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3.2 Method

3.2.3 Model Evaluation

explican las correlaciones clínicas más

evidentes de la personalidad del sujeto.

Pero se nos objetará: ¿a qué viene eso de dar un nombre teórico, autocastigo, a los rasgos

puramente clínicos revelados ya por el análisis que usted ha hecho del carácter y de la personalidad de su paciente? Concedemos que usted ha demostrado que la psicosis encuentra su determinismo esencial en una anomalía de la personalidad, y que su descripción presenta una imagen bastante aproximada de lo que es esa anomalía. Entonces, el término "autocastigo" no es más que una palabra para designarla. Indica, cuando mucho, su relación con una función psicológica normal, pero en ese caso desconfiaremos aún más de ese término, puesto que no explica la especificidad de la anomalía.

Es aquí donde vamos a demostrar el alcance científico de la doctrina freudiana, en cuanto esta doctrina refiere una parte importante de los trastornos mentales al metabolismo de una energía psíquica llamada libido. Nosotros sentimos que la evolución de la libido en la doctrina freudiana corresponde con mucha precisión, en nuestras fórmulas, a esa parte (tan considerable para la experiencia) de los fenómenos de la personalidad cuyo fundamento orgánico está dado por el deseo sexual.

En efecto, ¿qué es lo que nos aportan, para la investigación de las enfermedades mentales, las doctrinas psicológicas ajenas a las doctrinas freudianas? Descripciones clínicas, desde luego, algunas de las cuales son síntesis de observaciones valiosísimas, pero también, como contrapeso, unas visiones teóricas cuyos titubeos en cuanto a la naturaleza misma de lo mórbido no pueden dejar de llamarle la atención incluso al profano.

En un, caso como el nuestro, algunas de esas doctrinas explicarán el trastorno mórbido como una pérdida del sentimiento de lo real; pero lo que se entenderá con esa fórmula será únicamente el nivel inferior del rendimiento social del sujeto, de su eficacia en la acción práctica (Janet). Otras doctrinas invocarán por su parte la noción de un contacto con la realidad, pero esta vez se tratará de un contacto de índole vital: completamente opuesto al dominio sobre la realidad que es impuesto por la acción, o que la determina, ese contacto vital inefable está hecho de un intercambio de efusiones y de infusiones afectivas con un estado de lo real que se puede calificar de primordial. "Lo real", en efecto, según quienes teorizan así, responde a la experiencia tal como ésta se ofrecería en su totalidad intacta, antes de que esos marcos inferiores del pensamiento que están condicionados por el lenguaje la hayan reducido a las formas empobrecidas de lo real común, que no es más que el reflejo de las constricciones sociales. Reconocemos aquí a la falange de los bergsonizantes. Pero, hecho curioso, mientras que unos verían en nuestro caso una regresión de la conciencia al mencionado estado de indiferenciación primordial (Blondel), los otros no vacilarían en relacionar el trastorno inicial con una deficiencia de ese contacto vital con realidad que es, para ellos, la fuente primera de toda actividad humana; estos últimos hablarían de racionalismo mórbido (Minkowski), y nuestro maestro y amigo el doctor Pichón nos diría, citando a Chesterton: "El loco no es el hombre que ha perdido la razón; el loco es el que lo ha perdido todo, excepto su razón."

No seguiremos presentando estas contradicciones sugestivas.

La innovación de Freud nos parece capital por el hecho de haber aportado a la psicología una noción energética, que sirve de medida común para fenómenos muy diversos. Esta noción es la de libido, cuya base biológica está dada por el metabolismo del instinto sexual. La importancia teórica que se otorga a este instinto tiene que ser confirmada por el estudio de los hechos; en todo caso, acarrea consigo el beneficio inmediato de imponer la investigación sistemática de los trastornos del comportamiento sexual hasta en estados psicopatológicos que, como nuestras psicosis por ejemplo, habían sido descuidados durante mucho tiempo. Es, en efecto, muy digno de consideración el hecho de que esos trastornos, con ser tan evidentes, hayan quedado largo tiempo confinados, dentro de los terrenos que nosotros estudiamos, en una especie de segundo plano teórico e incluso clínico, hecho en el que nos sentimos tentados a reconocer la intrusión de "prohibiciones" de índole poco científica. De hecho, la noción de libido se revela, en la doctrina de Freud, como una entidad teórica

sumamente amplia, que desborda, con mucho, el deseo sexual especializado del adulto. Más bien tiende a identificarse con el deseo, con el eros helénico, pero entendido en un sentido vastisimo, a saber, como el conjunto de los apetitos del ser humano, que van mucho más allá de sus estrictas necesidades de conservación. La preponderancia enorme de esos instintos eróticos en el determinismo de un orden importante de trastornos y de reacciones del psiquismo es uno de los hechos globales mejor demostrados por la experiencia psicoanalítica. Diversos hechos de la observación biológica hablan permitido, desde hacia mucho, entrever esa preponderancia como una propiedad fundamental de toda vida.

