5.4 Computational Performance
5.4.1 Cryptographic Operations
La palabra megaevento es un neologismo formado por el prefijo griego mega - que significa grande, y por la palabra latina eventus, que significa acontecimiento. El uso de este término se ha extendido en los últimos años del inglés a otros idiomas, incluido el español, donde se ha traducido mega-event como megaevento (Llopis Goig, 2012).
Los megaeventos obtuvieron una importancia inicial con las Ferias Mundiales del siglo XIX y después, con los Juegos Olímpicos Modernos
del siglo XX, seguidos de una variada gama de eventos culturales y competiciones deportivas (Roche, 2000).
A su vez, los megaeventos deportivos son acontecimientos a gran escala, que tienen un carácter espectacular, cuentan con un poder de atracción global y poseen un significado internacional. La creciente importancia de los megaeventos internacionales ha ocurrido en paralelo con el desarrollo de una cultura moderna e internacional, en conjunción con la toma de conciencia del estado-nación (Roche, 2012).
Los megaeventos deportivos pueden definirse también como eventos de dimensiones significativas que posean una duración breve y determinada, se organicen en una ciudad o en un país, atraigan a un importante número de participantes y espectadores, tengan un atractivo para los medios de comunicación a escala internacional y expresen una inversión económica amplia en infraestructuras, servicios de logística y seguridad por parte del anfitrión (Hall, 1992; Hiller, 1998; Radicchi, 2012).
Aunque existe un amplio número de competiciones, cuando se habla de megaeventos deportivos tiende a pensarse en torneos que incluyen un amplio número de modalidades deportivas y se celebran cada cuatro años, a ejemplo de los Juegos Olímpicos o los Juegos Pan Americanos. Sin, embargo, también se usa para hacer referencia a torneos de una única especialidad deportiva como la Copa del Mundo de Fútbol, los torneos del Grand Slam de Tenis y las carreras del Campeonato del Mundo de Fórmula 1 (Llopis Goig, 2012).
La organización de los megaeventos deportivos es compartida, en general, entre organismos gubernamentales de carácter nacional y local, junto con organizaciones no gubernamentales de ámbito nacional o internacional, es decir, asociaciones y federaciones deportivas. En verdad, participan de la organización de los megaeventos deportivos un amplio conjunto de actores, tales cuales los deportistas, espectadores, aficionados y voluntarios, las organizaciones deportivas, las instituciones públicas, las empresas proveedoras de servicios, las fábricas de vestuario deportivos, los patrocinadores, los medios de comunicación, los gestores
de instalaciones, los proveedores de alojamiento, las empresas que trabajan en sectores diferentes al deportivo, como la industria, comercio, crédito y la comunidad en general (Radicchi, 2012).
Los megaeventos son acontecimientos de duración breve y demarcada, pueden tener lugar en una sola metrópoli o en diferentes ciudades de una nación. Es importante decir que en años más recientes se ha detectado que existen nuevas tendencias en la organización de candidaturas, pues en algunos casos dos países han compartido la organización del Campeonato Europeo de Fútbol-Eurocopa en las ediciones de 2000 (Bélgica y Países Bajos), 2008 (Austria y Suiza) y 2012 (Polonia y Ucrania), así como en la Copa del Mundo de Fútbol en la edición de 2002 (Japón y Corea del Sur).
El propio presidente de la UEFA, el ex futbolista internacional francés Michel Platini, declaró que esperaba candidaturas de redes de ciudades sin necesidad que fuesen del mismo país, para la edición 2020 de la Eurocopa (Radnedge, 2012).
Las características principales de los megaeventos deportivos son su capacidad de atraer a espectadores, audiencias mundiales y las repercusiones o impactos potenciales en las ciudades o países anfitriones. Esa es la principal diferencia entre los “mega” y los eventos deportivos “normales” (Horne y Manzenreiter, 2006; Maenning y Zimbalist, 2012).
Los megaeventos proporcionan acceso a las audiencias globales, con lo que la nación anfitriona puede proyectar imágenes de su cultura y organización social, además de su pujanza política y económica. Tal poder de atracción ha crecido en las últimas décadas (Llopis Goig, 2012).
