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DATA QUALITY CONTROL FUNDAMENTAL CONCEPTS

11.7 Data quality control after data are collected

Los orígenes de la psicología social son interdisciplinares e interna- cionales. Esta diversidad es observable en sus primeras figuras influyentes; por ejemplo, el experimentador pionero Iván Pavlov fue un fisiólogo ruso; el observador de la infancia Piaget, un biólogo suizo; y Sigmund Freud fue un médico austriaco.

La riqueza contextual no sólo se comprueba en los lugares de naci- miento y residencia de sus fundadores, sino que también se extiende a la procedencia de las ideas y corrientes de pensamiento. Así, casi cincuenta años antes de los escritos de Wundt aparecieron en Rusia los primeros ensayos sobre una psicología de carácter etnográfico. Dichos estudios defi- nían los procesos mentales como un producto cultural e histórico y atri- buían una gran importancia al lenguaje dentro de la construcción de un pensamiento compartido (sobre el que se basa el concepto de nación) (Budilova, 1984).

Del mismo modo, podemos comparar los principales escenarios de la psicología social durante los siglosXIXyXX. Los primeros psicólogos socia-

les europeos y norteamericanos participaban de un mismo interés sobre los aspectos personales e interpersonales del comportamiento social. Por ejemplo, según T. Ibáñez (1990) podemos afirmar que en sus comienzos, la ciencia psicosocial norteamericana (p. ej., la escuela de Chicago) com- partía los mismos presupuestos que la filosofía alemana: holismo, histori- cismo y unidad de la ciencia.

En cuanto a las aportaciones de cada contexto al progreso de la disci- plina, también el resultado se encuentra equilibrado. Así, aunque la disci- plina es independiente y científica gracias al empuje norteamericano, en gran medida fueron los intelectuales europeos (que emigraron por los con- flictos políticos y bélicos) los que contribuyeron decisivamente a la investi-

gación psicosocial (Cartwright, 1979). Este proceso migratorio tendrá una serie de consecuencias en el desarrollo de la disciplina. Entre ellas, la diver- sidad cultural será motivo de estudio y debate. Como expone Rijsman (1990), los trabajos de este período se pueden clasificar en dos grupos:

— La intersubjetividad como base del conocimiento humano. Por ejemplo, las investigaciones de Binet.

— La construcción del self y los otros. En este sentido, los trabajos de Moede sobre el egoísmo colectivo son precursores de las teorías sobre la comparación social.

Como plantea Koch (1985, p. 25): «cualquiera que fuera la contribu- ción histórica europea: la psicología comparativa posdarwiniana británica, las concepciones pavlovianas rusas, la emigración de la Gestalt, el descubri- miento de Piaget, la fenomenología y, naturalmente, la filosofía neopositi- vista del círculo de Viena, ésta fue con ansia recibida, digerida y transfor- mada en algo americano, combinado de forma parcial con el conductismo indígena y totalmente individualista. La fuerza con que esto se realizó fue posible gracias a la temprana y masiva institucionalización de la disciplina». La sociología norteamericana difería de la sociología europea en cuan- to a temática y enfoque, pero se caracterizó por su disposición abierta. En Europa, los sociólogos presentaban una orientación más estructural y macrosocial (p. ej., trabajos de Comte), mientras que los sociólogos nor- teamericanos demostraban un talante marcadamente psicosocial. Por ejemplo, G. W. Allport (1968) es un exponente del intento de fusión entre el desarrollo de la psicología social norteamericana, la influencia de las corrientes europeas y la tradición pragmática de este país.

La sociología norteamericana se caracterizaba por la importancia con- cedida a la ley natural, al progreso, a la reforma social y al individualismo. Desde esta base utilitarista, Bramel (1975) expone una serie de factores que influyeron en el interés norteamericano por el estudio de las relacio- nes interpersonales:

— Factores sociales y económicos: el sistema capitalista implica compe-

tencia interindividual, característica que entra en contradicción con la exigencia moral y funcional de cooperación y armonía. Semejante contradicción requiere la búsqueda de soluciones.

