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DATA PLANNING AND POLICY MAKING Table of Contents

6.6 Example: Data policy issues in data collection

Según Rijsman y Stroebe (1989), la crisis de los setenta se resolvió mediante una división de la disciplina que se mantiene en la actualidad:

— Disponemos del viejo paradigma ejemplificado por investigadores como Nuttin y Zanjoc y basado en la aproximación de modelos de

las ciencias naturales a la psicología social. Lo central de este para-

digma estriba en la asunción del método hipotético deductivo y en su creencia en la posibilidad de inferir mecanismos causales obte- nidos a través de una rigurosa investigación empírica.

— Desde una segunda opción encontramos la psicología etogénica de Harré y el construccionismo social de Gergen. Como contraposi- ción al modelo anterior, esta opción rechaza el método hipotético deductivo y la idea de que las leyes de la psicología social puedan ser reveladas a través de rigurosas investigaciones empíricas. Pro- pone una epistemología en la que teoría y verdad se diferencian. La verdad no consiste ya en la «iluminación» de observadores pri- vilegiados sobre el mundo en que habitan, ni la teoría garantiza la mejor descripción de esta verdad realizada por escritores privile- giados. Ambos términos lo único que evidencian es la influencia de la práctica social.

— El constructivismo psicológico o la posición intermedia esgrimida por Doise y Moscovici. Moscovici (1990) reclama un estatus cien- tífico independiente para la psicología social, recordando los obje- tivos definidos por fundadores de la sociología como Durkheim,

Simmel o Tönies y de la psicología como Wundt, Tarde, Freud, McDougall, Baldwin, Mead y Lewin. Todos ellos aspiraban a esta- blecer, en una disciplina integrada y coherente, un área de cono- cimiento y una continuidad con otras ciencias sociales, particular- mente con la antropología.

Sabucedo, D’Adamo y García Beaudoux (1997) consideran que la psi- cología social que se cuestionaba sigue ocupando un lugar destacado, y sus alternativas no están exentas ni de críticas ni de problemas. Pero, a pesar de esta permanencia, constatamos que una de las consecuencias positivas de la crisis fue el abandono de posiciones dogmáticas y la convivencia de una pluralidad de orientaciones y formas de comprender la disciplina. Es posi- ble que, en este sentido, el destino de las ciencias sociales consista en una tensión permanente entre las diferentes interpretaciones y concepciones del mundo y las relaciones individuo-sociedad (Adair, 2005).

Los acontecimientos históricos y sus correspondientes respuestas inte- lectuales (p. ej., postmodernismo) han respaldado los argumentos a favor de la pluralidad y la tolerancia. Así, la psicología social en nuestro mundo contemporáneo se contextualiza en sociedades «avanzadas» caracterizadas por el rápido cambio tecnológico, las posibilidades que ofrecen los sistemas informáticos, la incidencia de los estilos de vida en la salud, los nuevos inte- reses y movimientos políticos y sociales, especialmente los relacionados con los problemas raciales, étnicos, ecológicos y de género (Humphreys y Joseph, 2004; Johnsen, Rosenvinge y Gammon, 2002).

Estos cambios repercuten en la forma de pensar, sentir y de relacionar- se de las personas (Ovejero, 1998). Frente a la defensa anterior a la ética del ahorro, el esfuerzo, el trabajo y la familia tradicional, ostentamos actual- mente una escala de valores contradictorios como el ocio, el turismo, el con- sumo, la preponderancia de la imagen, el voluntariado, la conciencia ecoló- gica, la vuelta a la naturaleza y la espiritualidad, las medicinas alternativas y la influencia de los mass media (Castaño, 2005; Harvey, 1990).

La confluencia de valores y actitudes opuestos se materializa también en los acontecimientos históricos. Por ejemplo, en este proceso dialéctico de ideas y movimientos sociales encontramos en nuestro tiempo el mayo del 68 en Francia, el movimiento hippy y ecologista de los Estados Unidos y las reivindicaciones feministas. El aspecto anarquista de estos fenómenos

es uno de los componentes del pensamiento postmoderno. La filosofía de Nietzsche o Heidegger, los escritos de Foucault y autores francfortianos como Horkheimer, Adorno o Marcuse aportan su fundamento revisionis- ta (Ovejero, 1998).

