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En una entrevista realizada por Pascual Gaviria, para el programa Señales de arte, Alberto Salcedo habla sobre la “poetización” en la narración: se declara en contra de ella cuando no tiene nada que ver con la historia y alude al típico ejemplo en el cual se describe el crepúsculo aunque este no tenga importancia. Por ello asegura que sí es una manera de enriquecer la forma, pero se debe usar cuando sea útil para la historia.

75 Esta aseveración es totalmente correcta, porque dignificar la crónica roja narrativamente no implica entrar en líneas interminables que describen paisajes. Es un reto aún mejor encontrar el recurso para contar los sucesos que se presentaron. Incluso narrar lo horrible y desagradable tiene un mérito incalculable en la literatura y el periodismo.

Antes del movimiento que se llamó periodismo literario o nuevo periodismo algunos reporteros en diferentes países se destacaban por su talento narrativo. En el prólogo del libro Crónicas Bogotanas (2008) Maryluz Vallejo cita a Daniel Samper cuando describe a Felipe González Toledo: “me sorprendió su capacidad de recordar detalles minuciosos. Era un tipo muy tranquilo y simpático; le encantaba usar suéteres de cuello de tortuga y me parece verlo arrastrando un poco los pies, con un cigarrillo en la boca y un texto y una foto en las manos cuando se dirigía a la jefatura de Redacción con la noticias sobre el crimen del día”.

González Toledo es sin duda alguna uno de los referentes de la crónica roja en Colombia, él, junto a otro grupo de cronistas lideró la época dorara del género en el país. Su estilo permitió que sus crónicas fueran esperadas por el público con un entusiasmo poco visto en cuanto a los temas del periodismo judicial. La conexión entre lo que se ha llamado la “poetización”, la pertinencia y la reportería es evidente en este periodista que el 13 de abril de 1948 publica en el periódico El Espectador la crónica titulada ‘Un recorrido por el centro de la ciudad’

“A las cuatro de la tarde de ayer se dio el primer paso hacia el restablecimiento de la normalidad. Aunque con algunas precauciones de parte de las patrullas del Ejército, se permitió el tránsito de los peatones por la carrera 7ª y por las demás vías centrales. Mediante el sometimiento a las requisas en cada esquina y el acatamiento de las estridentes voces de alto de los centinelas, fue posible, desde ayer, el recorrido por las vías que estuvieron cerradas desde el viernes, primero por la ola de bandolerismo y más tarde por las patrullas de fusileros. Y al andar por esas calles, nos damos cuenta de la palidez y de la inexpresión de nuestro pasado relato, porque aun habiendo vivido momento a momento esta tremenda calamidad que azotó a Bogotá, a cada paso es más dolorosa nuestra sorpresa.

(…)

Los exaltados, animados por su ideal, aún presentaban dura resistencia a los fusileros del Ejército: los bandidos, mezclados desde el viernes a la

76 masa que en todas las formas quería hacer sentir su protesta por el

asesinato de Gaitán, también combatían, sostenidos por su desmedida ambición de apoderarse de todo; y combatían también los bandoleros, entre ellos pugnando por apoderarse del mejor botín”

La descripción de Bogotá, luego del asesinato de Gaitán, es relatada maravillosamente en esta crónica. El ambiente queda entre las líneas, la sociedad se ve representada en el relato y además se prueba la amplitud de contenidos de los cuales dispone la crónica roja. González Toledo camina las calles que sufrieron las consecuencias de ciudadanos indignados, mezclados con ladrones aprovechados que destruyeron edificios, transportes y también asesinaron inocentes.

Aquí ajusta con la crítica de Salcedo Ramos: hábilmente se pone en el relato justamente lo necesario, los retratos de la ciudad son bellos a pesar de la crueldad de su contenido. El hedor producido por los cuerpos bajo ruinas, algunos restos incinerados, disparos al aire para establecer el orden, entre otros detalles dibujan una sociedad que encontró en la violencia la reacción principal.

La descripción ha sido un tema discutido con frecuencia porque parece tener sus límites. En los medios de comunicación de Colombia se debatió sobre la pertinencia de mostrar las fotografías de guerrilleros abatidos ¿Contribuye? ¿Es sensacionalismo? ¿Aporta a la información? El debate en este caso tomó muchas veces el camino de legitimación con la única excusa de asegurarle al espectador la confirmación de lo sucedido.

Para la crónica roja la descripción es un vehículo narrativo que bien utilizado provoca un grado de afectación positivo en los lectores. Cuando en los periódicos ingleses se describía con exactitud el método de ‘Jack el destripador’ no se buscaba el sensacionalismo, sino relatar un modo de operar: exponer la violencia para que los lectores la conozcan e incluso se cuiden de ella. “Quiero remarcar que no abrigamos intenciones morbosas al describir escenas muchas veces repugnantes, sino solo nos guía el propósito de hacer conocer la criminalidad de nuestro medio” (Morales Durán citado por Lanza, 2010 P.16). El objetivo es formar conciencia sobre las distorsiones y la violencia para entender la sociedad en la que se han presentado o incluso producido estos fenómenos.

Es justo observar algunos ejemplos en los cuales la narración cargada de detalles macabros o desagradables está intencionalmente dispuesta para que el lector se estremezca y piense sobre el suceso:

77 “La noche del 9 de mayo llegan (Robledo Puch y su cómplice Ibáñez) a la

calle Ricardo Gutiérrez al 1500, en Olivos. Por la pared de una estación de servicio saltan al techo del baño de una casa de venta de repuestos para autos. Entran por una claraboya. El encargado y su mujer duermen en camas separadas. A un lado descansa una hija del joven matrimonio. No se despiertan. Bianchi no despertará jamás: Robledo le pega dos balazos. La mujer se sobresalta y Robledo gatilla dos veces más. Una bala da en el pecho de la mujer que cae hacia atrás. Carlos Eduardo se lanza sobre el placard y comienza a buscar. A su espalda oye gemidos débiles. La mujer se desangra pero no puede moverse porque Ibáñez ha caído sobre ella. Robledo los mira; no abarca la tragedia en su totalidad. Hay un muerto y una violación, pero para él los hechos no tienen dimensión ni nombres comunes. ‘Había que sobrevivir’, diría más tarde. Cuando salen, Ibáñez está manchado de sangre pero no cambian una palabra. Robledo se detiene un momento y sonríe. Ha visto la vidriera de los accesorios. Recoge una palanca de cambios y dos instrumentos de medición "Son para el 600" (Fiat), dice, y los mete junto a los 350 mil pesos que halló en el placard”. (El caso Robledo Puch)

Al retomar nuevamente la crónica de Osvaldo Soriano se puede observar que es con un propósito específico que se cuenta con detalles los delitos cometidos por Carlos Eduardo Robledo Puch. El cinismo del asesino y la frialdad de su comportamiento permiten crear realmente un personaje en la crónica. Un individuo que no hace parte de la ficción sino que atracó y asesinó a personas por toda la ciudad. Por ello es necesario concebir en un apartado especial la configuración de los detalles.