CHAPTER 2: LITERATURE REVIEW 2.1 Introduction
2.3 Background: The Resource-Based Perspective
2.3.3 Criticisms of the resource-based theory
El segundo período que se analiza es el que corresponde a las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras tres del XX, tiempo marcado por la mayor indefensión de los indígenas. Este período se caracteriza por las políticas “liquidacionistas” del Estado y lo hemos denominado de “asimi- lación forzosa”. Es este el lapso (1881-1931) en que se produce la ocupa- ción de la Araucanía y el sometimiento de los indígenas mapuches a “re- servaciones” o “reducciones”. Es el tiempo en que, tras su incorporación a la soberanía chilena, el año 1888, se entregará la Isla de Pascua completa como concesión, primero en 1895, a Enrique Merlet, de origen francés, y luego a la empresa británica Williamson & Balfour, conocida también como la Compañía Explotadora de Isla de Pascua18, que transformó a Rapa Nui
en una estancia ovejera, manteniendo a la población pascuense, como ya se mencionó, forzada a habitar solo en el sector de Hanga Roa.
Es el tiempo también en que las concesiones entregadas por el Esta- do a empresas en las tierras australes y especialmente en Tierra del Fuego condujeron a la muerte y desaparición física de pueblos enteros, como sucedió con los selk’nam, frente a lo cual el Estado se mantuvo pasivo.
17 De hecho, las leyes de ciudadanía de los indígenas en las que se les permite “comprar y vender” se aplicaron casi exclusivamente en la zona central del país, en los así llamados “pueblos de indios”.
18 Este período de la historia de la Isla de Pascua está tratado en la Quinta Parte de Tepito te Henua en el subtítulo Explotación ganadera e inquilinaje.
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Este es un caso que podría ser calificado en el lenguaje contemporáneo como de genocidio. Este estudio analiza en detalle y considera este hecho en todo su peso e importancia19. Es el período, además, de la anexión de
los territorios del Norte Grande y de la política conocida como de “chileni- zación forzosa”, la que, referida al caso indígena, tuvo profundas conse- cuencias. Efectivamente, la “chilenización” fue muy compulsiva, al me- nos en las primeras tres décadas del siglo XX, y fue aplicada por el gobierno central, el que, por razones geopolíticas, no consideró las diferencias cul- turales y regionales. Esta tendencia hacia la homogeneización cultural caracterizó las políticas estatales hasta casi finales del siglo XX, implicando ante todo el establecimiento de sólidas estructuras gubernamentales en la región: desde municipios hasta cuarteles de frontera. Asimismo, la socie- dad aymara y su economía quedaron afectadas por el sistema de fronteras que generó controles estrictos de la circulación de mercancías y grupos. Para la población aymara, esta parte de la historia en relación con el Esta- do de Chile se denomina “des-aymarización”, desnaturalización que se valió de la violencia, el amedrentamiento, la intolerancia y la imposición de costumbres ajenas. En ese contexto, además, se produce el auge sali- trero, la destrucción de las comunidades tradicionales de los valles, gene- ralizándose el desconocimiento de las especificidades de las comunidades indígenas de esa región. De igual manera, a comienzos del siglo, la presión sobre las comunidades atacameñas condujo prácticamente a la desapari- ción de la lengua kunza y de varias otras vernáculas. Los atacameños su- frieron, al igual que los otros pueblos indígenas, un largo período de ocul- tamiento.
Es una etapa en la que, en el plano internacional, se dan también procesos semejantes, enmarcados en la expansión del capitalismo mun- dial sobre tierras, territorios y culturas, hasta ese momento fuera de su alcance. La mayor parte de los observadores de esas primeras décadas del siglo XX consideran que las poblaciones indígenas van a sucumbir ante la presión y, a veces, ante el ataque frontal de que son objeto20. Es lamenta-
blemente el momento en que las diversas historias que en este texto se relatan se unen, de una manera por momentos terrible, en una sola histo- ria, la de las relaciones entre el Estado chileno, la sociedad chilena y los pueblos indígenas de Chile, historia que oscila entre la reducción territo- rial y el exterminio. Hasta ese momento han sido por lo general historias
19 Ver: Cuarta Parte. Los Pueblos Australes, Capítulo XIV. Los pueblos cazadores del sur. Los selk’nam. El colapso demográfico.
20 En los primeros años del siglo XX hay muchos “estudiosos”, tanto chilenos como extran- jeros, que tratan de “rescatar” lo que ellos pensaban eran los últimos vestigios de las cultu- ras indígenas. En el primer caso, don Tomás Guevara escribe Las últimas familias araucanas, el Padre de Moesbach el famoso libro dictado por el cacique Pascual Coña y muchos otros misioneros tratan de dejar escritos los testimonios de esas sociedades sometidas a fuertes presiones externas.
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separadas, independientes unas de otras. A partir de ahora, el Estado tiene una política común que se expresa en Isla de Pascua, en los valles y altipla- no chilenos, Tierra del Fuego y la costa de Temuco. El Estado y por ende la sociedad asumen el costo de esas políticas y sus responsabilidades.
Es muy importante señalar que las medidas aplicadas a los indígenas durante este período (1881 a 1931) son debatidas en el Congreso nacio- nal, adquiriendo el estatus de leyes de la República, y no son simplemente el resultado de la acción improvisada de aventureros, agentes espontá- neos o situaciones incontrolables, que si bien las hubo, siempre estuvie- ron sujetas a las leyes y a la acción del Estado.
