Chapter 6. Model application to the UKATT trial
6.7 Policy implications
“Su tarea iba a ser, no la de establecer unas verdades eternas, sino la de pensar lo real. Este real, lo real por excelencia: la historia, era pensable por cuanto era, no racional en sí o por construcción divina, sino el producto de nuestra propia actividad, esta actividad misma bajo la infinita variedad de sus formas. Pero que la historia fuese pensable, que no estuviésemos cogidos en una trampa oscura (maléfica o benéfica, poco importa en este sentido) no significa que todo estuviese ya pensado. A partir del momento en que hemos comprendido…. Que la tarea así planteada a la filosofía no es otra que ésta, a saber, que un filósofo particular debe realizar lo que pueda hacer solamente toda la humanidad en su desarrollo progresivo, a partir del momento en que comprendemos esto, se acabó con toda la filosofía en el sentido dado hasta aquí en esta palabra”
(Castoriadis, 2007:104)
Las lecturas sobre el sistema democrático generalmente tienden a centrarse en la mirada sobre el procedimiento, sobre los modos de organización política y de dirimir las diferencias. Tal como planteamos anteriormente, la consideración sobre la democracia no encuentra como única interpretación la de observar los modos de organización, sino también la mirada puesta en dar cuenta de los mecanismos de construcción de hegemonía que permitan comprender la constitución y sostenimiento del entramado que le da sustento a la democracia.
La democracia no es un único fenómeno, con un único sentido, con una única forma, que constituye un único tipo de ciudadanos. Como hemos planteado aquí, el proyecto político que contiene a cada marco democrático, dará como resultado una configuración diferente del entramado democrático. Por ende, de cuál será el modo de presencia del Estado y qué tipo de construcción de ciudadanos se propicie en el marco de estas estructuras democráticas. Cada tipo
de relación, cada tipo de interpelación y diálogo que se proponga desde el proyecto político, actuará articulando un tipo de democracia que, por ende, significa un tipo particular de ciudadanía construida.
Un proceso de historización de este fenómeno nos dará respuestas concretas y contundentes acerca de estas transformaciones y los modos en que estas se han dado en la Argentina. Pensar los diferentes tipos de democracia impulsadas desde cada proyecto político que, con el control de la cosa pública, han marcado y discutido desde las complejidades de los entramados sociales, implica pensar los procesos históricos y la democracia como tal. De esta forma, abandonaremos la insistencia de que la democracia se define sólo de un modo: un procedimiento para dirimir las disputas.
Eduardo Rinesi (2013), al realizar un recorrido sobre la pregunta por el tipo de democracia en sus últimos 30 años ininterrumpidos nos brinda algunas pistas. La celebración en el año 2013 del aniversario de 30 años de democracia significó un estímulo para analizar detenidamente las transformaciones, continuidades y discontinuidades en torno a estas tres décadas de democracia. El ejercicio será esclarecedor en tanto permitirá pensar a la democracia como fenómeno social, constituido a partir del diálogo entre las estructuras del Estado y las significaciones imaginarias sobre estas instituciones.
En esta línea, sostiene Rinesi que en los años 80 se pensó a la democracia como utopía, en los 90 como una rutina, en los acontecimientos de 2001 la democracia tomó las características de un espasmo y desde el año 2003 asistimos a un momento en el que la democracia tiene las características de la democratización. Cuatro momentos históricos donde la democracia tomó nuevos modos de articulación y de relación con la ciudadanía.
Sostiene Rinesi que luego del fin de la dictadura la democracia se avizoró como una especie de contrafigura del régimen, como una transformación política y cultural que tuviese la forma de una democracia representativa, dejando de lado la
posibilidad de una democracia participativa como opción. Sin dudas las marcas de la dictadura y el genocidio, los traumas colectivos derivados de esa situación de violencia extrema, solidificaron un imaginario de desconfianza de la política y una comprensión vertical del lazo entre ciudadanos y representantes.
No se trataba de asegurar a los ciudadanos la posibilidad de su involucramiento activo en la cosa pública, sino aquello que les había sido arrebatado durante la dictadura: su libertad. Por ello, podremos observar que la utopía democrática de los ochentas era una utopía liberal. Sostiene Rinesi (2013:21) que esto se agudizó después de semana santa de 1987 “sobre todo después de aquel pedido del Presidente Alfonsín, formulado desde el balcón de la Casa de Gobierno, de que los ciudadanos abandonaran la plaza a la que habían sido convocados y dejaran el manejo de la crisis política, militar e institucional que los había movilizado en manos de sus representantes, la idea de una democracia popular terminó de ceder su lugar a la idea de que ‘democracia’ era –vaya– sinónimo de representación”. La representación será una idea aceptada y naturalizada, manteniéndose estable y establecida durante las décadas subsiguientes. El impacto de estos acontecimientos marcará el camino de esa democracia que se erigía como utopía luego de la dictadura militar.