Los países desarrollados fueron los primeros en utilizar los megaeventos deportivos con fines de promoción geopolítica, como por ejemplo Alemania, Estados Unidos, Italia y la ex Unión Soviética. Otra tendencia en la actualidad es que diferentes países en desarrollo intenten organizar megaeventos deportivos (Cornelissen, 2012).
Es verdad que la organización de juegos regionales en países en desarrollo no es una novedad, pues los I Juegos Mediterráneos fueron realizados en Alejandría, Egipto, en 1951, el mismo año de los I Juegos
Panamericanos organizados en Buenos Aires, Argentina, y de los I Juegos Asiáticos, cuya ciudad anfitriona fue Nueva Delhi, India. Después, los I Juegos del Pacífico fueron en Suva, Fiyi, en 1963; los I Juegos Panafricanos tuvieron lugar en Brazzaville, Congo, en 1965; los VII Juegos de la Mancomunidad en Kingston, Jamaica, en 1966.
Además, la Copa del Mundo de Fútbol ha sido acogida en Latinoamérica en diferentes ediciones, como por ejemplo la I edición en Uruguay en el año 1930, la IV edición en Brasil 1950, la VII en Chile 1962, la IX en México 1970, la XI en Argentina 1978 y la XIII de nuevo en México 1986. A su vez, los Juegos Olímpicos de Verano se han disputados solo en cuatro ciudades de países en desarrollo: Ciudad de México en 1968, Moscú en 1980, Seúl en 1988 y Rio de Janeiro en 2016. Los Juegos Olímpicos de Invierno, a su vez, tuvieron lugar en Sarajevo, Yugoslavia, en 1984, en Sochi, Rusia, en 2014.
Sin embargo, algunos países en desarrollo, tras la crisis económica en el centro del capitalismo mundial, han pasado de forma progresiva a reivindicar candidaturas para organizar los principales acontecimientos deportivos del mundo y ahora, con nítidas características de megaeventos. Por su parte, las asociaciones y patrocinadores de las competiciones tienen interés en la expansión de los mercados deportivos, aparte de obtener ganancias cada vez mayores en los mercados emergentes, como por ejemplo los Juegos Olímpicos en Pekín 2008 y Río de Janeiro 2016; los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi 2014, Rusia y de Pyeongchang 2018, Corea del Sur; los Grandes Premios de Fórmula 1 en Argentina, Bahréin, Brasil, China, Emiratos Árabes Unidos, Hungría, India, Malasia, Singapur y Turquía desde el siglo XX; los Juegos de la Mancomunidad 2010 en Nueva Delhi, India; los Campeonatos Mundiales de Atletismo 2011 y 2013 en Daegu, Corea del Sur y en Moscú, Rusia; Los Campeonatos Mundiales de Deportes Acuáticos en 2011, 2015 y 2017 en Shanghái, China, Kazán, Rusia y Guadalajara, México; y las ediciones de la Copa del Mundo de Fútbol de 2010 en Sudáfrica, 2014 en Brasil, 2018 en Rusia y de 2022 en Catar.
La política de promoción de megaeventos, estimulada desde los países en desarrollo ha sido respaldada a menudo, no solo por interés económico sino en especial por ambiciones y motivaciones geopolíticas. Entre ellas, la de posicionar estratégicamente a un país dentro del sistema global, como vehículo de poder blando o de ayudar a fortalecer esos estados (Cornelissen, 2012).
Es importante señalar que la proliferación y auge de los megaeventos deportivos está vinculada con una combinación de factores. En primer lugar, la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación, como por ejemplo la televisión por satélite y mediante banda ancha, que ha contribuido a la creación de audiencias globales.
En sus orígenes, el desarrollo de los periódicos y de la radio, en el umbral del siglo XX, facilitó la rápida difusión de noticias y acontecimientos deportivos. Los intereses comerciales presentes en estos dos medios percibieron en el deporte, una forma de atraer más lectores y oyentes. Los periodistas y locutores promovieron las competiciones y los deportistas y de ese modo, se creó una fuerte relación entre los medios de comunicación y el deporte.