En cuanto a la imprecisión relativa del concepto de libido, es, en opinión nuestra, justamente lo que constituye su valor. Tiene, en efecto, el mismo alcance general que los conceptos de energía o de materia en física, y a ese título representa la primera noción que permite entrever la introducción, en psicología, de leyes de constancia energética, bases de toda ciencia.,

Y precisamente hacia tales leyes energéticas es hacía donde convergen las sugerencias que un cúmulo de hechos nuevos, descubiertos cada día, está aportando a una ciencia que se halla todavía en la infancia. Las primeras concepciones psicoanalíticas fundaron la noción de las fijaciones anormales de la libido en órganos no sexuales (síntomas histéricos). Al mismo tiempo, indagaban los modos de trasferencia de la libido en sus proyecciones sucesivas sobre los objetos exteriores (complejo de Edipo; estadio de homosexualidad infantil normal; más tarde, fijación en el objeto heterosexual de la sexualidad adulta normal; mecanismos de trasferencia). Quedó establecido el

hecho de que gran parte de esta evolución se lleva a cabo antes de la pubertad, e incluso en un estadio muy precoz del individuo (sexualidad infantil).

Fue entonces cuando se añadió a estas concepciones un complemento que en un principio no habla podido ser más que sospechado a propósito de los hechos del simbolismo normal (sueños) y patológico (fobias, fetichismo): a saber, el papel capital de las fijaciones libidinales en la elaboración del mundo de los objetos en el sentido más general. La función del "contacto con lo real" se acomodaba así en la energética general de la libido. Esta concepción fue impuesta por el análisis de los síntomas de la demencia precoz tal como lo llevaron a cabo, en competencia unos con otros, los psicoanalistas y los miembros de la escuela misma que ha dado de esta entidad mórbida una síntesis a la vez más clínica y más psicológica con el nombre de esquizofrenia.

Gracias al estudio de los síntomas de esta afección se llega a la concepción siguiente: en el primerisimo estadio de organización erógena (orgasmo oral del niño de pecho)," la proyección libidinal está enteramente fijada en el propio cuerpo del bebé (estadio autoerótico primitivo); después, mediante sucesivas fijaciones de la libido en objetos de valor vital, y más tarde de valor sublimado, se crea progresivamente el mundo objetal. Se puede así comprender el determinismo de ciertos síntomas de pérdida de los objetos (Obiektverlust; síntomas hebefreno-catatónicos y esquizofrénicos más o menos deleznables) y de fijaciones somáticas anormales (hipocondría). Esta concepción de una compensación entre las fijaciones narcisistas y las fijaciones objetales aportó luces incontestables para la comprensión del conjunto de las psicosis. Preciso es reconocer, sin embargo, que esas primeras síntesis esperan todavía su coordinación con un estudio sistemático de los hechos mismos que están permitiendo ver bajo un aspecto nuevo. Pensamos que la

elaboración de monografías psicopatológicas, como la nuestra, es esencial para cualquier progreso en esta vía, y que el análisis comparativo de los trabajos de este tipo es lo único que permitirá aclarar los estadios de estructura del periodo oscuro del narcisismo.

Sea de ello lo que fuere, hay un estadio de la evolución de las tendencias narcisistas que es, con mucho, el mejor conocido de todos, y es el que responde a la aparición de las primeras prohibiciones morales en el niño, a la instauración de la independencia de estas prohibiciones frente a las

amenazas de sanción exterior, o, dicho en otras palabras, a la formación de los mecanismos autopunitivos o del super-ego. Este periodo corresponde a un estadio de la evolución libidinal ya tardío, y separado del narcisismo autoerótico primitivo por toda una primera diferenciación del mundo de los objetos (complejo de Edipo - complejo de castración); el principio moral demuestra, en efecto, ser posterior al principio de realidad. Este período merece el nombre de narcisismo

secundario: en efecto, el análisis de los casos de fijación mórbida en ese estadio evolutivo permite demostrar que equivale a una reincorporación al yo de una parte de la libido que ya había sido proyectada sobre los objetos (objetos parentales principalmente). Esta reincorporación tiene todo el carácter de un fenómeno orgánico y puede verse trastornada por diversas causas exógenas (anomalías familiares) y endógenas. Los trastornos quedan entonces ligados a una fijación afectiva de una economía llamada sádico-anal de la libido en este periodo.

