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5.4 Computational Performance

5.4.2 VI-CBF Operations

Después de tres intentos fallidos en Atenas (1896), París (1900) y San Louis (1904), el primer torneo de fútbol oficial, en los Juegos Olímpicos, se celebró en Londres en 1908. Por su parte, la Copa Mundial de la FIFA, también conocida como Copa del Mundo de Fútbol o Copa del Mundo, cuyo nombre original fue Campeonato Mundial de Fútbol, comenzó a ser disputada a partir de 1930, siendo desde entonces el torneo de fútbol, a nivel de selecciones nacionales, más importante del mundo (FIFA, 2012a). Desde la fundación de la FIFA, en 1904, se planteó la posibilidad de realizar un torneo a nivel mundial. Sin embargo, la recién formada organización no contaba con los recursos y la infraestructura necesarios para semejante evento. Así, pidieron apoyo al Comité Olímpico Internacional en 1906, que aceptó la oficialización del fútbol en los Juegos Olímpicos de Londres 1908 y Estocolmo 1912 después de las experiencias con el fútbol en las Olimpiadas anteriores de París y Saint Louis.

La singular idea de hacer que las mejores selecciones del planeta compitiesen por el título mundial fue posible gracias a un grupo de

visionarios administradores futbolísticos, dirigidos por el innovador Jules Rimet. En honor al dirigente francés, el trofeo original, de oro, recibió el nombre de Jules Rimet en 1946 y se disputó tres veces en la década de 1930, antes de que la Segunda Guerra Mundial interrumpiese la competición durante doce años.

En 1914, la FIFA reconoció oficialmente el torneo disputado en los Juegos Olímpicos como un «campeonato mundial de fútbol para aficionados», tomando la responsabilidad de organizar el evento durante las siguientes citas olímpicas. Hasta esa fecha, la organización del certamen de fútbol olímpico estuvo a cargo de asociaciones nacionales, tales como la Football Association de Inglaterra en 1908 y la Asociación Sueca de Fútbol en 1912 (FIFA, 2012a).

Tras la Primera Guerra Mundial, los Juegos Olímpicos de 1916 no se celebraron, pero la FIFA organizaría los torneos de 1920, 1924 y 1928. Sin embargo, debido a las disputas acerca del profesionalismo de los deportistas, la lista preliminar de deportes en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1932 no incluía el fútbol, por lo que la FIFA y el Comité Olímpico Internacional discreparon hasta el punto de finalmente no incluir el fútbol en esa edición.

Además, la gran resonancia que tuvieron los Juegos Olímpicos de Fútbol en 1924 y 1928 intensificó el deseo de la FIFA de contar con su propio campeonato. El presidente de la entidad, Jules Rimet, fue la fuerza motriz que impulsó la búsqueda de los medios necesarios para hacer realidad este sueño. El 26 de mayo de 1928 se realizó un Congreso en Ámsterdam, donde se votó la celebración de un torneo especializado, independiente de los Juegos Olímpicos, abierto a los miembros de la FIFA y en el cual se permitiese el profesionalismo de los deportistas. La mayoría de los miembros votaron aceptando la propuesta, lo que daría pie a la necesidad de elegir el país anfitrión.

Uruguay fue elegido para organizar la primera edición y desde entonces la Copa del Mundo ha se realizado cada cuatro años, con la excepción de 1942 y 1946, en los que se suspendió debido a la Segunda Guerra Mundial.

Cuenta con dos etapas principales: un proceso clasificatorio, jugado en las diferentes naciones participantes, durante cerca de tres años, en el que participan en la actualidad más de 200 selecciones nacionales; y una fase final realizada cada cuatro años en una sede definida, durante un período cercano a un mes. El número de participantes en la fase final ha aumentado progresivamente: 13 en 1930; 16 de 1934 a 1978; 24 desde 1982 hasta 1994; y 32 desde 1998 hasta el presente. Es posible que los finalistas lleguen a 40 en el torneo de 2022 (FIFA, 2012b; Glanville, 2013).

Así, la Copa Mundial de la FIFA ha sido realizada en 20 ocasiones y los países listados a continuación han sido sedes de la disputa final: Uruguay (1930), Italia (1934 y 1990), Francia (1938 y 1998), Brasil (1950 y 2014), Suiza (1954), Suecia (1958), Chile (1962), Inglaterra (1966), México (1970 y 1986), Alemania Occidental (1974), Argentina (1978), España (1982), Estados Unidos (1994), Corea del Sur y Japón (2002), Alemania (2006) y Sudáfrica (2010) (FIFA, 2012b).

