Aunque mucho antes de Carlos I hubo conflictos ocasionales entre francos y eslavos, se dio sin embargo una infiltración progresiva hacia Turingia y Baviera, hasta los ríos Raab y Regen, Main y Regnitz («es- quinas del reino»), y no se detuvo la penetración de gentes de origen serbio y bohemio durante los siglos vil y viu por la autoridad estatal franca, porque no se pudo o no se quiso. La conquista eslava del país en el siglo viii en la zona de Main superior pudo incluso haberse realizado de acuerdo con el reino. Pero fue Carlos el primer soberano franco, que inició una política sistemática antieslava, se metió en los asuntos inter- nos de los eslavos y sometió a tributo a diversas tribus vecinas hasta la frontera del Oder.
Fue la destrucción del reino avaro la que señaló el comienzo de la cristianización de los eslavos de Moravia. Poco después de la primera campaña contra los avaros (791) entraron bajo soberanía franca.41
Pero este nuevo éxito no calmó el espíritu agresivo del rey. Y siguió en la lista Bohemia, rodeada ya por el reino franco en tres de sus lados. Apenas hubo Carlos vencido definitivamente a sajones y avaros, em- prendió otra acción bélica a gran escala. El 805, año en que su capitular de Diedenhof limitaba el comercio de armas con los eslavos, lanzó tres ejércitos contra los bohemios, que las fuentes francas llaman beheimi
(boemani) y Cichu-Windones (vendos checos). A las órdenes de su hijo
mayor hizo atacar Bohemia por tres lados devastándolo todo hasta más allá del Elba, por el que avanzó con barcos un cuarto ejército hasta Magdeburgo. Y mientras sus tropas operaban literalmente de forma devastadora matando incluso a Lecho, el duque bohemio, su majestad se divertía cazando durante meses en los Vosgos.
Aunque «la verdadera caza era la caza del hombre, la guerra» (Ri- ché). Ya en el 806 siguió una nueva expedición bélica contra Bohemia, que en realidad no fue más que una repetición de la última. De nuevo avanzaron tres columnas de ejército desde Baviera a través de Fichtel- gebirge y desde el norte contra los bohemios, que buscaron refugio en los bosques infranqueables. También fueron sometidas las tribus esla- vas asentadas al este del limes sorabicus obligándolas a un tributo de oro, plata y ganado, que los bohemios pagaron al menos hasta media- dos del siglo xi. Siguieron otros ataques victoriosos contra los paganos del este y del norte. Todavía en el 806 ordenó Carlos la guerra contra los eslavos del Elba, vecinos de Bohemia. Después de morir en la lucha uno de sus príncipes se sometieron. Y finalmente también se doblegó a los wilzos.42
Como canta Notker el Tartamudo, monje de St. Gallen, de su héroe Eishere de Thurgau, que figuraba en el séquito imperial, bohemios, wilzos y avaros «fueron segados como la hierba del prado». Hasta siete, ocho o nueve de aquellos «sapos» (ranunculi) solía pasear «ensartados en su lanza». Y nuestro monachus sangallensís hace decir a su cam- peón de Thurgau con un lenguaje realmente cristiano: «En vano mi señor rey y yo nos hemos esforzado con esta clase de gusanos (vermí-
culos)».43
Lo que eran los eslavos para el monje del siglo ix, que llegó a ser un beato de la Iglesia católica, «sapos» y «gusanos», lo continuaron siendo durante muchos siglos para muchísimos cristianos.
Desde finales del siglo vn la «misión eslava» fue el primer objetivo del emperador Carlomagno. Dejemos de lado si perseguía preferente- mente la cristianización o la imposición de tributos. Cualquier rechazo
de los impuestos se interpretó como una rebelión y como motivo para una nueva guerra. Pero las campañas continuadas -también a lo largo del siglo ix- y la aplicación consciente del «principio "divide et impe-
ra"» (Novy) debían de impedir cualquier asociación estable de las tri-
bus serbias.