Así, pues, el predominio mórbido de los mecanismos de autocastigo irá acompañado siempre de trastornos detectables de la función sexual. La fijación sádico-anal, que es la que esos trastornos representan las más de las veces, explica la correlación de éstos con trastornos neuróticos obsesionales y síntomas llamados psicasténicos. Están, además, vinculados con ese periodo de homosexualidad infantil de que se nos habla en la doctrina, y que corresponde a la erotización de los objetos fraternos. En sus trabajos, así sociológicos como clínicos, Freud ha puesto de manifiesto la relación electiva de este periodo con la génesis de los instintos sociales.

En un sentido, el valor patogénico de una fijación dada puede ser asimilado al de una constitución, puesto que es siempre susceptible (y en eso insiste Freud constantemente) de ser referida, como

ella, a un determinismo orgánico congénito; pero hay una diferencia importante, y es que la fijación deja siempre, igualmente, lugar para la hipótesis de un determinismo traumático, detectable históricamente, y evocable subjetivamente mediante una técnica adecuada.

En este caso, una fijación se traduce por huellas psíquicas que no se manifiestan sino en los límites fisiológicos mientras no haya sobrevenido un acontecimiento emparentado, en cuanto a su sentido, con el traumatismo primitivo. En ausencia de toda liquidación afectiva del trauma primitivo

(psicoanálisis), semejante acontecimiento representa, en consecuencia, el papel de una represión, o sea que las resistencias inconscientes que desencadena acarrean una regresión afectiva hasta el estadio de la fijación.

Una vez recordados estos puntos teóricos, nos parece manifiesto que permiten captar las correlaciones clínicas más importantes que se presentan en nuestra enferma.

Explican, en primer lugar, la concomitancia de los rasgos patológicos propiamente psicasténicos y obsesionales.

Por otro lado, dan su valor clínico a las deficiencias, que son descuidadas en el cuadro de Janet, y que atañen a la esfera sexual. Ya hemos demostrado la importancia que esas deficiencias tienen en nuestro caso. En efecto, hemos encontrado en Aimée la inc ertidumbre del pragmatismo sexual (elección de compañeros de una incompatibilidad máxima), rasgo que sigue todavía cerca de las conductas psicasténicas; hemos podido señalar, en un terreno más cercano a lo orgánico, la impotencia para experimentar el orgasmo sexual, fenómeno que nuestra enferma nos confiesa como permanente; y por último, hemos insistido en toda una serie de rasgos de la conducta que, por su convergencia, han parecido imponemos, cuando menos bajo una forma reservada, el diagnóstico de inversión psíquica: predominio manifiesto de los afectos femeninos; vivacidad del atractivo

intelectual que para la enferma tienen las reacciones del sexo opuesto; afinidades con este sexo experimentadas por la introspección, y que, aunque "bovaryanas", siguen siendo significativas; y asimismo esos desórdenes de la conducta, tan singulares por su carácter gratuito como por su discordancia con los pretextos éticos que les servían de cobertura, desórdenes que nosotros hemos designado con el término donjuanismo, que expresa bastante bien su carácter de búsqueda inquieta de sí mismo sobre una base de insatisfacción sexual. Al mismo tiempo, los complejos éticos, que dominan toda la personalidad de la enferma, están mezclados en el más alto grado con las reacciones psic osexuales que acabamos de mencionar.

En cuanto a la génesis histórica de la psicosis, nuestro análisis (véase el capitulo precedente) nos ha revelado que su núcleo está en el conflicto moral de Aimée con su hermana. ¿No adquiere este hecho todo su valor a la luz de la teoría que determina la fijación afectiva de tales sujetos en el complejo fraternal?

Finalmente, creemos poder encontrar la regresión libidinal típica en la estructura misma del delirio de Aimée. Es eso lo que ahora vamos a mostrar.

Freud, en un análisis célebre, ha hecho la observación de que los diferentes temas del delirio en la paranoia pueden deducirse, de una manera gramatical por así decir, de las diferentes denegaciones que pueden oponerse a la confesión libidinosa inconsciente:

Yo lo amo a él (el objeto de amor homosexual).

La primera denegación posible, Yo no lo amo: lo odio, proyectada secundariamente en £1 me odia, da el tema de persecución. Esta proyección secundaria es inmediata en la fenomenología propia del odio y, a nuestro parecer, puede prescindir de cualquier otro comentario.

La segunda denegación posible, Yo no lo amo: es ella (el objeto de sexo opuesto) a quien amo, proyectada secundariamente en Ella me ama, da el tema erotomaniaco. Aquí, a nuestro parecer, la proyección secundaria, por la cual la iniciativa amorosa viene del objeto, implica 12 intervención de un mecanismo delirante propio, que Freud deja en la oscuridad.

La tercera denegación posible, Yo no lo amo: es ella quien lo ama, da, con inversión proyectiva o sin ella, el tema de celos.

