5.6 A complete reconstruction package
5.6.3 Concrete implementation
El décimo mandamiento es «no desearás o no codiciarás los bienes ajenos». Y, según explica el Catecismo de la Iglesia Católica, este mandamiento «prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo de la rapiña y del fraude» (2534).
Es natural desear tantas cosas como necesitamos; no puede ser de otra forma, pero fácilmente se tuercen esos deseos. Lo explica así el mismo Catecismo: «Nos impulsa a desear las cosas agradables que no poseemos. Así desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece o es debido a otra persona» (2535). Y aclara: «El décimo mandamiento prohíbe la avaricia (...) el deseo inmoderado de las riquezas y de su poder».
La experiencia enseña que el dinero, el poder, el triunfo profesional o el prestigio social tienen una capacidad especial para dominar la psicología humana. Y, según la tradición cristiana, pueden llegar a ocupar el lugar de Dios, a convertirse en los ídolos de una vida a los que se sacrifica todo: la salud, la familia o la honradez. Con solo seguir los informativos de una semana, se pueden encontrar suficientes ejemplos de los estragos de estas pasiones en la vida de tantas personas.
Y, a pequeña escala, todos estamos expuestos. El dinero, el poder o el triunfo no son malos. Lo malo es que se amen con desorden, por encima de otros bienes que lo merecen más y, especialmente, faltando a la justicia. Hay personas que aman más su dinero que a las personas que les rodean. Y otros que aman más su triunfo que a su familia. Y muchos otros, según las noticias, que están dispuestos a sacrificar su honradez por el dinero, el poder o el triunfo. Se aman mal a sí mismos, porque no quieren los mejores bienes.
No es ninguna novedad. Los clásicos romanos ya hablaban del Auri sacra fames, la sagrada hambre del oro, que es capaz de consumir la vida entera de una persona, su familia, su tiempo, su salud y su honestidad. Por eso importa controlar y dominar esta «hambre», como le llamaban nuestros clásicos; o esta «sed», como le llamaba Buda.
Y tiene importancia por varios motivos. Primero, para que no consuma nuestra honradez. Segundo, para que no se ponga por encima de otros bienes que hay que amar más; siempre hay que amar más a las personas que a las cosas. Y, en tercer lugar, porque si estos deseos se convierten en las pasiones dominantes de la vida, no nos dejarán respiro ni tiempo para ninguna otra cosa. No podremos disfrutar de verdad del amor humano, pero tampoco del amor de tantas cosas bellas como hay en el mundo. Es una paradoja: cuanto más ama uno el poseer, más se convierte en poseído.
2. El deseo
Desear es aspirar a lo que no se tiene. Y no podemos evitar desear porque somos seres necesitados: nos faltan muchísimas cosas. Algunos deseos nacen directamente de nuestra naturaleza, como los deseos de comer y beber, el deseo de sobrevivir, o el deseo sexual que, en el fondo, es también un deseo natural de sobrevivir, pero no de cada uno, sino de la especie humana: en cierto modo, es la especie humana la que desea en nosotros.
Otros deseos surgen a medida que descubrimos que hay muchas otras cosas buenas o apetecibles y que no tenemos: el dinero, las propiedades, los cargos, los triunfos, los objetos bellos, los saberes... El deseo surge siempre cuando notamos algún tipo de carencia, que algo nos falta. En un diálogo que se llama El Banquete, Platón dice que el deseo es hijo de la pobreza y de las posibilidades[2]. Esa es su naturaleza mixta: por un lado, una carencia; por otro, la esperanza de satisfacerla.
Resulta bastante difícil traducir a Platón, porque en castellano los términos están muy cambiados, pero él, con toda la tradición clásica, distingue en el corazón humano un área de deseos que llama «epithimia», que se suele traducir por «concupiscencia», palabra demasiado larga y hoy bastante perdida. Se refiere a esos deseos que nacen de una necesidad: el deseo de comer o de beber, pero también el deseo del dinero, de otros bienes o de la fama. En el fondo, son deseos centrados en nosotros mismos. Queremos estas cosas porque nos queremos a nosotros mismos.
Pero hay otro tipo de deseos que están movidos por la admiración de lo bello. A ese tipo de deseos, Platón los llamaba «eros». No hay más que mencionar esa palabra para que todo el mundo piense en lo «erótico». Con esa palabra Platón incluia el atractivo de la belleza sexual, pero llamaba «eros» al atractivo de todo lo bello, porque creía que la belleza mueve el alma «hacia arriba», hacia lo mejor y más sublime. Pensaba que la belleza es como un destello de los bienes sublimes que elevan el alma. Nada que ver con la pornografía.
Cuando alguien descubre la belleza del saber o de la música, de la justicia o de la caridad, siente un deseo de apropiárselo muy distinto de cuando tiene hambre y quiere comerse un bollo. El bollo lo consumimos y desaparecerá para servirnos. Pero con los grandes bienes sucede lo contrario. Son ellos los que nos consumen. El que tiene hambre pone la comida a su servicio, pero el que ama de verdad el saber o la música, la justicia o
la caridad, se pone a su servicio. Y es consumido —gasta su vida— por el saber o por la música, por la justicia o por la caridad.
También sucede esto con el amor a las personas. Los escolásticos medievales descubrieron que hay dos tipos de amor personal. Un amor, que llamaron de concupiscencia (o amor-deseo), que es cuando se ama a alguien solo por el beneficio que nos reporta. Y otro amor, que llamaron de benevolencia (querer bien), que es cuando se ama a alguien por él mismo, queriendo el bien para él, dispuestos a sacrificarse por hacerle bien.