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Country-specific model inputs

Chapter 4. Economic model of drinking behaviour

4.4 Country-specific model inputs

De la misma manera que Partha Chatterjee (2008) sostiene que en la construcción de las sociedades poscoloniales el nacionalismo se constituyó a partir de la diferencia. Es decir, que entiende la formación de los Estados poscoloniales como una invención sin referentes propios, lo cual para el autor desembarcará en un desencuentro muy fuerte entre el Estado y la sociedad que se traslada hasta la actualidad.

Sin dudas resulta un interesante aporte este de Chatterjee al incorporar la dimensión de la constitución histórica como un elemento destacable a la hora de pensar el modo en que se construyen las naciones. En esta línea realiza una

crítica a Benedict Anderson, señalando que esta sería una descripción “ideal”, una utopía de la razón moderna, por lo tanto estaría ausente la dimensión histórica.

Más allá de estas observaciones, resulta importante sostener que lo que plantea Anderson es un modelo con primeras aseveraciones que no tienen una pretensión totalizadora o concluyente. Si bien para Chatterjee los subalternos imaginan la nación de otra forma, está claro que el ejercicio de la imaginación en torno a la nación existe, y este será el núcleo central de Anderson al sostenerla idea de “comunidades imaginadas”.

Chatterjee publica en 2007 el libro referido en este recorrido, bajo el título

La nación en tiempo heterogéneo. Allí desarrolla varias afirmaciones desde los

estudios poscoloniales, entre ellas las referidas críticas a Benedict Anderson. Pero me interesa particularmente regresar sobre el título que es toda una definición que, en la misma línea que Bhabba, sostiene un relato fragmentado.

Las preguntas centrales para hacerle serían ¿cuándo el tiempo no fue heterogéneo? ¿Cuándo el mundo tuvo un solo relato y la subalternidad no construyó los propios? ¿Es posible suponer que los relatos sobre las primeras naciones constituidas no se hayan establecido a partir de las diferencias? La conformación de la nación es un proceso, no una ocurrencia o un evento fortuito.

Ni siquiera es posible plantear esta noción de armonía como una posibilidad utópica que permita avanzar en nuestras reflexiones. Consideramos esto un ejercicio inconducente, porque niega la condición misma del funcionamiento de las sociedades. Si asumimos que existe algún tipo de posibilidad de esa armonía estaríamos negando el propio funcionamiento de nuestras sociedades, negando el conflicto y –por ende– negando la posibilidad de la transformación.

Por otra parte, Bhabba plantea esta condición de armonía como si se tratase de una condición primaria, ni siquiera como un horizonte de llegada. Es decir, su consideración es que la armonía se encontraría en el estadio inicial de la configuración del Estado-nación, como si se tratase de un origen impoluto y

monolítico. Como hemos afirmado anteriormente, recuperando a Hobsbawm, a las naciones las antecede el nacionalismo, y la definición de ese nacionalismo será el resultado de la puja de los diferentes actores políticos por darle sentido a la nación. Nada menos armonioso y calmo que esta condición originaria.

De esta forma, Bhabba (2010:412) afirma que “la diferencia cultural ha de hallarse allí donde la ‘pérdida’ del significado ingresa, como un filo cortante, en la representación de la plenitud de las exigencias de la cultura”. La hipótesis de la pérdida del significado es la matriz de la afirmación sobre la finitud de los sentidos atribuidos al Estado-nación.

La visión fragmentaría de Bhabba y de Chatterjee al pensar la significación imaginaria de la nación se conecta nuevamente con la idea de amalgama que antes analizáramos críticamente. La afirmación de una diversidad caótica que rodea a la pregunta por la nación, impidiendo que se logre establecer la armoniosa estabilidad que desease Bhabba implica la negación de las dinámicas sociales y el borramiento del poder.

Si la representación sobre las relaciones de poder que se desarrollan y disputan en torno a la idea de la nación es la de una amalgama, no quedan claros los lugares de los opresores y los oprimidos en esas relaciones de fuerza.

La amalgama como una mezcla de cosas de naturaleza contraria o distinta, no enuncia quiénes de esos componentes son los opresores y quiénes los oprimidos; esta noción quita la dimensión conflictiva de la vida social y, por ende, anula la pregunta por la política, y la disputa entre los proyectos políticos en pugna.

Desde estas afirmaciones, Bhabba (2010:421) sostiene que vivimos en un tiempo de “diseminación trasnacional de la cultura” y que será la ciudad el espacio para materializar las identificaciones emergentes y los nuevos movimientos sociales. Afirmación que no reconoce la potencia imaginaria y simbólica de lo

nacional como una idea movilizadora más allá de la condición territorial en la cual se pueda desarrollar.

Nuestra afirmación es que la nación, como idea y como proyecto político, no será una significación apolítica y folclórica armónica. Tampoco entenderemos la disolución de la idea de nación por una supuesta heterogeneidad cultural, que en estos tiempos históricos diluiría todas las certezas que podríamos considerar como afirmaciones del proyecto nacional. La nación pervive como idea motora de la acción social y las luchas por atribuirle sentido demuestran el valor superlativo que continúa teniendo en nuestra vida cotidiana, a pesar de que Bhabba sostenga que la disolución de su centralidad sea reemplazada por una amalgama.