El país organizador de la fase final es elegido por el Comité Ejecutivo de la FIFA, el cual se reúne en un Congreso para tomar la decisión. Este Comité Ejecutivo está compuesto por diversos representantes de las federaciones nacionales y confederaciones continentales de fútbol, siendo el Comité regido por el presidente de la FIFA. El Comité Ejecutivo realiza una votación simple hasta lograr una mayoría absoluta de votos para determinar el país anfitrión de la Copa. En ocasiones anteriores se han logrado acuerdos previos entre los representantes de las candidaturas que han evitado la realización de votaciones o han generado sufragios unánimes (FIFA, 2012b).

La elección de la sede ha sido históricamente influida por el poder de las confederaciones continentales y muchas veces marcada por disputas. En sus comienzos el torneo fue boicoteado tanto por países europeos como sudamericanos cuando la sede no era elegida en sus respectivos continentes. Para evitar esto, tras el receso producido por la Segunda Guerra Mundial, se estableció un sistema de rotación de facto entre Europa Occidental y Sudamérica, las regiones con mayor tradición en el fútbol. Posteriormente,

Sudamérica se vería ampliada hacia Norte América, permitiendo la inclusión de México y los Estados Unidos (Glanville, 2010).

Bajo la expansión del fútbol para nuevos mercados, la presidencia de la FIFA determinó, a mediados de la década de 1990, la elección de una sede en Asia y posteriormente lo haría para África, a través de una política de rotación continental. De acuerdo con esta premisa, se estipuló la obligatoriedad de candidaturas africanas para 2010 y sudamericanas para 2014. Anteriormente, las elecciones de Corea del Sur/Japón para la Copa 2002 y Alemania para la Copa 2006, habían estado marcadas por la presentación de diferentes candidaturas. En el caso de la elección del torneo de 2014, Brasil fue el único postulante por lo que la FIFA decidió revisar la política de rotación continental para evitar esta sucesión (Glanville, 2010; Jennings, 2006).

Asimismo, la FIFA modificó el criterio de rotación continental en 2007, permitiendo la postulación de cualquier país para los torneos de 2018 en adelante, a excepción de aquellos provenientes de confederaciones que han albergado alguno de los dos torneos previos. En 2010, el Comité Ejecutivo de la entidad eligió, por primera vez y en una elección marcada otra vez por polémicas, las sedes de las finales de las dos próximas Copas del Mundo. Así, Rusia organizará la Copa 2018 y Qatar la edición de 2022 (FIFA, 2012c; Radnedge, 2010).

Desde su primera edición, celebrada en Uruguay en 1930, la competición de la FIFA no ha dejado de crecer en prestigio y popularidad. Solamente los Juegos Olímpicos de verano logran captar la atención del mundo, en términos de evento deportivo, como lo hace la Copa Mundial de la FIFA.

Durante la década de 1960 comenzaron a ser lanzados los primeros sistemas de satélites, con transmisiones por televisión. En la Copa del Mundo de México en 1970 se transmitieron por primera vez imágenes en color del evento para diferentes países. Debido a esto, el evento comenzó a popularizarse con rapidez en el mundo. Prueba de ello es la cantidad de países inscritos para el proceso clasificatorio: en 1930, no hubo necesidad de la fase de clasificación, pues solo 13 países solicitaron la inscripción;

en 1950, se inscribieron 37 países; en 1962, se apuntaron 56 países, y en 1970 fueron 75. En la Copa del Mundo 1974, organizada por Alemania Occidental, había 99 participantes, principalmente de las naciones recién independizadas. Para la Copa 2014, un total de 204 países solicitaron la inscripción para participar de la fase eliminatoria (FIFA, 2012c).

De acuerdo con Kurscheidt (2006), la Copa del Mundo es en la actualidad una herramienta económica en varios niveles y en diferentes aspectos. En primer lugar, es una puerta para el conglomerado deportivo- mediático-empresarial. También es una oportunidad para que los jugadores profesionales aceleren sus carreras. Por último, se percibe como un medio de desarrollo económico para los países y ciudades anfitriones.

Por lo tanto, la Copa del Mundo de Fútbol se ha convertido en un megaevento deportivo, alcanzando popularidad y efectos semejantes a los de los Juegos Olímpicos. Al mismo tiempo, las mencionadas competiciones comenzaron también a convertirse en un negocio multinacional y con dotaciones presupuestarias gigantescas.

