• No results found

Book Data Form Authors:

CREATING AND USING DATABASES: COMMON TASKS Table of Contents

14.5 Creating data tables This entails two tasks:

Como su nombre indica, el interaccionismo simbólico ha reivindica- do la «interacción» de distintos contextos y disciplinas. Sus antecedentes

europeos son innegables: la filosofía moral escocesa (Adam Smith, Hume, Reid, etc.), la Ilustración francesa del sigloXVIII(Diderot, Rousseau) y el pensamiento alemán (Kant, Dilthey y Weber), pero alcanzó su plena ins- titucionalización académica en Norteamérica (R. A. Jones y Day, 1977). Esta tradición teórica fue iniciada por filósofos pragmatistas como James (1842-1910) y Dewey (1859-1952), y, posteriormente, elaborada por sociólogos como Cooley (1864-1947) y Thomas (1864-1947).

Los interaccionistas defienden la sociabilidad humana, pero, a dife- rencia de otras especies, los seres humanos carecen de mecanismos instin- tivos innatos mediante los cuales vincularse y modelar su vida dentro de las comunidades. Éste ha sido uno de los grandes méritos que se recono- cen al Homo sapiens, ya que, en vez de desarrollar adaptaciones orgánicas especializadas frente a ambientes particulares, su organismo se ha caracte- rizado por su versatilidad de integración en diferentes entornos.

La capacidad simbólica es uno de nuestros grandes logros en este pro- ceso evolutivo. A través de la manipulación interna de símbolos llegamos a definir conductas y situaciones atribuyéndoles significado. Por ejemplo, en una relación podemos compartir definiciones sobre la situación, las cuales orientan nuestro comportamiento y nuestras expectativas. Por tanto, el individuo no es un mero receptor pasivo de estímulos, sino un constructor creativo de significados. Del mismo modo, la vida social, los grupos y las instituciones creadas por las personas evolucionan y se orga- nizan de forma dinámica en función de procesos compartidos de negocia- ción (Vander Zanden, 1995).

La sociedad se considera como el resultado de una interacción cons- tante y abstracta entre individuos, asumiendo una dimensión simbólica y cambiante. De este modo, la sociedad «no existe, es continuamente crea- da y recreada cuando las personas actúan en referencia a otros» (Stryker, 1983, p. 315). La sociedad entendida como un tejido de interacción sim- bólica crea al individuo, y el individuo, a través de la interacción, crea la sociedad (Sabucedo, D’Adamo y García Beaudoux, 1997).

Este enfoque y su artífice, Mead (1909, 1934), pueden considerarse como los principales exponentes del pensamiento sociológico en psicolo- gía social. Mead reivindicaba el análisis de la conciencia en el estudio de la conducta. La mente se configura en el proceso comunicativo y en la expe-

riencia social de las personas. A su vez, el lenguaje simbólico es el que posi- bilita la complejidad de la organización humana y su conciencia reflexiva. También el concepto de uno mismo requiere un proceso social y evoluti- vo, en el que se identifican roles particulares. El enfoque no es determi- nista (socialmente hablando), porque cada persona reacciona ante un mismo objeto de forma diferente.

Mead (1934) y Cooley (1992) coincidían en considerar la identidad personal como un proceso que se construye gracias a la información de los demás sobre nosotros mismos. Pero la identidad cambia constantemente. Eso es especialmente evidente cuando la gente se siente mal y se la etique- ta de enferma. Las personas enfermas encuentran a su alrededor un consi- derable número de informaciones y expectativas respecto a su situación. Si creen que los demás piensan sobre ellos en términos de enfermedad o debilidad, tenderán a comportarse de una manera coherente con estas imágenes.

Así, una persona suele confirmar su rol de enfermo cuando una per- sona con el rol complementario de «sanador» así lo reconoce. El rol de enfermo y el rol del médico son papeles consensuados socialmente. Cada uno de ellos presenta sus ventajas y sus responsabilidades. Por ejemplo, esperamos que el individuo enfermo no se encuentre bien, busque la ayuda especializada y coopere con la misma para sentirse mejor. Por otra parte, la enfermedad le exime de sus actividades regulares y obligaciones y le otorga un cuidado y una atención extra.

