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4.5 Scientific methods for representing quantities

La constitución de la psicología social se suele situar convencional- mente en 1908, con la publicación de los manuales de McDougall y Ross. Sin embargo, como plantea Graumann (1990), el término «psicología social» ya existía anteriormente aplicado a una «psicología de la sociedad» y al estudio de la integración del individuo en la comunidad (Lindner, 1871). Del mismo modo, a principios de siglo, revistas como Psychological

Review, bajo la denominación de «psicología social» consideraban obras

como las de Espinas, Fouillée o Durkheim. Incluso se dispone de textos con este título específico, como, por ejemplo, el de Orano en Italia (Jimé- nez Burillo, 1987).

Por tanto, aunque no fueran los primeros, McDougall y Ross se con- templan como fundadores de la disciplina por otros motivos. Los dos son autores coetáneos representativos de dos enfoques recurrentes en el área de conocimiento y ambos sitúan la materia de estudio en un marco concep- tual y metodológico susceptible de manuales y de consideración indepen- diente (E. E. Jones, 1985). La psicología social versará sobre el individuo, sus procesos internos (McDougall, 1908; Simmel, 1902) y sobre el papel que el contexto desempeña en los procesos individuales (Lindner, 1871; Lukes, 1973; E. A. Ross, 1908). Ambos representan ya de un modo explí- cito la separación entre la psicología social psicológica y la tradición de la psicología social sociológica (Farr, 1986a):

— Ross (1866-1951) sociólogo, doctor en economía retoma las ense- ñanzas de la escuela francesa (Tarde, Sighele, Le Bon, Cooley y Veblen) y se centra en el papel de la imitación y sugestión como mecanismos explicativos de las uniformidades sociales, conti- nuando con la línea de estudios dedicada a la influencia social. Estudia «los niveles y corrientes que existen entre los seres huma- nos como consecuencia de su asociación» (E. A. Ross, 1908, p. 1). La psicología social se enmarca en la sociología porque su objeto de estudio versa sobre las causas y condiciones que hacen del indi- viduo un ser social (Pepitone, 1981). La asociación y la interac- ción entre los individuos presenta una existencia independiente y de- termina el comportamiento individual (Sabucedo, D’Adamo y

García Beaudoux, 1997). Por estos planteamientos, su obra fue muy influyente en los textos de psicología social redactados por sociólogos, pero no tuvo excesiva repercusión en la orientación psicológica. Ahora bien, en sus teorías también encontramos refe- rencias a la persona como entidad con características propias. Por ejemplo, el individuo se reconoce como agente del cambio social, situación observable, según Ross, en el hecho de que los indivi- duos geniales generan progreso social.

— McDougall (1871-1938) era médico de profesión y su obra se en- marca en la literatura anglosajona del momento. Su libro se dedi- caba al análisis de «las propensiones y capacidades innatas de la mente humana individual» (McDougall, 1908, p. 18). En térmi- nos actuales, el autor escribió una teoría sobre la motivación (Farr, 1986b). Influido por el clima biologicista de su época, el compor- tamiento social se explicaba sobre la base de una perspectiva indi- vidualista e instintiva. Observamos este reduccionismo en el tra- tamiento concedido a la emotividad. Las respuestas emocionales se definen como meras consecuencias e identificadores de los ins- tintos; por ejemplo, el instinto de huida se asocia con una reacción emocional de temor.

Su teoría fue muy criticada por la incapacidad para explicar la variabilidad del comportamiento, la ambigüedad de los términos utilizados, así como por su concepción biologicista de la naturale- za humana, erróneamente identificada con el determinismo del movimiento eugenésico (Collier, Minton y Reynolds, 1996). Así y a pesar de su éxito inicial, esta perspectiva innatista pronto fue reemplazada por otras escuelas y orientaciones psicológicas que compitieron con ella durante las primeras décadas de este siglo, entre las que el conductismo, dado el clima positivista de la época, tuvo mucho que ver. Cartwright (1979) señala también que el fra- caso del instintivismo en la psicología norteamericana se debió a que la experiencia de este país concedía al ambiente el papel más importante en la determinación de la conducta, al tiempo que el desarrollo económico propiciaba las diferencias y defendía la posi- bilidad individual de cambio en la nación de las oportunidades. La propia obra del autor evolucionará hacia una dirección más social. Por ejemplo, su trabajo sobre The Group Mind (1920) pre-