Del mismo modo, la aparición de la televisión comercial, a mediados del siglo XX, contribuyó a reforzar la aproximación entre deporte y medios de comunicación. En la actualidad, la televisión por satélite, junto con un internet asociado a nuevos instrumentos de comunicación, ha abierto nuevas oportunidades para intensificar la promoción del deporte a escala global (García Ferrando, 1990; Llopis Goig, 2012).
Otro factor está relacionado con la aparición y consolidación de un conglomerado deportivo-mediático-empresarial, formado por la alianza entre el mundo del deporte, los medios de comunicación y el sector empresarial, que ha provocado una transformación en el sector de los eventos relacionados con el deporte. Las instituciones públicas tienen también un papel crucial en la organización de los megaeventos deportivos.
Las organizaciones deportivas necesitan se relacionar con un amplio conjunto de actores objetivando ofrecer servicios adecuados a las crecientes exigencias de los megaeventos deportivos. Los medios de comunicación constituyen el canal de distribución del megaevento, levando el producto a inúmeros espectadores alrededor del mundo. Las empresas utilizan el deporte con fines promocionales y, por otra, proveen recursos económicos, conocimientos, soporte técnico y productos y servicios que son fundamentales para la realización de las competiciones. Las instituciones públicas reconocen en el deporte no solo una actividad física sino también un recurso económico capaz de promover el territorio (Radicchi, 2012).
Esta alianza ha generado los patrocinios, los derechos de retransmisión de las competiciones, la publicidad y comercialización de productos en las competiciones que, en conjunto, representan las principales fuentes de ingreso de los megaeventos deportivos. (Llopis Goig, 2012).
El tercer factor está relacionado con la oportunidad de desarrollo y promoción de las ciudades, territorios o países anfitriones. Megaeventos representan más que manifestaciones deportivas, por cuanto representan un instrumento que puede crear valor para la ciudad anfitriona o para el conjunto del país. De hecho, la literatura hace referencia a impactos y legados, siendo cuatro las principales dimensiones en las que se manifiestan las mencionadas repercusiones en los anfitriones: la dimensión social, la económica, la turística y la urbanística. De acuerdo con Brown y Massey (2001), las oportunidades asociadas a los megaeventos han ayudado incluso a transformar la planificación urbana en diferentes localidades.
Albergar un megaevento deportivo es una posibilidad de renovación urbana. En el plan tangible, es una oportunidad de financiar proyectos de infraestructura, no solo de instalaciones deportivas, sino también de equipos de turismo, transporte, telecomunicaciones y de seguridad pública. En términos intangibles, los megaeventos pueden mejorar la imagen de las ciudades o países anfitriones.
A través de los megaeventos deportivos, las ciudades y países suelen promover cambios esenciales en sus elementos urbanos, económicos y
sociales, así como en su propia imagen. Se trata de transformaciones que requieren planificación y colaboración entre múltiplos actores implicados, así como amplias inversiones financieras.
Mientras, si un megaevento deportivo puede ser una herramienta para el desarrollo territorial, por otro lado puede generar problemas sociales, ambientales y económicos. Para los países en desarrollo esas cuestiones son desafíos fundamentales. Los megaeventos requieren aportes crecientes de inversiones financieras además de la organización de una compleja estructura de gobernanza. El próximo apartado analiza las mencionadas cuestiones.
2.5 Urbanización y megaeventos
Los megaeventos deportivos afectan al desarrollo urbano de diferentes maneras y en diversos momentos del proceso, como por ejemplo la financiación, aceleración y exhibición de las actuaciones. Las competiciones han contribuido a la realización de transformaciones urbanas de carácter variado, como puede ser la modernización o revitalización de barrios, superación de desigualdades regionales, implementación de nuevos proyectos urbanos o aceleración de planes de urbanización preexistentes (Smith, 2012b).
Por otro lado, los megaeventos deportivos pueden desencadenar actuaciones urbanas ineficientes, porque están en un lugar equivocado, porque tienen una dimensión inadecuada o simplemente porque son innecesarias. Además, los megaeventos pueden atraer inversores y proyectos interesados que tienen una vida limitada, con un provecho transitorio en detrimento de la planificación urbana a largo plazo (Smith, 2012a).