Hay en fin, dice Freud, una cuarta denegación posible, que es la que descansa globalmente sobre toda la fórmula y que dice: Yo no lo amo. Yo no amo a nadie. Yo no amo más que a mí. Esta denegación explicaría la génesis de los temas de grandeza que, en el caso analizado por Freud, son los temas de omnipotencia y de enormidad propios de la parafrenia. La regresión, en el caso estudiado por Freud, va en efecto a un estadio primitivísimo del narcisismo.

Según Freud, la distancia evolutiva que separa la pulsión homosexual, causa de la represión traumática, del punto de fijación narcisista, que revela la regresión llevada a cabo, da la medida de la gravedad de la psicosis en un caso dado.

Desprendidas de los casos a que se refieren, estas fórmulas resultan tan generales, que pueden dar la impresión de no ser más que un juego de ingenio. Sin embargo, al aplicarlas a nuestro caso vamos a comprobar no sólo que explican de manera luminosa la estructura del delirio, sino también que los modos especiales con que en él se presentan dan la base teórica de su relativa benignidad. En primer lugar, no podemos menos de sentirnos impresionados por el hecho de que la primera que aparece en la sucesión de las perseguidoras 18 haya sido la amiga más intima de la enferma; y de que, por otra parte, el estallido del odio de Aimée contra la señorita C. de la N. haya coincidido exactamente con el fracaso de su esperanza de maternidad. Era ésa, en efecto, la esperanza última a que se aferraba su tentativa, ya semicomprometida, de realizar de manera redonda, desde el doble punto de vista sexual y social, su destino de mujer. No podemos menos de ver en su fracaso la represión que, al reactivar el componente psíquico homosexual, le dio al delirio su primera sistematización.

Ciertamente, esta perseguidora no será olvidada nunca (la enferma la habría agredido a ella, y no a la señora Z., si hubiera estado a su alcance). Hasta el final, es C. de la N. quien le da al delirio su peso afectivo. De manera muy rápida, sin embargo, cede el primer plano a personajes de categoría superior, esas grandes actrices, esas mujeres de letras que hacen del delirio de Aimée. una

auténtica erotomanía homosexual. Estos personajes, según hemos visto, simbolizan además el ideal del yo de Aimée (o su super-ego), de la misma manera que la primera perseguidora, durante un instante, habla sido identificada con él.

El papel de los perseguidores, vagamente impregnado de atractivo erotomaniaco, y al mismo tiempo unido con lazos indiscernibles a la actividad de la perseguidora principal ("No son amantes Pero hacen como si asi fuera"), revela, por esa ambigüedad misma, su dependencia respecto del primer tema. En cuanto al tema francamente erotomaniaco que se forma tardíamente (amor por el príncipe de Gales), su carácter de utopía trascendental y la actitud mental de platonismo puro que en él adopta la enferma, según la descripción de los clásicos, adquieren todo su sentido si se hace una comparación con el primer apego amoroso de la enferma. En efecto, el exquisito cariño y la fidelidad prolongada que el príncipe de Gales ha inspirado en Aimée contrastan extrañamente con la

brevedad y la mediocridad de las ocasiones que motivaron semejante elección amorosa, y también con el alcance sin esperanza e incluso sin respuesta de las relaciones que ella creyó mantener de lejos con su amante, sin tomar nunca una iniciativa para verlo. La paradoja aparente de esta actitud se ilumina ahora para nosotros. Sin duda esta situación fue tanto más preciosa para Aimée cuanto que satisfacía su poca afición a las relaciones heterosexuales, al mismo tiempo que le permitía

negar sus pulsiones hacia su propio sexo, cosa reprobada por ella. Por lo demás, esta comparación entre el delirio y la pasión "normal" en un mismo sujeto nos demuestra que, en una forma de la erotomanía que se podría llamar la forma simple, el rasgo de la iniciativa atribuida a l objeto está ausente, mientras que el de la situación superior del objeto elegido no sólo adquiere todo su valor, sino que tiende incluso a reforzarse. Pero aquí, en la génesis de las perseguidoras, se manifiesta además otra cosa: ese rasgo de la situación superior del objeto, lejos de ser atribuible, como se ha dicho, al "orgullo sexual" no es sino la expresión del deseo inconsciente de la no realización del acto sexual y de la satisfacción que se encuentra en un platonismo radical.

No menores son las luces que las fórmulas freudianas arrojan sobre los temas de celos de nuestra enferma. Las amantes que Aimée imputa sucesivamente a su marido son, a medida de los progresos de su delirio, aquellas mismas que su amor inconsciente designa a su odio delirante. El carácter delirante del odio es difícil de discernir allí donde las acusaciones de la enferma apuntan a

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