sentará una conceptualización de la mente individual en la que se contempla la ascendencia de la sociedad de referencia. Al formar parte de un grupo, el comportamiento de los individuos se modi- fica. Su defensa de una psicología instintivista y de una teoría sociológica del comportamiento colectivo nos recuerda a la inte- gración de Wundt entre psicología experimental y social. Sin embargo, habrá que esperar a los conceptos de self de Mead y de «espacio vital» de Lewin para poder incorporar en la misma disci- plina el estudio de lo individual y de lo social (Álvaro, 1995). McDougall ejerció una gran influencia en las teorías de Mead. La psi- cología de Mead (1863-1931) se sustentaba en tres principios: en primer lugar, una visión de la naturaleza humana basada en la noción de instinto social; en segundo lugar, una teoría de la comunicación social; y por últi- mo, una teoría de la identidad como conciencia social (antecedente importante del interaccionismo simbólico). La teoría de la comunicación de Wundt aportará a Mead pautas acerca del origen del lenguaje. Mead consideraba la comunicación simbólica como el desarrollo del gesto vocal que se da en una situación de interacción social. Lo que en un principio constituye la expresión de las emociones individuales se traduce posterior- mente (como consecuencia de la interacción con otros) en la base de la comunicación. El origen de la conciencia reflexiva se encuentra en la con- ciencia del otro (Álvaro, 1995).

Según Mead, la psicología social debía estudiar el individuo dentro del grupo, pues es en esta unidad social donde las acciones individuales adquie- ren sentido y significado. El self, en última instancia, es el producto de la inte- racción con los otros ya que permite a la persona percibirse como objeto, gra- cias a las reacciones y actitudes que suscita en los demás (Sabucedo, D’Adamo y García Beaudoux, 1997). La interacción, a su vez, se entiende como un diá- logo de actitudes, atribuciones y gestos (Halpin y Guilfoyle, 2005).

Otros autores de la escuela de Chicago compartieron con Mead la orientación interaccionista y la sensibilidad hacia los problemas sociales, defendiendo políticas e intervenciones reformistas como la necesidad de un sistema educativo más progresista:

— Dewey y sus estudios sobre cómo las costumbres, resultado de la interacción social, inciden en la mente de las personas.

— Thomas y los trabajos realizados con Znaniecki sobre «The Polish Peasant in Europe and America». En dicha obra aparece el concep- to de actitud como una dimensión colectiva medida en las historias de vida: las situaciones son reales y tendrán consecuencias reales si el sujeto las percibe como tales. Esta idea se constituirá en un prin- cipio precursor y guía de la psicología de orientación cognitiva. — Ellwood será uno de los primeros representantes oficiales de la psi-

cología social sociológica (Sahakian, 1982). Para este autor, indi- viduo y sociedad se encuentran en constante interacción, deter- minándose mutualmente: «La conducta individual, en otras palabras, procede de la cultura del grupo, pero la cultura en últi- mo término [...] viene de la mente individual».

La escuela de Chicago generó una nueva forma de entender las cien- cias sociales, más interesadas y comprometidas en la solución de problemas sociales. El científico social también era agente responsable del cambio social. La alianza entre sociología y reforma social continuó hasta bien entrado el siglo XX. Durante este período, la sociología se orientó hacia

cuestiones aplicadas y carecía de un núcleo central teórico o metodológico. Aunque esto se convirtió en un problema a la larga (denunciado por los psi- cólogos sociales de orientación psicológica), a corto plazo proporcionó un gran atractivo a la sociología (Collier, Minton y Reynolds, 1996).

