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En esta parte de nuestro trabajo habíamos tenido la intención de ofrecer, con un mínimo de comentarios, algunos extractos demostrativos del material clínico relativamente considerable (cuarenta observaciones) en que se sostiene nuestra síntesis. Los límites de tiempo y de volumen que se nos imponen nos hacen reservar tal presentación para publicaciones ulteriores. Este aplazamiento, sin embargo, no nos causa ningún escrúpulo.

En efecto, si el valor de nuestra tesis consiste en estar alimentada de la meditación de los hechos y en asediarlos sobre un plano todo lo concreto que lo permite la objetivación clínica, estos hechos mismos, y las determinaciones de la psicosis sacados por ellos de la sombra, no nos son revelados sino a partir de un punto de vista, y este punto de vista, aunque más libre de hipótesis que el de nuestros predecesores, no por eso deja de ser un punto de vista doctrinal.

Por esa razón lo afirmamos aquí abiertamente: nuestra tesis es ante todo una tesis de doctrina. Es esta doctrina la que determina no sólo el sentido de los hechos que presentamos, sino también su relieve. De los hechos iluminados por ella, no hemos podido hacer otra cosa que dar el tipo. Lejos de nosotros pretender haber dado la suma. Para semejante tarea no puede bastarse un solo

investigador, pero esta obra no podría ser proseguida sin la doctrina que le es fundamental. Así, pues, lo que nos importa ante todo es fijar la naturaleza y el alcance de esta doctrina, así como su valor científico y su valor metodológico.

No insistiremos más en nuestra critica de las hipótesis que han servido hasta aquí en el estudio de las psicosis paranoicas. Su carácter unilateral está suficientemente demostrado por la presentación histórica que hemos ofrecido en nuestra parte i. Su inutilidad, además, ha quedado suficientemente en evidencia por el hecho de que, en nuestras propias investigaciones, hayamos podido prescindir de ellas por completo. Lo único que aquí queremos hacer es subrayar con un último trazo su alcance esterilizante.

¿Que la psicosis está determinada por una "constitución" Con esto queda dicho todo: nuestros delirantes son paranoicos "innatos". Para convencernos de ello, nos contentaremos con algunos rasgos particulares que detectaremos en el carácter manifestado por el sujeto en la época anterior a la psicosis. Por lo demás, estamos tan seguros de nuestra concepción, que atrevidamente

supondremos la existencia de esos rasgos, incluso cuando no haya nada que nos la afirme. En efecto, ¿para qué ponerse a interrogar tan detalladamente los hechos, allí donde ya está bien entendida la causa de su naturaleza íntima, o sea el carácter "innato" de su determinismo? La única cuestión interesante es la de saber en qué momento se impone el internamiento de estos sujetos. Es verdad que semejante problema podrá ponemos en algunos aprietos, pero nos zafaremos siempre de ellos mediante la intuición y el tacto.

¿Que la psicosis, por el contrario, es una enfermedad orgánica? Esta vez tenemos en la mano la causa del mal; a decir verdad, no la tenemos todavía en la mano, pero la vamos a tener, puesto que, sea lo que sea, microbio, virus, tóxico o neoplasia, se trata de un agente que puede tener cabida en el microscopio o en la probeta. Es verdad que la naturaleza de este agente sigue siendo bastante incierta y que, cosa aún más extraña, nadie ha podido todavía captar la menor huella de las lesiones que podrían ser indicio de su presencia, pero ¿acaso no se impone reconocer su acción en los trastornos manifestados por el enfermo? Es el argumento mismo del reloj y el relojero, principio de las fes sólidas. Deberemos admitir, por lo demás, que este agente tiene la extraordinaria sutileza de estar "moliendo" al sujeto con los estribillos auto-acusadores de su conciencia, y que llega a veces a la sutileza aún más extraordinaria de no actuar sobre esas teclas sino cuando el sujeto, agarrado de alguna manera bajo la acción de sus semejantes, está en medida de imputarles a ellos dichas

formulaciones. Es verdad que una lesión orgánica de efectos tan sutiles nos deja desconcertados y desarmados, y el alienista, en consecuencia, no tendrá otra preocupación que la de certificar la enfermedad en las formas. Y si la Pobreza de esta intervención humilla su consciencia médica, le dará en cambio ciertas compensaciones en el plano especulativo, haciendo suyas (!aquí Helvecio y d'Holbach, Cabanis y Tamburíni, sombras de los grandes materialistas!) las perogrulladas, vaciadas de toda virtud heurística, de la organogénesis de lo mental .