Los patrones de comportamientos de la salud y de la enfermedad se transmiten y se aprenden socialmente. Las normas que rigen estos patro- nes reflejan el consenso del grupo sobre los criterios de aceptación social. En los grupos podemos distinguir dos tipos de normas que ejercen influencia sobre los individuos: las normas formales o explícitas (p. ej., horario de atención sanitaria, prescripción farmacológica, formación sani- taria); mientras que las informales no se recogen explícitamente, pero pue- den ser tan importantes o más en la regulación del comportamiento gru- pal (p. ej., estilo de vida, consumo de alcohol, ideal de belleza, etc.).

El interaccionismo simbólico se convirtió en la guía teórica domi- nante entre la mayor parte de los psicólogos sociales procedentes de la sociología y sus diferentes escuelas de investigación: teoría de roles, teoría

del grupo de referencia, distintas variaciones de la teoría del yo, estudios sobre socialización ocupacional, teoría de la etiqueta en desviación social, enfoque dramatúrgico en la interacción social y etnometodología (Sche- llenberg, 1991).

El interaccionismo simbólico recibió una gran atención durante los años sesenta, cuando se produjo la comentada crisis de la disciplina y se cuestionó el sesgo «individualista-experimentalista» de nuestra disciplina (Ashworth, 1979; Danzinger, 1976; R. Fernández, 1977; Field, 1974; Hewitt, 1976; Kando, 1977; Lauer y Handel, 1977).

Frente al ahistoricismo del conocimiento, el abuso experimental y el reduccionismo psicologicista, el interaccionismo aportó una concepción del hombre basada en la intencionalidad, la autonomía y la reflexibilidad. Estos presupuestos requerían un enfoque metodológico propio. La realidad social se construye a través de los significados surgidos de la expe- riencia individual y de la interación social. Para comprender esta realidad es necesario utilizar una metodología de análisis que contemple las propias declaraciones de los actores en la realización de sus actos (etnometodolo- gía, Caballero, 1991). Las personas frente al enfoque funcional ya no son meros receptores pasivos que acomodan sus necesidades a las demandas del medio, sino, ante todo, actores que reconstruyen simbólicamente el mismo (Blumer, 1969). Su estudio debe recoger las maneras personales y sociales de interpretar esta realidad.

Las diferentes escuelas interaccionistas coinciden en destacar los aspectos simbólicos comunicativos como las características propias del ser humano y considerar que (Jiménez Burillo, 1987; Uriz Pemán, 1992):

— Las personas viven y se comportan en un mundo de significados que, a su vez, son producto de la interacción social. Por tanto, el individuo es un ser eminentemente social y esta sociabilidad lo hace libre de las estructuras innatas como patrones perceptivos o pautas instintivas. El aprendizaje y la comunicación desempeñan un papel muy importante en temas como el self, la autoestima, el desarrollo del lenguaje, la percepción interpersonal, los roles, la conducta desviada, la socialización, etc.

— La actividad científica no difiere radicalmente de otras actividades cotidianas. La utilización de diferentes técnicas de investigación

(experimentos propios, encuestas, observación participante, medi- das no reactivas como vídeos y otros sistemas de registro, estudio de casos individuales) revela diferentes aspectos de un mismo objeto de estudio.

Desde esta base común, las escuelas interaccionistas priorizarán dife- rentes elementos:

— La etnometodología se inspira en las fuentes fenomenológicas (Husserl, Schütz) de la escuela de Fráncfort y de la lingüística. Pre- tende desvelar las reglas y convenciones implícitas que regulan el comportamiento de las personas. Con este fin, los investigadores utilizan con frecuencia procedimientos insólitos y provocadores que contribuyen a dotar a esta corriente de una aureola de «teoría subversiva», aunque no llegue a cuestionar un mundo en conflic- to (Gouldner, 1973). Por ejemplo, los trabajos de Scott y Lyman (1978) sobre las excusas y justificaciones en el comportamiento inapropiado.