Ante este cambio de sensibilidad y ante un contexto social (nortea- mericano) caracterizado por los complejos procesos de inmigración, urba- nización e industrialización, y sus correspondientes problemas y retos sociales, las teorías psicológicas instintivas cayeron en desuso. El fracaso del instintivismo se debió al abandono de la creencia en la constancia e invariabilidad del individuo y a la defensa del entorno como determinan- te más significativo de la conducta humana (Cartwright, 1979).

Desde una perspectiva académica, en el proceso de decadencia de las teorías innatistas tuvieron mucho que ver las investigaciones llevadas a cabo por antropólogos como Malinowski, Mead y Linton (Munné, 1986). Estos autores a partir de la tercera década de este siglo demostraron el papel que desempeñaba la cultura en el desarrollo de la personalidad y la importancia que ésta tenía para explicar la conducta social. Por ejemplo, en el vocabulario utilizado por los textos científicos, este cambio se tradu-

jo en el desuso del término instinto y la utilización de otros más flexibles y, valga la redundancia, sociales, como la actitud, el autoconcepto, la comunicación, la socialización, etc.

Las diferencias léxicas reflejaban importantes discrepancias en la explicación de las causas de la conducta. La psicología social y la sociolo- gía, comprometidas con el análisis de su tiempo, se independizarían de la psicología general y sus pretensiones de cientificidad basadas en el sujeto como unidad social. Pero la propia psicología se tuvo que reinventar un objeto susceptible de estudio «objetivo y riguroso». La revolución watso- niana alteró profundamente el panorama de la psicología a comienzos del sigloXX, ya que supuso un nuevo golpe a la psicología mentalista y deste-

rró al mismo tiempo la conciencia y los instintos como posibles temas de estudio.

La raíz de esta revolución se encontraba en el evolucionismo. Los des- cubrimientos de Darwin comprometían a la psicología con el estudio de las funciones del organismo humano, sin perder de vista su adaptación y su comparación con el comportamiento de otras especies. Los primeros trabajos de Watson (1878-1958) debían mucho a los estudios médicos. Se centraron en la correlación existente entre la complejidad progresiva de la conducta en la rata y la mielinización del SNC y su aprendizaje en el labo- ratorio. La metodología experimental y fisiológica no era compatible con el estudio de la conciencia.

El conductismo de Watson y Skinner negaba la validez científica de los argumentos que se referían a los sucesos mentales como pensamientos, sentimientos y emociones. Para los psicólogos conductistas, el objeto de estudio debía ser la conducta observable, influida por los estímulos obser- vables. Pero además de las divergencias y las diferentes pretensiones de la psicología general y social, la intersección entre los campos de estudio no tardaría en producirse. Podemos referirnos a este punto en común como el ámbito de actuación de la psicología social conductista. Skinner sería uno de sus principales exponentes.

Skinner estaba interesado en el conocimiento científico básico, pero también en sus aplicaciones prácticas en la modificación de conducta y en la construcción científica de la sociedad (por ejemplo, Walden II, 1948). Desde el razonamiento de Skinner y sus seguidores, la psicología social no

se diferenciaba de otros campos de la psicología, porque toda psicología tiene que ver con la conducta y toda conducta es un producto del ambien- te en el que acontece (Schellenberg, 1991). Desde esta perspectiva, la edu- cación constituye un área fundamental de intervención, y, de hecho, a Skinner se le considera el artífice de la instrucción programada y de la ingeniería de la conducta.

Pese a estas intersecciones, en el futuro la psicología social de Skinner se percibiría como una disciplina más bien inquietante y dedicada al con- trol social. Pero en los años veinte y sin que estos modelos se hubiesen desarrollado todavía, Dunlap (1919) en su discurso presidencial ante la Sociedad de Filosofía y Psicología, y a modo de profecía, se lamentaba de la inexistencia de una psicología científica, cultivada, decía, no por psicó- logos sino por «políticos y pensadores independientes» que dieran res- puestas en las que se imbricaran los factores individuales y colectivos. La obra de Allport supondría «un paso adelante definitivo en la (incipiente) ciencia de la psicología social» (Woodworth, 1925, p. 92).