Va a ser en esta época, década del 70 y 80 del siglo XIX principalmen- te, en la que se producirá una grieta insalvable entre la vida chilena, en particular santiaguina, y la forma de vida de los indígenas del Sur de Chi- le. Se pensaba estereotipadamente a los mapuches, a los ojos evolucionis- tas de la sociedad criolla, como una “raza” en decadencia, degradada por el alcohol, en definitiva, seres que estaban muy lejos de ser los héroes relatados por Alonso de Ercilla. Se multiplicaban los artículos en la prensa que se referían en estos peyorativos términos a los pobladores de la Arau- canía. El país del centro comienza a formarse una imagen distorsionada de los indígenas del Sur, y circula la idea de que los mapuches, además de estar acabados, eran cada vez menos. Comenzó a afirmarse que quedaban muy pocos indígenas en el Sur y que las tierras estaban desocupadas. El país del centro se imaginó algo que no era tal, pero que le servía para justificar la ocupación de la Araucanía y someter a los indígenas al régi- men reduccional.
Hay un primer momento de la ocupación de la Araucanía, denomi- nado “colonización espontánea”, que consistió en la penetración y ocupa- ción de tierras en territorio mapuche por parte de chilenos, particulares, desde la primera mitad del siglo XIX. Para el caso pehuenche este proceso comenzará antes, ya que la “infiltración chilena” se inicia en 1840 con el ingreso de hacendados, que arriendan pastizales e internan ganado. Esta primera etapa de apropiación efectiva será la base para un posterior y rápido proceso de incautación de tierras mediante compras de carácter fraudulento. En el caso huilliche, esto es al Sur del río Toltén, inmediata- mente producida la Independencia se intensifica el proceso de compras de tierras indígenas con el posterior establecimiento de haciendas, situación que ya venía ocurriendo desde la época colonial. Durante la Colonia, sin embargo, existía un estricto control sobre estas compras; el gobernador de Valdivia le encargaba a “los capitanes de amigos”, al “Comisario de nacio- nes”, una serie de trámites destinados a verificar los límites y condiciones de las compras. Sin embargo, a partir de 1820 las normas dejan de respe- tarse y se ignoran. En vista de esta situación, el Intendente José de Cava- reda decide reponer el cargo de Comisarios de Naciones, siguiendo el
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modelo que imperaba durante la Colonia. Estos funcionarios van a entre- gar entre 1824 y 1848 los denominados Títulos de Comisario a los caci- ques de la zona, por lo que las familias huilliches no tan solo tendrán la posesión material de algunos de sus predios, sino también el reconoci- miento legal del dominio.
Un segundo momento de ocupación de las tierras mapuches tiene relación con políticas explícitas del Estado. En 1866 se dictan las primeras leyes de ocupación que, entre otras materias, establecen al territorio ma- puche como zona de colonización, declarando sus tierras como fiscales. Con ello se buscaba evitar que estas fueran apropiadas por aventureros y especuladores que no dejaran espacio para la colonización extranjera, objetivo primordial de las autoridades.
Los mapuches resisten esta invasión chilena hasta 1881, año en que entran las tropas del ejército chileno. Allí se fundan fuertes, entre ellos Temuco, y se avanza hacia Villarrica. Las ruinas de la antigua ciudad espa- ñola, arrasada casi trescientos años antes, se habían transformado en un símbolo, tanto para los mapuches como para los chilenos. El descubri- miento de las mismas en medio de un espeso bosque y la nueva fundación de la ciudad que existe actualmente marcaron el final de la campaña.
En el caso de la cordillera, donde habitaban los pehuenches, la gue- rra osciló entre el ejército chileno y también el argentino. En 1880, como consecuencia de la primera fase de la “campaña del desierto” –como se denominó a la acción del ejército argentino respecto a los indígenas del Sur de esa nación– 14.000 indígenas son reducidos, hechos prisioneros o muertos. Muchos se van a refugiar en la cordillera. Después de ocupada la Araucanía, el ejército chileno se dirige al Alto Biobío y construye varios fuertes, con el doble objetivo de, por una parte, consolidar la ocupación del territorio para que los pehuenches no se unieran a la resistencia ma- puche en el valle y, de otra, contener la avanzada de tropas argentinas que venía en busca de indígenas fugados.
Junto con las tropas llegan a la Araucanía los agrimensores, dirigidos entre otros por el conocido ingeniero Don Teodoro Schmidt. A medida que se va estudiando la real situación de la ocupación de las tierras, se dieron cuenta las autoridades de que no estaban vacías como se pensaba en Santiago. Todo el territorio estaba subdividido entre los caciques y po- blado por familias mapuches. La idea de un Sur deshabitado, tejida en el centro del país, era falsa. Los mapuches ocupaban densamente la Arauca- nía y había una suerte de propiedad establecida, con deslindes bastante claros. Es en este contexto, entonces, donde surge la idea de reducir las tierras indígenas para entregar las sobrantes a remate.
A la par, muchas personas, particulares del centro de Chile, vieron una posibilidad cierta de hacerse de tierras en el Sur del país de una ma- nera relativamente fácil. Las leyes de radicación pretendían entregar las
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tierras declaradas fiscales a colonos extranjeros y nacionales, diseñándose un plan para ello. Sin embargo, nada pudo impedir la entrada de inescru- pulosos particulares quienes, recurriendo a las más variadas argucias, no dudaron en expulsar y arrebatarles sus tierras a numerosos indígenas.