No podemos vaticinar cuáles van a ser las repercusiones de la pers- pectiva postmoderna. Quizás podemos plantearnos con Pinillos (1997) un concepto dinámico y metafórico de la historia en el que los movimientos pendulares hacia los puntos opuestos no impiden el progreso dialéctico: tras el Renacimiento vino el Barroco, tras el Neoclasicismo el Romanticis- mo y tras el modernismo el postmodernismo.

De nuevo, el concepto de salud ilustra estas oscilaciones. En los ante- cedentes de nuestra disciplina analizamos cómo una de las utopías recu- rrentes sobre la salud consiste en la vuelta del hombre a su estado natural. Como plantea Dubos (1975), la fuente de vida y juventud se ha materializado en infinidad de usos y costumbres «naturales» como, por ejemplo, caminar descalzo sobre el césped cubierto de rocío matinal, beber jugos de origen animal o vegetal de horrible sabor. La obra de Frank representó en el sigloXVIIIun intento ilustrativo de su época de relacionar

la salud con la vida naturalista. Las principales influencias nocivas para la salud no eran los factores físicos sino los sociales, desde la pobreza hasta la afición al teatro. En Rousseau encontramos un ejemplo de cómo el hombre civilizado debe recobrar el bienestar físico y las virtudes menta- les del noble salvaje. Además de los enciclopedistas, los especialistas en sanidad del sigloXIXtambién estaban convencidos de que el retorno a la

naturaleza era el único camino que garantizaba la salud.

En nuestro siglo, el discurso natural tampoco puede ser obviado, por- que detrás de muchas enfermedades (p. ej., cáncer) encontramos la «adul- teración de lo natural», como las radiaciones solares, los aditivos y conser- vantes de los alimentos, las prácticas laborales, etc. (M. Gracia y Millán, coords., 2005). Paradójicamente, hoy que el entorno del hombre es artifi- cial, la naturaleza resulta ser una de las principales causas de los procesos mórbidos. La adaptación a un contexto cambiante se mantiene como un requisito indispensable del bienestar (Fernández-Ríos y Buela, 1997).

Como en la Grecia clásica, la armonía natural se idealiza hasta el punto de divinizarla. Hygeia fue la primera depositaria de estos anhelos en

la Antigüedad. Hoy la naturaleza se reinventa, y la inmortalidad se la reser- va el hombre para sí mismo. Este deseo ha llevado a considerar la muerte como un fenómeno anormal (es decir, una enfermedad), y el parto, de ser también un proceso «natural», se ha convertido en un proceso altamente medicalizado (J. A. Rodríguez y De Miguel, 1990). Pero el bienestar y la felicidad no sólo consisten en prolongar la salud o en un mero conoci- miento técnico de los remedios y tratamientos. Ante todo, son expresio- nes de cómo el individuo responde a los desafíos adaptativos de su vida diaria (O’Connor, Friel y Kellesher, 1997). La capacidad de imaginarse nuevos retos hace que la salud no pueda ser considerada como un valor absoluto y permanente, por cuidadosa que sea la planificación sanitaria (Baum, Revenson y Singer, 2001).

Autores como Gellner proponen el retorno al racionalismo ilustrado, Bloom sitúa esta vuelta en la época premoderna y otros como Ovejero (2005) aceptan la crítica postmoderna pero niegan que el proyecto de la modernidad se encuentre totalmente agotado. Todavía quedarían algunos objetivos de la Ilustración, como la libertad, la justicia, la igualdad y la emancipación, por los cuales merecería la pena luchar (Habermas, 1991). Las comparaciones «pendulares» y el relativismo filosófico del post- modernismo se aplican a la revisión de la psicología. Por ejemplo, desde los presupuestos postmodernos, la perspectiva con la que los psicólogos actuales están analizando la patología y la psicoterapia está cambiando (Monk et al., eds., 1997; Parker, 1997, 1998). Pero, como apunta T. Ibá- ñez (1996), los cambios no se proclaman sino que se articulan en la prác- tica de una psicología comprometida con su momento histórico: «aban- donados los referentes absolutos, la psicología social sólo puede encontrar su propia justificación en la labor crítica que sea capaz de desa- rrollar» (T. Ibáñez, 1994a, 1994b, p. 11).