Especial atención merece el hecho de que la guerra contra los bohe- mios empezase poco después de la visita de León III el año 804 a Car- los y el que desde entonces las ofensivas contra los eslavos se llevasen a cabo de una manera sistemática, a diferencia de todos los choques anteriores que se organizaban a toda prisa. «Sólo con el envío del botín avaro al papa y con la fundación del arzobispado de Saizburgo se llegó a un proceso planificado, y tales sucesos están a su vez... íntimamente asociados al acuerdo de alianza entre Carlos y León III el año 796». «Al comienzo de la misión carolingia entre los eslavos se encuentra el pacto de Carlomagno con Roma» (Brackmann).
Al finalizar todas aquellas campañas de rapiña una cuarta parte de lo que hoy es el sureste europeo se hallaba bajo soberanía franca: Bohe- mia, Moravia, Hungría occidental y el noroeste de los Balcanes.44
Los años 808 y 810 aún emprendió Carlos algunas campañas contra los daneses, que excepcionalmente fueron guerras defensivas. En el 808 el rey Góttrik había irrumpido en Albingia septentrional, había destrui- do el puerto báltico de los abodritas, que rivalizaba con los puertos da- neses, y dos años después había invadido Frisia con una flota de 200 barcos y derrotado a los frisones en tres batallas. La defensa de Carlos no había tenido mucho éxito y Góttrik amenazaba con avanzar de in- mediato sobre Aquisgrán. Carlos, que debió de temerse una derrota peligrosa y quizá hasta de proporciones catastróficas, inspeccionó su flota y a tambor batiente reclutó tropas en todo el imperio. Pero el rey danés no llegó: uno de sus guardaespaldas le había asesinado.
La «fuerza expansiva» de los francos se había agotado para enton- ces, al igual que el gusto por la guerra de muchos, especialmente de los campesinos libres; y el hambre de tierras de la nobleza se había saciado en buena parte. Al año siguiente Carlos firmó la paz con los daneses (cuyo país habían desgarrado las luchas partidistas y por el trono), y en seguida envió tres ejércitos en las direcciones más diversas: «uno a través del Elba contra los linones, el cual devastó su territorio y recons- truyó la fortaleza de Hohbeck sobre el Elba, destruida el año anterior por los wilzos; el otro marchó a tierras de Panonia para poner fin a las luchas con hunos y eslavos; y, finalmente, el tercero, contra los breto- nes para castigar su deslealtad. Todos cumplieron felizmente con sus objetivos y regresaron sin pérdidas» (Annales regni Francorum).45
Y la desgracia también. Pero de eso, significativamente, las fuentes francas apenas hablan; por lo demás, como hacen todavía hoy los histo- riadores (y yo hablo aquí; como en general sólo del caso normal y co- rriente). Ellos se atienen justamente a lo que leen. ¿A qué, si no? ¿No es eso lo correcto? Pues ciertamente que no. Porque, cuando se procla- man tantos triunfos, tanta victoria y prosperidad, tanta prosperidad y victoria, siempre hay también mucho de lo contrario. Y no sólo entre los vencidos. Pero de eso callan casi siempre los cantores, desde los analistas antiguos hasta los eruditos de hoy. Generalmente ante Carlos «el Grande» todos caen boca abajo.