En su relación con los demás, los sujetos perfilan y desarrollan, sin perder su propia subjetividad, un mundo compartido de expe- riencias que sirve tanto a la subjetividad como a la intersubjetivi- dad. Expusimos anteriormente el ejemplo del etiquetaje de nues- tros síntomas y trastornos de salud y la decisión correspondiente de acudir al médico.

En este sentido, ambos aspectos se influyen recíprocamente. El sentido común se descubre como un área de especial interés, ya que incorpora la versión sociociológica del problema del orden social, integra la influencia social y permite el tratamiento de cues- tiones de gran importancia para la vida cotidiana (Leiter, 1980). — La escuela de Chicago se centra en el estudio de los procesos comu-

nicativos y en la introspección. Blumer (1962, 1969, 1971) defi- ne la interacción y el concepto de uno mismo como procesos abiertos. El investigador debe situarse en la perspectiva de la per- sona que está estudiando, haciendo suyas sus percepciones, defi- niciones y significados. El objetivo no es predecir el comporta- miento sino entenderlo. Toda acción se construye en el curso de su ejecución. El conjunto de normas, estatus y roles configura las reglas de la acción social.

No podemos olvidar la trascendencia de estos planteamientos en los actuales desarrollos ecológicos de nuestra disciplina. El análisis de los problemas migratorios, industrializadores y urbanísticos se aborda desde la perspectiva de la integración social y su posible intervención (Hollander y Staatsen, 2003).

Frente a estos planteamientos, la escuela de Iowa defendería la existencia de una «identidad estructural y estable», algo indepen- diente de la situación concreta, un complejo organizado actitudi- nal que actúa como una «precondición de la acción social» (Melt- zer, Petras y Reynolds, 1975).

— La escuela de Iowa investiga el estudio de la estructura identitaria, las escalas de actitud y el origen de la interacción. M. H. Kuhn (1964) enfatiza los aspectos estructurales que facilitan la estabili- dad de la interacción y la definición y conducta del yo. A diferen- cia de Blumer, los métodos empleados por Kuhn se pueden ope- rativizar mediante técnicas cuantitativas, p. ej., el cuestionario de actitudes hacia uno mismo: el test de los 20 enunciados (TVE). — En el enfoque dramatúrgico de Goffman (1959), las relaciones se defi-

nen como «actuaciones» en las que las personas intentan controlar y manejar las impresiones que transmiten a los demás. Para estos auto- res, la vida es análoga a una representación teatral: todas las personas son, al mismo tiempo, actores y miembros de un público, y los pape- les que representan son los roles que cumplen en la vida.

Los trabajos de Internados y Estigma (Goffman, 1961, 1963) han influido considerablemente en los teóricos del «etiquetado social», para quienes la conducta se deriva de la definición social que se hace de ella. Por ejemplo, Goffman (1961) define a los hospitales como instituciones sociales que, al igual que los psiquiátricos y las cárceles, regulan todos los aspectos de la vida de sus residentes: programa de actividades, horario, vestuario, restricciones físicas, ausencia de privacidad. En este entorno, las personas pierden su identidad y tienen muy pocas posibilidades de comportarse de manera individual.

Munné (1989) resume en tres las críticas planteadas a Goffman: la vida social se reduce a las interacciones cara a cara, no se contem- pla la problemática del cambio social, y es una teoría indemostra- da e indemostrable.

— Las perspectivas teóricas de rol cuentan con una larga tradición lite- raria y vocación interdisciplinar en sus antecedentes: psicológicos, sociológicos y antropológicos (Berger y Lukman, 1967; Biddle y Thomas, eds., 1966; Rocheblave-Spenlé, 1969; R. Turner, 1962). Como curiosidad, su origen etimológico procede del latín rotula refiriéndose a la hoja de pergamino enrollada con el texto que el actor debía recitar. El carácter procesual del comportamiento es una asunción compartida por sus partidarios. La estructura social se contempla como un proceso de interacción y negociación en la propia definición de roles.