Floyd H. Allport reflejó claramente cuál sería el currículo de la nueva disciplina en su manual de psicología social (1924, p. 3): el objeto de estu- dio de la psicología social debía ser la conducta social entendida como «el conjunto de estimulaciones y reacciones que surgen entre los individuos y la parte social de su medio; es decir, entre los mismos individuos». Pode- mos catalogar a este autor como el primer psicólogo social conductista. La perspectiva conductista era el enfoque interpretativo y el método experi- mental, el modo de estudio.

Para Allport, la conciencia (a diferencia de la obra de G. H. Mead) no podía ser un agente activo o un principio explicativo de la conducta. Del mismo modo, los fenómenos grupales no se debían describir en función del comportamiento individual, sino por procesos de origen fisiológico. Ambos principios eran congruentes con las investigaciones biológicas del momento sobre las relaciones entre el organismo y su medio físico. Las características de la sociedad se podían reducir a las características de sus partes individuales (Morales, 2000a).

Con F. H. Allport (1924, p. 12) la psicología social se pierde en la psi- cología individual, ya que se niega la existencia de una posible conciencia colectiva o de un espíritu grupal: «la psicología social es la ciencia que estu-

dia la conducta del individuo en tanto en cuanto ésta estimula a otros individuos, o es en sí misma una reacción a la conducta de aquéllos». Con el fin de probar estas premisas, Allport utiliza una metodología experi- mental. Por ejemplo, entre 1916 y 1919 en el Harvard Psychology Labo- ratory realiza sus conocidos experimentos sobre la influencia grupal: el desempeño de una tarea se ve afectado por la sola presencia de otras per- sonas (estímulo social) realizando la misma tarea. Aunque el rendimiento aumenta, la calidad de lo producido se resiente.

A partir de estos trabajos, Allport formula su teoría de la facilitación social. Introduce temas que con otros nombres siguen vigentes en la actua- lidad (por ejemplo, etiología y comunicación no verbal) y supone la acep- tación del conductismo, el reduccionismo individualista y la adopción del experimento en el laboratorio como técnica de investigación psicosocial (Jiménez Burillo, 1987).

La obra de Allport constituye un punto de referencia en nuestra dis- ciplina. Su combinación de enfoque conductual, individualista y experi- mental aportó respetabilidad a las pretensiones de la psicología de ser cien- tífica (Graumann, 1990). A este esfuerzo dedicó la psicología social las tres o cuatro primeras décadas de su existencia norteamericana (Cartwright, 1979, p. 84).

En 1935, Smoke resume las directrices de la disciplina en estos años: «la psicología social se caracteriza por la heteregoneidad y amplitud de los problemas estudiados y la tendencia a investigar problemas específicos mediante métodos objetivos, p. ej., los trabajos sobre normas sociales de Sherif (1935, 1936)».

Allport fue consciente de la existencia de dos psicologías sociales. Cri- ticó duramente al enfoque sociológico de la psicología (1924) y mantuvo en ocasiones posturas radicales. Por ejemplo, su visión experimental de la disciplina le llevó a situar el origen de la misma en el primer experimento psicosocial (realizado por Triplett en 1898). Graumann (1990) adopta una postura revisionista de este inicio, ya que Allport ignoró otros trabajos ante- riores igualmente relevantes, como los de Binet y Henri (1894) sobre suges- tionabilidad (Haines y Vaughan, 1979). Este sesgo constituye un ejemplo interesante de la arbitrariedad y de la función identificadora de la his- toriografía. Una de las consecuencias de esta visión parcial fue que la pro-

pia disciplina se apartó del estudio de las cuestiones sociales, aislando, al menos en sus prácticas investigadoras, a los sujetos de su contexto social.