En cuanto a nosotros, lo que creemos es que, si hemos podido dar aquí algún carácter concreto al cuadro de un tipo clínico, es en la medida misma en que hemos abandonado esas hipótesis, las cuales, dado caso que dejen sobrevivir el espíritu de investigación, enmascaran los hechos o los deforman, y hacen que queden no reconocidos los más sencillos de comprender.

Cuando decimos comprender, lo que queremos indicar es que tratamos de dar su sentido humano a las conductas que observamos en nuestros enfermos y a los fenómenos mentales que ellos nos presentan. Ciertamente, es éste un método de análisis lo bastante tentador en sí mismo para no presentar graves peligros de ilusiones. Pero sépase bien que, si el método hace uso de relaciones significativas, fundadas en el asentamiento de la comunidad humana, su aplicación a la

determinación de un hecho dado puede estar regida por criterios puramente objetivos, aptos para protegerla de toda contaminación con las ilusiones, detectadas a su vez, de la proyección afectiva. Sería vano negar el derecho de ciudadanía a semejantes investigaciones (aunque se haga en nombre de los principios heurísticos más sólidos), cuando están pidiendo ser aplicadas a unos terrenos en que toda tentativa propiamente explicativa se ve reducida a invocar las cualidades escolásticas de la constitución o los agentes mi. ticos del automatismo mental. Más vano aún sería desdeñarlas, cuando esas relaciones comprensivas brotan claramente de los hechos mismos. Por lo demás, ¿quién merece más el reproche de estar cayendo en la "psicología"?

¿Es el observador deseoso de comprensión, que no aprecia los trastornos mentales subjetivos, más o menos vehementemente acusados por el enfermo, sino en función de todo el comportamiento objetivo del cual no son más que epifenómenos?

¿No lo es más bien el que se califica a si mismo de "organicista"? Lo que vemos, en efecto, es que éste trata las alucinaciones, los trastornos "sutiles" de los "sentimientos intelectuales?, las

autorrepresentaciones aperceptivas y las interpretaciones mismas, como si se tratara de fenómenos independientes de la conducta y de la consciencia del sujeto que los experimenta, y que de todos estos acontecimientos hace objetos en sí. Y si a tales delitos les supone el cuerpo de alguna lesión (puramente mítica, por cierto), sin duda este doctrinario creerá haber demostrado así la inanidad de la "psicología" pero de hecho está erigiendo en ídolos los conceptos de la psicología. Las

abstracciones del análisis se convierten para él en realidades concretas. Por lo demás, su desprecio de toda ideología lo dejará para siempre en la ignorancia de su extraño error, demostrando ser una actitud bastante propia para garantizar su tranquilidad.

En cuanto a nosotros, no vamos a tener miedo de confiamos a ciertas relaciones de comprensión si éstas nos permiten captar un fenómeno mental como la psicosis paranoica, que se presenta como un todo, positivo y organizado, y no como una sucesión de fenómenos mentales elementales, surgidos de trastornos disociativos.

Tomaremos en primer lugar todas las garantías de una observación objetiva exigiendo, para reconocer esas relaciones de comprensión en un comportamiento dado, señales muy exteriorizadas, muy típicas, muy globales. No vacilaremos en hacer tan objetivos esos signos, que su esquema pueda llegar a confundirse con los esquemas mismos que se aplican al estudio del comportamiento animal.

El deseo, por ejemplo, lo definiremos como cierto cielo de comportamiento. Se caracteriza por ciertas oscilaciones orgánicas generales, llamadas afectivas, por una agitación motriz que, según los casos, está más o menos dirigida, y, finalmente, por ciertos fantasmas cuya intencionalidad objetiva será, según los casos, más o menos adecuada; cuando una experiencia vital dada, activa o sufrida, ha determinado el equilibrio afectivo, el descanso motor y la disipación de los fantasmas

representativos, decimos por definición que el deseo ha sido satisfecho y que esta experiencia era el fin y el objeto del deseo. Poco nos importa que los fantasmas hayan quedado conformes o no a la imagen de este objeto o, dicho de otro modo, que el deseo haya sido consciente o inconsciente. El concepto mismo de inconsciente responde a esta determinación pura. mente objetiva del fin del deseo.

Es una clave comprensiva como ésa la que hemos aplicado al caso de la enferma Aimée, y la que, más que cualquier otra concepción teórica, nos ha parecido responder a la realidad del fenómeno de la psicosis, el cual debe ser entendido como la psicosis tomada en su totalidad, y no en tal o cual de los accidentes que de ella puedan abstraerse.