— Factores políticos: el sistema democrático norteamericano, que

defiende el individualismo y la teoría de la igualdad de oportuni- dades, no se demuestra con el real y efectivo acceso de los indivi- duos a objetivos socialmente valiosos.

— Factores pragmáticos: en el sentido de la organización científica del

trabajo en equipo para mejorar el rendimiento y la productividad.

— Factores psicológicos: específicos de la personalidad norteamericana,

tendiendo a contrapesar el individualismo económico con su acer- camiento al grupo o su intensa tradición de violencia y agresivi- dad, que les conduce a estudiar esos problemas tan profundamen- te inscritos en su propia historia.

Graumann (1990) plantea que la diversidad de antecedentes cultu- rales y sociales del entorno europeo predispuso a los profesionales de este continente, frente a los modelos de psicología social norteamericana, a un mayor interés por el contexto social y a prestar más atención al nivel intergrupal y social (Doise, 1986; Hewstone, 1992; Tajfel y Fraser, 1978; Tajfel, Jaspars y Fraser, 1984). Intereses que se plasmarían en la investigación de temas neurálgicos para la convivencia social como la influencia de las minorías y las relaciones intergrupos (Hewstone et al., eds., 1990).

Con esta agenda temática, la perspectiva europea puede cuestionar el individualismo estadounidense, y demostrar que el conflicto no surge tanto de las percepciones erróneas de los individuos como de la lucha de poder entre los grupos. El programa político europeo se plantea cuestio- nes sociales, como el desempleo, la ideología política y las relaciones entre diferentes grupos lingüísticos y étnicos. Su metodología complementa diferentes técnicas, entre las que se combina el laboratorio con la observa- ción natural del comportamiento y el discurso social.

Tampoco podemos olvidar que, en Estados Unidos, la escuela de Chi- cago también se caracterizó por su sensibilidad social. Pero el significado de lo «social» desde la perspectiva europea alcanza un triple sentido: «la conducta es social en su origen, colectiva en su naturaleza e interesada en el mundo social en el que vive» (Jaspars, 1986, p. 10).

Esta declaración de principios de la psicología social europea tardó en materializarse en la academia y en el ejercicio profesional. Antes de la

segunda guerra mundial, sin una institucionalización propia, en Europa sólo destacaban figuras individuales. Podemos calificar de «éxodo y de sequía intelectual europea» las décadas de los cuarenta y cincuenta (T. Ibá- ñez, 1990). Hasta los años sesenta no se puede hablar oficiosamente del inicio de una psicología social europea.

Uno de los artífices de este renacer fue Moscovici (con temas como la influencia social, las minorías y las representaciones sociales) junto con otros psicólogos del prestigio de Tajfel (estereotipos, prejuicio, conducta intergrupal), Doise y Jaspars, sensibilizados con la hegemonía estadouni- dense y a la búsqueda de una identidad europea. Moscovici criticaría de la corriente norteamericana el carácter cultural de su «individualismo autár- quico» (Sampson, 1977, p. 769), mientras que Tajfel (1981, 1984) reivin- dicaría la «dimensión social» del comportamiento individual y grupal.

Todos ellos ayudarían a crear una mayor conciencia de la excesiva dependencia en la definición de las teorías, los métodos e incluso la crisis de la disciplina de la psicología social europea con respecto a la psicología social norteamericana (Sabucedo, D’Adamo y García Beaudoux, 1997). Tras este despliegue epistemológico encontramos como base la creencia compartida de que la sociedad presenta una estructura propia que no puede definirse exclusivamente a partir de los individuos que la integran (Moscovici, 1972).

Curiosamente, en los primeros encuentros de psicólogos sociales europeos que crearon la Asociación Europea de Psicología Social Experi- mental (1964) fue un norteamericano, Lanzetta, su principal promotor. Entre los objetivos de dicha organización se encontraban: la comunicación y discusión de las investigaciones psicosociales, la promoción, la forma- ción y el encuentro de investigadores y, cómo no, un esfuerzo por reani- mar la disciplina desde la comunidad científica europea.