Pese a su posición hegemónica desde la psicología social psicológica, su labor chocó con la obra de autores como Kantor (1924), Kroeber (1917) o Bogardus (1924), para quienes los fenómenos sociales no podían ser redu- cidos a fenómenos psíquicos. Otros psicólogos sociales se opusieron a la posición conductista. Enseguida demostraron como los individuos reac- cionan de diferente modo ante un mismo objeto o idea. Esta divergencia sólo se podía explicar mediante las diferencias de actitudes individuales, los rasgos de personalidad, las impresiones de los demás, las identificacio- nes del grupo, las emociones, etc. Desde sus orígenes, la psicología social se diferenció del conductismo puro y duro por su convicción de que el efecto de cualquier estímulo depende de cómo los individuos y los grupos lo interpreten (E. R. Smith y Mackie, 1997).

Como hemos analizado en este epígrafe, la polémica en la disciplina se inició con el papel definitorio de los instintos. Entre los autores que se posicionaban a su favor encontramos a Bernard (1924), Ginsberg (1921), Hocking (1921) y McDougall (1920). En contra, destacarían las críticas a la ambigüedad (Dunlap, 1919), la polivalencia semántica (Kantor, 1923) e incluso la existencia de contradicciones (Totman, 1980). Pese a la apa- rente victoria de «los anti-instintivistas», las conclusiones no fueron tan claras con relación al énfasis psicológico y sociológico de la ciencia. El tema se prolongó durante los años veinte y treinta con el conductismo (Bernard, 1924; Britt, 1937; Wallis, 1925; y A. P. Weiss, 1926). «Las cri- sis económicas y políticas, como la Gran Depresión y la segunda guerra mundial y la urgencia de los problemas sociales, arrollaron a los puristas en sus laboratorios» (Katz, 1978, p. 781).

En este sentido, los años treinta fueron decisivos para la psicología social porque una serie de acontecimientos sociales, económicos, políticos e intelectuales repercutieron en los marcos conceptuales de la disciplina y en la necesidad de incorporar la cognición social entre sus temas de estu- dio. El crac económico de 1929, el fenómeno del nazismo alemán, las con- vulsiones internacionales, generaron movimientos migratorios de psicólo- gos europeos hacia América del Norte. La mayoría de estos profesionales procedían de la escuela de la Gestalt, que también reivindicaba el papel de la percepción y los procesos cognitivos en el comportamiento personal.

Cartwright (1979, p. 85) resume el impacto de las migraciones de este modo: «uno no puede imaginarse lo que el área sería hoy si gente como Lewin, Heider, Köhler, Katona, Lazarsfeld y los Bruns- wiks no hubieran venido a los Estados Unidos». Su convivencia con los psicólogos críticos norteamericanos generó un interesante «mesti- zaje» de corrientes intelectuales y un mayor interés en las problemá- ticas sociales.

Además de esta convivencia, los efectos de las crisis y de las guerras condujeron a la formulación de nuevos interrogantes. Por ejemplo, los tra- bajos de Adorno sobre el prejuicio, el intento de resolución de cuestiones prácticas como los cambios de los hábitos alimenticios (p. ej., Lewin, 1948) o animar y mejorar la organización de los soldados (Hovland, Lumsdaine y Sheffield, 1949; Stouffer et al., 1949).

Estas cuestiones prácticas se responden desde nuevos planteamientos teóricos y metodológicos que también se encuentran en la psicología general. Los cambios de orientación evolucionan, según Graumann (1990, p. 32), «desde la perspectiva conductual a la cognitiva y desde las teorías de rango más amplio a aquellas de rango más restringido». Según Reich (1981), en esta década se asientan los tres grandes ejes (teoría, meto- dología y aplicaciones) del trabajo actual de la psicología social:

— Los nuevos modelos teóricos se convertirán en las guías para la com- prensión de la conducta social. P. ej.: teoría sociométrica de J. L. Moreno (1934), teoría de campo de Lewin (1939), teoría norma- tiva de Sherif (1936), la Gestalt (Asch 1946, 1952 y sus trabajos sobre formación de impresiones y conformismo, y Fritz Heider,