La sociedad actual asume la higiene corporal como parte de su cotidianeidad, un valor que forma parte de su cultura. Pero las prácticas y hábitos cotidianos que hemos adoptado en higiene corporal están influenciados por diversos factores, responsables de la evolución de nuestras rutinas.
La mayoría de los autores recomiendan una higiene corporal mediante el baño o ducha con una periodicidad que debería ser diaria. Esto conlleva a que una frecuencia inferior de aseo corporal sea considerada social y físicamente incómoda. Sin embargo, como hemos señalado en la revisión histórica de la conceptualización de la higiene, esto no siempre ha sido así. La higiene corporal ha evolucionado: actividad comunitaria en la edad antigua, recelo al agua de la edad media, lujo poco frecuente hasta hace menos de un siglo y actualmente una rutina diaria privada o individual (Hand, Shove & Southerton, 2005). Es llamativo como países como Alemania cuadriplicaron la facturación de geles de baño entre los años 1985 y 1993 (Klaschka, Liebig & Knacker, 2007, p.25).
Hand et al. (2005) fundamentalmente señalan tres factores como posibles responsables de las tendencias actuales de higiene corporal individual (referente al aseo corporal a través de la ducha): el desarrollo tecnológico de las infraestructuras de agua, electricidad y las innovaciones asociadas al baño; la intervención del estado y del gobierno en el establecimiento de la hegemonía social y cultural de los beneficios de la higiene corporal para la salud; y la organización temporal de la vida diaria. Estos autores también señalan que ha podido influir en nuestros hábitos higiénicos “las estrategias de las empresas implicadas en la comercialización y la mercantilización de los conceptos de bienestar personal y la atención a través de la segmentación continua”. Fonseca (1996, pp. 49) ya advertía que “la continua presión publicitaria, en todo tipo de medios, que sufren los padres, motiva a menudo que se perciban como necesarios y seguros para su uso en la infancia una serie de productos que en realidad
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no poseen ninguna de estas cualidades”. Actualmente existe una creciente oferta en productos higiénico-sanitarios que hacen hincapié en sus beneficios cosméticos, además de la salud, que unido a factores como la actual concienciación para la salud (promoción de la salud), y el consumismo de la sociedad moderna, hace que estos productos se conviertan en un recurso cultural fundamental para la construcción de la identidad (Carter, Green & Thorogoog, 2013).
Se han desarrollado investigaciones cuyo planteamiento del problema de investigación está orientado hacia las consecuencias ambientales y para la salud que los hábitos de sobrehigienización corporal actuales pueden desencadenar.
Las consecuencias para la salud de la falta de contacto con los “normalmente inocuos microbios del medio ambiente” fueron inicialmente expuestas por René Dubos en 1973 afirmando que podían comprometer el normal desarrollo del sistema inmunológico, reconociendo que sus sugerencias no estaban en línea con el pensamiento contemporáneo (Logan, Katzman & Balanzá-Martínez, 2015). Posteriormente el científico británico Strachan en 1989 planteó la “hipótesis de la higiene” la cual sugiere que la reducción en la exposición a microorganismos, fundamentalmente en la infancia (Hugues et al., 2013; Kramer et al., 2013), debido a la mayor higiene personal y la mejora de las condiciones de salud de los países desarrollados, contribuye al aumento de la incidencia de los trastornos autoinmunes como la esclerosis múltiple (Pehlivan et al., 2011), enfermedades alérgicas, enfermedad inflamatoria intestinal (Kramer et al., 2013) o el alzhéimer (Fox, Knapp, Andrews & Fincher, 2013).
Sin embargo, en base a estos resultados, no debe concluirse que se puede prescindir con seguridad de las normas de higiene, pues, como afirma la OMS, la estrategia preventiva de la higiene ha sido la responsable de la duplicación de la esperanza de vida desde 1870, por lo que las reglas sociales de la higiene como el lavado de manos después de ir al baño, deben mantenerse (Kramer et al., 2013).
Los actuales hábitos de higiene corporal suponen además un impacto ambiental tanto por el consumo de agua como por la contaminación de los champús y geles de ducha. Respecto al agua es evidente que es esencial para la promoción de buenas prácticas de higiene que nos mantiene en un estado saludable, pero debe ser utilizarla con responsabilidad. Según la OMS “La cantidad de agua que se provee y que se usa en las viviendas es un aspecto importante de los servicios de abastecimiento de agua domiciliaria que influye en la higiene y, por tanto, en la salud pública”. No obstante, la OMS no ha proporcionado datos sobre la cantidad de agua domiciliaria que se requiere para promover una buena salud, aunque sí arroja unas cifras mínimas aceptables que
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permitan satisfacer las necesidades de consumo e higiene básica. Según estos datos, se considera que la cantidad de agua promedio que debe disponer una persona al día para asegurar el consumo, una higiene básica personal (incluye el baño/ducha corporal) y de los alimentos es de aproximadamente 50 litros. Por debajo de los 20 litros, la OMS considera que es difícil garantizar el baño; considerándose un acceso óptimo del servicio de abastecimiento de aguas a partir de los 100 litros diarios por persona, del cual gozamos en los países desarrollados. Teniendo como referencia estos datos de la OMS, podemos concebir de forma más precisa el elevado consumo de agua para la higiene corporal que efectuamos en los países con un óptimo abastecimiento de aguas. Únicamente el acto de ducharnos supone un consumo de agua de entre 20 y 50 litros por minuto con una media de duración de 7 a 8 minutos. Este consumo de agua excede al del baño tomado de dos a tres veces por semana, con un consumo medio de 80 litros de agua por baño, sin importar el tiempo que toma para el mismo (Turton, 1998, en Hand et al., 2005). En el Reino Unido existen previsiones de la industria que anticipan un aumento de cinco veces el número de litros utilizados para ducharse entre 1991 y 2021, acompañado por la dramática disminución del uso de la bañera (Herrington, 1996, p. 35, en Hand et al., 2005).
Por otro lado, estudios ecotoxicológicos han identificado varios ingredientes de champús, geles de ducha y espumas de baño que tienen un impacto negativo para el medio ambiente, aunque se sigue ignorando el riesgo potencial de estos productos, a los que se les ha prestado poca atención, incluso por la Directiva sobre Cosméticos de la Unión Europea (Klaschka et al., 2007).