Esos sentidos podrían ser los de la democracia participativa, los de la democratización, pero sin embargo tomaron un signo absolutamente contrario, el del desmembramiento, el de la representación y el de la democracia como procedimiento. Aquí estará el factor central de la comprensión de la democracia a lo largo de estos años, la democracia entendida como un mero procedimiento a cumplir para formalizar la elección de representantes, sin que esto se entienda conectado con otras funciones y responsabilidades de la participación ciudadana.
El corrimiento de los ciudadanos respecto de la cosa pública será un signo de lo que ocurrirá hasta el año 2001. Allí las protestas masivas ante las medidas de ajuste y la represión significarán un quiebre, poniendo en tensión el modelo que desde el regreso de la democracia había impuesto una escisión tajante entre la
ciudadanía y sus representantes. Rinesi da cuenta de otro episodio que profundiza esa escisión iniciada (o continuada) en 1983, el pacto de Olivos será otro ícono de la escisión: un pacto secreto, un secreto de un acuerdo político realizado a espaldas del pueblo –al cual se suponía los dirigentes se deben– significará la forma última de la separación entre dirigentes y dirigidos.
Esta transformación, la profundización de la escisión, de la separación entre los representantes y los representados, ratificará la idea de la democracia como procedimiento. Sostendrá Rinesi que la democracia se tornará un hábito, una costumbre, una rutina. Sabemos bien que los hábitos y las rutinas aquietan, achatan, aplacan, adormecen y sosiegan las acciones. Esa calma abrió paso a lo que se conoce como el desguace del Estado, el remate de todos los bienes de carácter público acumulados que, junto al endeudamiento astronómico, permitieron sostener un nivel de consumo de las clases medias a costa de desempleo y endeudamiento.
Como sostendrá Castoriadis (2005:179) respecto de la crisis de la modernidad: “las raíces de la situación que vivimos se encuentran en la derrota de aquello que, luego de haber suplantado al cristianismo en la sociedad, luego de su secularización y del rechazo de toda orientación según normas trascendentes, ocupó el lugar de ellas: el imaginario del progreso, fuese bajo su forma capitalista liberal o bajo su forma marxista, que ya no sobrevive sino como cáscara vaciada de todo su contenido valorativo, de todo contenido que la gente podría valorar incondicionalmente. Este imaginario y las ideologías que lo han representado construían la historia humana como una marcha hacia cada vez más libertad, cada vez más certeza, cada vez más felicidad”.
Pero, como sabemos, tras la supuesta calma y pasividad se alberga y acumula una potencia que de algún modo puede manifestarse tomando la forma de una acción política. Ante la continuidad de un modelo de exclusión y de anulación de la participación popular se dio paso a una aparición de diferentes
sectores de la ciudadanía en la escena pública, que de manera disruptiva se presentó en el año 2001.
Allí, aquel modelo representativo evidenció precipitadamente su pérdida de los niveles de legitimidad, dando paso a lo que Rinesi entenderá como un tipo de democracia como irrupción intempestiva en la escena pública. Por fuera de los procedimientos que la democracia representativa supone y regula, se configuraran experiencias políticas como expresión e intento de construcción de un nuevo tipo de legitimidad contrahegemónica. Aquí podemos hablar nuevamente de un quiebre, una ruptura abrupta y profunda que puso en crisis el ordenamiento previo que suponía una distancia “higiénica” entre los modos de participación popular y las estructuras de toma de decisiones.
Este momento dio paso a una serie de modos de participación diversos que demostraron la avidez de espacios de articulación política, dando cuenta de la devastación de estos espacios por parte de la dirigencia política responsable de las macroestructuras que había abandonado la articulación territorial. Esta transformación significó un momento de ebullición que instaló un Estado de deliberación permanente, instaló nuevamente la idea de una democracia participativa y luego comenzó a entrar en crisis producto de la imposibilidad que tienen las sociedades modernas de sostener instancias de deliberación continua.
Sin embargo, podemos pensar los alcances de este momento de la democracia como espasmo, como un modo de explicación del paso abierto allí hacia lo que conoceremos a partir de 2003 como el proceso de democratización. La democracia como espasmo volvió a poner sobre el tapete la necesidad de la participación y la finitud del modelo procedimental de la democracia representativa llevada a un extremo como ocurría en Argentina desde 1983.
Así llegamos a la configuración de un tipo de democracia que contiene el periodo que nos preocupa en esta tesis. Resultará fundamental pensar esta nueva