¿Por qué? ¿No será a causa del renacimiento carolingio, por llamarlo de alguna manera? El cual, tanto por motivo como por contexto, se asoció sobre todo con la «reforma» de la Iglesia franca; y que, como ésta, tuvo en lo esencial el mismo objetivo, para nadie más favorable que para la Iglesia, para-los clérigos y monjas y su mínimo -¡en gene- ral!- de conocimientos, formación y «enmienda» precisamente de las obras cristianas, el Antiguo Testamento y el Nuevo, los padres de la Iglesia... Mientras que, por ejemplo, ya bajo el hijo y sucesor de Carlos, Luis el Piadoso, volvió a interrumpirse la creación de una gramática alemana y la recopilación de literatura germánica.46
Naturalmente nadie niega otros logros ciertos, como la transmisión de textos clásicos antiguos. Pero esto no ocupó el primer puesto. Y so- bre todo: hasta el «renacimiento carolingio» fue un fruto de las guerras carolingias. Y cualquier cosa que se diga en favor de ese rey franco no puede entenderse sin tales guerras. Única y exclusivamente las guerras, única y exclusivamente esa agresión brutal con sus mil injusticias y sufrimientos, única y exclusivamente ese terror de miles de formas en provecho del imperio y de la Iglesia contribuyeron a otorgar a Carlos I el atributo de «el Grande». ¿Y quién lo fue? ¿El imperio?, ¿la Iglesia? Nobleza y clero. Y en especial la nobleza alta y el alto clero. Sólo ellos fueron los grandes beneficiarios. Pues incluso la masa del propio pue- blo en un noventa a noventa y cinco por ciento, o quizá más, no obtuvo nada. Ni siquiera la paz en el propio suelo, pues las guerras en Baviera y en Sajonia, al menos por algún tiempo, fueron ya guerras civiles.
De acuerdo con el crimen, de acuerdo con la santidad
«Karolus serenissimus augustus a Deo coronatus magnus pacificas»
(Carlos, emperador serenísimo, grande y pacífico, coronado por Dios), como rezaba ya desde el 801 el comienzo de su título prolijo, aquel
César pacificador, coronado por Dios y reinante también «per miseri-
cordiam Dei» (por la misericordia de Dios), el que desde el 802 se lla-
mó también «imperator christianissimus» y que (supuestamente) murió con las palabras del Salmo 31: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu», aquel hombre había preparado una matanza tras otra, y en sus 46 años de gobierno -del 768 al 814- había guerreado casi de continuo con cerca de 50 campañas militares, pues sólo dos años (790 y 807) no combatió... «Un período feliz para la Iglesia» (Daniel-Rops). Nada tie- ne de extraño que en las Chansons de geste -los poemas épicos france- ses de la alta Edad Media- cabalgue en la batalla ya «con más de dos- cientos años», acompañado de sus paladines más valientes. Combatió contra los longobardos, los frisones, los bávaros, los avaros, los esla- vos, los vascos y los árabes en España, los bizantinos en Italia meridio- nal, con guerras ofensivas planificadas casi con frialdad y con las que infligió la muerte, una muerte a menudo cruel y terrible, a innumerables personas.
Y no sólo mató en las guerras, sino que también hizo asesinar a 4.500 prisioneros y desterró a miles de familias. O, como se dice en una de las poesías litúrgicas más antiguas en honor de Carlos: «Abatió a millares, limpió la tierra de la cizaña [!] pagana..., convirtió a los infie- les, quebrantó las estatuas de los dioses, expulsó a los dioses extranje- ros». Para él personalmente, según su biógrafo Einhard, las guerras contra los sajones y los avaros fueron más importantes que todos los otros cometidos políticos. Más aún, para ciertos círculos eclesiásticos del siglo x las guerras sajonas figuraban en primer plano como su obra más importante en favor de la misión cristiana.47
No se trata sólo, aunque ya es bastante, de que Carlos «el Grande» de hecho matase, subyugase y esclavizase sin pausa (exceptuados en general los inviernos), que no fuese más que guerrero, conquistador, asesino y depredador a escala máxima -lo cual, según nos enseñan des- de hace mucho los más eruditos de los eruditos, era entonces tan habi- tual, tan del «buen» estilo de la época, que el criticarlo sería un craso anacronismo, desde nuestro tiempo «ilustrado» (en realidad no menos conquistador, asesino y depredador), además de que resultaría arbitra- rio, rigorista, moralista y cuadriculado en extremo-. No, se trata además de que Carlos «el Grande» llevó a cabo todo ese increíble derrama- miento de sangre con la participación más intensa del cristianismo y de la Iglesia de su tiempo. (¡Que, naturalmente, también eran «hijos de su tiempo»!) Y que esa Iglesia jamás protestó, aprovechándose más bien a fondo de todo ello. Se trata de que el Estado feudal cristiano y la Iglesia feudal cristiana formaron una sola cosa, y una sola cosa en el crimen precisamente.