La asociación se convirtió en el foro europeo de debate más impor- tante, con representación tanto en la Europa del Oeste como del Este, y se consolidó mediante el patrocinio de encuentros, revistas y monografías. Sin embargo, esta supuesta independencia se sustentó en un principio gra- cias al mecenazgo norteamericano. Otro hito importante sería la publica- ción a partir de 1971 de la European Journal of Social Psychology, cuyos pri- meros editores serán Mulder, Jahoda, Moscovici y Schönbach.

Al igual que en Europa y en Norteamérica, la psicología social en

América Latina presenta un rico y variado desarrollo paralelo a los aconte-

cimientos históricos que la contextualizan (Sabucedo, D’Adamo y García Beaudoux, 1997). Los inicios académicos de la psicología social en la mayoría de las universidades latinoamericanas pueden situarse a principios de la década de los cincuenta (M. Montero, 1993), con el establecimien- to de escuelas o carreras de psicología en la región, a excepción de México y Chile, que ya contaban con experiencias previas.

Los primeros cursos oficiales de psicología social coinciden en nume- rosos casos con la implantación de las carreras: en Argentina, en los cu- rrículos de 1956, en Rosario, y 1957, Buenos Aires. En Venezuela, la pri- mera cátedra se crea en 1958. Los temas de esta primera psicología social se caracterizan por la influencia teórica, metodológica y temática nortea- mericana. Quizás la única excepción a esta tendencia reproductiva sean los trabajos acerca del tema de identidad nacional, que ya presentaban ante- cedentes propios a finales del sigloXIX(M. Montero, 1993).

Como alternativa a la corriente experimentalista e individualista, a mediados de los sesenta surge una orientación más sensible al estudio de las interacciones entre individuos, grupos y sociedad (M. Montero, 1989). En los años setenta esta perspectiva crítica se plasmará en la publicación de diferentes manuales en los que se incide en la importancia del com- promiso de la psicología social con los problemas sociales y en la adecua- ción a su realidad histórica y social. Como ejemplos podemos citar los manuales de J. M. Salazar et al. (1976), en Venezuela; Rodrigues (1979) y Lane (1982), en Brasil; Casales (1990), en Cuba; y la compilación de temas psicosociales escritos por psicólogos sociales latinoamericanos reco- gidos por Marín (1981).

Una de las características actuales distintivas de buena parte de la psi- cología social latinoamericana consiste en su preocupación respecto a la aplicación de los principios teóricos para la solución de problemas sociales. Esta preocupación se evidencia en la psicología social ambiental, de la salud y comunitaria (Marín, 1989). De hecho, la psicología comunitaria consti- tuye uno de los exponentes más vigorosos de este cambio de sensibilidad.

En América Latina, la psicología comunitaria se especializó en la intervención y se definió como un instrumento para el cambio social

(Lane, 1994). Ya analizamos anteriormente como en 1986 Martín Baró publicó un trabajo sobre la «psicología de la liberación» en el que encon- tramos las primeras referencias a una tendencia que posteriormente se consolidaría (M. Montero, 1993). En esta fase se cuestiona la utilización del método experimental de laboratorio, prefiriéndose la investigación en ambientes naturales y se redefine el objeto de estudio, ya que empiezan a incluirse fenómenos como la ideología, la alienación y los efectos de la dependencia y el subdesarrollo (M. Montero, 1999).

Buelga (2001, p. 278) resume los puntos coincidentes de las diversas formulaciones críticas: «la base conceptual de este modelo se centra en las relaciones recíprocas que se establecen entre la construcción de la realidad social y el proceso de activación social entendiendo que éste es el cataliza- dor para el cambio social. La activación social presupone que la comuni- dad tome conciencia de sí misma, de sus necesidades y situaciones reales, descubriendo con el proceso de concientización escenarios alternativos que se convierten en estrategias para el cambio».

Esta toma de conciencia es especialmente crítica y necesaria en con- textos como el latinoamericano en el que gran parte de la población vive en situaciones desfavorecidas, la desigualdad social es muy fuerte, y la resignación y fatalismo populares no ayudan precisamente al cambio (Montero, 1998). Ya hemos analizado anteriormente cómo este fatalismo se «transmite» también al estado de salud (Egede y Bonadonna, 2003).

