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La literatura policiaca y la novela negra son formas de escritura que encuentran puntos en común, pero al mismo tiempo se diferencian. Sin embargo, ambas tienen una influencia directa en la crónica roja o policiaca. En parte, de allí se deriva su nombre.

Se ha resuelto dedicar un apartado breve a esta relación porque es necesario ver las otras narrativas, aunque estén del lado de la ficción, pero que sirven como fuente para obtener ideas y recursos en la descripción y narración. En el libro “Ficciones Verdaderas”, Tomas Eloy Martínez hace una investigación extensa y encuentra un vínculo entre grandes relatos literarios que comenzaron como notas de prensa. De acuerdo con esto es justo hacer un breve análisis de la literatura más cercana a la crónica roja

Lo policial tiene una tradición extensa que inicia prácticamente con Edgar Allan Poe, escritor estadounidense que descubre en esta literatura la oportunidad de narrar un entorno desordenado que encuentra claridad y razón en la figura del detective; ejemplo de ello son cuentos como “Los crímenes de la calle Morgue” y “La carta robada”. A partir de allí aparecerán autores como Arthur Conan Doyle, que crearía al inmortal Sherlock Holmes y Agatha Christie, que escribió las aventuras del famoso Poirot.

Ellos provocarían una corriente literaria que afianzaría el género y al mismo tiempo permitiría la aparición de la novela negra: género de la literatura que tendría todo su esplendor en Estados Unidos en los años cuarenta con Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Luego encontraría una mayor difusión en la pantalla grande, en lo que se conocería como cine negro, con películas como “The Big Sleep”, que hace parte de una larga tradición de filmes sobre gánster, pandillas y estafas. La novela negra, a pesar de tener su origen en la policiaca, se separa de ella en algunos aspectos y crea mundos más complejos alrededor de los hechos que se han denominado como aberrantes. Estructuras que ya no corresponden al misterio

96 de un caso específico sino involucran a una sociedad permeada por las dinámicas violentas, excesivas y peligrosas:

“Desde sus inicios en los Estados Unidos, la novela negra ha estado profundamente ligada a procesos que la inscriben dentro de lo que podría llamarse una literatura social. Surgida en un clima creciente de violencia, enmarcada políticamente en la prohibición del consumo, transporte y elaboración de bebidas alcohólicas: por el auge de los gánster y su extensión en el mundo de las apuestas, las drogas y la prostitución; y por la corrupción del poder a través de sus funcionarios públicos y políticos, la novela negra termina convirtiéndose en un instrumento que refleja sin duda alguna los intestinos de una sociedad que convulsiona y se retuerce, envenenada por la descomposición social y la violencia” (Salinas, 2007, p. 2).

Con estructuras adyacentes en los acontecimientos reales que enfrentaban los cronistas judiciales, el acercamiento a este tipo de literatura no solo ayudó a darle uno de sus nombres sino que además provocó la reapropiación del estilo y las estéticas usadas por los escritores.

“Me puse en pie, miré los cuatro cuerpos y la acera cubierta de sangre, anduve con pasos inseguros hacía la calzada y vomité en la alcantarilla hasta que me dolió el pecho. Oí sirenas que se acercaban, me puse la placa en la solapa de la chaqueta y me volví. Lee registraba los bolsillos de los fiambres, arrojando navajas y porros sobre la acera, lejos de los charcos de sangre” (La Dalia negra)

Este es un fragmento del libro “La Dalia Negra” de James Ellroy, uno de los representantes contemporáneos más importantes. En éste se puede observar el estilo: cargado de detalles, sensaciones, espacios y realidades perturbadas.

Estos elementos hacen parte de los recursos que tomaron los cronistas rojos o policiales para garantizar una escritura de calidad que enfrentaba a la sociedad con sus miserias. “El Caso de la Peluca” escrito por González Toledo evidencia su estrecha relación con la literatura noir

“Cuando la discusión subió a altas temperaturas, Juan Padilla, hombre impulsivo y de muy malas pulgas, echó mano de su revólver para intimidar a Maruja. La mujer silenciosa y en actitud retadora se le enfrentó, y su enloquecido esposo le hizo dos disparos que le causaron la muerte inmediata. El marido, fuera de todo control, apenas comprendió que había cometido una estupidez, con la misma arma se hizo un disparo en el paladar. También murió de inmediato. El niño del matrimonio Padilla Ramírez presenció la escena, pero

97 no alcanzó a darse cuenta de la magnitud de lo ocurrido. Desde corta distancia, una criada atestiguó de oídas la tragedia, y fue ella quien dio el informe a las autoridades.” (El caso de la peluca)

Esta nueva perspectiva sobre la crónica y la literatura hizo que los periodistas se preocuparan por su trabajo. En la siguiente referencia que hace Ramírez Tobón (1992) González Toledo manifiesta su actitud frente a la combinación de estos géneros. “De entrada se advierte la deliberada relación del cronista con la literatura, ya que desde su temprana vocación de escritor se decidió por la reseña policíaca como una actividad en la cual podía combinar estilo e imaginación. Pensó, según sus propias palabras, que allí ‘podía jugar un poquito a la imaginación y desarrollar un estilo’, a la noticia aplicarle una técnica distinta, una conformación agradable no para falsear los hechos puesto que a tal imaginación le apliqué un gran sentido de responsabilidad”.

Este vínculo es importante y necesario para el cronista rojo. Conocer nuevas narrativas, incluso de ficción, sobre el crimen, le permite encontrar técnicas de la literatura que luego con precisión, investigación y responsabilidad podrá aplicar a los temas del periodismo judicial.