Carlos, en efecto, cuyo verdadero «libro de Estado» fue la Biblia, y entre cuyas obras preferidas se encontraba la Ciudad de Dios de Agus- tín, no sólo gobernó y actuó como rey de los francos sino también cual protector ilustrado de la Iglesia, como interlocutor y aliado del papa, según lo prueban su legislación, su correspondencia epistolar redactada por eclesiásticos y sus colaboradores más cercanos. Aquel monarca fue una especie de rey-sacerdote, fue «rector et devotus sanctae ecclesiae
defensor et adiutor im ómnibus» (guía y devoto defensor y ayudante de
la santa Iglesia en todas las cosas).
Imperio e Iglesia se entrelazaron indisolublemente en el imperíum
christianum, sin que apenas se diferenciasen las dietas políticas y los
concilios eclesiásticos. Carlos convocó sínodos, cuya presidencia osten- tó; eligió obispos y abades a su arbitrio y en Sajonia instituyó los obis- pados que necesitaba. Cuando necesitó un arzobispado para sus ataques contra los avaros, hizo que el papa erigiese el de Saizburgo. Dispuso también de los bienes eclesiásticos, enriqueciendo a los papas y a los obispos con territorios. Les otorgó numerosos privilegios de inmunidad y sancionó la violación de la inmunidad eclesiástica con la pena real duplicada de 600 sólidos. Libró de impuestos a los obispos y les conce- dió el derecho de acuñar moneda. Castigó con pena capital el saqueo e incendio de las iglesias. Pero sobre todo impuso la obligación universal del diezmo en favor del clero y exigió a escala estatal los diezmos para las iglesias episcopales. También legó a la Iglesia, de la que se preocu- pó especialmente en sus últimos años, tres cuartas partes de su dinero efectivo (mientras que a sus hijos y nietos en su conjunto sólo les dejó la dozava parte, y otro tanto a la servidumbre palaciega). Y también los prelados dependieron por entero de él, aunque la influencia de los mis- mos durante su reinado -considerándole al menos todos los obispos francos como cabeza universal de la Iglesia- creció notablemente: con Carlos marchaban a la guerra, actuaban como jueces al lado de los con- des y estaban a la cabeza de la corte real.48
Al círculo más estrecho de colaboradores y amigos del soberano per- tenecieron el arzobispo Beornrad de Sens, Paulino el patriarca de Aqui- leya, Teodulfo obispo de Orléans, y el anglosajón Alcuino, primer di- rector de la escuela monástica de York y más tarde abad de Saint- Martin de Tours, quien tuvo una influencia casi decisiva en la política imperial. Entre sus confidentes más cercanos, que controlaban espe- cialmente la vida palatina, figuraron asimismo algunos otros abades, como su primo Adalhard, abad de Corbie, y su sucesor el abad Wala, también primo de Carlos. Mayor aún fue la influencia que tuvo sobre el monarca Angilberto, abad de Saint-Riquier, quien además hizo dos hijos a Berma, la hija menor de Carlos, a los quince y a los veinte años
(que luego serian los historiadores Harnit y Nithard), y que, debido a los «milagros» acaecidos en su tumba, fue venerado como santo, y co- mo santo aparece en una Vita del siglo xn.
