El análisis de las construcciones de sentido sobre esta dimensión nos ubica nuevamente en los “dos mundos” en que se compone el actor colectivo insurgente ELN: lo rural y lo urbano, los hombres y las mujeres urbanos militantes y los hombres y las mujeres rurales en que confluyen militantes y combatientes, sin querer decir con ello que en las ciudades no haya combatientes, puesto que, desde nuestra perspectiva, son “más visibles” en el ámbito rural.
En “los urbanos” encontramos que hay una percepción de lo político en términos amplios, es decir, no solamente con referencia a la institucionalidad, sino también a los procesos de construcción de un orden diferente en la cotidianidad. “Hay que diferenciar entre la política y lo político, la primera implica el lugar formal
121 Palabras reiterativas de los combatientes rurales
institucional, y lo político los mundos cotidianos, los dos deben ser complementarios” [ACGHO1C2, líneas 702-704]. Este planteamiento coincide con la construcción teórica que algunos autores llaman la doble inscripción de lo político: “esto es, el hecho de que éste aparece como lugar sistémico o institucional (la política) y como el momento puramente contingente de la institución de objetividad o de desafío de lo instituido que puede darse en cualquier lugar dentro o fuera de un sistema (lo político)” (Ardite, 1995: 333).
La diferenciación entre la política y lo político se percibe en construcciones que hacen hombres urbanos con niveles de educación universitaria y de posgrado. En concordancia con ello, su representación de la realidad política colombiana es de una institucionalidad que, desde el deber ser, está encargada de resolver los problemas que plantea la convivencia colectiva, y en concordancia debería dictar y ordenar el bien común. Tiene la capacidad de distribuir la riqueza y ejecutar el poder según sea necesario para promover dicho bien común. Sin embargo, desde la construcción de sentido de los integrantes del ELN, esto no se cumple en términos reales, debido a que el poder representado en el gobierno y el Estado no legisla para un bien común y tampoco representa a la mayoría de ciudadanos y ciudadanas; por el contrario, legisla y encarna el bien de unos pocos. El poder político está en manos de quienes también ostentan el poder económico y se constituyen como “la clase oligárquica”.
La actuación de la política, es decir, de la institucionalidad, al igual que la dimensión económica, es de significativa exclusión, y no hay acceso a la participación en la toma de decisiones, tampoco existe el derecho al disentimiento o la oposición a través de la vía legítima; ésta es acallada con una fuerte represión y criminalización. En este sentido, se argumenta cómo desde la institucionalidad se ha terminado con todo tipo de oposición a través de la vía violenta, con lo cual se constituye la existencia de un terrorismo de Estado. El ejercicio político institucional colombiano es asumido como
violento, utiliza medios violentos para su ejercicio, y a lo largo de la historia ha establecido nexos con la criminalidad: narcotráfico y paramilitares123.
Los actores políticos institucionales (partidos políticos) son tomados como entes al servicio de la “clase oligárquica”. Desde esta perspectiva, la vía de la política institucional no simboliza ninguna opción de participación ni de representación, de ahí que sea necesario buscar y construir formas no institucionales de “lo político” para transformar lo instituido124. Hombres y mujeres urbanos coinciden en afirmar que no hay caminos democráticos para el ejercicio de la política, y son enfáticos en plantear que las vías de la participación política institucional en Colombia están totalmente cerradas, por tanto es “necesaria y legítima la opción armada”, como forma de participación política en la que el ejercicio de la violencia es un medio para influir en la política y para cambiar lo instituido. De esta manera, la acción insurgente se constituye en lo político, para constituir la política. En concordancia con los análisis e investigaciones, se plantea la existencia de una democracia formal, mas no real.
La política que queremos hacer, buscar los cambios del país como la justicia social, la democracia, el respeto a los Derechos Humanos, no ha sido posible por las vías políticas, de eso ya ha dado cuenta la historia con el genocidio contra los dirigentes políticos y populares. Sencillamente con las armas hemos defendido nuestras vidas y nuestros ideales. Dolorosamente, en Colombia, la respuesta armada a la violencia oficial ha sido la pedagogía que ha ido permitiendo crear el respeto y la tolerancia hacia la oposición política, pero aún nos falta (entrevista a Antonio García por Yamid Amat – 16 de enero de 2005).
El juego entre la política y lo político genera una secuencia: la institución de la política como orden, no deseado, no legítimo, a su vez seguida por la subversión como parte de lo político, que crea figuras nuevas (diferentes) de orden político que apuestan a la construcción de un orden nuevo, tratando de constituirse en la política. En esa búsqueda, la acción armada y violenta adquiere un lugar importante, pero no más importante que la misma política125:
123 Para mayor profundidad sobre los vínculos entre los partidos políticos tradicionales y grupos ilegales y criminales (narcotráfico, paramilitarismo) ver: Francisco Gutiérrez (2006), “La criminalización de la política. Reconsiderando las expresiones regionales”, en: Francisco Gutiérrez (2006), ¿Lo que el viento se llevó? Los
partidos políticos y la democracia en Colombia 1958-2002, Bogotá, Norma.
124 Camilo Torres argumentaba: “las vías electorales están cerradas, por cuanto quien escruta, elige”. 125 Éste ha sido un debate recurrente en el Ejército de Liberación Nacional: el privilegio o no de la acción armada o la vía política.