La FIFA establece una serie de requisitos para poder organizar el torneo, especialmente en cuanto a la infraestructura de telecomunicaciones, energía, transportes, seguridad pública, salud, equipamientos deportivos, turísticos y alojamientos, además de servicios comerciales y financieros, políticas especiales en términos de trabajo de extranjeros, impuestos, pagos de royalties, publicidad y comercialización de productos y servicios asociados al evento, envío de beneficios y capitales. En los últimos años las exigencias establecen al menos la existencia en el país de entre ocho y diez estadios que superen los 40 mil espectadores. En general, los requerimientos de la FIFA están planificados y ejecutados por los sectores estatales del país anfitrión. En caso de que estas exigencias no sean cumplidas, la entidad tiene la posibilidad de asignar la sede a otro país (FIFA, 2012c).

A título de recapitulación, el deporte moderno, con sus reglas, federaciones nacionales e internacionales, así como las competiciones experimentó una gran eclosión en el siglo XX. Además, el deporte adquirió no solamente una dimensión de actividad física sino también se

ha convertido en un fenómeno económico y social con enorme capacidad de movilización de recursos, asistencia y de convocatoria.

El fútbol, a su vez, que empezó a organizarse a principios del siglo XIX, adquirió creciente importancia gracias a la creación de un complejo sistema bajo el liderazgo de la FIFA en el siglo siguiente. Actualmente, el fútbol reúne una gran cantidad de actores institucionales que gravitan en torno a este deporte. Algunos de estos representantes son las instituciones de gobernanza del juego (mundial, continental y nacional), las empresas de los medios de comunicación, las compañías comerciales, los sindicatos, los agentes de los futbolistas, las federaciones internacionales, los clubes y los seguidores.

Paralelamente, la principal competición futbolística, la Copa del Mundo, se ha transformado en un megaevento a lo largo del siglo XX, es decir, un acontecimiento a gran escala, que cuenta con un poder de atracción global y conlleva una amplia inversión económica por parte del país anfitrión. La Copa del Mundo proporciona acceso a las audiencias globales, con lo que la nación anfitriona puede proyectar imágenes de su cultura y organización social, además de su pujanza política y económica.

La proliferación y auge de los megaeventos deportivos en general, y de la Copa del Mundo en particular, está vinculada a una combinación de factores. En primer lugar, la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación que ha contribuido a la creación de audiencias globales. Otro componente está relacionado con la aparición y consolidación de un conglomerado deportivo-mediático-empresarial, formado por la alianza entre el mundo del deporte, los medios de comunicación y el sector empresarial.

El tercer factor está vinculado con la oportunidad de desarrollo y promoción de las ciudades, territorios o países anfitriones. De hecho, la literatura hace referencia a impactos y legados, siendo cuatro las principales dimensiones en las que se manifiestan las mencionadas repercusiones en los anfitriones: la dimensión social, la económica, la turística y la urbanística. Las oportunidades asociadas a los megaeventos han ayudado incluso a transformar la planificación urbana en diferentes localidades.

En verdad, los megaeventos deportivos afectan al desarrollo urbano de diferentes maneras y en diversos momentos del proceso. Las competiciones contribuyen a la realización de transformaciones de carácter variado, con la movilidad urbana como uno de los principales beneficios que pueden ser obtenidos de la organización de importantes competiciones deportivas. Por otro lado, los megaeventos pueden desencadenar actuaciones urbanas ineficientes.

En la presente investigación se ha utilizado el concepto de legado urbano para evaluar los impactos de la Copa del Mundo en las ciudades anfitrionas seleccionadas. El legado urbano es representado por las infraestructuras, específicamente los sistemas de transporte (movilidad urbana, aeropuertos y puertos), las redes de telecomunicaciones, las centrales de distribución de energía eléctrica, los aparatos de salud y los equipos de seguridad pública además de las instalaciones deportivas. Las infraestructuras de ocio y el turismo también se han establecido como parte del legado urbano.

La organización e implementación de un megaevento genera transferencia de tecnología y de conocimientos en términos técnicos, de gestión y de gobernanza que pueden ser usados por la población local, así que estos aspectos también se han examinado. Por otro lado, las expropiaciones de personas se han considerado un legado negativo de la Copa 2014, siendo también verificados en la presente investigación.

En años recientes, diferentes países en desarrollo, a ejemplo de Brasil, tras la crisis económica en el centro del capitalismo mundial, han pasado de forma progresiva a reivindicar candidaturas para organizar los principales acontecimientos deportivos del mundo, con nítidas características de megaeventos en la actualidad.

El próximo apartado mostra una panorámica del territorio en el que la Copa del Mundo 2014 ha sido planteada. Primero, se presenta una panorámica socioeconómica y territorial de Brasil, seguida de la Región Nordeste del País y de la ciudad de Fortaleza, teniendo en cuenta que la investigación está centrada en las ciudades anfitrionas de esta porción del país.