En efecto, la psicosis de nuestra enferma se presenta esencialmente como un ciclo de comportamiento; inexplicables si se los toma uno a uno, todos los episodios de su desarrollo se ordenan naturalmente con referencia a ese ciclo. Fuerza nos ha sido admitir que este ciclo y sus epifenómenos se organizan de hecho según la definición objetiva que acabamos de dar del deseo y de la satisfacción del deseo. Hemos visto cómo esta satisfacción, en la que se reconoce el fin del deseo, está condicionada por una experiencia muy compleja, si, pero esencialmente social en su origen, su ejercicio y su sentido. En esta experiencia, el factor determinante del fin del ciclo ha sido, según nosotros, aquello que fue sufrido por el sujeto, es decir la sanción del acontecimiento, y la índole específicamente social de ese factor no permite designarlo con otro término que el de castigo. Así, pues, nuestras premisas metódicas nos imponían la necesidad de reconocer en la experiencia del castigo el objeto mismo de la tendencia manifestada en todo el cielo. Como, por lo demás, la existencia de tal tendencia y de tales ciclos significativos está demostrada en psicología humana por gran número de hechos, hemos concebido nuestro caso como una psicosis de autocastigo.

Al permitir revelar en el comportamiento del sujeto semejantes tendencias concretas, nuestro punto de vista no sólo da razón de los fenómenos de la psicosis de manera mucho más completa y rigurosa que las doctrinas clásicas, sino que, además, muestra su verdad por el hecho de estar dando una concepción, mucho más satisfactoria que esas doctrinas mismas, de aquella parte de realidad en que están sostenidos dichos fenómenos.

En efecto, allí donde las doctrinas del automatismo mental, fundadas esencialmente en el estudio de los fenómenos llamados elementales, fracasan notoriamente y sin remedio, a saber, en la

concepción de los más enigmáticos de esos fenómenos, y particularísimamente del síntoma interpretación nuestro punto de vista permite, por el contrarío, dar una concepción coherente del papel que en ellos representan los factores orgánicos, ya sea a través de un oscurecimiento fisiológico de la consciencia (estados oniroides), ya en forma de una inmovilización de la energía psíquica, ligada a las tendencias concretas que notamos en el comportamiento (estados psicasténicos).

Por otra parte, allí donde las doctrinas de la constitución psicopática tropiezan, a saber, cuando se ven obligadas a dar razón de las diversidades caracterológicas manifiestas que revelan los antecedentes de la psicosis paranoica, nuestro punto de vista explica racionalmente este polimorfismo por una variación de intensidad de las tendencias concretas que la determinan. En efecto, la simple noción de un desplazamiento, que puede ser ínfimo, en la economía de la tendencia 'autopunitiva, permite concebir que determinados casos, cuya contigüidad genética está

demostrada por mil afinidades semiológicas, se manifiesten unas veces a través de rasgos del carácter llamado paranoico y los síntomas de una psicosis de reivindicación, y otras veces a través de un carácter psicasténico y una psicosis de autocastigo. Demostraremos esto claramente mediante un ejemplo.

Reconocer en los síntomas mórbidos uno o varios ciclos de comportamiento que, por anómalos que sean, manifiestan una tendencia concreta que se puede definir en relaciones de comprensión: tal es el punto de vista que aportamos para el estudio de las psicosis.

Ya antes, en nuestra definición de los fenómenos que llamamos fenómenos de la personalidad, hemos presentado los marcos más generales de estas relaciones de comprensión.

En efecto, lo que allí hacemos es definir un orden de fenómenos por su esencia humanamente comprensible, es decir por un carácter social, cuya existencia de hecho se explica por la génesis, social a su vez (leyes mentales de la participación). Sin embargo, estos fenómenos tienen por una parte el valor de estructuras fenomeno-lógicamente dadas (momentos típicos del desarrollo histórico y de la dialéctica de las intenciones) y dependen, por otra parte, de una especificidad sólo individual (momentos únicos de la historia y de la intención individuales). Estos tres polos, lo individual, lo estructural y lo social, son los tres puntos desde los cuales se puede ver el fenómeno de la personalidad.

El punto de vista de lo individual, en el fenómeno de la personalidad, es el más llamativo para la intuición; es él el que predomina en el uso de la lengua; pero es, por definición, científicamente inutilizable.

El punto de vista de lo estructural en el fenómeno de la personalidad nos lleva de golpe a la consideración metafísica de las esencias, o en todo caso a la Aufhaltung fenomenológica del método husserliano. En si mismo, es extraño al determinismo existencial que define toda ciencia.

