7.3 Different analysis techniques
7.3.1 Strong-lensing analysis
En una hermosa y bastante larga carta que conservamos, el apóstol san Juan se dirige a los jóvenes cristianos: «Os escribo a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al Maligno». Hay que recordar que esos primeros tiempos fueron de persecución y había que ser muy valiente para ser cristiano. Por eso les alaba, pero también les advierte: «No améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama el mundo, el amor del Padre (Dios) no está en él»[3].
Los jóvenes tenían entonces el mismo alboroto y las mismas tentaciones que hoy. Y los jóvenes cristianos también. Los jóvenes llevan dentro una especial gana de triunfar y son muy sensibles a lo que hacen los mayores y a lo que ven que se valora en la sociedad. Además, sienten unas ganas de vivir y de disfrutar enseguida de la vida. Por eso, fácilmente se dejan llevar de pasiones y encendimientos. Por eso, la advertencia tan seria del apóstol.
Pero ¿por qué no se puede amar el mundo? Los cristianos amamos mucho este mundo porque creemos que ha sido creado por Dios; y por eso la naturaleza refleja, a su medida, la belleza y la inteligencia de Dios. Pero el mundo al que se refiere san Juan con tanta fuerza, no es la naturaleza, sino las creaciones humanas. Estas siempre están más o menos contaminadas por los pecados humanos.
Hemos progresado mucho con la técnica, pero también la usamos para matarnos. Hemos creado estupendos canales de comunicación y de cultura, pero están bastante llenos de pornografía, de infundios y chismorreos. En los países industrializados, hemos creado un inmenso poder y riqueza, pero a veces es a costa de los más pobres y casi siempre olvidándolos. Dominamos la naturaleza, pero corremos el riesgo de estropearla. Las sociedades se han organizado con enormes estructuras, pero, a veces, están en manos de los más ambiciosos. Hay mucha corrupción, ambición y egoísmo, muchos odios y trampas en las cosas humanas. Eso es lo que san Juan llama «el mundo».
Lo describe así: «Todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la riqueza— no viene del Padre (Dios), sino del mundo. El mundo y sus deseos pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre».
La concupiscencia o los deseos de la carne son todos los impulsos instintivos: comer, beber, el sexo o la comodidad. La concupiscencia de los ojos es la apetencia por todo lo que envidiamos en los demás: bienes, fama, posición. El orgullo de la riqueza es esa prepotencia y amor de sí mismo que nace cuando uno triunfa. En todos estos impulsos hay algo natural, pero también hay algo viciado por esa quiebra interior del pecado original.
Las pasiones de los jóvenes suelen ser más impulsivas y les resulta difícil dominarse, pero las de los viejos suelen ser más retorcidas y las tienen por no haberse dominado: por haberlas elegido (desorden de los amores) y por haber puesto el dinero, la posición y la fama (a veces, también el sexo) por encima de lo debido.
4. La envidia
La envidia es un curioso y retorcido sentimiento que nace al observar que otros tienen bienes que nosotros no tenemos. Bienes interiores de inteligencia, belleza, simpatía o juventud; o bienes exteriores, como dinero, fortuna, propiedades, cargos, consideración pública. No suele surgir envidia con personas que son claramente superiores y que siempre lo han sido. Esa superioridad ya está admitida y tragada. La admiramos y, desde luego, nos gustaría tener lo que tienen, pero no nos molesta. A esto no se le suele llamar envidia; más bien despierta emulación: ganas de imitar.
Lo propio de la envidia es la tristeza y desazón que surgen al ver que personas de nuestro entorno o que consideramos de nuestro nivel, manifiestan cualidades o logran triunfos superiores a los nuestros. Por contraste, se hacen más patentes y dolorosas nuestras carencias; y surge un desánimo característico: ¿por qué este sí, y yo no? Esta reacción es solo la primera parte de la envidia, la más inofensiva, cuando solo nos hacemos daño a nosotros mismos.
La segunda parte es que ese disgusto va acompañado de un sentimiento de humillación y de injusticia, que provoca rencor, como si el otro tuviera la culpa de habernos ofendido, aunque no haya hecho nada.
Con razón se dice que las comparaciones son odiosas. Desde que el otro triunfa, se le soporta con más dificultad; toda muestra de su superioridad resulta humillante, y, con frecuencia, surge el deseo venenoso de criticarle y rebajarle. Es difícil contener la lengua animada por la envidia. Se suele decir que la envidia es la madre de la calumnia y así es: muchas calumnias que circulan sobre personas buenas solo tienen su fundamento en la envidia.
Hace falta mucho corazón, mucho amor a la justicia y mucho dominio de sí para tragarse que una persona de nuestro entorno, que parecía igual que nosotros, por alguna razón, se vuelva claramente superior; o porque gana mucho dinero, o porque sube en la posición social, o porque triunfa. Hace falta generosidad para aceptarlo, pero es muy bonito. Es muestra de verdadero compañerismo y de gran corazón alegrarse con los
triunfos de los demás. Como se alegran los padres con los triunfos de los hijos. Eso significa que los queremos como personas y no los vemos como competidores.
Esto se puede aprender y mejorar, controlando los primeros impulsos, rectificando los pensamientos; y los cristianos, pidiendo la gracia de Dios. Dominar la envidia, olvidar las humillaciones de la vida y procurar vivir honestamente delante de Dios y de los demás es la fórmula de la felicidad.
También conviene pensar desde el otro punto de vista. Es decir, cuando somos nosotros los que triunfamos en algo. Hay que reprimir el estúpido deseo de presumir y la tendencia a situarse por encima de los demás: ser delicados para no humillar o herir. Es muy de agradecer que una persona que tiene algún título para sentirse superior, sepa convivir con sus amigos, con sus compañeros y con su familia, comportándose como uno más. Eso no le quita categoría a nadie; todo lo contrario. Además, hay que tener la aguda conciencia cristiana de que, en el fondo, todos somos iguales. Por un lado, poca cosa. Por otro, hijos de Dios.