El diálogo y la solidaridad son los valores esenciales que definen al ser humano con conciencia crítica. El verdadero cambio sólo se produce con la participación activa, consciente y democrática de las comunidades (Marchioni, 1997). La tarea del psicólogo comunitario es la de catalizador social y facilitador de estos procesos de cambio social (M. Montero, 1998). El primer paso consistirá en posibilitar la conversión de las necesidades comunitarias latentes en manifiestas (Fals Borda, 1959).

M. Montero (1996) señala que la consolidación de este nuevo enfo- que coincide con tendencias similares en diferentes países, como, por ejemplo, los de Lincoln y Guba (1985), en Estados Unidos, las obras de Parker (1989), en Inglaterra, Seedat, MacKenzie y Stevens (2004) con la reciente democratización de Suráfrica, o las de T. Ibáñez (1989) en Espa- ña. Dicha coincidencia se definiría por las siguientes características:

— El reconocimiento del carácter histórico de los fenómenos psi- cosociales y, por tanto, la importancia de su contextualización temporal, cultural y espacial. El objetivo de la ciencia es la bús- queda del conocimiento (que se reconoce como histórico y tran- sitorio) y no de la verdad. No existe «objetividad» ni «neutrali- dad» en la ciencia.

— El método sigue al objeto y no a la inversa, lo cual conduce nece- sariamente al desarrollo de nuevos procedimientos e instrumen- tos. Interesa el estudio de la vida cotidiana y del sentido común como productores de significados y conocimiento.

— Un modelo de persona caracterizado como agente. La realidad se construye de manera colectiva, cotidiana y dialéctica, en la que individuos y sociedad se transforman mutuamente en la interac- ción. El conflicto debe estudiarse como una parte normal de la vida de las sociedades y de los procesos de cambio.

El desarrollo de la psicología soviética plantea diferentes enlaces con estos contextos europeos y americanos. Una conexión distinta consiste en la mezcla de corrientes freudo-marxistas y del materialismo dialéctico y el reconocimiento del papel de la ideología en la disciplina (Hiebsch y Vor- werg, 1972; Porshnev, 1970). Por ejemplo, el trabajo de Bruno et al. (1973) nos advierte del peligro de reducir nuestros conocimientos psico- sociales al contenido de clase y su legitimizacion científica al servicio de la clase dominante.

En la Universidad de Moscú, tras la revolución de octubre, encontra- mos dos concepciones de la disciplina:

— Como estudio de los determinantes sociales de los procesos men- tales.

— Como ciencia de algunos fenómenos específicos como los grupos o la comunicación.

La mayoría de las investigaciones que se han generado en la Unión Soviética presentan un componente práctico y aplicado. Ovejero (1998) destaca:

— Los trabajos relativos a la comunicación en sentido amplio (verbal, no verbal, etc.) (Koltzova, 1991).

— En segundo lugar, lo colectivo y las características psicológicas de los grupos, tanto de los macrogrupos (clases sociales, grupos étni- cos, etc.) como de los grupos pequeños (Shijiriev, 1991).

— En tercer lugar, los estudios sobre la personalidad, interesándose por las relaciones interpersonales, las actitudes y los procesos de socialización, principalmente; y, finalmente, las aplicaciones a la industria, a la educación y a la conducta asocial.

— Como temática complementaria podemos añadir los trabajos rea- lizados sobre el estado de salud, las creencias culturales, la influen- cia de las bajas temperaturas o el impacto del cambio político en el bienestar de los ciudadanos de la antigua Unión Soviética (Goodwin y Gaines, 2004; Perlman et al., 2003; Titterton, 2006). Actualmente, podemos concluir que sigue predominando el modelo norteamericano de la psicología social (que no suele hacerse eco del traba- jo realizado en otros contextos: Eiser, 1989). No obstante, de lo que tam- poco hay lugar a dudas es del reconocimiento de su carácter internacional y el deber a su diversidad de contextos, su propia riqueza de planteamien- tos y sensibilidades.