Las dinámicas de desarrollo en las zonas rurales, ponen de manifiesto las diferencias entre comunidades rurales de una misma zona geográfica y con similares recursos económicos, disfrutan de diferentes niveles de bienestar y calidad de vida, aun contando con las mismas inversiones económicas por parte de diferentes programas y organismos. Se entiende por tanto, que esa inversión no se ha rentabilizado de la misma manera y no se han obtenido los mismos resultados en unas localidades que en otras. En términos económicos parece que han tenido éxito y han supuesto un ―efecto llamada‖ para nuevas inversiones y nuevos programas. Falta por determinar el por qué de estos contrastes, y si son factores exclusivamente económicos los que han influido para acentuar esa diferencia. Ya en 1997, el Banco Mundial publicó en un informe el que señala que existen una serie de factores no económicos, que eran determinantes para promover el desarrollo en determinas zonas, a estos factores los agrupan bajo la noción de ―capital social‖.
Es una evidencia, repetidamente constatada, que en las experiencias del desarrollo hayan existido diferencias debido a una serie de factores que intervienen desde sus múltiples vertientes (social, económica, cultural), y a la capacidad de los agentes para implementar estrategias de orientación social. Como hemos señalado el fenómeno del desarrollo es mucho más complejo, dentro de él existen referencias a los valores, a las normas relacionadas con el modelo cultural, a la historia y a la estructura social de la comunidad. Siguiendo a López Casero (2000: 673), en las zonas rurales se está produciendo una ―revitalización de patrones culturales autóctonos‖ donde existe un sistema socio-cultural que se concreta en el mundo simbólico, sistema de valores; de tal forma que a veces se puede producir un rechazo o una aceptación de las nuevas pautas de la modernidad. Teniendo como base los tres aspectos mencionados: la cultura, la estructura social y el desarrollo; las peculiaridades, elementos ―intangibles‖, que producen y reproducen capacidades, actitudes y aptitudes de la población, grado de participación en la gobernabilidad, etc., adquieren una importancia capital. De este acervo forma parte lo que se denomina capital social, que ha resurgido como respuesta a los fracasos de las ideas economicistas del desarrollo, y que articula una serie de interacciones o redes sociales entre personas, grupos e instituciones que pueden favorecer el desarrollo.
Siguiendo a Garrido y Moyano (2002: 55 y 74) el enfoque del capital social en los procesos de desarrollo no es nuevo, sino que existe desde los primeros trabajos en ciencias sociales, sobre todo en economía, en donde se planteaba la necesidad de que hubiera determinadas normas de cooperación para garantizar las transacciones mercantiles. Es en los años 60 cuando se comenzó a tener en cuenta que para el desarrollo de las sociedades atrasadas, era necesario que existieran personas con buenos niveles de educación y salud y bien preparados profesionalmente. Con este planteamiento estaban dando valor al capital humano, que hasta ahora no era tenido en cuenta y comenzó a formar parte, como uno de los capitales, en el crecimiento económico, junto con los tres capitales clásicos: trabajo, tierra y dinero (riqueza fiduciaria). Como ya hemos visto los científicos sociales que trabajaban en el campo de la ―nueva sociología
económica‖ (Swedber, 1991 y Swedber y Smelser 1994) intentaban combinar los enfoques micro y macro sociológicos para explicar el comportamiento de los individuos, llegando a la conclusión de que debía existir otros factores, no económicos, a los que llamarón ―capital social‖ y en el cual incluían aspectos como valores, normas, creencias, la confianza.
Este planteamiento anterior ya fue puesto de manifiesto por los primeros estudios sobre desarrollo, al utilizar la noción de capital social desde dos perspectivas, a nivel micro la vinculada con los estudios étnicos sobre el empresariado (Portes A y J, Sensenbrenner 1993 y Portes A 1998). Y a nivel macro los estudios sobre las relaciones entre el Estado y la Sociedad Civil (Evans, P, 1995 y 1996).
Ambas perspectivas, aunque no interactuaban entre ellas, si utilizan dos dimensiones fundamentales en el capital social: embeddedness (enraizamiento, inserción, arraigo) y autonomy (autonomía).
En cuando a la dimensión de embeddedness, el planteamiento que hacían estos economistas, como ya hemos dicho, es que toda acción económica está enraizada en relaciones sociales. Este mismo planteamiento se usaba para el mundo empresarial en donde unas se distinguían de otras por sus estructuras y redes de relaciones personales tanto dentro como fuera.
Siguiendo esta metodología del modelo reformulado de Woolcock (cuadro 17), en España, Garrido y Moyano (2002: 55 y 74) lo han empleado de forma eficiente para analizar los problemas en las políticas de desarrollo de Andalucía, en donde las cuatro dimensiones de capital social se relacionan con una serie de indicadores (cuadro 18):
Cuadro 18. Relación Dimensiones Indicadores
DIMENSIONES INDICADORES
Integración intracomunitaria Grado de confianza entre vecinos Grado de participación
Conexión intercomunitaria Grado de identidad comarcal
Grado de confianza en las instituciones Sinergia o colaboración
Comunitaria
Grado de cooperación municipal y comunicación interasociativa
Eficacia Organizacional Eficiencia Institucional pública y privada
Fuente: F.E. Garrido y E. Moyanon (2002). Capital Social y desarrollo en zonas rurales. Un
Debemos destacar que altos grados de capital social en una comunidad pueden posibilitar a los individuos el acceso a recursos privilegiados y apoyo psicológico, al tiempo que reducen los costes de transacción. Pero también el exceso de capital social puede producir efectos negativos si restringen las posibilidades de expresión individual, si permiten el ―free-riding‖ sobre los recursos de la comunidad o niegan a los grupos con una larga historia de marginación la fe en sus posibilidades para avanzar a través de su propio esfuerzo.
Es preciso señalar que la comunidad rural posee un teórico ambiente para que se constituyan redes relacionadas con el capital social, a través de relaciones condicionadas por el parentesco y la vida económica, sin caer en el comunitarismo idealizado de la sociedad rural, se trata de ver a partir de los dos casos objeto de estudio si existe una correspondencia entre la visión de los lugareños y la de los habitantes del ámbito territorial en la que está incardinado. Partiendo de esta lógica, está claro que la articulación del sistema social comunitario tiene que venir determinado por las condiciones estructurales (económicas, sociales, culturales, etc.) favorables unidas a políticas apropiadas.
Fedderke y otros (1999) parten de la base que la interacción entre las políticas públicas y las preferencias de la sociedad civil deben ser dinámicas, racionales y transparentes a la hora del desarrollo, a esto se añade, como señala Guzmán y otros (2001: 6) que en el caso del desarrollo ascendente los lazos intensivos comunitarios deben coexistir con los más extensivos: las redes extracomunitarias. Teniendo en cuenta que las políticas de desarrollo rural, principalmente las promocionadas por la Unión Europea y que en España se han traducido en los programas LEADER y PRODER, han partido, teóricamente, del principio ―bottom up‖ el análisis del estado o naturaleza y nivel de capital social en el medio rural es imprescindible para los diagnósticos y pronósticos de dichos programas tal y como se están implementando.
Por otro lado, aunque la función social para las políticas públicas hayan sido criticada por Portes y Landolt (1996), hay muchos estudios que evidencian
una sinergia importante de la institucionalidad del capital social para diversos propósitos (Evans 1996) y que se puede construir capital social realizando un potencial sinérgico entre organizaciones privadas y el gobierno.
2.5.3 Utilización del capital social en las estrategias “Botton up” y