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2.5 Querying with CBIR systems

2.5.7 Visual Query Techniques: A Summary

La conceptualización de la muerte como un desorden de la realidad, tanto individual como social no es en modo alguno una apreciación de las ciencias actuales tales como la sicología o la antropología75. Muchos tratadistas barrocos vieron en la muerte una profunda subversión del orden establecido que regulaba armónicamente el ciclo natural de las cosas advirtiendo que, siendo la muerte un hecho biológico inevitable y continuo, generaba una serie de consecuencias sicológicas y sociales en las que se instalaba un profundo estado de angustia y confusión. El ser desaparecía produciendo un “escándalo” en el mundo de los vivos76

. Fray Pedro de Oña, con una sensibilidad extraordinaria, nos habla de la desintegración de esta armonía cuando,

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GRANADA, Luis de: Guía de pecadores, Barcelona, imp. José Llopis, s.a, lib. I, cap. XXIV, p. 203.

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NOLA, A. M. di: La muerte derrotada. Antropología de la muerte y el duelo, Barcelona, Belacqua, 2007, pp. 214-215.

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Este sentido de escándalo, de terrible desorden está presente en la crítica del libro de HERTZ, R.: La

muerte y la mano derecha, Madrid, Alianza, 1990, hecha por RAMOS, R., Revista Española de investigaciones sociológicas. C.I.S, 54 (1991), p. 241; También en Hegel y Fink a través de las

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desde el punto de vista antropológico, enumera los tres efectos principales de la muerte: tinieblas y oscuridad, miserias y desorden. Para Oña la muerte oculta definitivamente al ser porque:

“Las cosas de los muertos están tan escondidas a nuestros ojos, que ni sabemos lo que se haze dellos, ni en qué estado están. Todo es confusión y escuridad, porque hecha la muerte un belo negro para que ni los veamos ni nos vean. ¡O qué tinieblas tan espesas, que nuestros ojos no verán los vienes desta vida, ni los de acá verán nuestros males, que no me verá vista de hombre, que no he de ver a mi padre, a mi madre, ni a mis amigos, que se han de acabar visitas, paseos, salidas, ventanas, espejos, señas, galas e invenciones, porque no ha de haver quien los vea, porque la muerte toda es oscuridad!”77.

El mercedario se adelantaba así a las palabras del filósofo Emmanuel Levinas, que al hablar del último trance afirma: “la muerte es partida, deceso, negatividad cuyo destino se desconoce, viaje sin regreso, pregunta sin datos, puro signo de interrogación”78. El que antes había estado vivo desaparece de su estatus natural dejando un vacío y pasa a situarse en un lugar ambiguo y desconocido. El muerto se integra en otro mundo exterior del cual se desconoce todo. Un mundo que no tiene los mismos parámetros y sensibilidades. Es un anonadamiento del ser, que a su vez suscita una profunda crisis emocional en aquellos que le sobreviven. Pero a la vez supone la mayor de las miserias pues trastoca el estado y condición de los individuos. El fausto, pompa y autoridad terminan en la horrible descomposición del sepulcro al cual van todos independientemente de su categoría social produciendo un gran desajuste jerárquico “y esta calamidad ha de venir, no sólo por los baxos, sino por los grandes, cuya soberbia sube a los cielos y su cabeça llega a las nubes, que no caben en las casas ni en la ciudad, que no les ha de tener más cortesía la muerte que a los villanos y esclavos. Es tierra de miseria la sepultura y como no hay orden, todas son yguales”79. Finalmente, la tragedia espantosa de la muerte era capaz de destruir aquello considerado lo más perfecto de la creación: el hombre, “porque allí se acaban los conciertos, allí se desbaratan las trazas, allí se descompone la hermosura, la harmonía y el concierto más

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OÑA, Pedro de: op. cit., part. I, lib. II, cap. IV, disc. I, p. 750. La idea de la muerte como oscuridad también se halla presente en Venegas “es una privación con que se acaba la vida mortal, como el que quitasse la lumbre que alcança las tinieblas, en solo quitar la candela sin poner algo nuevo, queda la obscuridad”. VENEGAS, Alejo: Agonía del..., op. cit., punt. II, cap, 3, p. 19.

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LEVINAS, E.: op. cit., p. 25.

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concertado del mundo que es el hombre, se desconcierta; todo es confusión y desorden y es uno de los mayores males”80.

La teología cristiana no podía permitir semejante contrasentido. Dios había creado un orden perfecto en el que todo estaba justamente establecido y no era lógico que la muerte fuese la causante de tamaño desconcierto. No podía ser algo determinado por la voluntad divina. Así, el hecho esencial de la muerte se remontaba a la ruptura de la perfección inicial con que Dios había creado al hombre “Porque Dios creó al hombre para la incorrupción y lo hizo a imagen de su propio ser: Más por envidia del diablo

entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen”81

. Dios no era el principio de la muerte sino que, como en la mayoría de las religiones duales, un ser maléfico como el demonio había sido el causante de este desequilibrio normativo.

Juan Eusebio Nieremberg veía esta cuestión bajo un prisma diferente. El desorden ya estaba instalado en las cosas temporales. El mundo había sido claramente ordenado por Dios para que el hombre se sirviese de él con prudencia y comedimiento, pero “la malicia humana lo ha corrompido y apestado, inventando nuevos gustos, añadiéndoles con la imaginación lo que les falta de realidad y ser y sacando de su fin las cosas y como las cosas del mundo hayan dejado su último fin, que es único, hanse desordenado con multitud de fines de particulares vicios”82

. La muerte no hacía sino añadir un nuevo desorden a las actuaciones de la propia naturaleza humana, sirviendo de colofón de su reprobable comportamiento y siendo aviso espantoso de las penas terribles del infierno. Para evitar esta perturbación eran necesarios una serie de ritos y representaciones colectivas encaminadas a liberar de tensiones a los vivos y a ubicar a los muertos en otro nuevo grupo. Así, gran parte de los gestos y actitudes sociales estuvieron encaminados a restablecer y mitigar la confusión traumática que la muerte producía. 80 Ibídem, p. 753. 81 Sabiduría 2, 23-24 82

NIEREMBERG, Juan Eusebio: De la diferencia entre lo temporal y lo eterno. Crisol de desengaños

con la memoria de la eternidad, postrimerías humanas y principales misterios divinos, Madrid, Atlas,

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