3 User Centred Evaluation: Methodology and Data Collection
3.4 Data Analysis: Tools and Approach
Dentro del amplio concepto de enfermedad, las enfermedades individuales tenían un origen más explicable que aquellas que afectaban masivamente a amplias capas de la población. El sentido estricto de una dolencia particular, aun sin olvidar su origen divino – era Dios quien permitía que el sujeto enfermara – radicaba en una ruptura del equilibrio interno del individuo debido a agentes externos que estaban presentes en la Naturaleza. Las teorías de Galeno, que admitía en las enfermedades unas causas predisponentes y otras ocasionales e inmediatas tuvieron una amplia vigencia durante siglos. Los síntomas de una enfermedad eran sólo “signos” y por medio de la inducción había que remontarse a sus causas. Las enfermedades se descomponían en sus elementos más simples para después formular una hipótesis causal que permitiera explicar por deducción los hechos observados; finalmente, se procedía a comprobar la hipótesis por medio de experimentos. Al amparo de esta doctrina, la medicina, desde Galeno hasta el siglo XVII, fue generando un complejo sistema metodológico y biológico en el que la experiencia resultaba fundamental.
El cuerpo humano era considerado como el instrumento más noblemente ordenado entre todos los creados por Dios. Estaba compuesto, como toda la materia, por los cuatro elementos primigenios: aire, tierra, agua y fuego, que manifestaban sus cualidades en dos parejas de efectos contrapuestos: calor y frialdad; sequedad y humedad. Estas cuatro cualidades o “calidades” como las denominaban en la época, se dividían en activas y pasivas. Las activas eran el calor y la frialdad porque eran capaces de conservar a las otras cualidades, mientras que las pasivas actuaban más lentamente133. Cuando éstas sufrían alguna alteración, la terapéutica a seguir consistía en aplicar sobre el enfermo, según lo requiriese la ocasión, elementos tanto vegetales como animales y minerales capaces de restablecer de nuevo el equilibrio. Este equilibrio fue llamado complexión y marcaba el estado de salud o enfermedad del individuo. La creencia aristotélica en que las raíces fundamentales de la vida estaban en la humedad radical (humiditas radicais) y el calor natural, fueron una constante en el pensamiento
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médico de la época que explicaba las enfermedades mediante la constante lucha entre el equilibrio de estos dos conceptos134.
Todas las patologías radicaban en la alteración de los cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Cuando se producía un desequilibrio entre ellos aparecía la enfermedad, que se manifestaba a través de tumoraciones, corrupción de los propios humores, procesos febriles y, sobre todo, en la fisonomía del enfermo, el cual exteriorizaba la preponderancia excesiva de alguno de estos componentes dando como resultado individuos flemáticos, sanguíneos, melancólicos y coléricos. Los médicos debían determinar la cantidad de humedad radical y de calor de cada persona, pues era variable y distinta según la complexión de la misma y al carecer de medios cuantificadores recurrieron frecuentemente a la astrología. De esta manera, se intentó establecer una relación entre el macrocosmos y el microcosmos. El poder divino actuaba sobre todo y establecía una suerte de determinismo que fue muy difícil de conciliar con la libertad que, supuestamente, se había otorgado al hombre135.
Alonso de Burgos, médico personal del obispo de Córdoba fray Domingo de Pimentel, explicaba la dificultad en que se hallaban los médicos a la hora de tratar ciertas enfermedades y recomendaba usar los remedios más seguros con el fin de causar los menores riesgos para la salud del paciente. Dentro de estos remedios se debían emplear tanto aquellos que habían demostrado su eficacia en la antigüedad como los más recientes, siempre que estos estuvieran suficientemente comprobados para “cuidar la calumnia de los maledicentes y murmuradores, advirtiendo que no está en la mano del médico que el remedio haga provecho y que con él alcanze la salud aunque sea
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El concepto de humedad radical y el calor innato, daban explicación al origen de la vida y al proceso del envejecimiento. A lo largo de la vida humana se producía un proceso de desecación que conducía a la muerte. “con lo húmedo nos alimentamos y con lo caliente vivimos... y por esto tenemos necesidad de alimentos que restauren al húmedo que, cotidianamente, por el mismo calor, se disipa, pues el calor que nos engendró, ese mismo nos mata” GONZÁLEZ, Alonso: op. cit., fol. 4r.
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Las técnicas astrológicas permitieron a la medicina justificar, de alguna manera, los diversos tratamientos según la clase social del enfermo. Se confirmaba y reforzaba la estratificación social y estamental. Ciertos tratamientos solo debían de ser aplicados a los enfermos de elevada posición o de reconocida nobleza porque a las clases subalternas, le bastaba con tratamientos generales. Véase esta idea en GARCÍA BALLESTER, L: op. cit., pp. 151-152;
84 oportuno y puesto en razón”136
. Con esto salía al paso de las constantes críticas que sufrían los médicos sobre el empleo de medicinas de dudosa eficacia.
Las indicaciones o remedios que se aplicaban sobre el enfermo se dividían en curativas y no curativas. Las curativas eran aquellas que convenían para lograr el restablecimiento de una enfermedad determinada; pero estos remedios dependían de la costumbre, temperamento, edad, región y tiempo del año y una vez hallados, debían ser aplicados cuantitativamente según cantidad y grado de calor o frío para determinar su efecto sobre el enfermo. En este punto la costumbre – entendida como la situación social del sujeto - era un aspecto digno de tener en cuenta porque se volvía a justificar con ella la estratificación social de forma perversa:
“Los enfermos acostumbrados en salud a comer y beber comidas y bebidas de mal mantenimiento y de depravada calidad, les es conveniente en la enfermedad permitírselos por la fuerza de la costumbre y es mucho de advertir que no conviene darles alimentos buenos a los que no están acostumbrados porque los llevan mal y los molesta y enfada, luego bien se saca de este lugar que aunque la costumbre sea mala se a de permitir que los que están enseñados a tener y llevar trabaxos, aunque estén flacos y viejos (que es harta enfermedad) no se hallan sin su costumbre, antes los llevan mejor que los fuertes y moços no acostumbrados”137
.
Una vez más los pobres perdían oportunidades frente a los ricos, pues, en el hipotético caso de que algún jornalero o menestral recibiera asistencia médica, su tratamiento en cuanto a medicinas y dieta era muy inferior al aplicado en las personas de cierto estatus social con lo que sus posibilidades de supervivencia quedaban disminuidas notablemente. Toda la práctica médica debía de tener en cuenta que aquellos que estaban acostumbrados a las penalidades y esfuerzos, simplemente por su complexión y origen, necesitaban tratamientos más groseros y permisivos. La muerte, una vez más, ganaba dentro de los sectores sociales más desfavorecidos. El mismo Alejo Venegas, siguiendo los principios de Galeno, no dudaba en afirmar “que más presto y a menos sanaban los pobres que los ricos”138
porque Dios daba ejemplo con
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BURGOS, Alonso de: Método curativo y uso de la nieve: en que se declara y prueba la obligación
que tienen los médicos de dar a los purgados agua de nieve, Córdoba, imp. Andrés Carrillo, 1640, cap. II,
fol. 11v.
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Ibídem, fol. 12v.
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ellos de que más valía la confianza en él que en la experiencia del médico y en sus remedios.