Encontramos un ejemplo de este proceso de negociación en el conflicto de roles que pueden surgir entre los estudiantes residen- tes de medicina en un hospital. Frente a sus iguales y los médicos del hospital, el estudiante es fundamentalmente «un alumno». Para algunos pacientes puede considerarse «un doctor». Mientras trabajan con enfermos, estos residentes empiezan a considerarse doctores; al relacionarse con sus compañeros y superiores, vuelven a su rol de partida. Esta identidad dual puede ser una fuente importante de estrés para los estudiantes (H. S. Friedman, 2002). La sociedad se percibe como un conjunto de unidades perfecta- mente conexionadas entre sí, que cumplen objetivos distintos y complementarios. La teoría de rol en su formato clásico, adolece de conservadurismo, ya que la idea anterior llevada a sus extremos nos conduce a una representación teatral excesivamente progra- mada. Imagina la sociedad como un sistema altamente especiali- zado en el que sus distintas unidades saben la función que deben desempeñar y conocen el modo de relación que debe establecerse con los otros elementos del sistema (Dahrendorf, 1959; Gouldner, 1970; Stryker, 1983).

— El método etogénico defendido por Harré (1983) se fundamenta en el análisis psicosocial de la acción, de las relaciones sociales y en la motivación de los actores por ofrecer en la interacción una imagen valiosa y atractiva. La etogenía propone un modelo de sujeto humano que sigue reglas pero no se ve limitado por las mismas y cuya actividad tiene un carácter simbólico. En este sentido, las acciones presentan un carácter semiológico, esto es, las acciones no tienen un significado ajeno al contexto en que se producen,

sino que están íntimamente vinculadas a éste (Harré y Secord, 1972).

— Otros autores como Bandura (1987) desde el conductismo socio- cognitivo, recogen ciertos planteamientos interaccionistas como la capacidad de utilizar símbolos.

Las críticas más frecuentes que comparten las diferentes escuelas son, según Lauer y Handel (1977):

— La crítica principal a estos estudios se encuentra en el escaso papel atribuido a la estructura social. La explicación del comporta- miento debe enmarcar la interacción y sus significados comparti- dos, en un contexto más amplio de relaciones desiguales de poder. «La paradoja del hombre consiste en ser constructor de su medio y estar subordinado al mismo», los contextos históricos y culturales, así como las tensiones entre los grupos y clases socia- les de cada época, determinan la construcción simbólica (Álvaro, 1995, p. 40). En el momento en el que se olvida la estructura, la clase social y el poder, se da un sesgo hacia el status quo.

— La ambigüedad de los conceptos utilizados. Además de estar defi- nidos de forma imprecisa (p. ej., significado, self ), cada autor adopta su propio sistema y no dispone de evidencia empírica que pruebe los supuestos teóricos.

— Desde un enfoque metodológico, los principios teóricos determi- nan el sesgo subjetivista de las técnicas utilizadas. Resulta difícil operacionalizar los conceptos, y ello genera proposiciones poco susceptibles de verificación. La comprensión intuitiva sustituye a la explicación científica (Stryker, 1983).

— Como plantean Meltzer, Petras y Reynolds (1975), la margina- ción del tema de la afectividad (procedente de la imagen emi- nentemente racional del hombre que transmite Mead) y de los problemas de estructura social como el poder y los conflictos sociales nos conduce a que, en virtud de la primera carencia, el interaccionismo simbólico no sea una teoría suficientemente psi- cológica, y, en función de la segunda, tampoco sea satisfactoria- mente sociológica.

3.3. El conductismo

Watson, a comienzos del sigloXX, reaccionaba ante la psicología de su

momento con una dura crítica al estudio de la mente y la conciencia. La psicología no debería estudiar conceptos «místicos, mentalistas y subjeti- vos», sino que se debería concentrar en la investigación de las actividades observables de los organismos: su «decir» y su «hacer». Este nuevo mode- lo de estudio presenta una serie de características (Pongratz, 1967; Rodrí- guez Marín, 1983):

— En contra del subjetivismo de la conciencia, el conductismo defiende lo objetivo de la conducta observable y la reducción de los procesos psíquicos a procesos fisiológicos.

