perseguidores de Aimée, es decir ante todo de sus perseguidoras. Su multiplicidad, la ausencia de toda relación real entre ellas y la enferma, ponen bien de relieve su significado puramente simbólico.
Son, como ya lo hemos dicho, los "dobletes" "tripletes" y sucesivos "tirajes" de un prototipo. Este prototipo tiene un valor doble, afectivo y representativo.
La potencia afectiva del prototipo está dada por su existencia real en la vida de la enferma. Quien lo encarnaba, según hemos hecho ver en páginas anteriores, era esa hermana, mayor por cuyo conducto sufrió Aimée todos los grados de la humillación moral y de los reproches de su conciencia. En un grado menor, la amiga íntima, C. de la N., que para Aimée representaba tan eminentemente la adaptación y la superioridad para con su medio, objetos de su íntima envidia, desempeñaba un papel análogo, pero esto según una relación ambivalente, propia precisamente de la envidia, sentimiento que comporta una parte de identificación. Y esto nos conduce a la segunda significación del prototipo delirante.
¿Cuál es, en efecto, para Aimée el valor representativo de sus perseguidoras? Mujeres de letras, actrices, mujeres de mundo, representan la imagen que Aimée se hace de la mujer que, en un grado cualquiera, goza de la libertad y el poder sociales. Pero aquí hace explosión la identidad imaginaria de los temas de grandeza y de los temas de persecución: ese tipo de mujer es exactamente lo que Aimée misma sueña con llegar a ser. La misma imagen que representa su ideal es también el objeto de su odio.
Así, pues, Aimée agrede en su víctima su ideal exteriorizado, tal como la pasional agrede el objeto único de su odio y de su amor. Pero el objeto agredido por Aimée no tiene sino un valor de puro símbolo, y así su acción no le produce ningún alivio.
Sin embargo, con e1 mismo golpe que la hace culpable frente a la ley, Aimée se siente golpeada en sí misma: y, cuando lo comprende, es cuando experimenta la satisfacción del deseo cumplido: el delirio, ya inútil, se desvanece.
La naturaleza de la curación demuestra, en nuestra opinión, la naturaleza de la enfermedad. Ahora bien, ¿no es bastante claro que hay identidad entre el mecanismo fundamental del delirio y los rasgos salientes de la personalidad de la enferma? Esos tipos clínicos, el psicasténico, el sensitivo, con los cuales el carácter de nuestra enferma ha revelado una congruencia precisa, ¿qué hacen sino revelarse a sí mismos por sus reacciones más prominentes, sus escrúpulos obsesionales, la inquietud de su ética, el carácter absolutamente interior de sus conflictos morales? Pensamos en los espléndidos tipos de heautontímo-roumenoí que hemos conocido: toda su estructura parece poder deduciré de la prevalencia de los mecanismos de autocastigo.
Siendo esto así, al paso que en la personalidad normal los procesos orgánicos ligeros y los acontecimientos comunes de la vida dejan sólo la huella de una oscilación compensada luego con mayor o menor rapidez, en la personalidad autopunitiva esos mismos procesos y acontecimientos tienen, lógicamente, un alcance muy distinto. En los efectos de degradación afectiva e intelectual que comportan momentáneamente, todo cuanto es propicio para los mecanismos autopunitivos quedará solidificado y retenido por ellos: estos efectos, aunque sean menudos, parecen sufrir aquí una verdadera adición. El desequilibrio primitivo se va acrecentando así siempre en el mismo sentido, y es fácil entender cómo la anomalía, traducida en el carácter, se va convirtiendo en psicosis.
En efecto, si los trastornos orgánicos y los acontecimientos de la historia no nos muestran más que el estallido del proceso mórbido, la fijación y la estructura de la psicosis sólo son explicables en función de una anomalía psíquica anterior a esas instancias. Nosotros hemos tratado de precisar esta anomalía sin partir de ninguna idea preconcebida. Y adonde nos ha llevado nuestra investigación es -insistamos en ello- a un trastorno que no tiene sentido sino en función de la
personalidad o, si se prefiere, psicógeno.