DATA DEFINITION AND STRUCTURES Table of Contents
7.4 Importance of data structure
En el análisis histórico de la psicología social constatamos como el estudio de la comunidad ha sido una constante en los pensadores sociales. Sin embargo, su recorrido como objeto de estudio independiente es rela- tivamente reciente. Los primeros textos que acuñan la denominación de «psicología comunitaria» tal y como la entendemos en la actualidad pro- ceden de 1965 y 1966 (Bennett, 1965; Bennett et al., 1966). Estos textos son resultado de la conferencia de Swampscott (Boston, 1965) dedicada a la revisión de la salud mental en contextos comunitarios.
Como ocurre con la psicología social, las coordenadas de tiempo y espacio enmarcan los contenidos comunitarios. Las contribuciones nor- teamericanas, europeas y latinoamericanas confluirán en la definición de sus conceptos centrales. Buelga (2001) nos propone un viaje a la evolu- ción de estas definiciones: empezaremos con el cambio propuesto en el análisis de la salud mental desde los contextos europeos y norteamerica- nos y llegaremos a la idea de desarrollo e intervención comunitaria defen- dida en Latinoamérica.
1.6.1. De la enfermedad mental a la salud mental comunitaria:
la perspectiva europea y norteamericana
No es casualidad que el estudio científico de la salud mental, sus cau- sas y tratamientos, se inicie en el contexto de la Revolución francesa. La rei- vindicación de los derechos individuales y la importancia de las situaciones
sociales son las bases sobre las que se asienta la obra del movimiento alie- nista de finales del sigloXVIII. Sus representantes Tuke (Inglaterra) y Pinel (Francia) plantean la necesidad de generar entornos terapéuticos en los que las personas enfermas recobren la normalidad (Rodado y Navarro, 1997). Paradójicamente, los asilos constituirán los ejemplos planificados de entor- nos racionales y ordenados. El trabajo será el instrumento privilegiado para generar nuevos hábitos, dominar pasiones y disciplinar la voluntad.
A pesar de las ideas alienistas, y como en la Edad Media, la separación y el aislamiento de las personas minusválidas, delincuentes, enfermos y locos seguía vigente. Surgieron voces críticas a esta situación y experiencias puntuales (p. ej., la inserción familiar de enfermos en Gheel o las denun- cias de malos tratos de Kraepelin, 1917/1999), pero el desarrollo del capi- talismo industrial y de la psiquiatría organicista frenaría estos avances.
Los problemas sociales de la urbanización y de la industrialización no tardarían en aparecer. A finales del siglo XIX, ciudades como Chicago o Nueva York presentaban un panorama de desintegración social en el que la infancia y la juventud serían protagonistas. El niño y el joven delin- cuente sin recursos sociales, familiares o educativos no se ajustaban al per- fil de desequilibrio psicológico y suponían un reto para los sistemas pena- les, jurídicos y psiquiátricos del momento. La inmigración y su desarraigo también serán protagonistas de numerosos conflictos sociales. La respues- ta a estas problemáticas procederá de diversos frentes. El movimiento de «higiene mental» será uno de sus exponentes más importantes.
El primer paso de la reforma consistió en la denuncia social. Figuras como Brees, Meyer o James creían que era posible el cambio social median- te la educación. Los higienistas situaban la prevención como el pilar de la salud mental. Las cuestiones relacionadas con la promoción de la salud se invocaban en los discursos sociales y serían rápidamente institucionalizadas (p. ej., creación de comités de higiene mental en países como Brasil, 1913, Canadá, 1918; Inglaterra, 1918; Checoslovaquia, 1921; España, 1927).
La rápida expansión del movimiento impulsó diversas e innovadoras iniciativas sociales. Las primeras campañas educativas sobre salud mental contribuyeron a la sensibilización social, los cambios legislativos, la pro- moción de centros ambulatorios y el desarrollo de la psiquiatría infantil desde una perspectiva familiar y escolar (Buelga, 2001).
La segunda guerra mundial dará un nuevo empuje a estos enfoques. Si los higienistas se caracterizaban por sus postulados ideológicos, la psi- quiatría militar se regirá por principios operativos. Por ejemplo, Maxwell Jones estaba a cargo de una unidad de cien camas dedicadas a soldados que presentaban reacciones de ansiedad, fatiga o estrés. El autor relata cómo se le planteó el absurdo de ir entrevistando, una tras otra, a personas con sín- tomas idénticos: ¿por qué no discutir lo mismo con cien a la vez? Fue el comienzo de la comunidad terapéutica.
La magnitud de los trastornos psiquiátricos, tanto en combate como en la reinserción de los soldados o en las problemáticas familiares resul- tantes, el devastador movimiento nazi, el clima social de preocupación, el incipiente fenómeno de la democratización postbélica y la psiquiatría pro- gresista (p. ej., Bion, Bonnafé, Foulkes, Main, Jones, Tosquelles) posibili- taron el cambio de un modelo de salud mental tradicional a un modelo comunitario.
Los grupos de autoapoyo, las unidades de intervención en crisis, los prin- cipios de autoorganización y ayuda mutua, la participación de los enfer- mos, la promoción de recursos relacionales son estrategias que intentan superar el aislamiento y alineación del enfermo. Como plantea Gironella (1997), la relación y cooperación con los demás, desde la perspectiva del enfermo, le devolverá su sentido de persona competente y responsable en la organización de su propio tiempo.
Este reconocimiento democratizador es paralelo a su consolidación social. Tras la guerra mundial, la mayoría de los países desarrollados econó- micamente dirigirán sus esfuerzos a consolidar sistemas de protección social, embriones del actual estado de bienestar (Gálvez y Quintanilla, 1997).