— Extrapolación de los resultados obtenidos en las investigaciones con organismos simples a organismos complejos, y explicación de la conducta a partir de sus conexiones.

— Monismo metodológico en relación con las demás ciencias, haciendo especial hincapié en los procesos de explicación y pre- dicción. Sus raíces filosóficas se encuentran en el positivismo y en el empirismo.

Allport fue uno de los autores que contribuyó a traducir el conduc- tismo a la psicología social: «la nacionalidad, la masonería, el catolicismo y otras ideas similares no están en la mente del grupo [...], son conjuntos de ideales, pensamientos y hábitos repetidos en cada mente individual y que existen sólo en esas mentes» (F. H. Allport, 1924, p. 9). El resultado de estas declaraciones fue un desarrollo individualista de la psicología social, pese a las posteriores matizaciones que introdujo el autor (F. H. All- port, 1962).

Frente a este modelo, la psicología de Skinner se caracteriza por la importancia concedida a la determinación ambiental del comportamien- to. Esto es así porque la aprobación social se convierte en un «reforzador generalizado clave» (una clase de estímulos que posibilitan el acceso a una variedad de reforzadores más específicos), que nos ayuda a comprender la mayor parte de la conducta social (Schellenberg, 1991).

La psicología social de Skinner sigue siendo una psicología de los organismos individuales. Indaga sobre las instituciones humanas, pero

todavía se describen en términos de la conducta de los individuos. ¿Cómo explicamos que los miembros de un mismo grupo tengan una misma con- ducta? Como respuesta se señalan dos principios clave: la imitación («el comportarnos como otros lo hacen» es probable que sea reforzante) y la intensificación de los efectos que un individuo sufre en grupo («el solda- do vestido de uniforme»).

Skinner articuló un análisis experimental de la conducta coherente con su filosofía: la conducta se explica siempre acotando las condiciones objetivas estímulo en que aquélla sucede. Ante este determinismo ambien- tal, los conceptos de libertad y dignidad se sitúan fuera de la autonomía personal (Schellenberg, 1991). La lucha por la libertad significa evitar las circunstancias aversivas, y el sentido de la dignidad representa lo que se atribuye a sí mismo el individuo cuando las condiciones de la conducta no se entienden plenamente. Por tanto, se deberían superar las críticas al desa- rrollo de la tecnología eficaz de la conducta desde los valores democráti- cos. Skinner ofreció un marco de referencia general para el análisis de la conducta social, pero dejó a otros la tarea de completarlo.

Watson, Allport y Skinner, entre otros autores conductistas, fueron pre- cursores de temas de investigación que han llegado a ser claves en el desa- rrollo de la psicología social: la socialización de los niños, el cambio de acti- tudes, la percepción y la atribución interpersonales o la dinámica de grupos. Estas contribuciones han sido posibles gracias a que la evolución del conductismo ha trascendido los esquemas iniciales de estímulos-respuestas a ecuaciones en las que el organismo gana en protagonismo. En el término «comportamiento» se incluyen las actividades no observables, como la con- ciencia y los acontecimientos vivenciales y fisiológicos de la conducta.

El conductismo como corriente teórica y aplicada ha enriquecido nuestra conceptualización operativa de la salud y la enfermedad. Gracias a las investigaciones sobre los estilos de vida, los hábitos saludables, las respuestas a situaciones de estrés, etc., estamos más sensibilizados sobre cómo nuestro comportamiento influye en nuestra salud. Las cifras epide- miológicas sobre las pautas actuales de mortalidad y morbilidad respaldan estos hallazgos.

S. E. Taylor (1990) distingue en estos estudios entre las conductas de enfermedad y las conductas de salud. Las primeras se refieren a las accio-

nes que las personas realizan cuando se sienten enfermas (p. ej., ir al médi- co, darse de baja, etc.). La conducta de enfermedad no es equiparable a la definición de enfermedad en la que se da una patología documentada. Esta distinción nos permite profundizar en los aspectos psicosociales de la salud y ampliar nuestro objeto de estudio.

Se consideran comportamientos relativos a la enfermedad todas aque- llas acciones relativas al reconocimiento de síntomas, búsqueda de ayuda