Una dificultad añadida a la hora de valorar el alcance del movimien- to postmoderno, es que su traducción psicosocial no se caracteriza ni por su homogeneidad, ni por su precisión. Entre las propuestas encontramos (Blanco y Corte, 2001; Ovejero, 1998): los intentos de reconstruir la dis- ciplina (Armistead, 1974), junto con los argumentos para su deconstruc- ción (Parker y Shotter, eds., 1990), pasando por una psicología social como análisis del discurso (Parker, 1992; Potter, 1997; Potter y Wetherell, 1987) o como una retórica (Billig, 1987), la invitación al constructivismo

social (M. Gergen, 1992a, 1992b, 1996; Roiser, 1997; Wetherell y May- bin, 1996) o, en nuestro país, la propuesta de desarrollo de la psicología social del conocimiento científico: Doménech e Ibáñez, 1998; T. Ibáñez, 1997; T. Ibáñez e Íñiguez, 1996; Íñiguez y Pallí, 2002.

Así, aunque la psicología posmoderna está siendo duramente critica- da y comparada con un «cajón de sastre en el que todo entra» (Morgan, 1996; M. B. Smith, 1994), no podemos obviar su utilidad para generar el debate dentro de la propia disciplina. En parte como resultado de esta polémica, disponemos de un conjunto amplio de «miniteorías psicosocia- les», y coincidimos en la necesidad de dotar de una lectura pluricultural al análisis de la diversidad social.

Blanco (1995, p. 23) plantea que «los psicólogos sociales actuales están más interesados en la investigación, en la acumulación de datos y en la corroboración empírica que en la pura reflexión teórica sobre la naturaleza de la disciplina». Para este autor y parafraseando a Jiménez Burillo, «la psicología social, como el ‘ser’ según Aristóteles, será una, pero se dice de muchas maneras». Podemos calificar la definición de Jimé- nez Burillo de postmoderna, si por postmodernismo entendemos un alega- to en favor de la versatilidad.

La pluralidad y complejidad contemporánea no nos exime de intentar describir las características actuales de nuestra disciplina. Por ejemplo, T. Ibáñez (1990) compara los cambios introducidos en las diferentes ediciones de tres manuales importantes: Baron y Byrne (2005); K. Gergen y Gergen (1986); Worchel, Cooper y Goethals (1988). Las tendencias apuntan hacia un mayor interés hacia las aplicaciones de la disciplina, la mayor relevancia concedida a la problemática del self, a las relaciones intergrupales y a la influencia minoritaria. Todo ello, teñido de una orientación claramente cog- nitivista. De modo tentativo podemos añadir una serie de notas perceptibles y coincidentes desde otros frentes (Balaguer y Valcárcel, 1993):

— Crecimiento y progreso. El número de psicólogos sociales, el núme- ro de libros, de revistas, de artículos, de asociaciones manifiesta el desarrollo de nuestro quehacer científico. Como indicador de este progreso, Baron y Byrne (2005) señalan el movimiento de inte- gración que es observable hoy en día en nuestra disciplina en cuanto a la unidad, coherencia y desarrollo de los diversos campos

de análisis. La psicología social no es ajena al crecimiento expo- nencial de investigaciones interdisciplinares.

— Continuación del debate sobre la orientación psicológica. Jiménez Burillo (1987) considera que los psicólogos sociales actuales siguen manteniendo un sesgo «psicológico» en la manera de afron- tar la disciplina: el individuo es la unidad básica de análisis. Se aplican las leyes generales de la conducta (aprendizaje, percepción, motivación, etc.) al comportamiento social y se prescinde del con- texto sociocultural en que tales procesos se desarrollan (Archibald, 1977; Liska, 1977a, 1977b). Mientras tanto, la tendencia socioló- gica de la disciplina se muestra menos interesada por los proble- mas de cuantificación que por analizar la conducta interactiva de los individuos a través de sus intercambios simbólicos.

Es posible encontrar aspectos convergentes en estas orientaciones (Stryker, 1977). Pero una corriente crítica plantea que, dada la dis- paridad de enfoques resultantes, nos encontramos no con dos psi- cologías, sino con tres (House, 1977): una, la psicología social «psicológica», que estudia la conducta individual en función de estímulos sociales, utilizando experimentos de laboratorio, y dos psicologías sociales «sociológicas», la representada por el interac- cionismo simbólico y la sociología psicológica, preocupada por los problemas de la relación entre estructura social y personalidad. — Diversificación temática. Como hemos podido comprobar en la

evolución de la disciplina, ésta se ha caracterizado desde sus ini- cios por la diversidad temática y la incorporación de nuevos con- tenidos en función de la evolución del contexto sociohistórico. De hecho, la psicología social intenta describir en qué consiste y qué retos imponen a la persona la adaptación y el cambio social. La interacción social y los procesos colectivos constituyen piezas cla- ves de esta descripción.