La salud constituye un eje fundamental de estas políticas. Esto se debe al cuestionamiento definitivo de la eficacia de los sistemas tradicio- nales (p. ej., asistencia gremial, beneficencia) y a la necesidad de generar alternativas (dada la magnitud del movimiento obrero). Analizamos ante- riormente como la declaración de la carta constitucional de la Organiza- ción Mundial de la Salud, en 1949, es un buen exponente de este clima social y de una nueva definición de la salud. En 1978, con la Declaración de Alma Ata se reconocerá explícitamente la responsabilidad de los pode- res políticos y económicos en esta definición.
Desde sus primeros planteamientos psiquiátricos y basados en el ais- lamiento a sus premisas preventivas e integradoras, la definición de salud mental ha dado un giro copernicano. El contexto en el que se desarrollan los tratamientos, también: del asilo al manicomio, hasta llegar a los cen- tros de salud mental, talleres ocupacionales, hospitales de día. La comuni- dad es una reivindicación constante. Los avances farmacológicos (p. ej., el descubrimiento de los neurolépticos, que permiten el tratamiento extra- hospitalario), los nuevos modelos de psiquiatría preventiva (p. ej., Caplan) y las políticas progresistas de los años sesenta son algunos de los ingre- dientes del caldo de cultivo del movimiento de reforma de la salud men- tal (Felner, Felner y Morton, 2000; Musitu, 1992).
La defensa de lo comunitario y la crítica a lo institucional (el mani- comio se percibe como un lugar estigmatizante que cronifica los trastor- nos) se reflejan legalmente en la aprobación de la Mental Health Act ingle- sa de 1959, la Circulaire francesa de 1960 y la Community Health Act estadounidense de 1963. Cuando Kennedy declara que los problemas psi- cológicos se relacionan con la desigualdad cultural y educativa, observa- mos la punta del iceberg del arduo esfuerzo crítico del pensamiento euro- peo y norteamericano.
El informe de la Comisión Conjunta sobre Enfermedad y Salud Mental presentada en el Congreso de EE. UU. en 1960 no sólo denunció esta situación, sino que sugirió estrategias comunitarias de cambio. La intervención precoz y la asistencia en crisis se conceptualizaban dentro de la prevención primaria y secundaria. Asimismo, se consideraba necesario integrar en los servicios de salud mental profesiones diferentes a la medi- cina (p. ej., enfermería, psicología, trabajo social), además de realizar acciones formativas dirigidas a paraprofesionales (Tenorio y Hernández, 2005). La Community Mental Health Act aprobada en 1963 integra estos principios en la creación de los Centros de Salud Mental Comunitaria.
La incorporación de los psicólogos a estos equipos y al trabajo inter- disciplinar con el psiquiatra generó la revisión de nuestro papel profesio- nal. Revisión que todavía hoy se enriquece en el debate (Hong y Levent- hal, 2004; Hong, Leventhal y Seime, 2005). La formación comunitaria, las funciones y nuestro rol eran cuestiones que afectaban a nuestra disci- plina y a su aplicación concreta (Sánchez Vidal, 1991a). En 1965, un grupo de psicólogos clínicos se reunieron para analizar estos temas
(Swampscott, barrio de Boston). El resultado se plasmó en la denomina- ción de «psicología comunitaria», la planificación de nuevos encuentros, la publicación de revistas especializadas (Community Mental Health Journal, 1965; American Journal of Community Psychology, 1975).
En este primer encuentro tenemos una serie de debates compartidos con la psicología social actual: la importancia de aplicar la teoría y de teo- rizar sobre la práctica, el conocimiento científico al servicio de la sociedad, la relevancia social de sus conocimientos y la difusión de los mismos. Estas consideraciones propiciarán el cambio de un modelo psicológico asisten- cial a un modelo de psicología basado en la participación, el desarrollo y la búsqueda de la calidad y los recursos comunitarios (Rodríguez Marín, Pastor y López, 1988; Sánchez Vidal, 1991b).
Como en la psicología social actual, desde la perspectiva comunitaria se hace especial hincapié en los determinantes ambientales y sociocultura- les del comportamiento (Hombrados, 1996). Interesa profundizar en la interacción que la persona establece con su sistema social o ecológico (Bullers, 2005). El rol del psicólogo comunitario no se puede circunscri- bir a sus funciones tradicionales de la salud mental. Requiere una forma- ción básica e interdisciplinar en ciencias sociales: sociología, ciencias polí- ticas, antropología aplicada a la intervención social en grupos, organizaciones e instituciones de la comunidad.
La historia de la psicología comunitaria refleja que estos desarrollos fue- ron progresivos y acordes con su implementación académica e institucional. Newbrough (1992) nos propone tres etapas hasta el momento actual: — Desde su nacimiento en 1965 hasta la conferencia de Austin en 1975.
En esta década el interés de los psicólogos comunitarios recae en el diseño de su perfil profesional, p. ej., formación, entrenamiento. — Desde 1975 a 1989 se elaboran modelos teóricos que sustenten el tra-
bajo comunitario. El énfasis en la prevención y en el enfoque ecológi- co prevalecen. La atención del psicólogo comunitario se amplía a los problemas sociales que presentan los grupos y comunidades más desfa- vorecidos étnica, cultural o socialmente (Buelga, 2001).
— Desde 1989 hasta nuestros días, podemos hablar de un período de integración y difusión. Como en la psicología social, se acepta el plu- ralismo teórico y metodológico.