Con los cambios económicos y productivos ocurridos a finales del siglo XX, con implicaciones en el sistema de acumulación de capital, es decir, la transición del llamado sistema fordista hacia el método de acumulación flexible, algunas actividades económicas aumentaron su participación e importancia en la generación de riqueza en la economía mundial, mientras
que otros sectores, por el contrario, perdieron espacio, sea en volúmenes absolutos o relativos (Harvey, 1989; Piore y Sabel, 1986).
Es de destacar el crecimiento de los servicios, en detrimento de los sectores agrícola e industrial, teniendo en cuenta los diversos indicadores económicos que apuntan a estos cambios. En el sector servicios cabe mencionar la creciente importancia del turismo, que ya ha alcanzado la marca cercana al 9% en la generación del PIB mundial, 1 de cada 12 oportunidades de empleo generadas en el mundo, el 5% de las inversiones y de las exportaciones globales, y se sitúa así como una de las más importantes actividades económicas mundiales (WTTC, 2012).
Al mismo tiempo, tras la crisis del estado de bienestar social en los países desarrollados a fines del siglo XX, diferentes infraestructuras urbanas se tornaron obsoletas. Una de las alternativas para las áreas urbanas ha sido la construcción de grandes equipos culturales, como museos y operas, símbolos de la arquitectura para engrandecer el mercado inmobiliario y la construcción civil. Referidas obras fueron así utilizadas para modernizar las ciudades, dinamizar el turismo y establecer el llamado city branding. Todo eso asociado a una valorización y elitización de los espacios urbanos (Ferreira, 2014).
La idea difundida era que los gastos concentrados en menor grado, en comparación con políticas sociales a gran escala podrán generar una imagen positiva de la ciudad, lo que atraería nuevos flujos de inversión y de capital financiero. Referido proceso fue utilizado en París, durante el gobierno de François Mitterrand, y ha sido adoptado por diferentes ciudades desde los años 1990, entre las que se encuentran Londres, Barcelona, Bilbao y Valencia.
Además de Glasgow (Capital Cultural Europea 1990), Barcelona (Juegos Olímpicos 1992) y Lisboa (Capital Cultural Europea 1994 y Exposición Universal 1998) han impulsado importantes procesos de transformación urbana y dinamización económica, utilizando sus respectivas designaciones para modernizar sus infraestructuras urbanas y
hacer sitios atractivos para congresos y reuniones internacionales y atraer turistas y visitantes.
Los principales legados intangibles de Glasgow 1990 fueron los impactos considerables en términos de construcción de confianza en la ciudad, creación de una sólida base estratégica y práctica para otros avances además del establecimiento de agendas futuras para mejorar la ciudad.
Glasgow utilizó la oportunidad de organizar el evento “Capital Cultural Europea” para desarrollar un proceso significativo de desarrollo y transformación urbana. Glasgow 1990 cambió sustancialmente la visión de la gente acerca de esa ciudad en el Reino Unido y más allá. La transformación positiva de la imagen de la ciudad también ha sido monitoreada, y eso fue dramático después del megaevento. Glasgow era percibida como una ciudad postindustrial violenta y ahora se celebra como un centro creativo y cultural de importancia europea. Los legados tangibles incluyeron mejoras infraestructurales, como el establecimiento de nuevos sitios culturales y una mejora general de la calidad del espacio público. Tales legados se han vinculado al desarrollo económico sostenido que contribuyó a aumentar el éxito de la ciudad como un centro de negocios. La ciudad también se benefició del desarrollo, particularmente del turismo de negocio con la atracción de importantes convenciones y conferencias.
Glasgow 1990 ayudó a poner en marcha un proceso continuo de desarrollo social y comunitario, incluso el acceso y participación en las artes entre las comunidades tradicionalmente excluidas de esas actividades (European Communities, 2009).
El caso de Lisboa 1994, importantes inversiones fueron realizadas en la conservación del patrimonio. El Coliseo dos Recreios, por ejemplo, había sido una sala de conciertos muy querida pero deteriorada y su renovación tuvo un impacto positivo en el entorno. Varios museos recibieron nuevos o renovados espacios de exposición además de zonas de ocio. La Sétima Colina recibió un programa de renovación urbana.
