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3.4 Secure Unlinkable Shared Identifiers

3.4.2 Identifier Generation

En las décadas finales del siglo XIX, con el aumento de la inmigración y el crecimiento demográfico de los habitantes en las ciudades, los profesionales de la salud se interesaron también por la situación de las patologías mentales y las instituciones encargadas de este tipo de casos. Si el higienismo tuvo su principal preocupación en las epidemias de enfermedades infectocontagiosas, el alienismo se ocupó de la locura y de las epidemias psíquicas. En este sentido, al igual que en el caso de los médicos

higienistas, la ambición de la naciente psiquiatría era mejorar las cualidades de los ciudadanos, a través de la psiquiatrización de la vida cotidiana, y garantizar un mejor control y gobierno de las masas (VEZZETTI, 1985: 132-133). Así, los focos de su preocupación fueron el malestar urbano y la masa inmigrante.

Según Hugo Vezzetti (1985: 43), el dispositivo psiquiátrico (basado en el alienismo, los manicomios, el tratamiento moral de los locos), al igual que el criminológico, nació a partir de 1880, después de la creación de cátedras dedicadas a las enfermedades mentales en la Facultad de Medicina y con los textos de José María Ramos Mejía y Lucio Meléndez, ambos influidos por las ideas del alienismo francés.47 Meléndez, a cargo de la cátedra de Psiquiatría a partir de 1886, ya venía poniendo en práctica las ideas de los principales representantes de la escuela alienista francesa, como Esquirol y Pinel, en la dirección del Manicomio de Hombres desde 1876. En este tipo de instituciones, por ejemplo, el trabajo era utilizado como un medio moral de tratamiento para reformar a los enfermos mentales. Así, en el taller del Hospicio de Mujeres, las alienadas, por ejemplo, cosían para el ejército, y, a cambio, obtenían ciertas recompensas (salidas, ropa, mate, cigarros). En estas instituciones, el camino de la observación metódica y el seguimiento cuidadoso de la evolución del alienado, sugeridas por Pinel, fueron la pauta seguida por los alienistas como Meléndez. Desde la perspectiva del médico psiquiatra francés, la práctica asilar, característica del alienismo, puesta en marcha por este especialista en patologías mentales en instituciones como el asilo de Bicêtre y la Salpêtrière, debía combinar un método de gobierno que no dejara de incluir tanto la ilustración como el terror, a fin de lograr en el loco un control moral de la conducta (VEZZETTI, 1985: 50). Así, los tratamientos propuestos por este psiquiatra incluían el uso del chaleco de contención, baños con chorros de agua, sugestión por medio de la palabra, etc. El alienista tenía un rol multifacético: juez y policía, padre y director de conciencia. Años más tarde, Domingo Cabred, sucesor de Meléndez, impulsaría una modificación en la práctica de aislamiento, implementando el

47 Este alienista se preocupó muy especialmente por la situación de la locura y la patología mental en los

delincuentes, proyectando, años más tarde, pabellones especiales, destinados a estos casos en particular. Como especialista en psiquiatría, además, tuvo una importante participación en espacios académicos nacionales e internacionales. En 1884, la Academia de Medicina creó nuevas cátedras, entre ellas la de Patología Mental. Meléndez concursó y ganó el cargo de profesor titular en 1886, disputándolo con Eduardo Pérez y José María Ramos Mejía. También tuvo una importante producción de artículos en publicaciones especializadas como la Revista Médico-Quirúrgica. El método de trabajo de Meléndez estuvo basado en la observación y comparación clínica rigurosa de sus casos, la investigación terapéutica y la estadística epidemiológica (STAGNARO, 1997). Según Vásquez, Meléndez decía: “cada loco es un libro nuevo que se me abre al estudio y a la observación”. Véase, CUTOLO (1968: t. IV: 512).

sistema de puertas abiertas, puesto en marcha en la Colonia Nacional de Alienados Open Door (1889). Este sistema buscaba dar a la institución mental el aspecto de un pueblo y mayor libertad al loco dentro de su reclusión (VEZZETTI, 1985: 79).48

¿Cómo entendían las enfermedades mentales los médicos alienistas? Las pasiones humanas (opuestas al entendimiento), producto del desorden propio de la civilización y la vida en el mundo urbano, donde los medios de subsistencia eran más difíciles de conseguir (a diferencia del espacio rural), eran el origen de la alienación mental (VEZZETTI, 1985: 82). Éstas se manifestaban en comportamientos que la psiquiatría establecía como anormales, siendo catalogados como neurosis, locuras parciales, ocultas en las conductas del sujeto. Esquirol resumió en un concepto la forma que adoptaba la locura en su tiempo: la monomanía. Ésta era una perturbación – intelectual, afectiva o instintiva–, que no afectaba a las demás facultades, era la enfermedad mental de la civilización, del progreso, que llevaba al hombre hacia fuera de forma excesiva; una exaltación desmedida, anormal, desviada de las pasiones y emociones o de obsesiones (sexuales y criminales). Por ejemplo, erotomanía (necesidad de amor), megalomanía (exaltación del yo), dipsomanía (adicción a las bebidas), cleptomanía, piromanía, suicidiomanía, etc. (VEZZETTI, 1985: 127-129). En síntesis, la locura era ante todo un estado apasionado del individuo.