De manera complementaria a lo que sucede en otras disciplinas sociales, la variedad temática ha dado lugar a un proceso de espe- cialización, constatable en las diferentes aproximaciones teóricas y metodológicas desde las que se aborda: las diferencias de género, la influencia de las minorías, el comportamiento cultural y orga- nizacional, la desviación social, etc.

1968 1985

Aproximaciones psicofisiológicas Motivación social

Actitudes y cambio de actitudes

Factores culturales y sociales en la percepción Percepción de personas

Socialización

Personalidad e interacción social Psicolingüística

Risa, humor y juego Estética

Problemas de grupo Estructura de grupo

Liderazgo, estructura social y conducta Psicología cultural

Carácter nacional Conducta colectiva Conducta social animal Prejuicio

Efectos de los mass media Psicología industrial Psicología y economía Conducta política Psicología social y educación Relaciones internacionales Psicología de la religión Salud mental

Altruismo y agresión Atribución y percepción social Socialización de adultos Roles sexuales Lenguaje

Actitudes y cambio de actitudes Influencia social y conformidad Atracción interpersonal Liderazgo y poder Efectos de los mass media Relaciones intergrupo

Opinión pública y acción política Desviación social

Psicología social aplicada Personalidad y conducta social Psicología ambiental Psicología cultural

Además de los contenidos señalados, cabe indicar que las distintas ramas aplicadas de la psicología social (como, por ejemplo, la psi- cología de la salud y comunitaria) abren, a su vez, un nuevo con- junto de objetos de estudio, de forma que en estos momentos con- fluyen en la disciplina intereses muy diversos cuyo principal punto común es el estudio del comportamiento social (cuadro 5). — Multiplicidad de aproximaciones teóricas. Dada la complejidad de

nuestro objeto de estudio, podemos defender la conveniencia de la pluralidad teórica en el estudio de lo psicosocial. Berkowitz (1983) señala que ninguna orientación teórica puede dar cuenta de todo el

Características actuales de la psicología social 69

CUADRO 5

ÁREAS DE TRABAJO Y APLICACIONES CONTEMPLADAS EN EL HANDBOOK OF SOCIAL PSYCHOLOGY

comportamiento humano, y cada orientación tiene su parcela de validez en función del momento y de la situación. La multiplicidad dificulta la priorización de las corrientes más relevantes, pero ningún psicólogo social dudaría en calificar de importantes las siguientes perspectivas: la teoría cognitiva, el conductismo, el interaccionismo simbólico, la teoría del campo, el psicoanálisis o la teoría del rol.

CUADRO 6

EL MODELO DE LA PROBABILIDAD DE ELABORACIÓN DE PETTY Y CACIOPPO

CAPACIDAD PARA PROCESAR Distraccion, repetición,

conocimiento previo, comprensibilidad del mensaje

NATURALEZA DEL PROCESAMIENTO COGNITIVO

Actitud inicial Calidad del argumento MOTIVACION PARA PROCESAR

Relevancia personal Necesidad de cognición Responsabilidad personal... COMUNICACION PERSUASIVA Predominan pensamientos NEUTRALES Predominan pensamientos DESFAVORABLES Predominan pensamientos FAVORABLES Cambio de actitud Central negativo Cambio de actitud Central positivo

La actitud es relativamente duradera, resistente y predictora de la conducta

Retención o recuperación de la actitud inicial NO NO NO NO

¿Señal periférica presente? Afecto positivo o negativo Fuente experta y/o atractiva

Número de argumentos SÍ Cambio de actitud periférico

La actitud es efímera, susceptible de cambio y poco

predictora de la conducta

sí favorable sí desfavorable CAMBIO EN LA ESTRUCTURA COGNITIVA

Se adoptan nuevas cogniciones y se almacenan en la memoria. Se dan respuestas salientes anteriores

— Revalorización de los modelos cognitivos. Las décadas posteriores a la guerra mundial supusieron el declive del conductismo y la reivin- dicación de lo cognitivo (Graumann, 1990). La cognición presen- ta en la actualidad nuevos significados procedentes de otros cam- pos del saber. Por ejemplo, de la cibernética se ha importado el símil entre el pensamiento y el procesamiento de la información (Graumann, 1987b; Graumann y Sommer, 1984). Como resulta- do de estos procesos, hoy en día el estudio del comportamiento social (observable) ha sido relegado a su representación cognitiva, que precede (planificando), acompaña (dirigiendo) y sigue (recor- dando) a la conducta (cuadro 6).