Fuirad, abad de Saint-Denis, dirigió al principio la capilla palatina como capellán primero y fue «la figura descollante entre los colabora- dores de Carlos de la primera época». Su sucesor fue Angilram, que fue obispo de Metz y que en el 791 murió en la campaña contra los avaros, y el sucesor de éste el arzobispo Hildibaid de Colonia, que «en tiempos de Carlos ocupó el primer puesto en el palacio de Aquisgrán» (Flec- kenstein). La capilla palatina, que en sí era una institución puramente espiritual fue adquiriendo consecuentemente cada vez más peso políti- co. Su director, el archicapellán (con rango de arzobispo sin cargo ar- zobispal) era el primer consejero del monarca y uno de los dignatarios más elevados del imperio. Durante el reinado de Carlos fueron exclusi- vamente eclesiásticos los que desarrollaron la actividad administrativa escrita, los llamados referendarii, que con los merovingios habían sido laicos por lo general. La capilla palatina estuvo asociada con el epicen- tro del gobierno, la cancillería palatina, la cual se clericalizó por com- pleto bajo los carolingios y a cuyo frente estaba el canciller o archican- ciller, que habitualmente era un clérigo. (Desde mediados del siglo ix en Alemania el cargo de archicapellán y archicanciller lo ejerció la misma persona. Y finalmente el primado del imperio, el arzobispo de Maguncia se convirtió también en el funcionario supremo del rey).49
Pero también fuera del gobierno central, de la capilla y de la canci- llería reales en gran parte clericalizadas, el clero franco tuvo una in- fluencia grande y múltiple sobre la vida pública. Dignatarios eclesiásti- cos ejercieron cargos puramente civiles. En el imperio, dividido en 300 condados, tenían que mirar por sus intereses al lado de los condes. Via- jaban también como emisarios reales (missi dominici), siendo un ins- trumento eficaz de centralización, aunque nada agradable, entre otras cosas por sus gastos elevados. (Un obispo en tales funciones podía re- cabar al día para sí y sus acompañantes cuarenta libretas de pan, tres jabalíes, un cochinillo, tres gallinas, tres modios de bebida y cuatro modios de pienso para los caballos.)
A finales del siglo ix y comienzos del x el cargo de emisario real pa- ra Italia estuvo asociado en principio al cargo episcopal. El discurso de uno de tales emisarios, que se nos ha conservado, empieza así: «Noso- tros hemos sido enviados por nuestro señor, el emperador Carlos, para vuestra salvación eterna, y os recomendamos que viváis virtuosamente según la ley de Dios y justamente según la ley del mundo. Queremos haceros saber ante todo que debéis creer en el único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo...». Tales missi dominici, cuya actividad en los respecti-
vos lugares empezaba de ordinario con un servicio litúrgico, controla- ban varias veces al año la actividad judicial, militar y administrativa, para lo que celebraban juicios inquisitoriales. A una con los condes también los obispos y abades participaban cada primavera en la dieta o asamblea imperial, que iba asociada a un reclutamiento de tropas, bien en la residencia real o en el respectivo territorio del avance militar. Obispos y abades tenían que ocuparse también de asuntos militares y naturalmente afrontar asimismo contingentes armados, conducirlos a la batalla, en contra del derecho canónico, y no pocas veces hasta tomar el mando de grandes ejércitos.
Y así como el clero intervenía en el Estado, así también el rey inter- venía en la Iglesia. Con sus capitulares regulaba la santificación del domingo, el canto eclesiástico o la recepción de los novicios en los mo- nasterios. Se ocupaba del mobiliario de los oratorios, de la ordenación de la liturgia así como de la formación y conducta de los eclesiásticos. En el 790 introdujo el Sacramentarium Hadrianum, es decir el ordena- miento básico de la misa romana. A menudo convirtió las leyes canóni- cas en leyes del imperio, y los crímenes contra las leyes imperiales se castigaron con penas eclesiásticas.
Carlos hasta se inmiscuyó en cuestiones dogmáticas, por ejemplo en la disputa adopcionista, y quiso «desarraigar por todos los medios la perniciosa peste» y hasta entregar a los «herejes» hispanos a los sarra- cenos. Actuó celosamente en la controversia de las imágenes, en la que se enfrentó al papa, por lo que también un gran concilio de los obispos occidentales convocado por el rey en Frankfurt (794) condenó las doc- trinas de los iconodulos. Como escribió el papa León III en su primera carta, Carlos se sentía «representante de Dios, señor y padre, rey y sa- cerdote, guía y protector de todos los cristianos». Por la otra parte, el papa Adriano I ya en el 785 celebraba que Carlos, rey de francos y lon-