De una confusión bastarda de estos dos primeros puntos de vista, el uno y el otro excluidos por las condiciones mismas de la ciencia, es de donde ha nacido la doctrina de las constituciones

psicopatológicas. Así, pues, en el plano de los hechos esta doctrina estaba destinada a agotarse en ese verbalismo puro que ha podido echarse en cara a las especulaciones escolásticas más vacías. El punto de vista de lo social en el fenómeno de la personalidad nos ofrece, por el contrario, un doble asidero científico: en las estructuras mentales de comprensión que engendra de hecho, ofrece una armazón conceptual comunicable; en las interacciones fenoménicas que presenta, ofrece hechos que tienen todas las propiedades de lo cuantificable, puesto que son movedizos, medibles, extensivos. Esas son dos condiciones esenciales para toda ciencia, y por lo tanto para toda ciencia de la personalidad.

Por eso, al definir la personalidad, hemos cargado todo el acento sobre el punto de vista, de lo social; es éste, en efecto, el que estamos expresando en las tres funciones que reconocemos en la personalidad, bajo los atributos de la comprensibilidad del desarrollo, del idealismo de la concepción de si mismo, y por último como la función misma de tensión social de la personalidad, en la que los dos primeros atributos del fenómeno se engendran de hecho por las leyes mentales de la

participación.

Pero, inversamente, por el camino de estas relaciones de comprensión, es lo individual mismo y lo estructural la meta de nuestro empeño, y para llegar a ella nos esforzamos en precisar lo más posible lo concreto absoluto.

Para tender el fundamento de esa ciencia de los hechos concretos de la psicología disponemos, según acabamos de decir, de una armazón conceptual y de un orden específico de fenómenos medibles. Nos falta todavía una condición, sin la cual no podemos fundar ninguna ciencia que tenga semejante objeto, sino sólo entregamos a una especie de lectura puramente simbólica de estos hechos. Nos referimos a la condición de un determinismo que sea específico de estos fenómenos. Es aquí, y aquí únicamente, donde hacemos una hipótesis. (Y, por lo demás, si hemos rechazado las de las doctrinas clásicas, no por ello nos hemos comprometido nunca a no forjar algunas por nuestra cuenta.) Esta hipótesis consiste en decir que existe un determinismo que es especifico del orden definido en los fenómenos por las relaciones de comprensibilidad humana. A este determinismo lo hemos calificado de psicógeno. Nuestra hipótesis merece el titulo de postulado; es en efecto indemostrable, y pide un asentimiento arbitrario, pero es, punto por punto, homóloga de los postulados que fundan en derecho toda ciencia y definen para cada una a la vez su objeto, su método y su autonomía.

Según lo hemos mostrado, cada investigador se sirve de este postulado desde el momento en que estudia los fenómenos concretos de la psicología humana; es un hecho que el médico, el experto, el psiquiatra, a sabiendas o no, se refieren a él constantemente. Si este postulado expresara un error y no hubiera determinismo psicógeno, sería inútil hablar de otra manera que por figuras poéticas acerca del comportamiento del hombre, y por consiguiente acerca de esos fenómenos psicopatológicos que no son otra cosa que atipias de dicho comportamiento.

Pero el ingenio humano ha pasado ya más allá, y, gracias a la -utilización de diversas maquinarias, designadas con los títulos de psicoanálisis, de psicología concreta, de Indívídualpsychologie y de caracterología (en el alcance que a esta última disciplina le da Klages), ha asentado ya sus puntos de esbozo una ciencia que no es otra cosa que la parte propiamente humana de la psicología: nosotros la llamamos ciencia de la personalidad.

Esta ciencia, según nuestra definición de la personalidad, tiene por objeto el estudio genético de las funciones intencionales, en las que se integran las relaciones humanas de orden social.

Es una ciencia positiva. Como tal, no abarca todo el estudio de los fenómenos de la personalidad, puesto que -según lo hemos puesto muy de relieve en el proceso dialéctico mediante el cual hemos definido su objeto- existe acerca de estos fenómenos un punto de vista, estructural y formal, que se le escapa. Este punto de vista constituye el objeto de una ciencia no positiva, sino gnoseológica, a la que se puede dar el nombre de fenomenología de la personalidad. Cabe decir que ésta es el complemento filosófico de la ciencia positiva, complemento tanto más útil cuanto que quienes ignoran su dominio se exponen a introducir graves confusiones metódicas en estas materias delicadas. (Más adelante señalaremos un ejemplo de ello.)

Habiendo quedado así definida la ciencia de la personalidad, se puede ver claramente la naturaleza de nuestra tesis. Nuestra tesis consiste en la siguiente afirmación doctrinal: los fenómenos mórbidos situados por la psicopatología dentro del marco de la psicosis dependen de los métodos de estudio propios de los fenómenos de la personalidad.

Tratemos ahora de hacer ver el alcance de esta afirmación.

Hemos podido mostrar una aplicación notable de ella mediante el estudio de un caso de psicosis. No vamos a seguir insistiendo aquí en la descripción clínica y en la concepción teórica que ya hemos

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