Por otra parte, el conocimiento sobre los procesos cognitivos gene- rales (como la memoria, la inferencia, el razonamiento) se acumu- la con rapidez, y seguramente los psicólogos sociales utilizarán dicho conocimiento para entender su propio objeto de estudio. De manera similar, una mejor comprensión del pensamiento y del comportamiento social es previsible que permita un aumento y mejora de sus aplicaciones sociales (Baron y Byrne, 2005). Como contrapunto a este énfasis en lo cognitivo, en los programas europeos encontramos desarrollos como las representaciones sociales, la influencia minoritaria y un mayor interés por las temá- ticas relativas al afecto y la motivación. Incluso se están retoman- do temas relativos a los trabajos sobre el sentido común de Hei- der, vinculados actualmente a cuestiones sociales e ideológicas (Billig, 1987; Potter y Wetherell, 1987).

— Incremento del interés por la relevancia social. La psicología ambien- tal, la psicología comunitaria, la psicología social de la salud, la psicología política, la psicosociología de la educación y la psicolo- gía cultural perfilan distintas especialidades orientadas a estudiar el comportamiento humano, tanto a nivel teórico como aplicado, incidiendo en su significación social. También cabe mencionar la inquietud por comprender el impacto de determinados cambios relativos al entorno laboral, como las nuevas tecnologías, la infor- matización y sus consecuencias en la conducta, normas y valores de determinados grupos sociales.

Sigue existiendo una brecha entre la academia y el mundo social. Dicha comunicación tiene que ser aceptada como un reto por

todos los agentes implicados; es decir, que tanto el psicólogo social aplicado como el teórico tendrían que converger en la atención dedicada a los problemas sociales, de forma que los resultados obtenidos en las investigaciones psicosociales puedan ser aplica- bles y relevantes.

Jaspars (1986, p. 13) describe como la psicología social despegó con un enfoque y una agenda mucho más amplia que «ha ido estrechando su tarea para obtener aceptación científica mediante el empleo de los métodos experimentales. Podría ser que ahora obtuviera aceptación como ciencia social volviéndose a dirigir hacia las cuestiones sociales reales». Desde esta perspectiva, por ejemplo, la psicología comunitaria gana posiciones comprome- tiéndose con el análisis de entornos y colectivos específicos. Si nos centramos en los criterios habitualmente utilizados para valo- rar el desarrollo científico de un campo de conocimiento (número de publicaciones, asociaciones científicas, presencia académica, aplicaciones, etc.), la psicología social goza de un elevado grado de respetabilidad (Sabu- cedo, D’Adamo y García Beaudoux, 1997). Otro indicador de su buena salud estriba en las demandas que desde otros ámbitos se hacen a la disci- plina: salud, organizaciones, política, justicia, etc.

El futuro no es sencillo de predecir (Adams, 2001). K. Gergen (1977) apunta hacia el declive de un incipiente modelo crítico dentro de la disciplina. La psicología social dialéctica ha desplegado un amplio conjunto de opciones a un modelo tradicional vigente: se ha interesado por problemas ideológicos, argumentado en vez de aportar evidencia, se ha preocupado por la historia, aprovechado tesis marxistas, etc. Este des- pliegue crítico le ha enfrentado con la estructura de poder positivista, y, en dicho conflicto, la perspectiva alternativa se encuentra en desigualdad de condiciones.

Desde el optimismo, Hendrick (1977) asegura que la psicología social seguirá existiendo y desarrollándose, el clamor de la crisis se reducirá, pero sus consecuencias se seguirán observando: a partir de ahora, la teoría y los métodos psicosociológicos tradicionales han perdido su papel protagonis- ta, siendo previsible que en breve surjan nuevos modelos. Sin duda, todos estos cambios afectarán a nuestra propia definición como ciencia inde-