Algunos de los principales legados fueron nuevos hábitos en el consumo cultural y una nueva demanda del público; mayores audiencias para la cultura; mejorías de la comercialización cultural; nuevos espacios para la cultura y espacios renovados o transformados; colaboración entre los operadores culturales; la creación de medidas de seguridad en los principales museos nacionales, lo que les permite pedir prestado a museos extranjeros y realizar interesantes intercambios; la identificación de nuevos itinerarios culturales a través de la ciudad; la renovación de viviendas privadas y espacios comerciales en áreas históricas con participación a nivel económico, social y cultural.
El megaevento generó inversiones en la sostenibilidad cultural en la ciudad, en la creación de nuevas dinámicas y nuevos hábitos culturales, en la creación de nuevos públicos, en el desarrollo de la participación de los ciudadanos en los megaeventos y en futuros eventos, en la promoción de las redes europeas para la cultura, en la movilidad de los artistas, en la promoción interna e internacional de una agenda cultural que se pueda visitar en la ciudad.
En relación a la Exposición Universal 1998, la zona escogida para albergar el recinto del evento fue el límite oriental de la ciudad, junto al río Tajo. Se construyeron diversos pabellones que permanecen al servicio de los habitantes y visitantes integrados en el ahora Parque de las Naciones, destacando el Oceanário (uno de los mayores acuarios de Europa con 5 ambientes marinos distintos y numerosas especies de mamíferos y peces, del arquitecto Peter Chermayeff), el Pabellón Atlántico, obra del arquitecto Regino Cruz y un complejo de transportes con metro y conexiones ferroviarias, obra del arquitecto Santiago Calatrava (European Communities, 2009).
En relación a Barcelona, se tuvieron que realizar numerosos cambios para que fuera ciudad fuera elegida. Muchos de esos cambios contribuyeron a la mejora de la ciudad en diferentes aspectos como, por ejemplo, las infraestructuras o las plazas hoteleras.
Otros importantes cambios y mejoras fueron la adecuación de las infraestructuras del aeropuerto de Barcelona, también conocido como aeropuerto de El Prat; la Villa Olímpica se situó en un sector de la ciudad muy degradado, lo que provocó la restauración de dicha zona; se modernizaron partes de la ciudad para satisfacer las necesidades del Comité Olímpico; se construyeron nuevas y modernas instalaciones deportivas, como el Palau Sant Jordi y el Puerto Olímpico, se remodeló y amplió la red viaria barcelonesa, creando infraestructuras como el anillo alrededor de Barcelona: las rondas Litoral y de Dalt. Los juegos de Barcelona también significaron una renovación en lo que se refirió al tratamiento de la imagen y la identidad corporativa (Moragas i Spà, Kennet y Puig, 2002).
En estas ciudades, el proyecto de transformación urbana es la suma de una sensación de crisis agudizada por una creciente conciencia de la globalización de la economía; una reunión de los agentes públicos y privados urbanos y la generación de liderazgo local; una voluntad y consenso ciudadano común para la ciudad, para dar un salto hacia adelante en términos económico, social y cultural (Borja y Castells, 2003).
En Latinoamérica, el crecimiento demográfico, la extensión de la ciudad “ilegal”, la carga de la marginalidad social, la falta de infraestructuras y la debilidad de los gobiernos locales son factores de diferenciación en comparación con las ciudades europeas.
Mientras, la democratización y la descentralización del Estado han reforzado y prestado legitimidad a los gobiernos locales. También, la apertura económica ha movilizado diferentes agentes que han tomado conciencia de la necesidad de tener una ciudad competitiva y que sea atractiva y funcional, proporcionando infraestructuras modernas y que garanticen un nivel mínimo de calidad de vida y seguridad.
Además Bogotá, Medellín y Cartagena en Colombia, Santiago y Concepción en Chile, Córdoba y Rosario en Argentina, Asunción en Paraguay y Caracas en Venezuela han emprendido este camino o han anunciado su intención de hacerlo.
En concreto en Brasil, los procesos de redemocratización, descentralización de los gobiernos locales, ampliación de la participación civil y privatización de empresas estatales en los años 1990 han impulsado la planificación para el desarrollo económico, social y urbano, basada en la cooperación pública y privada (Borja y Castells, 2003).
En todos esos casos, los recursos públicos han sido utilizados con intensidad para renovar esas ciudades, con la justificación de la necesidad