De las cosas que más tenemos claras nosotros, es que lo militar es uno de los instrumentos de lo político, o sea, lo militar nunca está por encima de lo político, nunca por encima de lo ideológico, pero desgraciadamente en este país, o sea sino se tiene algo que te sustente en tu discurso, te aplanan, te aniquilan, o sea utilizamos las armas y lo militar no porque somos militaristas, sino porque tienen una razón de ser que es influir y transformar la política [ACGHO2C2, líneas 570 -578].
[…] La opción armada sigue siendo una opción que permite por lo menos pensar un país distinto y eso me parece que es una de las grandes cosas, que donde no hubiera existido la insurgencia quién sabe cómo estaríamos en términos de política pública, política económica y lo que sea, es que es ahí donde está la paradoja.
Por ejemplo, la voladura de oleoductos no ha permitido la privatización de los hidrocarburos en el país, las voladuras de los oleoductos ha permitido que por lo menos algunas regalías queden, que se haga una inversión en la comunidad, es una paradoja grandísima, dramática y muy difícil de explicarla políticamente [ACGH01C1, líneas 2.346- 2.355].
Las mujeres urbanas manifiestan que por su condición de mujeres son totalmente excluidas de la política, por tanto su participación en grupos insurgentes, y específicamente en el ELN, hace que se sientan como “sujetos políticos”, es decir, como personas que participan de la construcción de un orden social distinto al instituido. Desde este razonamiento, la militancia en la insurgencia permite una doble inclusión en lo político y en lo público. En este orden de ideas, aunque no hay expresiones específicas con relación a que en Colombia la dimensión estructural de la política es profundamente generizada, su valoración hacia ésta sí lo es. Las mujeres sienten la necesidad de recurrir a otras formas y otros medios (la lucha armada insurgente), en los que sienten inclusión pública y participación política.
“Porque lo político influye mucho, nosotras no queremos simplemente ser, digámoslo así, unas tiraplomo, nosotras tenemos que saber por qué la utilizamos, para qué, y eso requiere convicción y formación política [ACGM5C03, líneas 143-156].
Ninguna de las entrevistadas expresó que en la construcción de esa “nueva sociedad más incluyente, más democrática” se buscaba la equidad en las relaciones de género, lo cual constituye una paradoja, teniendo en cuenta que en los principios de la organización éste es un factor que se vislumbra126.
126 Kampwirth (2007) plantea que a lo largo de más de 200 entrevistas que realizó con activistas femeninas, solamente una nicaragüense dijo que en su decisión de unirse a los revolucionarios influyó el deseo de alcanzar la justicia de género.
En las entrevistas con combatientes rurales fue reiterativo el planteamiento sobre su desconocimiento de la política y lo político. Una combatiente indígena de 15 años, en el inicio de la entrevista, dijo:
“a mí no me vaya a preguntar nada de eso de la política, porque yo no sé, ni me interesa, yo estoy aquí en la lucha para acabar con los ricos y que no hayan más pobres” [ACGM20C1, líneas 3-6].
Hay una expresión reiterativa en las mujeres rurales acerca de su desconocimiento y desinterés por la realidad del país, por tanto, no hacen alusiones diferentes a la polarización entre “dos bandos”: los desposeídos y los que lo tienen todo. Es con el objetivo de acabar con uno de los opuestos, “los ricos”, como ellas construyen sentido sobre su participación insurgente, a partir de aspectos estructurales. Sin embargo, como ellas mismas lo expresan, entienden dicho objetivo después de ingresar al grupo insurgente; no es ésta la razón que las motiva inicialmente a hacer parte de la organización. En sus expresiones: “entienden la lucha armada cuando ya están en ella”. Su ingreso se da a partir de factores precipitantes: experiencias tempranas de exclusión, de autoritarismo o de falta de posibilidades127.
Los hombres, aunque menos enfáticos, expresan que una vez ingresan al ELN inician el proceso de formación política. La vida en el campo no les había permitido conocer sobre la realidad del país; por el contrario, en la vida guerrillera reciben información. Según ellos, “es aquí donde uno se forma políticamente, no en la [vida] civil”. Coinciden con las mujeres en que su lucha es por acabar con los ricos para que no haya más pobres; sin embargo, hay que resaltar que sus expresiones son menos contundentes que las de las mujeres. Ellas lo expresan con ahínco, con emoción, y ellos como un deber ser al que no pueden escapar.
En términos hipotéticos, podemos decir que tanto en los hombres como en las mujeres rurales, especialmente combatientes, las condiciones estructurales de la sociedad colombiana contribuyen a dar sentido a la acción insurgente, no porque ellos y ellas
hayan construido sentidos diferentes sobre las dimensiones estructurales de la sociedad colombiana, sino por experiencias a las que ellos y ellas se enfrentan, tales como autoritarismo y descomposición familiar, presencia de los grupos armados en sus veredas, falta de recursos económicos, no acceso a derechos fundamentales como vivienda, salud, educación, etc. Todos estos aspectos consolidan una total exclusión social. Retomaremos este tema en el apartado sobre motivaciones para el ingreso a grupos insurgentes.