Este discurso, lejos de limitarse al ámbito personal o privado de los pacientes, buscaba abordar cuestiones de “orden público” (gobierno de las masas), por ejemplo, el consumo de alcohol, la sífilis, los matrimonios, la instrucción y el trabajo, los caracteres psíquicos y raciales de la población, la condenación de todos los excesos y el control de las pasiones (VEZZETTI, 1985: 49-50). La preocupación de una psiquiatría social se enlazaba con el estudio de la locura en las multitudes y en los hombres célebres de cara a pensar el destino nacional de un pueblo virtuoso y trabajador. En este sentido, el alienismo, como el higienismo y la criminología, buscó constituir un sujeto moral que conformara un colectivo social. En este sujeto moral, la ética del trabajo, sumada a un proceso de modelado de las pasiones populares en la dirección de la estabilidad y la mesura, contribuiría a mantener el orden (VEZZETTI, 1985:13,14). Desde esta perspectiva, la locura, como concepto del discurso médico más general, abarcaba mucho más que los aspectos que hoy consideramos parte de la salud mental: entre el ochenta y el centenario, el análisis de lo patológico alcanzaba espacios tan diferentes como el

48 Sobre la Colonia Nacional de Alienados de Open Door, véase, entre otros, MARQUIEGUI (2012 y

trabajo o la sexualidad, las funciones de gobierno o los negocios. La armonía familiar, el matrimonio y la educación, o la religión (si no se trataba del fanatismo) eran los pilares destacados para seguir el camino de la “salud mental” y eran los opuestos de la ociosidad, el vicio y el descontrol de las pasiones (VEZZETTI, 1985: 85-87).

En el discurso de los alienistas argentinos, había dos variables sociales principales para explicar la locura, la inmigración y el consumo de alcohol (VEZZETTI, 1985: 83-84). El alcoholismo era un signo del vicio y la vagancia que requería la intervención policial. Por otra parte, los inmigrantes eran el centro de la preocupación de los especialistas en enfermedades mentales, llegando a constituir un estereotipo, el loco inmigrante (VEZZETTI, 1985: 21). Éstos eran proclives a caer, tras padecer los pesares domésticos, el amor y los celos, los reveses de la fortuna, el miedo o la pérdida de personas queridas. Pero, sobre todo, el papel del dinero entre los inmigrantes era visto como la principal falla moral, productora de una brecha en la virtud ciudadana. En la mirada de los alienistas, los manicomios estaban poblados de estos inmigrantes que perseguían la riqueza material. En su mayoría, eran hombres italianos, dedicados a oficios manuales (jornaleros, labradores, albañiles, zapateros, changadores, cocineros), entre 20 y 40 años de edad (VEZZETTI, 1985: 47).

Por otra parte, muchos sujetos marginados, alcohólicos e indigentes eran catalogados como locos por la policía, muchas veces de forma arbitraria, que los detenía y enviaba al hospicio, situación que Meléndez denunciaba. En este sentido, la práctica alienista encontraba un problema fundamental: cómo definir objetivamente cuándo se trataba de locura y cuándo no, más aún, teniendo en cuenta el limitado espacio y recursos con que contaban las instituciones (VEZZETTI, 1985: 64).

La sociedad de la época, como veremos, también se preguntaba por los límites entre la razón y la locura. En este sentido, para algunos médicos, el suicidio era siempre el resultado de una patología mental, sólo esta podía explicar la capacidad de violar el instinto de autopreservación. Otros profesionales consideraban que había sujetos que se suicidaban en uso de sus facultades mentales, pero arrastrados por una pasión desmedida. Los debates giraban entre estas dos posturas y si bien había situaciones donde era más evidente para todos que el sujeto no tenía uso de su razón, en otras no era tan sencillo determinar si el que se quitaba la vida estaba loco.

La dificultad para diferenciar las situaciones donde las facultades mentales estaban alteradas, por otra parte, estaba vinculada con otro dilema, el de identificar la responsabilidad de los criminales en sus delitos. En este sentido, el discurso de la

medicina mental preparó la aparición del criminológico (VEZZETTI, 1985: 49-50). Este diálogo entre la psiquiatría y la criminología fue facilitado en Argentina por la lectura de Pinel y Esquirol, en paralelo con la introducción de otros autores posteriores, como Lombroso, por ejemplo, que buscaba conocer al criminal nato (VEZZETTI, 1985: 132).